
Maielis González
Nuclear
Yegua de Troya
179 páginas
En los últimos años, el sello Caballo de Troya nos ha regalado tres buenos libros escritos por mujeres cubanas. En 2023, La puta y el hurón, de Martha Luisa Hernández Cárdenas; luego, en 2024, Rom Com, de Claudia Muñiz; y ahora, bajo la edición de Gabriela Wiener, nos llega Nuclear, de Maielis González.
Maielis nació en La Habana, en 1989, y desde sus primeros textos se vislumbró un ímpetu de ruptura. A diferencia de otras escritoras cubanas que retrataban el país desde el realismo y reflejaban sus problemas sociales, Maielis, sin rechazar este legado, aprovecha esa masa madre para construir algo completamente nuevo: un relato híbrido donde lo extraño y lo paranormal inundan la isla.
Maielis está levantando una nueva Cuba o, mejor, otra Cuba. Una «PostCuba».
En el caso de Nuclear, llega a un estado de madurez que contiene todas sus obsesiones y claves narrativas. La novela, heredera de Picnic extraterrestre, de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski (publicada en 1972 y llevado al cine por Andréi Tarkovski), se apropia del concepto de «la Zona» para tropicalizarlo, no una vez, sino dos.
Porque Nuclear es una novela sobre la imposibilidad de concretar los sueños. Para la autora, en esta realidad en que vivimos, al menos por ahora, «utopía» es una palabra obsoleta.
Maielis nos toma de la mano para mostrarnos espacios que evidencian lo terrible que puede ser el paso del hombre sobre la naturaleza. Revoluciones y planes colectivos son conceptos de los que solo quedan ruinas.
Con una escritura madura y concisa, no reniega de su voz poética para atraer al lector. El libro se divide en pequeños capítulos que llevan el nombre de sus protagonistas: Claudia, una cubana que emigró a Argentina, y su ex, Benicio, un cubano que sigue perdido en la isla, sin plan de futuro.
Claudia, desde el delta del Tigre argentino, no solo sobrevive a la distancia de su tierra, sino que carga y piensa sin parar en el fracaso de los sueños revolucionarios. Está sometida a un nuevo estado capitalista donde la juzgan y esperan que actúe de determinada manera por el simple hecho de ser cubana; mientras Benicio, anclado en Cuba, deambula alrededor de la central nuclear inconclusa de Juraguá como quien orbita una ruina sagrada, vestigio del porvenir soviético que nunca fue.
Los amantes, ahora separados, no logran encontrar la paz en ningún rincón del mundo. Juntos tampoco llegaron a puerto seguro. Este mundo no los satisface y necesitan abrir espacios mágicos para, al fin, sentirse un poco más plenos.
Serpientes mitológicas y objetos del espacio exterior resultan imágenes más posibles que un simple beso. Entre la diáspora y la permanencia, entre la fuga y el obstinarse, la autora levanta un paisaje espectral donde la memoria latinoamericana se contamina con la imaginación especulativa soviética.
Nuclear no es solo una historia sobre utopías truncas. Es una meditación áspera sobre lo que significa ser joven hoy, sobre lo que simboliza ser cubano después de la caída de todos los muros y telones de acero. Sobre lo que queda cuando las promesas se oxidan.
Maielis nos muestra cuerpos rotos que se niegan, que resisten el apagón total, a invernar o a apagar la mente. Benicio y Claudia no quieren ser parte del paisaje heredado. Tanto él como ella se adentran en escenarios ficticios construidos sobre la realidad derruida de un país. Esa realidad ya no tiene nada que ofrecerles. Autoras como Wendy Guerra o Zoé Valdés retrataron esas ruinas; ahora Maielis levanta otro tipo de ficción, como una enredadera que se adhiere a esas viejas paredes.
Una enredadera verde y llena de oxígeno que devuelve la ilusión a la narrativa cubana actual.
«La Zona» de Maielis no es únicamente un territorio físico o fantástico, sino una forma de percepción: un estado generacional donde vivir significa cargar con los destrozos de nuestros padres y abuelos.
La novela no busca resolver, sino acompañar una sensación compartida. No hay moraleja, ni epifanía ni regreso posible. A mi juicio, lo que más falla en el libro es esa segunda parte: cuando cambia la estructura y pasa a las cartas o confesiones. Se percibe demasiado el deseo de no dar un cierre clásico. Pero, para romper con el legado de espacios, instituciones y narrativas obsoletas, no hay nada mejor que colocar en la base un poco de dinamita.
Maielis quiere destruir todas esas estructuras: las de la central nuclear, y las de la vida.