
Luis Chaves
Salvapantallas
Los tres editores
132 páginas
«Debajo de esto hay una canción / aunque no se escucha ni se ve» escribe Luis Chaves en dos versos de un poema que resume a la perfección lo que sentimos cada vez que leemos alguno de sus textos: el sonido a lo lejos de ese soundtrack repetitivo, extraño y familiar al mismo tiempo. La escritura de Luis suena, esconde notas diminutas y secretas que retumban en nuestro cerebro, funcionando como una banda sonora personal e intransferible que solo él es capaz de construir. Chaves es un autor fundamental por una simple razón: hace mucho con muy poco, logra que lo difícil parezca sencillo. Nacido en San José, Costa Rica, en 1969, es una de las figuras clave de la literatura latinoamericana de las últimas décadas. Su obra incluye poesía, narrativa y crónica y entre sus libros más importantes destacan Vamos a tocar el agua, editado por Los tres editores en 2017 o sus libros de poemas reunidos en Falso documental. Poesía completa 1997-2016.
He escogido de manera consciente la cita para abrir este texto porque momentos como esos del poema «Mudanzas», sin duda uno de sus temas imprescindibles si tuviéramos que preparar algo parecido a un disco recopilatorio de sus grandes éxitos, funcionan igual que una pequeña matrioshka y contienen, capa a capa, varias de las claves fundamentales de su propuesta literaria, presentes también en Salvapantallas, el libro del que quiero hablar.
Esta primera novela de 132 páginas, publicada en España por Los tres editores en 2024 en una edición revisada y antes, en 2014, en América Latina por Seix Barral, es una declaración de intenciones, un breve manifiesto: a través del trabajo con lo fragmentario en capítulos breves, incluyendo el formato de diario en una sección hacia el final, reconstruye una constelación ambiental en la que el protagonista y quienes lo acompañan se convierten en personajes de una película de bajo presupuesto, un film cercano a eso que podríamos llamar «nuestra vida».
¿Pero es realmente una novela Salvapantallas? Mi respuesta es sí. De hecho, si nos atenemos a lo que contestaba Mario Levrero hace ya bastante tiempo ante esta misma pregunta: «una novela es cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa», podríamos insertar esta novela fragmentaria de Chaves en la tradición que piensa este género como algo tan libre y amplio que dentro de él cabría casi cualquier texto.
Otro punto interesante a debate es si estamos ante un libro de ficción o de no ficción, pero ¿de verdad nos interesa esta pregunta? Es más ¿realmente existe algo denominado propiamente «no ficción» más allá de las etiquetas que el mercado necesita para colocar los libros en las estanterías correctas? El debate entre ficción y realidad es una pérdida de tiempo. Cualquier propuesta literaria, tenga la etiqueta que tenga, siempre tiene su lado ficcional: todos ficcionamos un acontecimiento concreto desde el momento en que ordenamos el mundo con palabras, modificamos su propia naturaleza en función de nuestro imaginario, nuestra herencia sociocultural, nuestro posicionamiento. Del mismo modo que cuando recordamos, los recuerdos «verídicos» se mezclan con imágenes ficticias generadas por nuestra mente. Esta idea no es nueva, ni siquiera es mía, se la robo siempre a Enrique Vila-Matas, quien, por cierto, tiene un libro de cuentos titulado Recuerdos inventados que apunta a esa línea de pensamiento. Esta opinión puede provocar urticaria, defensores y sobre todo detractores, lo sé, pero es solo eso: una reflexión.
¿Por qué todo esto afecta al libro de Luis Chaves? Salvapantallas es una propuesta que dialoga de manera directa con la de otros autores y autoras como Diario pinchado, de Mercedes Halfon o —por remontarnos un poco atrás— el propio Diario de un canalla, Burdeos 1972, de Levrero. Novelas que parecen que no van de nada, pero, en realidad, tratan de un abanico muy amplio de cosas: desde los lazos afectivos y su gradual descomposición hasta el análisis y cuestionamiento del propio oficio de la escritura y su utilidad más allá del papel. También se vincula con otros compañeros de generación: el Fabián Casas de Ocio o Diarios de la edad del pavo y, evidentemente, con Mis documentos, de Alejandro Zambra. Podríamos decir que si bien comparte aspectos discursivos y estéticos con el primer Zambra y ambos provienen de la poesía con el consecuente cuidado y trabajo de las imágenes y el ritmo que esto implica, Chaves representaría una punto más descarnado y desbocado de la misma moneda, más sucio: escribe con el corazón en la mano. Es decir, no tiene filtro, no se sujeta, igual que ocurre en esa escena en la que, debido a la distancia que separa al protagonista de la chica que le gusta por pertenecer a clases sociales distintas, lo más cerca que puede estar de su cuerpo es lamiendo los bordes del inodoro en el que ella se había sentado un rato mientras todos veían un partido del Mundial de fútbol en la misma casa.
Pienso también en Los ingrávidos, de Valeria Luiselli, en el que la narradora en varios momentos habla de «una novela horizontal, contada verticalmente. Una novela que se tiene que escribir desde afuera para leerse desde dentro». Salvapantallas, entonces, sería una novela desmembrada, desviada, utilizando un vocabulario que tomo prestado de María Sonia Cristoff, una narración sin centro que, asumiendo un lugar lateral, algo que caracteriza la visión de la literatura y el mundo de Luis Chaves, se rebela contra los grandes relatos y contra la propia idea de «la novela total». Los protagonistas dan tumbos sin parar y tienen escarceos con experiencias que van cambiando: desde las drogas a la paternidad como refugio, estado anímico y mental, de la inmadurez de la juventud a la literatura como experiencia irrenunciable, convertida en la única forma de habitar el mundo.
Pongo aquí varios ejemplos:
«Almuerzo en casa de mis padres en Heredia, día de semana. En la tele, horario para desempleados, pasan la peli de uno con corazón de mandril. O eso, desde niño, le hicieron creer. El músculo débil sustituido por una fantasía», escribe con la sutileza de quien necesita pocas palabras para armar un microcosmos enorme, una galaxia íntima de imágenes familiares heredadas durante generaciones igual que la tendencia genética a una enfermedad concreta.
Hay algo especial en el tono de la narrativa de Luis Chaves: hablo de esa belleza característica y desencantada de las estaciones de servicio ubicadas a lo largo de la carretera, donde paran los buses para comer y en las que siempre suena una música anacrónica de los ochenta, mezclada con otros ritmos populares como la tecnocumbia.
Aquí va otro ejemplo: «amanecimos ahí, abrazados, horizontales sobre la madre del Valhalla, con ropa hecha bollo a manera de almohadas. La cúpula del cielo parecía moverse hacia atrás, alejarse en el espacio. Había dos capas de nubes: una inmóvil, atrás, al fondo; la otra se deslizaba en cámara lenta, como los créditos de una película que terminaba» dice el protagonista en una escena que podría ser el broche para alguien que hace una recapitulación sobre su propia vida. Igual que ocurre con ese poema suyo, que desde que leí por primera vez, no he logrado sacarme de la cabeza:
Los otros
San José no fue más
que luces a la distancia:
una constelación administrativa
que de noche disimula el subdesarrollo.
El resto, latas vacías de una cerveza
que despreciaron por tibia;
la bombilla insuficiente
de un carro con puertas abiertas;
el sentimiento que, devaluado,
llamamos afecto.
Precisamente, es alrededor de este discurso emocionalmente precario, pero tierno al mismo tiempo, sobre el que se cimenta la narrativa de Luis Chaves en Salvapantallas, caracterizada por un tono directo, sencillo, un trabajo profundo con la oralidad del lenguaje y un humor tan sutil, punzante y decadente que a veces puede confundirse con un leve llanto. Sobresalen escenas vinculadas con el proceso de subdesarrollo y las complejidades de este concepto, relacionado de manera directa con la idea de todas esas promesas que se hacen pero que nunca llegan a cumplirse, tanto en lo personal como en lo político. Mientras ocurre todo esto, suenan temas de Pavement, Cat Power, Nina Simone y Héctor Lavoe mezclados en una misma batidora musical a medida que el protagonista avanza en viajes donde el espacio que le rodea se transforma en la representación de una geografía emocional individual, pero al mismo tiempo universal. Un permanente trayecto de ida que orbita, sobre todo, alrededor de la desmoralización que caracteriza a toda vuelta, ya sea a un país o a una antigua casa, y que siempre deja en la boca el amargo regusto del fracaso.
¿Por qué deberíamos leer Salvapantallas de Luis Chaves? La respuesta es sencilla: porque sin necesidad de pirotecnia, es capaz de convencernos de que las manchas de grasa que resplandecen en las esquinas del microondas son perlas escondidas en las partes más profundas del océano, igual que los recuerdos de los pocos momentos en los que, a lo largo de los años, fuimos verdaderamente felices aunque entonces no lo supiéramos, sobreviven y resplandecen escondidos en alguna parte diminuta de nuestro torpe corazón, en las esquinas más remotas de nuestro defectuoso hipocampo.