POR AZAHARA ALONSO

El escritor español Rafael Chirbes. Fuente: wikicommons.

Que Rafael Chirbes ha sido uno de los autores fundamentales de finales del siglo XX y principios del XXI en nuestra lengua no es una apreciación enteramente subjetiva. Si su nombre sale en una conversación, el asentimiento es casi unánime, aunque se refiera únicamente a sus dos últimas obras, Crematorio y En la orilla —con alguna mención esporádica a La buena letra o, si hay suerte, a sus diarios—. Me gusta pensar que la maestría que fue consolidando, libro a libro, se celebró sin discusión cuando esos dos títulos publicados en los últimos años de su vida fueron galardonados con el Premio Nacional y el Premio de la Crítica, este en dos ocasiones. Pero a pesar de la actual tendencia a la efeméride, el pasado 15 de agosto no se conmemoró el aniversario de los diez años desde el fallecimiento de Chirbes, al menos no oficialmente o en los circuitos habituales. El recuerdo compartido se redujo a apenas una decena de textos publicados esos días en distintos periódicos, motivados algunos por la sincera implicación de los firmantes con la obra de Chirbes, otros por la reivindicación local de su figura desde medios digitales de su comunidad. En la búsqueda de las razones de este olvido, quizá una respuesta la da la visión «antipática» que su obra despertaba en algunos críticos y lectores. Una literatura deslumbrante, sí, pero incómoda, decían y dicen de la suya. Y, sin embargo, esa incomodidad no devuelve el eco en un espacio lector que en los últimos tiempos elogia toda escritura complacientemente dolorosa en un canon que parece no pedir mucho más que desahogo.

Yo no estoy segura de esa antipatía, porque a Chirbes empecé a leerlo por su diarística, que desde la primera entrada me hipnotizó con el carácter carismático y la paradoja de la sólida ligereza propia de los estilos brillantes. Confluyen en su escritura pensamiento y sensibilidad —si es que nos empeñamos en oponerlos—, narrados con un oficio tan preciso y poco artificioso que parece una capacidad natural, sin rastro de esfuerzo. Como en todo flechazo luego confirmado, puedo cartografiar la primera ocasión en la que tomé contacto con el objeto de fascinación, y recuerdo el presentimiento fundacional al abrir en un trayecto en autobús esos Diarios recién comprados —precisamente en la librería La buena letra—: «Sensación de provisionalidad. […] Las semanas se escapan volando, no me da tiempo a poner un poco de orden en este caos, a reflexionar, a concentrarme, a ocupar la geografía doméstica, ni, por supuesto, la otra geografía, la mía propia, la geografía íntima, sea lo que coño sea eso: me siento incapaz de colonizarme a mí mismo, un ser plural, a la deriva, cada una de cuyas partes parece escapar de estampida en dirección distinta a las otras. Así, ¿cómo escribir, si todo está en suspenso, a la espera de alguna forma de normalidad?». No se adivina placer, y no hace falta, en ese texto que sí nos lo proporciona. Y tampoco se trata de una consigna de lo emocional que emborrona sus días, sino de la constatación de la dificultad de interpretar el rol de seres hechos de una sola pieza —algo que también percibimos en la psicología de sus personajes y que es uno de los mayores logros de su obra—, así como de la dificultad de la escritura misma —por otra parte, la única capaz de consignar el problema, y en una página que inaugura las más de dos mil que la siguen—.

Después de acompañar al autor en sus derivas sentimentales, sexuales y festivas, también en su soledad de fondo, en sus lucidísimas lecturas y críticas —una suerte de tratado de literatura sin ínfulas—, en sus preocupaciones de orden material y moral, en sus viajes… continué. Por pura curiosidad, leí París-Austerlitz, para saber de la metamorfosis ficcionada de aquella relación. Y fue esto empezar por lo periférico, porque tanto los diarios como esa última novela se publicaron después de la muerte de Chirbes. A partir de entonces, y con la determinación de los proyectos inútiles, decidí dedicar ese año a toda su narrativa. Leí en orden Mimoun (oscura e hipnótica finalista del Premio Herralde), En la lucha final (novela casi desaparecida, de la que el propio autor no estaba demasiado orgulloso, y que por eso no se reeditó), la muy mentada La buena letra (excelente, sí, pero todavía no al nivel de construcción de novelas posteriores), Los disparos del cazador (con su perfecto narrador no fiable), las parecidas en su filigrana estructural La larga marcha y La caída de Madrid, Los viejos amigos (que casi se puede leer como un descansillo en ese ascenso), Crematorio y En la orilla. Como apuntaba al inicio, se da un incremento en todas estas novelas que, más allá de las afinidades —la contemporaneidad española a partir de los años setenta, las secuelas sociales de la Guerra Civil Española, la imposibilidad de abandonar la clase social a la que se pertenece, la condición de los advenedizos…— y de la perfecta creación de personajes —algunos de ellos, por cierto, saltan sutilmente de una novela a otra— o la recreación de los lugares —Marruecos, Madrid, París y la inventada Misent, con su sensación de universo ficticio pero coherente y duradero—; más allá de todo eso, decía, dan razones para entender la obra de Chirbes como una de las más incuestionables de la literatura española de los últimos tiempos. En cada novela ensaya una escritura que supera a la anterior por el riesgo que entraña en comparación con lo que la precede, por la capacidad de ahondar, a base de oficio e ideas, en una complicidad tan exigente como generosa con sus lectores.

La dimensión política de la obra de Chirbes, a la que algunos tienen la tentación de reducirla, nunca va por delante de la propia literatura. Es, más bien, una forma de compromiso narrativo, que aleja sus libros de los productos culturales que se consumen en el entretenimiento. En un texto escrito días después del atentado islamista a Charlie Hebdo, Leila Slimani hizo una defensa de la literatura como arma política y moral que es muy aplicable a esta trayectoria: «Añade complejidad y ambigüedad a un mundo que las rechaza. Puede auscultar, sin tapujos y sin complacencia, la fealdad, el peligro y la infamia que generan nuestras sociedades». Eso hacen los libros de Rafael Chirbes, desde el primero.

Uno de los textos mencionados al principio de estas líneas lo firma Álvaro Acebes Arias, principal estudioso de esta obra, que escribe: «Manolo, el sobrino de Chirbes, me contó la primera vez que vine a la fundación que en Beniarbeig casi nadie sabía que su tío era escritor. Chirbes solía bajar al pueblo, charlaba con todo el mundo, discutía con sus paisanos sobre política y compartía con ellos su desazón, pero también contaba chistes, hacía bromas y podía pasarse horas enredando con madridistas y culés en la barra del bar. Una estampa que contrasta con esa imagen amarga y pesimista que parecen querer transmitirnos sus libros». Destaco esto de entre todo lo valioso que se cuenta en su recuerdo —me hubiera gustado tanto haberlo conocido que ahora rastreo todo testimonio de su presencia— porque hoy sabemos que es inocente pensar en la separación entre obra y autor y, como mi admiración sin reservas por su obra ya ha quedado documentada, estas palabras de Acebes me permiten señalar cómo la posición de Chirbes en la sociología literaria me resulta igual de cautivadora. Tal vez aquella modestia de no mostrarse siempre como escritor profesional de sí mismo, y a pesar de su totalizadora labor de escritura —la de la mirada punzante, la de las horas frente a la espiral del escritorio—, es la que hace que no se conmemoren sus efemérides. En contra de su fama, quizá Chirbes es un escritor recordado solo por sus libros. ¿Qué más podría pedirse?

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