POR JAVIER SERENA
Director Cuadernos Hispanoamericanos

La irrupción de la escritura de las máquinas ha provocado un lógico desconcierto entre escritores y lectores: ¿podrán los nuevos programas suplantar esta tarea tan singular de los humanos, crear textos idénticos a los suyos en apenas unos segundos y sin el coste de horas y quebraderos de cabeza de la escritura humana, replicar la voz de los autores y autoras con tanta fidelidad que no los distingamos, o hasta inventar voces nuevas de las que no podamos adivinar cuál es su origen?

Ante esa posibilidad, surge un natural escepticismo. Para quienes la escritura es una técnica tan compleja y misteriosa, tan sofisticada que sigue siendo igual de deslumbrante o impredecible que hace siglos, resulta difícil de creer que una máquina logre resultados tan depurados.

En este juego de anticipar el futuro, hay, pues, una resistencia natural al fenómeno, por imposible que sea prever por completo en qué lugar nos dejarán estas escrituras. En su artículo «Otra inteligencia» (https://elpais.com/opinion/2026-04-24/otra-inteligencia.html), el escritor Jorge Volpi advierte del «añejo temor asociado con la tradición excepcionalista», aquella que «nos vuelve únicos», que nadie ha logrado definir, y que confía en esa singularidad de nuestra especie para que una cosa no llegue a emularnos.

Cierto es que gran parte de los escritores y escritoras viene a señalar las posibles limitaciones de la escritura de las máquinas. Aun así, algunas voces muy experimentadas, como la de Miguel Sáenz -traductor, entre otros, de Franz Kafka, Faulkner, Sebald o Thomas Bernhard- ante la pregunta de si cree o no que la inteligencia artificial podrá traducir (bien o aceptablemente) literatura, y hasta escribirla de manera original, se muestra convencido de la futura capacidad de emulación por parte de las máquinas: «Lo creo», dice. (https://elpais.com/cultura/2025-12-23/miguel-saenz-traductor-thomas-bernhard-era-insufrible-y-kafka-es-el-mejor-escritor-del-siglo-xx.html ).

Todos estos ejercicios de adivinación -tan inevitables como inútiles- no impiden, en todo caso, que se siga escribiendo como si esa gran maquinaria no fuera a desplazarnos nunca; escribiendo no se sabe si por vicio o por defecto o con la urgencia de apurar los últimos momentos en que nuestra capacidad todavía sea irremplazable.

Lo cierto es que si bien el potencial de estas escrituras artificiales parece conocer pocos límites, a la vez cuesta confiar en este reemplazo que volvería obsoleto al acto humano más viejo y singular, que es el de la creación del lenguaje. Si tiráramos de estricta lógica, de hecho, tampoco nos serviría de gran cosa el resultado de la ecuación. Si una máquina puede producir las infinitas combinaciones de palabras, al otro lado de la pantalla navegarían esperando que encontráramos los infinitos libros posibles de escribir. Pero, como es fácil deducir, estaríamos ante uno de esos laberintos borgianos, pues existiendo ya esos infinitos textos, haría falta infinitos lectores durante infinitos años para leer los infinitos libros y localizar el libro preciso que quisiéramos leer. O sea que, como en «La biblioteca de Babel», o «El inmortal», o en muchos otros cuentos del autor argentino, se nos revelaría una vez más que algunas nociones absolutas quizá no sean aptas para los humanos, y más nos valdría preocuparnos de un día y una actividad concreta que las infinitas posibilidades de un hipotético tiempo infinito.

De manera que, sin negar lo impredecible del fenómeno y su inmenso potencial, es muy difícil erradicar por completo la participación humana en el proceso, aunque sólo sea porque es el que manipula los resortes del artefacto o el que lee y detecta y valida con su mirada los textos.

Así que tampoco resulta fácil prescindir de la intervención humana, por difícil que sea precisar qué potencial es el que tal vez no puedan imitar las máquinas.

Se trataría al fin y al cabo de un misterio antiguo, anterior al de la irrupción de estas nuevas escrituras no humanas. De ahí que haya respuestas que, al intentar bordear este misterio, quizá convenga atender de nuevo: «No existe realmente el Arte. Tan solo hay artistas» sostiene E.H. Gombrich, en su célebre libro Historia del Arte, al intentar -y renunciar- a describir qué es o no es el Arte, algo que podría extrapolarse a la literatura. «Pienso en la injusticia del gran talento: nadie entiende cómo surgen estos dones supremos y cómo se distribuyen», dijo George Steiner (https://elpais.com/cultura/2020/02/04/actualidad/1580845337_200341.html), también aludiendo a la idea indescriptible del don, que no se constriñe por la inteligencia ni por erudición, y que se manifiesta de manera espontánea y sin consignas, más próximo a la irrupción genuina que a un progreso de perfeccionamiento propio de la excelencia más académica.

De manera que aquello que hace que una creación sea verdaderamente valiosa, es algo que ni siquiera logramos definir, por lo que resulta más difícil todavía imaginar cómo replicar unas maniobras cuyos pasos no hemos sabido nunca descifrar.

Sobre esta facultad que parece no poder reducirse al aprendizaje de ninguna escuela, hablan en textos recientes también otros autores y autoras en estos días. En su artículo de este mes en esta revista, la escritora mexicana Daniela Tarazona apunta a su predilección por «el arte que sea creado por un cuerpo con órganos internos y sangre caliente, un cuerpo que puede enfermar», dudando que el texto sea igual si atraviesa el filtro de un cuerpo humano o el de una máquina. Y en su reciente libro Hong (Eterna Cadencia), el escritor chileno Gonzalo Maier, al diseccionar el método de trabajo del cineasta coreano Hong Sang-soo, fundamentado en las variaciones sobre la repetición de unas mismas intuiciones y en su determinación de vivir en la creación y no para la creación, recuerda que la singularidad de algunos creadores está en su facultad de extraer un código de la experiencia o de vivir la experiencia a través de dichos códigos. O sea que no sería tan relevante un resultado, a modo de obra, libro o película, sino una manera permanente de estar, que luego puede devenir o no en una obra creativa.

Entendido así, la creación, y la escritura en este caso, sería un proceso mucho más complejo e indefinible que el de la simple escritura como mera combinación de palabras, algo que, de algún modo, remite a la vivencia indisociable al acto creativo al que apela Daniela Tarazona.

Desde luego, el origen de una escritura y los procesos con que se desarrolla no son inocentes. Es una forma de recordar, en definitiva, la importancia de la autoría en una obra, entendida como una fuente irrepetible en su enigmática individualidad y no como una marca identificable en el mercado: importa quién ha escrito y cómo una mirada o una sensibilidad ha desembocado en un texto, porque ese torrente por el que se han deslizado las palabras está repleto de roces y usurpaciones o infecciones que hace que tengamos entre las manos una obra que nos costaría encontrar entre los libros infinitos de las máquinas.

Así que la autoría como proceso y como origen ahora sirve tal vez para eso: dado que todos los libros están escritos ya en ese mar infinito en que es imposible conducirse, cierta manera de estar en la escritura y no en la producción de la escritura actúa como una invitación o un sendero por el que remontarse hasta dar con la fuente original, aunque el resultado sea un cuerpo imperfecto capaz de escribir apenas unos pocos libros imperfectos y no los infinitos libros de las máquinas.