
Edgardo Dobry
América en sus poetas. Una cartografía lírica del continente
Editorial Taurus
270 páginas
Queda lejos la época en que el estudioso Luis Alberto Sánchez calificara América como novela sin novelistas. Y más aún la afirmación contraria que ahí se insinúa: América sería el continente de los poetas. Pero también la idea subyacente de que la producción literaria de un territorio pueda representarlo.
Desde luego no es la intención del poeta Edgardo Dobry en este último ensayo suyo suministrar fórmulas representacionales de la realidad continental. En efecto, América en sus poetas, pese a su título, no alimenta ninguna voluntad sistemática, no pretende ningún acercamiento totalizante, sino más bien un recorrido, una «cartografía lírica del continente» -el subtítulo especifica-, parecida a la línea de trabajos con los cuales en el siglo pasado Henríquez Ureña o Alfonso Reyes se hicieron cargo de una poesía latinoamericana fundacional y fundante.
Dobry se plantea restaurar dicha línea, evitando las equivalencias tipológicas. Por tanto, no nos ofrece un canon ni un manual, ni un esfuerzo de enunciación identitaria. Tampoco es la suya exactamente una «cartografía», sino una especie de viaje sinuoso, nunca conclusivo, que conduce de Edgar Allan Poe a Daniel Samoilovich, pasando por José Kozer.
Si observamos la nómina de dicho itinerario, no hay ahí jerarquía alguna ni homogeneidad: nombres tan conocidos como los de Eliot, Lugones, Vallejo, Girondo, Zurita, conviven con otros menos evidentes (Carrera, Tamara Kamenszain, Padgett, Major, Mora), generándose un caminar sin consignas, entregado al goce del comentario, lo que nos estimula a recorrerlo como se paladea un vino o se persigue la estela de un perfume, partiendo de ciertas notas de salida, inmediatamente perceptibles a la cata. Por ejemplo, la presencia de la poesía norteamericana a la hora de tratar la producción del sur.
Esta es sin duda una presencia renovadora y propia, al separar para siempre la lírica en español a ambos lados del Atlántico, y al introducir en la modernidad la poesía latinoamericana. Y presencia, además, que escinde el ensayo de Dobry de otros títulos con los cuales puede codearse sin complejos: La máscara, la transparencia de Sucre, Fundadores de la poesía latinoamericana de Yurkiévich, Los hijos del Limo de Paz.
Sin embargo, debemos precisar que este modo de trabajo, contraponiendo la poesía latino y norteamericana, no actúa con una lógica exactamente comparatista, ni con una dialéctica relacional o exhaustiva. En ocasiones lo que se produce son roces, iluminaciones de un texto en otro, de un título con el siguiente, dentro de una especie de procedimiento de fricción, de confrontación atenuada: así tenemos a Eliot frente a Williams, al Lugones de El Payador con el Martín Fierro, Aurelio Major y el Primero Sueño, Raimondi y Martínez Estrada, Samoilovich y El matadero de Echeverría, Darío en el poema homenaje que escribe Pizarnik antes de morir.
En concreto este último caso nos permite detectar dos notas de fondo, las llamadas «notas corazón», en la cata del ensayo: la primera lacunaria y lunar por momentos, la otra directamente cavernosa, pero ambas persistentes, compulsivas en los hábitos críticos de Dobry y de sus ensayos anteriores. Y son notas compulsivas porque vuelven a reincidir en la obsesión Lugones y la obsesión Pizarnik: aquel en tanto persigue una pureza lingüística, casi hispano-griega, una ilusión de lengua nacional incorrupta, cifrada en el poema. Y Pizarnik, por lo contrario, al lacerar toda posibilidad enunciativa, local, personal, metafísica, transformando el lenguaje en campo de batalla y de derrota.
Por último, aderezando el conjunto, pero también sondeándolo, están las notas no dominantes, las notas eventuales, concretadas en los poetas a los que no se les reserva capítulo aparte: Verlaine, Huidobro, Mistral, Pound, Borges, Lautréamont o Mallarmé, con una operatividad muy significativa en el conjunto.
No olvidemos que, cuando la poesía latinoamericana en el duelo citacional Baudelaire/Mallarmé se inclina por este último y su proyecto poético, realiza una declaración de intenciones en pro de la poesía del lenguaje que la recorre con su exigencia y además la responsabiliza en la tarea de establecer una conciencia de sí.
Sin duda, el líquido decantado que se aroma con todas estas notas no es sino la convicción de que la poesía latinoamericana ostenta un deber de pensarse, de fundamentar su necesidad en tanto camino válido para la supervivencia.
Leer este libro nos convencerá, si todavía no lo estamos, de ese poder de la poesía para rescatarnos de lo que no es ella. Puede además persuadirnos de algo más, que afecta el estatuto mismo de su comentario crítico: este es una forma legítima del poema, porque la poesía «no tiene tono sin su intermediación», y ningún poema subsiste sino en la conversación emprendida con sus lectores más lúcidos.