Eugenia Ladra
Carnada
Tránsito
164 páginas
POR BEGOÑA MÉNDEZ

Con Carnada, Eugenia Ladra (Uruguay, 1992) ha construido una suerte de mitología inversa para indagar en los fondos de las acciones humanas; de ahí su condición de universo circular, a la vez inaugural y terminal. Algo como un paraíso que florece sin esperanzas o un infierno que arde porque adentro hay personas enamoradas; por eso en Paso Chico, el pueblo inventado donde transcurre la novela, la lluvia no lava nada, pero embarra todo. El territorio aquí no es solo un ambiente, sino un protagonista: el campo seco y cuarteado, las inundaciones, el puerto mugriento que hierve de trapicheos y de alcohol barato o el bar donde los hombres se meten para olvidarse del mundo y de sus propias leyes, es el alma de un monstruo de mil cabezas. Los habitantes del pueblo son el cuerpo de ese engendro: amasijo de carnes, tumulto de seres sin esperanza. Entre la desidia y el deseo en bruto, Paso Chico es un lugar vivo y viscoso, supersticioso y amodorrado, húmedo y al acecho como sexo de animal.

Es verano. Marga tiene trece años y un cuerpo que arde. En su febril despertar, se convierte en cebo para los hombres. La novela es la historia de una niña que desde su nacimiento fue marcada como yeta, portadora de desgracias. Es la historia de una gurisa que se está haciendo mujer y necesita hacerse con una identidad; en ese viaje descubre la importancia de los otros, no solo como espejos sino también sobre todo como ojos que la miran, ojos que le devuelven imágenes monstruosas donde no se reconoce. Entonces, llega un hombre extranjero que proyecta sobre Marga una mirada nueva y desprejuiciada. El extranjero, a la vez promesa y amenaza, peligro y aire nuevo. La otredad radical. Ella, huesuda y flaca; él, por nombre Recio. Y así se desata el nudo y empieza el embrollo de la carne enamorada, de la esperanza y lo turbio. La joven no entiende nada. Todo en ella está desordenando. Trata de comprender, pero faltan palabras. Sin más educación sentimental que la beatería de su abuela, la novela de la tele a la hora de la siesta (que recuerda mucho-mucho a Pasión de gavilanes) y los consejos sabios, pero encriptados, de Olga, la partera del pueblo, Marga aprende a golpes, simbólicos y literales, que existe un abismo enorme e infranqueable entre nuestras ilusiones y lo que el mundo nos da, entre el glamour de la tele y la bestia realidad. Carnada es una novela dura, como siempre es el paso a la edad adulta.

Ladra ha optado por una voz narradora en tercera persona, porque así puede contar el terror, a través de un tono sobrio y despojado, porque así puede narrar la mugre y la claustrofobia, a través de una voz cruda y distanciada. Pese su estilo contenido, o, mejor, precisamente por eso, el relato se adhiere al cuerpo de los lectores sin que se den cuenta, igual que la humedad, sórdida y pesante, se agarra a la carne y a los huesos de los habitantes de Paso Chico. La autora despliega un trabajo exquisito con el léxico autóctono, con el que consigue dar voz al territorio, convertirlo en cuerpo vivo, atroz y atemporal. Ladra mira el universo que ella misma ha creado con compasión y ensañada, las dos cosas a la vez, siempre con pulcritud. En un movimiento oscilante entre el humor y el terror, leemos y sonreímos y también sentimos miedo. A veces incluso asco. Carnada tiembla ante lo bello, ante el candor y el fuego de la niña enamorada, y se hiela ante lo cruel que emerge por todas partes. Digamos que, en Paso Chico, matar al perro no significa acabar con la rabia; la presencia de los canes no calma ni apacigua, porque son testigos mudos de las acciones humanas. Digamos que, en el pueblo, los anhelos de un hogar, de un sitio donde meterse y un amor inquebrantable, arrastran a un pozo negro. Pero Ladra nos da tregua, no pretende ahogarnos: abre espacios de ternura, de necesario lirismo. De hecho, contiene uno de los cortejos más hermosos que he leído jamás: «Sin saludar ni dar mucha vuelta, Recio dijo que iba hasta el río, que quería ver la bajante y andar entre las cosas que aparecen cuando el agua se retira, que pensó que quizás lo quisiera acompañar y que pasaba a buscarla por si había pensado bien». Carnada cautiva y enamora; solo así es soportable «la herencia común de la roña» de Paso Chico.