«Comerse las palabras» es una locución con dos acepciones despectivas: se ha endilgado a quien, presuntamente, habla de forma descuidada; también, a quien debe rectificar un error tras haberlo verbalizado. Ha fungido, pues, como imposición ante los escritores desplazados de su lugar de origen que, a lo largo de la historia, se han visto obligados a publicar en un sistema literario gobernado por una variante de la lengua considerada superior a otras. Frente a estas acepciones, en estas páginas defenderé la riqueza de unas escrituras que se «comen las palabras» para degustarlas, disfrutarlas con sus distintos sabores y cadencias e inventar a partir de ellas platillos nuevos… Permítanme, pues, jugar con las connotaciones culinarias y sexuales de nuestro común giro lingüístico para plantear las posibilidades que ofrece, desde el punto de vista expresivo, la escritura migrante.
Un restaurante muy variado
En un planeta que cuenta actualmente con más de seiscientos treinta y cinco millones de hablantes en español, un gran número de ellos viven lejos de su lugar de nacimiento, practicando, si son escritores, el border writing del que habla Edwin Gentzler. Es el caso, por poner algunos ejemplos situados en América Latina, del boliviano Gabriel Mamani y la argentina Paloma Vidal en Brasil, del chileno Alejandro Zambra y el egipcio-italiano Fabio Morábito en México, de la uruguaya Fernanda Trías en Colombia, y de la colombiana Margarita García Robayo, la española Macarena Trigo, el cubano Marcial Gala, los chilenos Gonzalo León y Cynthia Rimsky o el venezolano Gustavo Valle en Argentina.
Si atendemos a otra esquina del idioma, no hay más que recordar la nómina de autores que llegaron a España como consecuencia de las dictaduras conosureñas de los años setenta y ochenta -Cristina Peri Rossi, Nora Catelli, Edgardo Dobry, Clara Obligado- con su correspondiente generación de «hijos» -Andrés Neuman, Flavia Company, Denise Despeyroux, Victoria Szpunberg, Patricio Pron, Fernanda García Lao- para constatar que se trata de indispensables en nuestras letras. A ellos se añaden nicaragüenses -Sergio Ramírez, Gioconda Belli-, cubanos -Pío Serrano, José Abreu, Amir Valle, Abilio Estévez, Gabriela Guerra, Ronaldo Menéndez- o, en los últimos años, venezolanos -Antonio López Ortega, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Verónica Jaffé o Rodrigo Blanco, entre muchos otros. Buena prueba de la vitalidad de esta reciente diáspora la ofrece el libro de cuentos Venecos (Rodrigo Blanco, 2025), que cuestiona desde su título el término despectivo con el que se conoce a sus compatriotas en el resto del mundo.
A estos creadores se suman migrantes, por motivos económicos y/o intelectuales, que han recalado por estos lares desde los años noventa del siglo pasado: Jorge Eduardo Benavides, Fernando Iwasaki, Jorge Volpi, Martín Caparrós, Florencia del Campo, Daniela Tarazona o Santiago Esteso. En esta hornada, una serie de autoras reunidas en torno al colectivo Sudakasa -Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Claudia Apablaza, Mónica Ojeda, Mafe Moscoso, Sofía Balbuena, Brenda Navarro, Nayareth Pino Luna, Paulina Flores- han asumido el marchamo migrante de forma específica para su escritura. Wiener ofreció un buen ejemplo de este hecho el año pasado cuando, como editora invitada, cambió el nombre del sello Caballo de Troya por el de Yegua de Troya con el fin, según sus palabras, de dar cabida a las «nuevas escrituras del sur» y «el pensamiento marrón»: una propuesta plasmada, de forma efectiva, por la ilustradora Rocío Quillahuaman en Marrón (2022), su primer libro de memorias autobiográficas.
Sería imposible hablar hoy de canon sin atender a estos nombres, como lo demuestran algunos hechos significativos. Así, entre los galardones concedidos en 2025, Verónica Jaffé obtuvo el Casa de América de Madrid. En narrativa, Sergio Ramírez mereció el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, mientras otros reconocimientos fueron a parar a firmas argentinas residentes en Italia -Pablo Maurette con el Herralde- o España: María Fasce -que obtuvo el Café Gijón 2024-, Sofía Balbuena -el Ribera del Duero- o Victoria Szpunberg, en quien recayó el Premio Nacional de Literatura Dramática. La misma Szpunberg recreó en La tercera fuga el exilio de tres generaciones de una familia muy cercana a la suya, demostrando la pertinencia del concepto postmigración para ciertas genealogías condenadas al desplazamiento -de lo que, en el terreno de la novela, dio cuenta Apablaza en La siembra de nubes (2025). En la misma línea, Denise Despeyroux siguió representando el año pasado sobre las tablas Misericordia, recuento del viaje que hizo en su niñez, junto a otros ciento cincuenta y cuatro hijos de represaliados políticos, de la España socialista de Felipe González al Uruguay.
Atendiendo, asimismo, al prestigio que atesoran ciertas librerías centradas en literaturas latinoamericanas -Lata Peinada, Juan Rulfo, Mandolina-; a la creación de festivales como KM América y Con acento; a los encuentros «LAT de editoriales independientes españolas por la literatura latinoamericana» (que ya han alcanzado su cuarta edición), con sellos especialmente atentos al «lado de allá» -Candaya, Páginas de Espuma, Huerga & Fierro, Los Libros de la Mujer Rota, Lastarria y De Mora- y otros que han desembarcado en nuestras ciudades para publicar en Europa -Almadía, Sexto Piso, FCE, Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia, RIL-, se puede decir que hemos progresado frente a la situación vivida hace unos años, cuando se ninguneaba la escritura migrante desde todos los puntos de vista.
Es necesario, pues, asumir la relevancia de las «literaturas con acento»; especialmente subversivas en su expresión. Como destaca Meri Torras en Condición de extranjería. Exocrítica y estéticas migrantes (2024), «muestran el acento haciendo énfasis, subrayando determinado/s aspecto/s con este gesto, o bien sacan la lengua, dejan que su lengua-dialecto-acento se asome». Hablamos, por ello, de creaciones alejadas del español neutro característico de las escrituras born translated (Rebecca Walkowitz): esas obras «nacidas para la traducción» y orientadas al mercado que hoy copan las mesas de novedades de las grandes librerías-papelerías, criticadas por su ausencia de carácter y nula literariedad en ensayos recientes como Against World Literature: On the Politics of Untranslatability (Emily Apter, 2013), De la literatura latinoamericana la literatura (latinoamericana) mundial (Jorge Locane, 2019) o Escribir entre lenguas: dinámicas translingües en la narrativa latinoamericana del siglo XXI (Ilse Logie, 2026).
Cuando te ordenan qué comer
Hubo un tiempo no lejano en que la variante castellana del idioma era considerada mayor frente a las otras, como han denunciado los trabajos sobre glotopolítica de José del Valle o, en el ámbito latinoamericano, Josefina Ludmer en «De la lengua al imperio» (Aquí América Latina. Una especulación, 2010). Entonces, el diccionario de la RAE abundaba en el señalamiento de americanismos, sin que en ningún momento se le ocurriera aplicar el término españolismo o castellanismo a los modismos peninsulares (algo lógico si se hubiera atendido, por ejemplo, al número de hablantes de cada variante expresiva). No se tenía en cuenta, en fin, lo que señala Lola Pons en El árbol de la lengua (2020): «No importa de dónde seas: tú hablas un dialecto. Todos hablamos dialecto: la presentadora de los informativos, al terminar su locución, habla un dialecto; el mejor de los escritores y el más cutre de ellos hablan un dialecto». De ahí que Iwasaki abriera Las palabras primas (2018), ensayo dedicado a reflexionar sobre los vocablos y giros «del lado de acá» y «de allá» del idioma, con esta irónica frase: «No he observado jamás que los españoles hablaran mejor que nosotros. (Hablan en voz más alta, eso sí, con el aplomo de los que ignoran la duda)».
Pocos episodios resultan más tristes para un gozador de los placeres culinarios que el momento en que se ve abocado a elegir un manjar frente a otro. Es lo que ha sucedido con los escritores desplazados, que han sufrido regaños continuos por su uso del idioma, y no solo desde un lado del ring. Florencia del Campo retrata este hecho cuando la narradora de Madre mía (2017), que habita entre Madrid y Buenos Aires, es increpada repetidamente por su madre: «¿Desde cuándo hablás de tú, boluda?» (22). Así le ocurre también al niño protagonista de Una tarde con campanas (Juan Carlos Méndez Guédez, 2004), al que el padre espeta: «No digas coche, se dice carro. No digas sandía, se dice patilla. No digas gafas, se dice lentes. No digas polla, se dice güevo… No digas cacahuete, se dice maní. Carajo, que no digas, no digas, que no hables así, carajo. (Mi padre los domingos. Tercera cerveza)». En la misma línea, pero «del otro lado», la hija de Claudia Apablaza amonesta a la madre en la autoficcional Historia de mi lengua (2023): «Mi hija me corrige: Se dice coche, mamá. No se dice auto. Tú no sabes nada. No sabes nada, no sabes nada. Se dice coche, coche, coche, no se dice auto. ¿Escuchaste?».
De ahí la necesidad de someterse a melancólicas dietas o, lo que es lo mismo, a olvidar cierto tipo de palabras para conseguir asiento en la mesa.
La posibilidad de alternar el menú
Lo declara Flavia Company en «Trai-ducirse» (2011):
Ha habido veces en que he tenido que oír opiniones acerca de la necesidad de elegir solamente una lengua, acerca de la imposibilidad de mantener la creación en dos distintas o de la dificultad que eso suponía para etiquetarme —esto último es sin duda una realidad, pues se pueden encontrar mis libros en las secciones de literatura hispanoamericana, catalana o española a la vez e incluso en la misma librería.
Ante esta situación, Company ha optado por escribir algunos de sus libros en catalán y otros en español, empleando en los textos narrativos la variante castellana del idioma y, en el poemario Volver antes que ir (2012), donde enfrenta los desafíos de su identidad migrante, la argentina. Ahí podemos leer versos como los siguientes, que enfatizan la posibilidad de una escritura en la grieta: «Hay que ponerse de acuerdo en lo que es vos, /o yo, o vos y/o yo). (O no)./ Una vez ahí, empezás por otro lugar:/ te das un nombre, un género, un idioma/ o por el contrario/ no te nombrás/ no te generás/ no te idiomás» (la cursiva es mía).
Siguiendo esta tónica, algunos escritores alternan sus usos del español. Lo muestra Clara Obligado, que en la reciente Exilio (2026) -de acuerdo con el motivo que sustenta la obra-, privilegia la variante argentina del castellano frente a textos anteriores. O de Andrés Neuman, que sometió Una vez Argentina (2003) a una pormenorizada reescritura en 2014, adelgazando y argentinizando numerosos párrafos. Así se aprecia al final de la novela, cuando el Andrés personaje va a dejar su país de origen; del «Adiós a todos mis ancestros, imaginada sangre mía, adiós, ancestros, ojalá algún día sepa vuestras historias. El último peldaño se plegaba. Personajes, adiós, dadme memoria», pasa al menos posesivo, más lírico y porteño: «Chau, ancestros, imaginada sangre. El último peldaño se plegaba. Chau, personajes, chau».
En otras ocasiones, se opta por conjugar nuevos y antiguos entornos lingüísticos. De acuerdo con este hecho, en El monte de las furias (2025) Fernanda Trías incluye tanto colombianismos -«yarumos», «frailejones»- como uruguayismos muestra -«carpincho», «choripán». Y el resultado es, sin duda, magnífico.
Del festival de sabores a la cocina fusión
La repetición de platos nos hace perder vitaminas y alegría. Frente a una de las frases que marcó mi infancia y que acá relaciono con la imposición de una norma –«¡Estas son lentejas: si quieres, las comes y si no, las dejas!»-, excelentes autores contemporáneos han optado por «espesar» el idioma. Sucede con los creadores multiterritoriales -pluriversales- desde la aparición en la escena literaria de Roberto Bolaño, que integró en su obra acentos uruguayos, chilenos o mexicanos sin vaciarlos de significación.
En esa estirpe se sitúa un comidista del idioma como Fernando Iwasaki, resultado de una suma de exilios y culturas —peruana, japonesa, italiana y española—, por lo que se apropia «literal y literariamente de todos esos territorios». De ahí que disponga de una visión especialmente aguda para cuestionar ciertos identitarismos –El descubrimiento de España (1996), España, aparta de mí estos premios (2009), Republicanos. Cuando dejamos de ser realistas (2008), Sevilla, sin mapa (2010), Nueva Corónica del Extremo Occidente (2016)- y que bucee con igual comodidad entre arcaísmos, regionalismos y coloquialismos, convirtiendo sus hallazgos en un verdadero festival de sabores.
Concluyo estas líneas abogando por la «cocina fusión»: esa corriente gastronómica que combina en sus originales platos los más diversos ingredientes, técnicas y estilos culinarios. Gloria Anzaldúa ofreció un temprano exponente de este hecho gracias al lenguaje híbrido en que escribió Borderlands/La Frontera (1987), recuperado conceptualmente por Yuri Herrera -lengua/lengua latina/lengua gabacha- en Señales que precederán al fin del mundo (2009).
Pero existen casos menos centrales desde el punto de vista geopolítico y, por tanto, merecedores de especial atención. Escojo entre ellos el precursor Mar paraguayo (Wilson Bueno, 1992), escrito en una mezcla de español, portugués y guaraní. En esta misma línea se encuentran autores tan interesantes como Fabián Severo, que obtuvo con Viralata (2015) el Premio Nacional de Literatura Uruguaya, o Luciana de Mello y su reciente Mandinga (2025); o practicantes del portunhol selvagem -expresión de resistencia que defiende el caos, el plurilingüismo y la libertad creativa- como Douglas Diegues, que inició esta experiencia radical con el poemario Dá gusto andar desnudo por estas selvas (2002).
En conclusión, hay platos «con acento» para todos los gustos. Mestizos, híbridos, alternativos y periféricos, concentran su esencia en un uso inquisitivo y voraz de la lengua. Puede decirse de ellos lo que escribió Mónica Zwaig -que emigró de su Francia natal a Buenos Aires para hacerse escritora- en La interlengua (2023): «El idioma es algo insaciable, come de mí sin parar».
¡Que nos aproveche!