POR JAVIER SINAY
El escritor argentino Tomas Eloy Martínez. Fuente: Wikicommons.

Una de las ventanas daba a un bosque de pinos: un paisaje impresionista en un suburbio de Highland Park, Nueva Jersey, que Tomás Eloy Martínez elegía cada día no ver. A esa naturaleza, a ese cielo, a esos árboles: a todo él le daba la espalda y le decía no. En cambio, les decía sí a sus borradores, a sus anotaciones, a sus golpeteos en el teclado: había colocado su escritorio y su silla en la pared opuesta a la ventana para concentrarse. El desafío exigía una renuncia y ya no importaba si el precio a pagar era grande o si iba a perder poco o mucho para conquistar su meta: se había propuesto escribir la mejor novela sobre Eva Perón jamás escrita.

Los capítulos, con algo de nonfiction y algo de fantasía, estaban conectados a través del dolor de esa mujer, de su gloria, de su muerte y de todo lo que vino después, cuando su cadáver embalsamado —convertido en un trofeo político capaz de movilizar a miles de personas— fue ocultado por agentes de inteligencia y por operadores anónimos, y empezó a aparecer y a desaparecer en distintos puntos del globo (inusuales, inesperados, ilógicos) como si estuviera más vivo que muerto.

Se dijo que la Armada lo había cremado y que había arrojado las cenizas al Río de la Plata, o que había sido enterrada en una isla cerca de Buenos Aires, o que yacía en el largo Chile como si fuera una leyenda perdida. De hecho, el título del texto de Martínez fue durante algún tiempo La perdida. Después dio con otro más preciso: Santa Evita.

Santa Evita no era una novela sencilla y casi todos los días mostraba averías: un problema aquí, un acertijo allí, el ruido ahí… cosas usuales en cualquier aventura literaria. Sin embargo, Tomás Eloy Martínez pensaba que un buen autor podía resolver todo eso más rápido que él. Lo podía resolver Gabriel García Márquez, por ejemplo, a quien en 1967 el mismo Martínez había puesto en la portada de Primera Plana, la revista que entonces dirigía: García Márquez era un desconocido, pero Martínez tenía una intuición poderosa para la información y estaba en lo correcto. Martínez era un gran periodista, de eso nadie dudaba. Pero… ¿Martínez –que de repente se atrevía a hacer literatura con el episodio más dramático de la historia argentina– era un gran escritor?

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«Desde que intenté narrar a Evita, advertí que, si me acercaba a ella, me alejaba de mí», escribió Tomás Eloy Martínez en la novela. «Sabía lo que deseaba contar y cuál iba a ser la estructura de mi narración, pero apenas daba vuelta la página, ella se me perdía de vista y yo me quedaba asiendo el aire. O si la tenía conmigo, mis pensamientos se retiraban y me dejaban vacío».

Resolver este texto le costaba y quizás él no escribía como García Márquez, pero definitivamente no era un novato ni un despistado. Tomás Eloy Martínez tenía veintipico cuando empezó a firmar críticas de cine en el diario La Nación, menos de 30 cuando se convirtió en el jefe de redacción de Primera Plana —una revista con un lenguaje periodístico original y una posición política más bien opaca— y 35 cuando publicó su primera novela. A lo largo de los años siguientes hizo muchas cosas, grandes cosas: nunca se detuvo.

«Si quería ser diplomático, era míster diplomático», recordará después Juan Forn, que fue su editor en Planeta, filial argentina. «Y si quería ser intrigante, era míster intrigante». Hacía relaciones públicas adonde fuera que iba; las llamaba «alianzas estratégicas». Alejandro Manara, que compartió su amistad en los Estados Unidos mientras aquel escribía Santa Evita, dirá que era «un excelente conversador» y que en cualquier mesa de amigos, Martínez siempre sorprendía a todos con sus historias. «Tenía una cosa “vaticana”, seducía de una forma bestial», agregará. Paula Pérez Alonso, que trabajó con Juan Forn en la edición del libro, lo describirá como «adorable», «tremendamente seductor».

Pero cuando la novela fallaba, Tomás Eloy Martínez no se veía ni tan diplomático ni tan seductor, sino acomplejado y malhumorado. En abril de 1990 había firmado un contrato con Planeta Argentina por el cual había recibido un adelanto de 25.000 dólares (la mitad del presupuesto total del editor Juan Forn). La fecha de entrega ya había pasado. Tiempo atrás, Martínez le había tenido que devolver otra cifra a la Editorial Alianza, con la cual también había firmado un contrato para, al final, fracasar en su intento con la misma novela. Su contrato con Planeta era por dos libros nuevos y por la reedición de otros dos: así lo había planeado porque en verdad no estaba seguro de poder terminar a tiempo con el texto de Evita.

«Él tenía una fascinación por la palabra justa de Borges, pero cuando se ponía a escribir su adjetivación era frondosa; los norteños son retóricos como los caribeños», dirá el editor Juan Forn. «Y aunque su oficio periodístico lo rescataba de eso, él siempre tenía un complejo: el de no ser un escritor puro».

Se permitió exagerar algunas cosas, crear situaciones y suponer, por ejemplo, que el cuerpo de Evita había estado oculto en un cine de barrio durante dos meses. «A pesar de la imaginación, era una persona rigurosa y obsesiva», recuerda el consultor político Sergio Berensztein, que cuando era un joven estudiante trabajó a las órdenes del escritor. Todo estaba enhebrado con cuidado. Por algún motivo, hacerlo funcionar no era sencillo.

Martínez tenía a Eva Perón, tenía al mito, tenía la fábula, tenía la leyenda y la irracionalidad. Y no lo estaba logrando. La historia de esa mujer se le escapaba entre las manos del mismo modo que el cadáver se le había escapado a soldados y a guerrilleros durante años. El aura de Eva Perón se imponía, no lo dejaba pensar tranquilo. Una vez él le había dicho al editor Juan Forn que en Planeta debían prepararse para algo tremendamente ambicioso, pero los fragmentos que desde entonces les había enviado eran mediocres.

Él lo sabía, todo el mundo lo sabía. La novela esperada y anunciada estaba atascada y su autor, desconcertado. Así, en algún momento Martínez dejó de lado este proyecto para terminar otro, una «novelita tucumana». En algún momento aceptó volver a trabajar en una redacción, al frente de Primer Plano, un suplemento literario de Página/12. Y en algún otro momento anunció que se iba a vivir a Estados Unidos porque Susana Rotker, su esposa, había sido contratada como hispanista por la Universidad de Rutgers. Ella podría aconsejarlo. Lo hacía desde 1979, cuando se conocieron. Él estaba exiliado en Caracas; ella era entonces una ensayista que escribía críticas de cine. Ahora era la madre de la hija número siete de Martínez.

Sin embargo, estaba el contrato y estaban los 25.000 dólares, que no hacían más que acorralarlo. Le recordaban que el punto final de Santa Evita no había llegado y que el tiempo corría y se iba muy rápido. Cada diciembre los auditores españoles de Planeta revisaban las cuentas, veían esa cifra en dólares y preguntaban: ¿cuándo estará listo ese libro?

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Para Tomás Eloy Martínez, todo esto había comenzado en 1958. Eva Perón había muerto hacía seis años. Preparando una nota sobre los 50 años del cine argentino, Martínez dio con Julio Alcaraz, el peluquero de Evita, a quien ella había conocido cuando era una actriz. Alcaraz habló varias veces con Martínez. Le dijo: «De la pobre minita que conocí cerca de Mar del Plata hice una diosa. Ella ni se dio cuenta».

En esos años también la madre de Evita, Juana Ibarguren, conversó con Martínez. Era una mujer desesperada porque no podía encontrar el cuerpo ya muerto de su hija. Le dijo: «¿Sabe, señor, que hay tres copias del cuerpo? Yo las vi, son idénticas y una persona común no puede distinguir una de la otra». Martínez anotó, y guardó sus anotaciones durante años: esa cuestión –la de las copias de cera, vinilo y fibra de vidrio creadas para confundir a quienes buscaran el cadáver– iba a ser una línea principal en la trama de Santa Evita.

Luego, en 1970, conversó en un café parisino con Rodolfo Walsh, que ya había escrito su famoso cuento «Esa mujer», donde —él también— trataba el tema del cadáver. Martínez tenía un dato, Walsh lo confirmó: Evita estaba enterrada en el consulado argentino de Bonn. Martínez le escribió una carta en clave a un editor de la revista Siete Días: Evita era «Yoko Lennon», Bonn era «Ono». Luego, en el patio trasero del consulado, creyó ver la forma exacta de una fosa. «Eran sus ganas de que la historia fuera cierta», dirá su hijo Ezequiel Martínez. La pista nunca fue confirmada.

En 1985 por fin decidió saldar sus cuentas con el peronismo y escribió La novela de Perón, un primer intento de juego con la ficción y la biografía.

El libro fue un éxito, pero las cuentas no habían sido saldadas del todo.

Y entonces, una noche en 1989, recibió una llamada telefónica.

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Quizás el problema era que su heroína le imponía precaución: que Tomás Eloy Martínez no se animaba siquiera a insinuar una falta de respeto ante Evita. Otros lo habían hecho: Andrew Lloyd Webber y Tim Rice lo habían hecho en un musical, Copi lo había hecho en una obra de teatro, Néstor Perlongher, en tres cuentos. Pero escribir Santa Evita era distinto. «Él era muy supersticioso», recordará su hijo Gonzalo Martínez. «Hacía sonar las llaves para alejar la mala suerte y tenía la teoría de que Evita era pura: un alma auténtica, no como la de Perón. Al mismo tiempo, sentía que todo alrededor de ella podía derrumbarse porque todos los que estuvieron detrás de la manipulación del cadáver terminaron locos».

Bajo el peso de esa aura, Tomás Eloy Martínez avanzaba a paso forzado en su estudio de Highland Park, Nueva Jersey, y por más que le diera la espalda a la ventana del bosque y se concentrara, caía en situaciones que no sabía cómo resolver. El capítulo inicial, que era el más importante, se había vuelto pantanoso. Evita a punto de morir: así empezaba el libro. Martínez se quedaba mirando el vacío, pensando cómo pasar a palabras esa experiencia. «Estaban las ideas y estaban todos esos años de investigación, pero no le salía…», recuerda Ezequiel Martínez, su hijo. «No encontraba el tono».

Eso significaba que el texto no se sentía real, o que era algo torpe. Tomás Eloy Martínez probó haciéndolo largo, llegó a las 300 páginas, probó haciéndolo breve, de 140 páginas. Y en algún momento pensó que por fin había encontrado un punto de equilibrio, destapó un champagne para celebrar y se lo entregó a su editor, Juan Forn. Como este se hallaba ocupado con otro libro, Paula Pérez Alonso fue la primera en leer. Era una editora joven, también autora, y hoy sigue en Planeta: muchos de los mejores libros argentinos de los últimos 30 años pasaron por sus manos. Santa Evita la impresionó.

«Sin embargo», dirá, «el primer capítulo estaba cargado con un tono de melodrama: era como un cuadro que tiene mucha pintura y había que quitar un poco y disolver el exceso. La trama era alucinante, no necesitaba nada de eso». Pérez Alonso se lo comentó a Forn. Él lo leyó y también lo vio. Y así Tomás Eloy Martínez entendió que en su estudio de Nueva Jersey no había alcanzado ningún punto de equilibrio.

Había conocido a Forn en 1987 cuando este, de 22 años, se había presentado ante Martínez para hacerle una entrevista. En algún momento le había descargado una crítica feroz e irreverente sobre La novela de Perón. «Usted arruinó el libro con brochazos de realismo mágico para que calificara como novela de dictador latinoamericano», le había dicho, y Martínez sonrió porque no quería mostrarse avergonzado, pero supo que había sido tocado en su herida y en su verdad. En el mundo literario, donde la adulación era moneda corriente, Juan Forn le había dicho algo crudo sin pedirle permiso.

Años más tarde, Forn se había vuelto una fuerza cultural en sí mismo. En sus primeros meses como editor en Planeta había contratado libros de 25 autores. La crisis terminal de 2001 todavía estaba lejos y Buenos Aires nunca dormía. Forn creía más en el realismo urbano y cosmopolita que en el academicismo y el compromiso político. Era un golden boy entre polémicas animadas por mentes peligrosas, entre editoriales y revistas con suficientes recursos, entre rebeldes, apocalípticos y melómanos. En ese clima, era además el único editor de la ciudad que se preocupaba por hacer un trabajo de corrección línea por línea con un autor.

Tomás Eloy Martínez le iba a confiar su novela a él, el mismo que seis años atrás le había mostrado cómo se había arruinado la anterior. Martínez no podía hacer nada mejor: se encontraba en una encrucijada.

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Entonces es un viernes a la noche y es 1989, y suena el teléfono en la casa de Tomás Eloy Martínez. 

Desde el otro lado de la línea, una voz que parece atravesar los tiempos le dice que si quiere información sobre Evita puede acudir a una cita en el coqueto café Tabac del barrio de Palermo. Martínez responde que ya escribió sobre ella, que lo hizo en La novela de Perón. La voz le dice: «Se le escaparon muchos errores. Sólo nosotros sabemos lo que pasó».

Hace seis años que los militares se han retirado del poder en la Argentina y Martínez duda, siente que no debe ir, huele una trampa pero al final se pone el impermeable y sale de su casa. En la calle casi no hay autos. Llega al Tabac cuando falta poco para la medianoche. Está nervioso. A Rodolfo Walsh le tendieron una trampa para secuestrarlo y matarlo. Detecta, en una mesa, a dos hombres que aguardan: el coronel Héctor Eduardo Cabanillas y el brigadier Jorge Rojas Silveira. Son oficiales del servicio de inteligencia del ejército; el saludo es breve. Le dicen que quieren contarle cómo fue el itinerario sinuoso del cadáver de Eva Perón hasta su regreso a la Argentina. Él acepta escuchar. Acaso sospecha que pronto va a perderse, él también, en su propio camino sinuoso.

Explicará Ezequiel Martínez, su hijo: «El coronel Cabanillas y el brigadier Rojas Silveira buscaban pasar a la posteridad como quienes habían hecho el procedimiento de la devolución del cadáver, tantos años después de su ocultamiento. Respaldaron lo que decían con documentación original».

Tomás Eloy Martínez recordará esa noche seis años más tarde, el 26 de julio de 1995, cuando presente Santa Evita en el Centro Cultural de España, un sótano en la calle Florida. Martínez conversará con Forn, en público, y hablará del café Tabac: «En aquel momento comencé a sentir el hechizo, la fascinación de la historia de este personaje, Evita. Me asedió como pocas historias, se empezó a convertir en una extraña obsesión, casi diría en una enfermedad, una de esas enfermedades a las cuales no se puede renunciar».

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A principios de 1995 la novela estaba lista. Pero la crisis del Efecto Tequila había forzado a la editorial Planeta a reducir sus lanzamientos y existía la posibilidad de que Santa Evita fuera guardada hasta que pasara la recesión. Martínez, entonces, explotó sus habilidades (y su agenda): pidió una reunión con todo el equipo directivo de la editorial y puso sobre la mesa un fax que le había mandado Gabriel García Márquez. Allí los autorizaba a usar un blurb suyo: «Aquí está, por fin, la novela que siempre quise leer». Fue una jugada perfecta.

«Apenas apareció la primera edición argentina, empezaron a llover ofertas de editoriales extranjeras con anticipos muy superiores a lo habitual», dice Mercedes Casanovas, la agente de Martínez, hoy al frente de la agencia Casanovas & Lynch. Un nuevo blurb de Mario Vargas Llosa («Santa Evita me derrotó desde la primera página…») afianzó la apuesta. «Sin duda, las citas de ambos contribuyeron al interés que despertó la novela», sigue Casanovas. «Las traducciones se publicaron poco después de la edición en español y las críticas fueron extraordinarias. La obra fue un éxito inmediato, y en 1997 la película de Madonna [Evita] impulsó aún más su presencia en el mercado internacional, especialmente en el anglosajón».

La crítica en The New York Times apareció el 20 de septiembre de 1996 y destacó «algunas escenas mágicas y sumamente perversas» y los «momentos que realmente iluminan la extraña intersección entre historia, chismes y leyenda» (aunque también marcó errores del libro). Ocupó una página entera: su repercusión fue inmediata.

Planeta Argentina y Seix Barral España vendieron 250.000 ejemplares en todos los formatos. Penguin Random House la publicó de vuelta en 2010: vendió otros 200.000 ejemplares. En Alemania, Suhrkamp vendió 60.000 ejemplares, y Fischer Verlag la reeditó y vendió 10.000 ejemplares más. En Estados Unidos, Knopf alcanzó los 120.000 ejemplares; en Francia, Laffont, 15.000; en Italia, Guanda, otros 15.000; en Brasil, Companhia das Letras, 25.000; y en Dinamarca, 10.000. «Es la mejor novela que llega de América Latina desde Cien años de soledad», dijo Alberto Manguel en ese momento. Hacia 2007, según la Encyclopaedia Britannica, Santa Evita había vendido más de 10 millones de ejemplares en 60 países. Veinte años más tarde, Alfaguara publicó una edición conmemorativa. Y en 2022 el canal Star+ produjo una serie de televisión basada en el libro.

Santa Evita se había convertido en la novela argentina más traducida de la historia: un mito poderoso hilvanado en 36 lenguas.

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«La idea del cuerpo esquivo, del cuerpo sin sosiego, la idea del cuerpo sin lugar posible es, para mí, una metáfora del país», le había escrito Tomás Eloy Martínez a Mercedes Casanovas, su agente, poco antes de terminar de escribir Santa Evita. «De ahí que me haya costado tanto este libro».

Aunque el éxito fue mayor de lo que cualquiera en la editorial se hubiera atrevido a vaticinar, Martínez nunca consideró que el trabajo estaba completamente cerrado y no pudo saber con certeza algunas de las cosas que él mismo había escrito; por ejemplo, si las copias del cadáver habían existido.

El cuerpo de Evita pasó más de quince años vagando por el mundo, perdiéndose a lo lejos y, de algún modo, Santa Evita, con su cóctel de fábula y testimonio, hizo lo mismo con la verdad: la perdió a lo lejos. «[Martínez] estaba obsesionado por “recibirse” de escritor: que lo dejaran de ver como un periodista que hacía novelas», escribió Forn en febrero de 2010 en Radar, el suplemento literario de Página/12 que luego de renunciar a Planeta él mismo había fundado como continuación del Primera Plana de Martínez. El autor acababa de morir; fue un cáncer. «Hay algo en la concepción colectiva de Eva que hizo perfecto clic con Santa Evita», anotó Forn en un texto de homenaje.

Señaló que cuando Martínez había decidido apoyar su obra maestra sobre una base de nonfiction, por fin había funcionado: tal como esperaba Forn, el oficio que él tenía como periodista era su verdadero don e iba a ser, también, la mitad de la solución al muy comentado problema del tono.

La otra mitad se la dio su esposa, Susana Rotker. Una noche en Highland Park, luego de que su hija se durmiera, se quedaron charlando hasta tarde. Él estaba agobiado con su único gran asunto: el tono, el tono, el tono. Ella le preguntó por qué insistía con el miedo a Evita. «¿Por qué no contar, además de la historia del cadáver, la cuestión de transeúnte, de nómade por el mundo, las exposiciones, los martirios, los conflictos del cuerpo vivo de Eva Perón?», le dijo. Su mirada indicaba que no era curiosidad, sino un dulce ultimátum. Y él entonces imaginó a Eva Perón muriendo. Y supo de inmediato que esa sería la primera escena de la novela.

«Después», dirá Tomás Eloy Martínez en la presentación del libro, «cuando logré contar esa escena, Eva Perón muriendo, Eva Perón sintiendo el cuerpo que languidece, que es fuerte y que es débil a la vez, que el cuerpo se le escapa, en ese instante fue cuando yo sentí que el cuerpo de Eva se posaba sobre el relato. Y entonces el tono nació de verdad».