Manuel Arias Maldonado
La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XX
Página Indómita, Madrid, 2016
448 páginas, 24.90 €
POR PALOMA DE LA NUEZ

Pocas cosas producen tanta melancolía como ser liberal. De hecho, es esta una de las pocas emociones que se asocian con el liberalismo, tildado a menudo –y sobre todo en los tiempos que corren– de calculador, racionalista, frío y sin corazón. Acusación injusta que, por eso mismo, puede ser rebatida acudiendo a la historia del pensamiento liberal y a sus más insignes representantes, pues no en vano muchos de ellos dejaron escritas bellas frases en las que se apela a las emociones liberales (que haberlas, haylas) y a la defensa apasionada de la libertad, si es que de lo que se trata es de rebatir a los hoy partidarios de «sentimentalizar» nuestras democracias asimilando parte de su discurso.

Hasta cierto punto es comprensible que, como reacción a la teoría política excesivamente abstracta y racionalista de las últimas décadas del siglo xx (pensemos en Rawls o Habermas, por ejemplo), y asimismo como reacción al modelo del homo oeconomicus de la economía liberal, se haya producido un cambio de paradigma que, con el nombre de «giro afectivo», es ya omnipresente en las ciencias humanas.

Pues bien, lo que ofrece el libro de Manuel Arias es una explicación clara, rigurosa y amena de cómo y por qué se ha producido este fenómeno de la «sentimentalización» de la política; qué consecuencias está teniendo y cómo podríamos afrontarlas si es que queremos contrarrestar la desventaja «propagandística» de nuestra democracia representativa.

Nuestro autor no oculta su preferencia por un tipo de democracia y de ciudadanía de hondas raíces liberales en la que «experimentar ciertas emociones no equivale a tener razón», por eso no sólo explica las causas que han producido esta situación (desde la transformación del capitalismo liberal en capitalismo sentimental hasta el desarrollo e impacto de las nuevas tecnologías), sino que discute también las teorías y propuestas que, sobre todo desde la ciencia política (más las que provienen de otros ámbitos científicos como los de la Psicología o la Biopolítica), se están elaborado para comprender lo que pasa y ofrecer soluciones. En la descripción y discusión de estas propuestas (las de C. Sunstein, G. Marcus, M. Nussbaum, S. Krausse, C. Hall, por citar sólo algunas) queda de manifiesto el dominio del autor de la teoría política clásica y contemporánea, de autores (¡muchas mujeres!) y de doctrinas. Está al día de las últimas novedades y no falta nada verdaderamente importante, como se aprecia, asimismo, en la vastísima bibliografía que el autor ha manejado sin por ello hacer pesada ni aburrida la lectura. Todo lo contrario: el autor escribe con soltura, elegancia, sutil ironía y buen humor, no en vano Montaigne y Rorty son parte de sus lecturas obligadas.  Además, el libro está dividido en cuatro partes precedidas cada una de ellas por un «Preámbulo» en el que se recogen las ideas fundamentales de los capítulos que incluyen, lo que facilita la comprensión del texto sobre todo para aquellos lectores que no estén muy familiarizados con estas cuestiones.

De todos modos, conviene recordar que este paradigma que se impone ahora no es ni tan nuevo ni tan original. Lo que ocurre es que, fundamentalmente por la influencia de los recientes descubrimientos de la Neurociencia, parece haber quedado confirmado algo que para muchos era una intuición de puro sentido común: que los seres humanos no somos tan racionales como la mayor parte de los pensadores de la tradición occidental habían creído y defendido, sino que la razón y la emoción se hallan intrínsecamente unidas y que no percibiríamos ni pensaríamos ni decidiríamos bien si no fuera así. (Recuérdese, sólo por citar un ejemplo, que ya los ilustrados escoceses sin el apoyo de sofisticadas técnicas neurológicas, advirtieron de que la razón era esclava de las pasiones).

En realidad y, a pesar de lo que se escribe sobre el pensamiento liberal, casi todos los representantes de dicha doctrina han reconocido la falibilidad humana y los límites de la razón: desde Locke hasta Hayek. De hecho, es por ese escepticismo respecto a la razón por lo que uno se hace liberal: porque la concepción de la naturaleza humana, de la que no se pueden extraer las pasiones, conduce a una visión más realista de la convivencia social. Lo que sí es nuevo es la posibilidad de confirmar esta relación emoción/razón gracias a los adelantos técnicos y científicos, aunque todavía estemos muy lejos de comprender correctamente el funcionamiento del cerebro y de la mente y de disponer de una teoría completa de las emociones.

Pero aunque el liberal no se hace ilusiones, tampoco es un pesimista hobbesiano. Los seres humanos son como son, pero han hecho grandes cosas y las pueden seguir haciendo. Lo que ocurre es que para ello debe uno dejarse guiar más por la razón que por lo que Manuel Arias prefiere llamar «afectos», en los que integra –en un afán clarificador y simplificador que el lector agradece– las emociones, sentimientos y pasiones.

En ese empeño por aclarar bien las cosas, el autor nos recuerda lo enormemente complicada que es la subjetividad humana. Afectos hay de todo tipo y no existe todavía una clasificación que englobe y catalogue todas las categorías y todos los matices. Las emociones son ambiguas (la ira, la compasión, el amor… pueden tener efectos positivos o negativos) y algunas, incluso, son inconscientes, por lo que ni siquiera sabemos que están ahí ni cómo actúan. Por si fuera poco, Damasio (uno de los neurólogos que más ha influido en este giro afectivo en el que estamos inmersos), advierte de que las emociones son la parte más infantil de nuestro cerebro. Los que se dejan guiar por las emociones más que por la razón no piensan bien y se unen con facilidad, sin reflexión previa, a aquellos que apoyan sus creencias y comparten sus puntos de vista, al estilo de lo que ocurre en las «tribus morales» o «nichos emocionales» que promueven esas redes sociales cuyos efectos tan bien describe Arias Maldonado.

Por eso, la «sentimentalización» de la política es también su infantilización. El ciudadano sentimental no se comporta como un adulto, no asume sus responsabilidades (para eso está en gran medida el Estado), no lee, no piensa; se deja guiar por sus afectos porque resulta más fácil y más gratificante. En esta atmósfera emocional no es extraño que el ciudadano se comporte como un niño que cree que la realidad se puede plegar a sus deseos y apoye masivamente a los que proponen soluciones que, aunque imposibles (nacionalismos y populismos varios), satisfacen sus necesidades sentimentales y son, desde luego, más atractivas que las que ofrecen «respuestas imperfectas a problemas insolubles». Ya advertía Ortega, en una época en la que las masas intensificaban el «emotivismo», que la madurez se alcanza cuando uno comprende que la realidad es la que es. Sin embargo, nuestro autor se muestra relativamente optimista porque cree que todos estos descubrimientos que demuestran la implicación de la razón y la emoción, todo lo que se ha escrito sobre los sesgos de la racionalidad (Kahneman et al) sirven en última instancia para que nos conozcamos mejor como seres humanos, para hacernos más realistas y saber a qué atenernos.

Su objetivo declarado consiste en reformular el principio de autonomía para un sujeto postsoberano; una especie de tipo ideal y modelo normativo cuyas características serían las de un individuo que ya no responde completamente al ideal ilustrado de sujeto autónomo y racional capaz de controlar su vida, pero que no deja de ser un ciudadano sensato, moderadamente escéptico, dotado de una fina ironía que, sin renegar de los afectos allí donde sean necesarios, gestiona reflexivamente sus propias pasiones (si acaso no es esto una contradicción en los términos) y que, por eso mismo, deja sitio a los afectos sin dejarse dominar por ellos. Es decir, un ciudadano autoconsciente capaz de convertirse en su propio psicoanalista.

Sin embargo, al lector le parece que este individuo postsoberano se sigue pareciendo mucho al ilustrado de toda la vida, aunque con algunos matices, puesto que en el fondo sigue convencido de que el progreso de la humanidad se debe mucho más al ejercicio libre de la razón que a la influencia de las emociones.

Asimismo, Arias Maldonado confía en los medios que aún existen para encauzar la «sentimentalización» de la vida social y política, aunque puede que haya que revisarlos: por ejemplo, la educación y todas nuestras instituciones, aunque también incluye otros mecanismos más informales y modernos, además del arte, el cine y la literatura. Lo que ocurre –y aquí es donde vuelve la melancolía a campar por sus fueros– es que el lector tiene la sensación de que todo lo que se propone, digamos, como antídoto necesario frente al avance del sentimentalismo ya se ha inventado: ¿no eran las instituciones políticas la respuesta a la limitación del conocimiento y la razón humana?, ¿no eran las normas, los hábitos y usos sociales modos de controlar, encauzar y dirigir nuestras emociones para facilitar la convivencia?, ¿no era ya la educación pública y humanística una forma de crear ciudadanos responsables, reflexivos y participativos?, ¿no ha sido siempre el arte una de las mejores maneras de describir, comprender y educar la sensibilidad humana?, ¿no eran la sociedad civil, el amor, la amistad y la familia los ámbitos en los que era legítimo y necesario desarrollar los afectos?, ¿no era incluso el deporte un medio de expresar y canalizar determinadas emociones inscritas en la naturaleza humana?, ¿no era un mérito de la economía capitalista el convertir los vicios privados en virtudes públicas y las pasiones en intereses?

En fin, como ocurre a menudo en las relaciones sentimentales, en palabras de Márai, «lo que ya no hay que conquistar acaba por aburrir», aunque también es cierto que los que viven permanentemente emocionados anhelan el sosiego que producen los afectos moderados. En ese sentido, podríamos decir que la democracia liberal –que funciona relativamente bien o por lo menos mejor que otras alternativas–no emociona mucho precisamente por eso. Puede que sea esta una contradicción humana sin solución y que tengamos que asumir que únicamente lucharemos por nuestros valores cuando los veamos seriamente amenazados y, desgraciadamente, puede que no haya que esperar mucho. La situación actual del mundo, sobre todo vistos los últimos acontecimientos en Europa y en Estados Unidos, puede que requiera de nosotros, más pronto que tarde, que recuperemos el repertorio afectivo del liberalismo y defendamos apasionadamente nuestros principios y modo de vida, y quizás sea eso lo que consiga preservarlos.

En definitiva, para aquellos que estén preocupados por la situación actual de nuestras democracias, quieran entender qué está pasando y consideren aún que merece la pena «mantener viva la promesa de la modernidad ilustrada», este libro, inteligente y brillante, es imprescindible.