Elvira Liceaga
Las vigilantes
Editorial Las afueras
302 páginas
POR CLAUDIA APABLAZA

Así como Annie Ernaux en su novela La otra hija narra la experiencia de la muerte y pérdida de su hermana Ginette de cinco años producto de una difteria, en Las vigilantes Elvira Eliceaga narra el recuerdo de una hermana muerta, Celeste, producto de una enfermedad neurológica que le producía convulsiones y que fue deteriorando su cuerpo y existencia y, al igual que en Ernaux, esta muerte y el recuerdo de ella, entrega a la protagonista el impulso para la escritura, las anotaciones, los cuadernos, los recuerdos, las fotos, las conversaciones con la madre, el rastrojear de los rincones de la memoria e intentar unir piezas, atar cabos y llenar con esto ese hueco brumoso que aparece tras la pérdida.

Junto a esta historia central, se narra la historia de otras dos mujeres, también cruzadas por sus propios recuerdos, duelos y sus propias escrituras. Por un lado la historia de la madre de Julia, Catalina, una psicóloga jubilada que trabaja en un albergue de mujeres embarazadas que darán en donación a sus hijos, y que también lucha por la pérdida de su hija Celeste; además de la historia de Silvia, una de esas mujeres embarazadas, que más que luchar por un duelo pasado, se predispone hacia lo que viene, y se prepara para entrar en esa pérdida que devendrá, para sumergirse de lleno en ese duelo del futuro.

En Las vigilantes (título que proviene de los miembros de la familia que «vigilan» las convulsiones de Celeste) se muestra clara esa diferencia entre realidad y memoria, para luego intensificar este abismo y enseñarnos la que subyace entre memoria y escritura. Es la misma protagonista, Julia, que divaga en esa línea al recordar, con ternura y solidez, a su hermana muerta, además de hacer de esta diferencia la poética del texto. «Mi archivo de Celeste empieza a poblar la libreta verde. Escribo aprisa mientras mi madre recuerda. Intento completar sus memorias fragmentadas, aunque sea con dudas entre líneas». O en este otro: «Mi mente reconstruye a Celeste, pero mis palabras la inventan. Una doble infidelidad. Las palabras le mienten a la mente. Pero hay una tregua: la mente sacrifica la pérdida del original con tal de aferrarse a una imagen adulterada».

Se cumple así la máxima de Beatriz Sarlo en Tiempo pasado, cultura de la memoria y giro subjetivo (2013) donde la realidad pasa a ser aquello teñido por la memoria, reconstruido desde su prisma: «La memoria, como se ha dicho, “coloniza” el pasado y lo organiza sobre la base de las concepciones y las emociones del presente». Además de poner en cuestión cómo la experiencia desaparece en el relato: «¿La experiencia se disuelve o se conserva en el relato? ¿Es posible recordar una experiencia o lo que se recuerda es sólo el recuerdo previamente puesto en discusión, y así sólo hay una sucesión de relatos en que no tienen la posibilidad de recuperar nada de lo que pretenden como objeto?».

Después de todas estas desapariciones del objeto, el recuerdo, la memoria y la experiencia vivida, aparece el gesto de la escritura, esa mano que se alza para concretarse en el texto. Se suceden tres tipos de escritura, primero, la de Julia, que escribe para recordar a su hermana muerta, su enfermedad, las convulsiones, la infancia vivida, los juegos de niña, el relato del padre, las visitas a los médicos, el funeral; segundo, la escritura de Catalina, la madre, o ese Diario de los temblores, donde anotaba en detalle las horas, las formas de convulsionar y las consultas a los médicos; y por último, esas letras el abecedario que ensaya Silvia, con la ayuda y guía de Julia, cuando intenta aprender a escribir para dejarle una carta al hijo que no conocerá, hacerle en ese gesto un duelo a ese niño del futuro. «Me sincero: no vamos a aprender a escribir toda una carta antes de que dé a luz».

Así, en esta magnífica apuesta, Elvira Eliceaga nos muestra cómo los recuerdos traicionan la verdad, porque es desde esas tachaduras y fragmentos que nos explicamos y ordenamos nuestro mundo herido: «Escribo esa constelación de recuerdos en la que se solapan traiciones a la verdad: lo que decido narrar de lo que conseguimos recordar», además, lo más valioso de esta novela, es cómo todo ese mundo herido se soporta mucho mejor cuando se teje una red de cuidados como la que son capaces de lograr estas tres mujeres.