
Daniel Mella
El hermano mayor
Eterna Cadencia (Argentina),
Hum (Uruguay),
Comba (España)
184 páginas
Daniel Mella es quizá ya un autor consagrado en Uruguay, con más de cinco novelas en su haber (Pogo, su primera, la publicó a los 21 años) y el premio Bartolomé Hidalgo de narrativa a cuestas; además de una traducción al inglés y otra al portugués. El hermano mayor, publicada en 2016 por Hum en Uruguay (ya lleva más de ocho ediciones y fue publicada en Comba en España y en Eterna Cadencia en Argentina) tiene la estructura de una novela de transformación y funciona como un Bildungsroman. Como si recién después de la muerte de su hermano el narrador tuviera la posibilidad de empezar de vuelta y descubrirse a sí mismo. Esa pulsión por describir el linaje y lo heredado, y lo que lo unía y lo separaba de su hermano da origen a la escritura confiriéndole un estatuto mitológico. No solo a esa espectacular forma de morir que tuvo, (fue atravesado por un rayo), sino a la propia autobiografía sentimental de Daniel Mella. El relato, sin embargo, es una autoficción; Mella respeta algunos hechos y nombres de su familia, pero reescribe e intercambia otros.
El registro es oral y la atmósfera exacerbada de masculinidad, «coquetea con la figura del escritor maldito como una forma de parecer más interesante». Es la escritura lo que lo salva. Pero es una escritura llana, donde la trama y la necesidad personal de contar está por encima del uso poético del lenguaje: «Si no puedo ser libre en la escritura, me digo, no voy a poder ser libre en ninguna parte» dirá Mella.
En El hermano mayor no solo se narra el duelo de la muerte del hermano sino un duelo amoroso; la separación de la madre de sus hijos, entreverado con la reflexión de sí mismo como padre, ese punto de no retorno de la vida: «Para dejar de ser hijo precisas tener hijos».
La muerte súbita es lo que da sentido a la escritura. Por momentos el narrador escribe así, rabiosamente, y a medida que eso ocurre el hermano muerto se espesa, se carga de sentidos nuevos. La música pareciera estar funcionando de forma profética: al analizar las canciones que tocaba su hermano, vemos en ellas la anticipación de la tragedia: «siempre fueron un poco deprimentes. A ustedes les parecían lindas y positivas, pero siempre eran sobre perderse en la naturaleza, sobre encontrar la verdad».
La originalidad de la novela radica en la elección de narrar en futuro el duelo en vez de en pasado, a la vez que no deja de preguntarse qué se hace con una herencia. El protagonista usará los zapatos del muerto como una forma antropófaga de llevarlo consigo: «tras sacarme las Adidas puedo sentir la forma de la planta de sus pies en la planta de los míos». Otro de los hechos a destacar es que el narrador, como en una especie de travelling, va haciendo foco en los otros miembros de la familia, para mostrar de qué forma distinta los afecta el hecho de esa pérdida.
El habla del que padece un luto se caracteriza por una glotis que se tiende a cerrar. Pero también pasa que cierta frialdad y desconcierto se percibe por la opción del lenguaje elegido para narrar. Porque, además, intenta responder algo imposible: qué pensamientos pasaron por esos brevísimos segundos que duró el rayo por la cabeza de su hermano: Mella puede escribir este libro, pero, aunque quisiera, jamás podría contar esta experiencia en primera persona. Como señala Agamben: «El testimonio contiene, no obstante, una laguna… Los que no han vivido esa experiencia nunca sabrán lo que fue; los que la han vivido no la contarán nunca».
Lo que deja entrever El hermano mayor es el carácter caprichoso y discontinuo del duelo; el hecho de que es tan privado y tan íntimo que nadie podrá entender jamás ese dolor. Como si para Mella la única manera de sobrevivir a la muerte ajena, de exorcizarla, fuera escribir sobre ella.