Nona Fernández
Marciano
Random House
520 páginas
POR JESÚS CANO

La imagen de cubierta de Marciano muestra el dibujo de un platillo volante que proyecta sobre la tierra un haz de luz amarilla, como si estuviera llevando a cabo una abducción de algo semejante a un ojo. Se trata de un guiño al protagonista de esta novela, apodado «Marciano», pero puede leerse también como una alusión al conjunto de la obra literaria de Nona Fernández, donde la metáfora de la luz ha jugado un papel sustancial. Así sucedía en Chilean Electric (2015), un libro breve y formidable, donde el motivo de la llegada del alumbrado eléctrico a Santiago de Chile habilitaba una reflexión decisiva sobre las luces y las sombras de la historia del país y sobre el rol que la literatura puede jugar al respecto: «Iluminar con letra la temible oscuridad», se proponía la narradora en su búsqueda, estableciendo un diálogo con las luciérnagas de Pasolini y Didi-Huberman y sus tesis sobre la cegadora claridad del capitalismo y los relatos oficiales. «La luz del pasado ilumina nuestro presente», leíamos después en Voyager (2019), donde se ponían en relación la memoria humana y la memoria de las estrellas para discutir, como hiciera el cineasta chileno Patricio Guzmán en su documental Nostalgia de la luz, sobre el olvido y el recuerdo de los pueblos.

En ese sentido, la literatura de Nona Fernández se ha caracterizado por tres rasgos fundamentales: el cruce de las formas, el fondo temático de la dictadura y la interpelación constante a la historia, la memoria y los discursos del poder. De este modo, Marciano puede leerse como la síntesis de muchas de las búsquedas y preguntas que han atravesado su obra en los últimos veinticinco años. La columna vertebral del libro es la vida de un personaje tan atractivo e incómodo como Mauricio Hernández Norambuena, uno de los líderes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que organizó el intento de asesinato a Pinochet en 1986 y el asesinato efectivo del senador Jaime Guzmán en 1991, que después escapó espectacularmente de una cárcel de alta seguridad de Santiago colgado de un helicóptero, que más tarde cumplió una larguísima condena en una minúscula celda de aislamiento en Brasil y que ahora, de nuevo recluso en una prisión en Chile, recibe periódicamente la visita de una escritora que está trabajando en el guion de una serie que nunca se va a producir y que en su lugar desembocará en esta novela.

El material en bruto de esas conversaciones es el punto de partida para una obra de Nona Fernández, que se sirve una vez más de materiales de archivo y documentos para elaborar con ellos algo distinto, marca reconocible de su procedimiento de escritura. Podría haber optado por dejar hablar a Mauricio y que él mismo contara su propia vida (como hace el escritor argentino Carlos Busqued con el asesino de taxistas de su libro Magnetizado, que es también el fruto espléndido de muchas horas de entrevistas en prisión), pero Nona Fernández construye una estructura más compleja y polifónica, un artefacto que subraya, en lugar de ocultar, sus límites y sus huellas de construcción. En las primeras páginas, se cuestiona el estatuto real de la voz de Mauricio, siempre mediada y reelaborada por la de la autora: «El resultado de esta escritura será un enredo entre los dos y asumo el pacto. Eso seré en este libro. Un enredo entre tú y yo», dice Mauricio al principio, haciendo explícito que la narración es un engendro de la voz del personaje y la de la autora, que construye una nueva en la ambigüedad donde se fusionan las dos. En otros momentos del texto, como en el capítulo de la emboscada a Pinochet (episodio que ha dado lugar a diversos textos de la literatura chilena, como Tengo miedo torero de Pedro Lemebel o Matar al mandinga de Galo Ghigliotto), Mauricio insiste en que en su relato habrá necesariamente dosis de invención: «Mi inicio será tramposo, como son todos los inicios y como, probablemente, son todas las historias». Esta serie de puntualizaciones, muy habituales en la obra de Nona Fernández, contradicen la pulsión de todo texto por persuadir a su lector y, en su lugar, lo invitan a desconfiar.

Un escritor pone siempre en diálogo su propia voz con la voz de su personaje, y el idioma del otro es a la vez un lenguaje repugnante y fascinante, decía el narratólogo Gérard Genette. El personaje de Mauricio Hernández Norambuena podría resultar muy cautivador, desde el liderazgo de su compromiso político y la organización del intento de tiranicidio hasta los insólitos acontecimientos de una vida de aventuras, clandestinidad y reclusión, por no hablar también de su cultura y su voracidad lectora. Por otra parte, es imposible obviar que el mismo personaje participó del asesinato de Jaime Guzmán y de diversos asaltos y secuestros para poder financiar sus operaciones militares. Contra la tentación de dejarse seducir por su personaje, Nona Fernández también lo confronta con la violencia de su trayectoria. Afortunadamente no pretende extraer ningún tipo de conclusión moral sobre su protagonista, abstrayéndose de juicios y sugerencias sobre lo que el lector podría pensar al respecto.

En su exploración formal, el libro va mutando y proponiendo dispositivos distintos para cada capítulo, como si el relato tuviera que acomodarse a los diferentes compases de la historia del país. Algunas estructuras son menos sorprendentes, como el carrusel polifónico de testimonios del tercer capítulo, tan frecuente en la narrativa posterior a Bolaño, en el que alguna elección del punto de vista no parece la más acertada cuando el personaje que narra no se encuentra presente durante la acción que relata. Otras, sin embargo, resultan hallazgos extraordinarios, como el del segundo capítulo, en el que tiene lugar una conversación imaginaria entre Mauricio y Nona cuando ella visita en Valparaíso la casa de la infancia del primero mientras este se encuentra preso. Ahí la novela se encuentra con el teatro en un cruce sorprendente e inusual, que pone de manifiesto la faceta de la escritora como dramaturga y actriz. En ese capítulo de intensidad creciente, se dispone una línea de diálogo por página, haciendo visibles sobre el papel los distintos espacios en los que se encuentran los interlocutores. De repente se alcanza el momento epifánico de Mauricio: el recuerdo de una noche en la que él y sus hermanos fueron a ayudar a una familia cuya humilde vivienda se estaba anegando con la lluvia y en la que unos niños pequeños tenían los pies hundidos en el barro. Muchos años después, desde la cárcel, rememora ese momento que supone el detonante de su conciencia política: «No importa el año, tampoco el lugar, ahora mismo, en alguna parte o, más bien, en muchas, los niños siguen en la oscuridad de esa casa con los pies metidos en el barro». Es el mito de origen del militante, que localiza en esa noche la rabia y la pena que orientarían sus acciones por el resto de la vida.

La búsqueda de la forma de este libro es también, al mismo tiempo, su pregunta de fondo. ¿Cómo brindar un orden o convertir en discurso el «ingobernable movimiento de la historia» de un país, cómo construir con unas cuantas palabras una suerte de verdad que dé cuenta de algo tan inasible y desmesurado? Esa es la pregunta de fondo, en realidad, desde la primera novela de la escritora, Mapocho (2002), donde el movimiento ingobernable de los grandes acontecimientos se veía en aquel caso a través de la metáfora del río santiaguino, y donde el personaje de Fausto, el historiador, podía reconocer que «la historia se inventa a partir de las palabras como un verdadero acto de ilusionismo». Más de dos décadas después, Marciano insiste en la reflexión y en varios momentos del libro se reitera la idea de que «la historia no le pertenece a nadie»; más bien, los procesos históricos son una avalancha alocada que arrastra a todo el mundo y a sus decisiones y desafíos individuales.

Además de su trabajo como narradora, guionista y actriz, en los últimos tiempos Nona Fernández ha participado en un proyecto particular con motivo de los cincuenta años del golpe: la búsqueda e identificación de los restos del Palacio de La Moneda tras su bombardeo en 1973. Gracias a esa acción colectiva, que implicó a un equipo de técnicos y artistas, se localizaron en el patio de una vivienda algunas piedras que habían compuesto la casa presidencial. La historia arrasa, dispersa y vuelve irreconocibles sus huellas, pero la obra de Nona Fernández ha insistido siempre en la necesidad de detenerse ante esos fragmentos, sabiendo que persiste en ellos una forma de sentido. En la lectura de esos escombros se pueden comprender todavía algunos aspectos importantes del pasado; es tentador imaginar que también puedan leerse en ellos ciertos aspectos del futuro.