POR BLAS MATAMORO
Empecé a colaborar con Cuadernos Hispanoamericanos en 1978. Desde 1979 fui parte de la redacción y entre 1996 y 2007, su director. Observando esas cuatro décadas de mi vida asociadas a esta casa, las veo como un complejo fenómeno de transformación. Al fondo, la Transición política de España y, de cerca, la conversión del viejo Instituto de Cultura Hispánica en la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID) para el Desarrollo que es en la actualidad. En ese sentido, la revista es una señal de permanencia en el orden del intercambio, la colaboración y un incesante trasiego humano entre la Europa y la América que hablan y escriben en una misma lengua.

Para un argentino con ahínco de escritor —excluyo las categorías de profesión y carrera, que no me incumben— la comunidad lingüística resultó fundamental. No porque yo fuese un forastero que sabía hablar y escribir en cierto español, sino, quizá, por lo contrario: porque tuve que aprender a hablar y escuchar en otro español, es decir, en una rica y variada relación con la palabra que, siendo habitante de mi país natal, no conocía. En qué medida esa experiencia puede haber hallado algún lugar en mi tarea literaria, no soy quién para averiguarlo, aunque sospecho que la huella ha de existir por derecho propio.

El destierro, que es en sí mismo una pérdida y, eventualmente, algo que puede llegar a vivirse hasta como un castigo, echando las cuentas de lo hecho, arroja un ancho saldo de ganancias. Se crean nuevas relaciones personales, se construye una familia de renuevo, se ejercen uno o varios trabajos, se arma una casa, se descubre o se inventa un lugar que, más allá de las inescrutables circunstancias que se hacen llamar la vida, acaba de ser propio a la manera de un gesto del destino. Es como si hubiera estado preparado de antemano, a la espera de nuestra llegada. Así, el forastero que no es nativo de ninguno de los pueblos de España acaba siendo un ciudadano del Estado español, igual a los demás y tan libre como ellos. Ellos que ahora somos nosotros. Llegando de la Argentina del dictador Videla a la España de Adolfo Suárez, el fenómeno se nos impuso de tan evidente que era.

Soy argentino nativo, de familia paterna asturiana y, al ver en los pueblos de tierrina de mis abuelos las rumbosas mansiones de los indianos que habían hecho fortuna en América y querían lucirla ante sus paisanos, pensé que mis antepasados habrían forjado la fantasía de volver para construir alguna parecida. No pudieron hacerlo y los descendientes arraigamos allá. Tal vez mi trabajo español sea, aunque menos visible y aparatoso, mi casa de indiano y esta casa, la del Instituto y la Agencia, una parte esencial de la otra.

Durante los primeros ocho años de mi empleo en la revista, era su director José Antonio Maravall. El comentario cotidiano que mantuvimos fue para mí un privilegiado cursillo de aprendizaje conducido de modo igualitario, gracias a las buenas maneras de Maravall y a la empatía mediante. Era un hombre de la edad de mis padres y, a pesar de esta diferencia personal y a la otra, la histórica, una comunidad de lecturas y un lenguaje enseguida compartido me permitieron mantener una relación en la que el trabajo y la amistad convivieron armoniosamente. Por esas fechas, Maravall completaba su averiguación del Barroco («Me falta un Quevedo —me decía— y no puedo meterme en Calderón porque la mejor bibliografía calderoniana está en alemán») y entraba en la generación del 98. Llegó al final tratando la conversión ideológica de Maeztu y la variable idea de la historia que tuvieron Baroja, Azorín, Valle-Inclán y Unamuno.

También trabé amistad con los anteriores directivos de Cuadernos, Pedro Laín Entralgo y Luis Rosales. Los tres pertenecían a esa juventud cuyo episodio marcante y tremendo fue la Guerra Civil. Aunque se hallaron en el bando vencedor —Maravall, de modo trabajoso—, la guerra fue para ellos también una pérdida. Gran parte del país, en lo humano y lo material, se había destruido, les había sido arrebatada. Acaso, una de las razones de sus laboriosas existencias como maestros y escritores se deba a una honda, oscura e insistente necesidad de reparación. Eran hombres de múltiples saberes, señalados por las tradiciones de apertura cultural al mundo propias de una España de preguerra. También se sumaron a esa suerte de españoles que intuyeron, a cierta altura de la historia, que el régimen dictatorial cumpliría su ciclo y daría lugar a un acomodo de España dentro de la Europa occidental y moderna. Sin duda, este background intelectual fue uno de los elementos que propiciaron la Transición constitucional española.

Estos contactos me ayudaron —y conmigo a muchos emigrados sudamericanos que compartimos en los primeros tiempos eso que alguien llamó el Paseo de los Tristes— a rehacer mi imagen de España. De lejos, era un país cerradamente franquista del que a veces teníamos sueltas e incongruentes noticias. Nuestro arribo coincidió con la apertura y el destape. En nuestra memoria retumbaban las puertas cerradas de golpe. En nuestro presente regía el bullicio de ventanas abiertas igualmente de golpe. Fue lo que Francisco Vives denominó de forma graciosa «el desmadre padre». Todo colaboraba a estimular nuestra incorporación a la vida de los lugareños. Ciertamente, España no era el país de inmigración que llegó a ser décadas más tarde y hubo que ir formando a medias una cultura de lo forastero, favorecida por el hecho de que todos, acento más o menos, compartíamos la lengua. Esta casa, por la presencia de becarios, profesores y funcionarios diplomáticos hispanoamericanos, fue un lugar de encuentro privilegiado.

Aquí fueron recibidos Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Adolfo Bioy Casares, Mario Vargas Llosa, Arturo Uslar Pietri, Augusto Monterroso, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Roa Bastos, Jorge Edwards, Nicanor Parra, Álvaro Mutis, más una cuantiosa lista de estudiosos en la materia. En la casa trabajaban el cubano Gastón Baquero, el boliviano Pedro Shimose y el argentino Horacio Salas, igualmente escritores, con los que la charla cotidiana cubría los grandes movimientos y los pequeños vaivienes de la literatura.

Un aliciente agregado para los emigrantes lo poblaron los exilados españoles que recuperaban su país. En los pasillos de esta casa volvimos a ver, como tiempo atrás y alguna vez por las calles de Buenos Aires, a Rosa Chacel, Francisco Ayala, Rafael Alberti, Maruja Mallo o Enrique Aztiria. Si ellos pudieron volver, nos decíamos, nosotros podríamos hacerlo también, por más que la espera nos condujese a la vejez.

A Maravall sucedió en la dirección Félix Grande que, sin pertenecer a su generación y con una historia intelectual muy diversa, sin embargo, era, asimismo, un indicio del proceso de transformación española que había precedido a nuestra llegada. Era un hombre de origen modesto, autodidacta y que no contaba a su favor con lazos de familia que le permitieran vincularse fácilmente con los medios literarios que convenían a su vocación de escritor. Integraba la población de inmigrantes internos que se avecindaron en Madrid durante la década de 1960, a favor del rápido desarrollo urbano que se dio en la España de entonces. Con su tenacidad y su labor de poeta y prosista, Félix se abrió camino hasta alcanzar la dirección de Cuadernos.

Por sus aficiones de lector, contaba con la relación literaria y amistosa de unos cuantos escritores de Hispanoamérica. Varios van citados en la lista antes expuesta, pero cabe añadir, entre otros, a Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Sylvia Iparraguirre y Héctor Rojas Herazo. Siempre reconoció su deuda con la influencia de César Vallejo, lo cual lo aproximó a la obra de tantos poetas transatlánticos, como el chileno Gonzalo Rojas y el argentino Juan Gelman.

La época que vengo evocando tiene sus perfiles intelectuales y ellos han quedado documentados en las páginas de la revista y fueron motivo de innúmeras conversaciones y hasta discusiones que tuvieron como escenario la oficina de la redacción y el bar de la casa.

En la disciplina que me queda más próxima, la crítica y la teoría literaria, los años trajeron la liquidación y el balance de la experiencia estructuralista, dominada por el afán de formalizar extremadamente la lectura de los textos literarios y por perseguir una precisión científica en la tarea del crítico y el enseñante. Quedaba atrás la polémica entre esta tendencia y la de matiz sociológico, que enrostraba al estructuralismo ser un mero formalismo positivista que no tenía en cuenta la realidad material histórica de la literatura. A su vez, los estructuralistas de pura cepa consideraban al sociologismo una mera ideología de sector que ignoraba las potencias del lenguaje no como mero transmisor de significados, sino como productor de sentido.

La crisis de los grandes sistemas ideológicos hizo mella en la escuela sociologizante y la aridez y la abstracta rigidez del formalismo lo hizo en el espacio estructural. Sin duda, se tuvieron en cuenta los aportes. Considerar un texto como una estructura, un campo circunscrito de signos que se significan mutuamente, es un procedimiento productivo aunque insuficiente. En cuanto a la historia social de la cultura, es indispensable para entender la génesis de una obra, si bien no la agote su lectura anclada en una fecha.

Como suele suceder en estos casos, a un extremo sucede otro. Al cientificismo siguió la consideración literaria de la literatura, poniendo en el centro de su realidad al lector. De tal modo, se siguió el modelo de considerar en primer término la recepción de las obras en lugares y tiempos distintos, produciendo un comparatismo que mostraba la apertura y también la inestabilidad de los textos literarios, en perpetua metamorfosis. Las filosofías de lo posmoderno se inclinaron por un relativismo que, llevado a su ápice, se volvía curiosamente absolutista, un absolutismo de lo relativo.