DANIELA TARAZONA
Todos sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que
flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente
preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida.
Horacio Quiroga, «Los buques suicidantes».
El sargazo cunde en las costas y la memoria se nos desvanece otra vez. La primera vez que vi restos de esta macroalga, que se conoce también como la “maleza del engaño” (según esto, por traicionar o convertir una playa paradisiaca en algo distinto), pasaba unos días de vacaciones en Mahahual, cerca de la frontera de México con Belice. Allí los pobladores observaban la costa sorprendidos con la impotencia de enfrentarse a la transformación de la naturaleza. No pudimos nadar porque el sargazo formaba una alfombra extensa y pestilente. El alga también había cosechado basura y, desde tiempos remotos o latitudes insospechadas, encontré una botella de bebida con caracteres chinos sobre el plástico opaco y una sandalia de la marca Duramil, solitaria y casi viva, que viajaba desde los recuerdos de mi infancia. El sargazo me parecía un helecho extraño de textura esponjosa, y prendidas a sus hojas anaranjadas tenía racimos de bolitas que parecían huevos de pescado; luego supe que se trata de vesículas que contienen gas para mantenerse a flote. Como suele ocurrir con los seres vivos, el sargazo sabe: uno de sus talentos consiste en entrelazarse bajo el agua, formar una red, distenderse lo justo sin romperse para enfrentar la fuerza de las corrientes marinas y, para colmo, formar un alucinante sistema de conectividad. En los años recientes esta maleza pelirroja se ha multiplicado fuera de cualquier proporción. Bajo ella, algunos de los animales que se mueven despacio, como la tortuga, la estrella de mar o el erizo sufren las consecuencias porque el alga se apelmaza como una costra en la superficie del agua e impide el paso de la luz, y las estrellas ya no se ven, los erizos se desguanzan y las tortugas no consiguen desplazarse para desovar, pues el sargazo les bloquea el camino.
En 2018, el fotógrafo Spencer Tunick, tras ser persuadido por activistas defensores del medio ambiente en Tulum, convocó a veinticinco personas, como siempre desnudas, para que, en una posición semejante a la del gato-vaca en el yoga, cargaran el alga en la espalda con los pies y las manos hundidos en el pantano. Entonces, el fotógrafo comparó la intromisión de esta criatura invasora con la imagen de un “mundo al revés”, como el que asoma en la serie Stranger Things.
Hace unas semanas, mientras el sargazo expulsaba de nuevo a los gringos de piel irritada por tomar el sol en las costas de Cancún, se sumergió cerca de Shanghái el segundo centro de datos por parte de China para enfriar servidores de Inteligencia Artificial.
La exagerada presencia del sargazo y su delirante conectividad quizá es una metáfora del voraz –por decir lo menos- ímpetu conectivo de las máquinas, esas hijas nuestras que habitan ahora los mares para economizar gastos de energía (tal vez pronto en la Patagonia, quizá en Groenlandia) con el fin de mantener a baja temperatura a estos servidores de Inteligencia Artificial. ¿Por qué tendría que importarnos sembrar máquinas en el mar si la imagen de ellas puede ser fascinante? ¡Al fin vemos el rostro de una Atlántida entre nuestros ojos desviados! Sin olvidar que, antes de esto, en el lecho marino instalamos cables de fibra óptica, como arterias alucinantes, para llevar Internet de un continente a otro e hicimos así nuestro propio sistema circulatorio en la piel terrestre.
Nos creemos mucho por lo que llamamos “nuestros logros”. La IA es el oráculo de nuestra era. Dice y resuelve muchas cosas, casi siempre con razón, a pesar de no haber vivido. Se traga contratos laborales, estudios académicos, paisajes y afectos. Es ejecutiva y ultra funcional, tan humana que también se equivoca: puede aconsejar que un hombre frágil deje el cloruro de sodio (la sal) para que la sustituya por bromuro de sodio y que el paciente termine en el hospital porque se nos escurrió una palabra que no era en el ChatGPT. O puede conducir a sucesos más graves, o bien, puede lo que sea, que ya se sabe.
Leo que el sargazo es un buen material para hacer ladrillos y fabricar fertilizantes. Si nuestro tiempo fuera distinto, haríamos muros con esos miles de miles de millones de ladrillos y grandes piscinas vacías donde asolearnos a pelo sobre el cemento incendiado. Lograríamos, también, que los cultivos prosperaran gracias al abono del alga; veríamos frutas sobre las mesas y legumbres poderosas que serían descendientes de esta materia prima que nos entrega nuestro mundo en colapso. Y las playas serían un poco distintas a otras actuales, donde pasean los dueños de casi todo, tomando cocteles entre las lápidas de los muertos por las guerras. Así salvaríamos por fin a los animales lentos y a los huevos de las tortugas.
