POR ALFONSO ALEGRE HEITZMANN
Fotografía de Lisbeth Salas.

La poesía de Ida Vitale es fiel reflejo de su singular mirada al mundo que le rodea. Caminar con ella es celebrar el asombro por la vida. Pájaros, melodías o la filigrana de un bordado piden su constante atención y celebran su sabiduría. Hay en ella y en su obra una incesante busca de lo concreto en lo universal. Este deseo se observa también en la elección del siguiente poema de Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa, como prólogo a su hermoso libro De plantas y animales:

Vi que no hay Naturaleza,
que la Naturaleza no existe,
que hay valles, montañas, planicies,
que hay árboles, flores, hierbas,
que hay ríos y piedras,
pero no un todo a lo que eso pertenezca,
que un conjunto real y verdadero
es una dolencia de nuestras ideas.
[…]

En consonancia con esa visión de la naturaleza, ni conceptual ni abstracta, en la poesía de Ida Vitale los pájaros no son sólo pájaros sino seres distintos, cada uno con su nombre, cada uno con su voz, cada uno con su canto, y así pueblan su poesía el mirlo, la calandria, el gorrión, la golondrina, el petirrojo, la paloma o la alondra, junto a otros propios únicamente de la fauna americana como el colibrí, el benteveo, el cardenal, el tero, el clarín, o el sinsonte (pájaro burlón o mockingbird) al que dedica un ciclo entero titulado «Serie del sinsonte» en su libro Procura de lo imposible (1998). Algo parecido podríamos constatar respecto a la presencia del árbol en su obra, del álamo y del sauce, de la encina y de la higuera, del ombú y del eucalipto.

De este modo, tanto en su poesía, desde La luz de esta memoria (1949) hasta Tiempo sin claves (2021), como en su prosa —si la intensidad toda de su obra permitiera esta simplificadora separación—, en libros como Léxico de afinidades o en el citado De plantas y animales, la naturaleza tiene un protagonismo esencial. Y siempre desde una extrema atención al detalle, Ida escribe: «Quizá mi inconsciente propósito sea atisbar la reserva de tensión espiritual que ofrece la naturaleza». Y luego se pregunta: «¿Acaso la tierra puede aparecérsenos como un paraíso? ¿Todavía?». Y desde lo que podríamos llamar un escepticismo crítico pero esperanzado, la poeta contesta: «Creo, sí, que a espaldas de muchos y con el auxilio de pocos, hay, para quien quiera verlos, rastros de un paraíso desatendido y minado».

Pero en el jardín del asombro de Ida Vitale, hay muchas otras cosas, y la pintura o la música constituyen, como quería Lezama Lima, «una segunda naturaleza, tan naturans como la primera». Y, así, cada nombre de los pintores amados tiene en la obra de la poeta una presencia fundamental, asumida y concreta, o si se quiere natural. Y en ella leemos los tonos y los matices del color en un mismo y plural paraíso: de Patinir o de Rembrandt, de Klee o de Morandi, de Magritte o de Victor Brauner.

En cuanto a la música en la poesía de Ida Vitale, cabe decir lo que ella misma ha escrito al hablar de la obra de Paul Klee: «La música la ha acompañado siempre. La música es su otro enclave». Desde un iniciático y sorprendente William Walton o un Prokofiev, hasta compositores barrocos poco frecuentados como Heinrich Schütz o, singularmente, Heinrich Ignaz Franz Biber, al que dedica un magnífico poema; sin olvidar , claro, a los Mozart, Beethoven, Schubert, o la gloria incandescente de J. S. Bach. Y no resulta una sorpresa entonces el enterarnos de que, como su querido Eugenio Montale, la poeta uruguaya estudiara canto en su primera juventud y articulara muy pronto por tanto, desde dentro, el misterio de la música en las palabras del lied alemán, y que ello se note en su poesía.

La propia poeta, relacionando música y pintura en su percepción del mundo, reconoce la seducción incomparable de la primera:

Debo admitir que nunca raptos de sometimiento a la belleza han sido tan absolutos como ante sucesos de la música. A veces la atracción de un retrato…A veces un paisaje, ese verde azul de las aguas de Patinir o el caos dorado de un cielo de Turner, vienen concitados a producir la conmoción. Pero esa necesidad de respiro hondo, esa expansión del pecho que parece vacío, ese seguir con nuestra ánima un ascenso al que no podemos sustraernos, ese no tolerar más tanta belleza, sin análisis posible, sólo ante la música. Sólo dentro de la música.

Son muchos los testimonios de Ida Vitale que podríamos citar de su amor por la música; pero hay uno muy conciso que quiero traer a colación especialmente aquí por lo mucho que abre y descubre de su poesía y de la poesía. En una entrevista de un par de años atrás, a la pregunta: «¿La poesía es música?», Ida respondía tan segura como lacónica: «Pero es otra música».

Cabe decir, en este tema tan importante, que en la poesía actual rara vez la forma de la música se encarna en la palabra. Demasiado a menudo se confunde esa cualidad esencial de lo poético con una «musicalidad» buscada, con una prosodia, medida o no, que se repite voluntariosa como una melodía más o menos previsible, cuando no tediosa. Frente a ello, la poesía es, verdaderamente, otra música. Recuerdo ahora las palabras de Marina Tsvetáieva, cuando en carta a Boris Pasternak, escribía: «Para mí, la palabra es transmisión de la voz y no, en absoluto, del pensamiento, de la intención». Creo que en esta observación luminosa de la gran poeta rusa está el elemento clave del misterio. La música de la poesía radica en la voz, una voz de resonancias infinitas que se transmite a sí misma y sin la cual nada se trasmite.

En el poema titulado «Accidentes nocturnos», de Tiempo sin claves, su último libro, Ida Vitale escucha desvelada y atenta los sonidos de la noche: «los árboles y el viento te argumentan juntos»; un grillo canta «para indicarle sus errores»; el aguacero, escribe: «va a decirte cosas finas que punzan y te dejan el alma, ay, como un alfiletero». Y entonces, en la soledad y oscuridad nocturnas, Ida se dice a sí misma: «sólo abrirte a la música te salva». Y en ese oír las voces queridas de la naturaleza, encuentra de nuevo, poco a poco, su propia voz, su propia música, y la construye, sílaba a sílaba, casi como una plegaria:

Juega a acertar las sílabas precisas
que suenen como notas, como gloria,
que acepte ella para que te acunen,
y suplan los destrozos de los días.

*

Veo ahora, imagino, a Ida en su casa de Montevideo, o en casa de su hija Amparo. Y la veo, como la vi allí hace unos años, en su constante ir y venir. Ya casi no viaja, por lo que se demora más aún en su quehacer cotidiano y poético, en su relación con las cosas, con las plantas, con los libros.

En una entrevista que no logro encontrar ahora, pero que le hicieron con motivo de la celebración de sus cien años, le preguntaron sobre qué pensaba de la probable cercanía de la muerte. Ida, sin darle demasiada importancia, contestó que sólo aspiraba a dejar ordenado el armario. De esa respuesta y de la imagen viva y querida de ella en su cotidianidad nació el siguiente poema que publico aquí por vez primera.

Antes de irme

A Ida Vitale
Verificar cada rito doméstico
I.V.

Dejar ordenado el armario;
con cuidado, las toallas, simétricas,
pero no por color, libre arcoíris.
En otro estante, las sábanas, planchadas,
frescor del blanco, nubes de este cielo,
entre una tela y otra el agridulce sueño.
Y en este, los manteles, la memoria
extiende luz, sobre la mesa el día,
amor por las palabras que ahora vuelven,
wie einst im Mai, tal como entonces, hoy.
Pero, mira, aquí abajo hay un estante
vacío; juego para mis manos —se entretienen.
Aroma de lavandas muy adentro,
paraíso concreto — una piedra,
mi reloj de pulsera, dos anillos
invisibles, el de él y el mío, juntos,
un ángel de Paul Klee y, aquí, las gafas
de leer. Leer ahora, sí, me espera un libro.