En 2025, en el verano de mi cabeza mexicana, que ya era invierno en Buenos Aires, recorría las calles de San Telmo junto a mi marido. Nuestra caminata no tenía un rumbo fijo, más bien era un paseo para conocer el barrio, ver antigüedades, probar el dulce de leche, comprar zapatos de diseños estridentes. En una callejuela, medio oculta por un paso vehicular, nos topamos con una tienda de discos: Eureka, una palabra un poco mágica, un poco graciosa, y pensé: «A esto venimos a San Telmo, la he encontrado».
Desde hace casi tres años colecciono discos de vinilo. Una afición que surgió cuando descubrí el tocadiscos Numark de Julián y una disquería del Barrio Antiguo de Monterrey, una calurosa ciudad del norte de México. El primer álbum que compré fue Johnny Cash at Folsom Prison, luego la afición siguió en mercados, bazares especializados o locales descubiertos gracias a Google Maps y recomendaciones de Facebook.
Pero a Eureka llegamos por casualidad, después de caminar desde Recoleta hasta San Telmo. Cuando entramos vimos un lugar bien iluminado, con un gran display de vinilos de colores colgados en el techo y con miles de fundas agrupadas por género musical y orden alfabético. Julián se concentró en los anaqueles con remeras de las viejas glorias del rock argentino. Yo me dirigí a la sección de música en español y, después de un breve recorrido, me topé con Hello! MTV Unplugged, el tercer álbum en vivo de Charly García, grabado en mayo de 1995 en Miami, pero el primero que escuché de este genio de la música.
Hello! es un disco peculiar. Antes de grabarlo, Charly se había distanciado de la banda con la que había girado por distintas ciudades argentinas como Cassandra Lange (su alter ego femenino), pero volvió a reunirlos para el concierto en MTV. En los coros y la guitarra se escucha a María Gabriela Epumer (el único nombre que menciona García cuando da los agradecimientos), los teclados y el bajo están a cargo de Fabián Quintiero, mientras que Fernando Samalea hace lo propio en la batería. Al recital se sumaron los hermanos Érica y Ulises Di Salvo en el violín y el chelo, respectivamente. Esta nueva reunión tampoco estaba destinada a durar; después del show hubo otra pelea y el ensamble se desintegró definitivamente.
Conocí a Charly, es decir su música, en los inicios de los dosmiles gracias a unos amigos de la universidad que solían poner sus canciones en largas reuniones donde se consumía poco alcohol, pero mucha marihuana. Nuestro sueño era filmar una peli usando ese unplugged del 95 como soundtrack. Alberto Silva y yo lo logramos a medias cuando realizamos un cortometraje malo y cursi (convencimos a un amigo de que caminara en shorts y sin camisa por las calles del centro de Saltillo) para nuestro trabajo final de técnicas audiovisuales. Compré el CD y lo escuché cientos de veces en mi reproductor marca Sony. Perdí ambos objetos en una de las muchas mudanzas que me vi obligada a realizar en mis veintes. Nuestra banda de amigos se desarmó y, a diferencia de Cassandra Lange, jamás volvimos a reencontrarnos.
Hello! está integrado por quince tracks. Mis favoritos son «Yendo de la cama al living», un tema de 1982 y que abre el disco; «Rezo por vos», compuesto con Luis Alberto Spinetta y el único registro del malogrado proyecto Spinetta/García; y «Los dinosaurios», una canción de 1983; una metáfora sobre las personas desaparecidas durante la dictadura militar.
Así que en Eureka encontré el álbum nuevecito, fechado en 1995, publicado y distribuido por Sony Music Argentina. Había dos razones poderosas para comprarlo: estaba a muy buen precio (mucho más barato que en Mercado Libre México) y quería de regreso un objeto de mi juventud, aunque reencarnado en un disco doble de vinilo con fotos tomadas en el show de Miami. Veinte años después, volví a escucharlo completo en un dispositivo analógico.
Cuando escribí mi libro de poemas Músicas (Los libros del perro, 2021), lo hice pensando en una especie de juego entre el sonido de los versos con algunas viejas canciones y también con poemas dueños de una sonoridad particular. El poema que da título al volumen está dedicado al escritor argentino Juan Gelman, quien se exilió en México perseguido por la dictadura de su país. El hijo y la nuera embarazada del poeta fueron detenidos y desaparecidos por la Junta Militar en 1976. Tuvieron que pasar dos décadas para que Gelman pudiera encontrar a su nieta, Macarena.
En el cierre del poema «Confianzas», publicado en 1973 como parte del libro Relaciones, Juan Gelman escribe: «con este poema no tomarás el poder» […] con estos versos no harás la Revolución» […] / «ni con miles de versos harás la Revolución» […] se sienta a la mesa y escribe.» Un tema de Hello! que resuena para mí junto a estos versos es «Cerca de La Revolución», compuesto por Charly en los inicios de los ochenta, cuando la democracia regresaba a Argentina. Como «Confianzas», esta canción marcó el imaginario argentino de finales del siglo veinte con su mezcla de esperanza y escepticismo, enmarcada con un riff de guitarra que, de acuerdo con melómanos expertos, está basado libremente en «Venus» de la banda neerlandesa Shocking Blue.
En mi fantasía, los poemas que integran Músicas están emparentados con esa sonoridad dulce y a veces ingenua de los versos de Gelman, pero también con las canciones de Hello! MTV Unplugged. Escucho «Pasajera en trance» en el tocadiscos Pioneer DJ PLX-500, un modelo que nos recomendó nuestro amigo Pedro Moreno y que Julián y yo compramos unas semanas después de nuestro paseo por San Telmo y la visita a la tienda de discos Eureka. Los acordes de piano, creados con un Casio en 1985, me devuelven largas tardes de ocio universitario y se entrelazan con poemas como «El patio de la infancia» e «Inventario de sueños», que escribí pensando en otras tardes, también largas, cuando estudiaba en un colegio católico, administrado por religiosas y en el que sólo estudiábamos mujeres. Charly García estaba tocando en Miami mientras yo, en el sopor de una pequeña ciudad del norte de México, imaginaba una lista de sueños por cumplir «en la que no era importante sacar diez, / ni el cuadro de honor, / sino salir con los niños de la cuadra / a romper los vidrios de las casas vacías, / a robar la fruta de doña Simona, / a saltar por los techos…».
Creo que mi pasión por los vinilos, y antes de eso por los discos compactos, viene de la posibilidad de escuchar un álbum completo, de ver cómo cada uno de los temas se conecta para formar un todo. Así es con los libros de poesía y así es con Músicas, un poemario que concebí con la idea del álbum como una suerte de recorrido vital. Una energía que conecta las viejas canciones y experiencias con melodías nuevas, vibrantes, ingenuas, terribles, esperanzadoras.
El ritual de escuchar la música (prender el equipo, sacar el disco, pasar el cepillo suave sobre la superficie, colocar el estabilizador, poner a girar la tornamesa, bajar la aguja lentamente para que caiga en el surco) es como el ritual de la poesía. No falta la técnica, tampoco la emoción.