«Hemos abusado de la crítica, es hora de una filosofía de la simpatía»Por Carmen de Eusebio

©Jaime Goberna

 

Juan Arnau (Valencia, 1968) es escritor, astrofísico y doctor en filosofía sánscrita. Lleva más de veinte años investigando las filosofías de la India, fundamentalmente el budismo, aunque ahora se adentra en el pensamiento védico y, junto a un equipo de sanscritistas mexicanos, prepara la primera traducción integra de las Upanisad al español. Ha sido investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universidad de Michigan, el Colegio de México, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Benarés. Actualmente es profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Granada.

Fruto de esas investigaciones ha publicado una serie de libros y ensayos, Fundamentos de la vía media y Abandono de la discusión, traducciones del sánscrito del filósofo budista Nāgārjuna (Siruela, 2004 y 2006); La palabra frente al vacío, Arte de probar y Cosmologías de India (Fondo de Cultura Económica, 2005, 2008 y 2012); Antropología del budismo y La medicina india (Kairós, 2007 y 2013); Rendir el sentido, Elogio del Asombro y Vasubandhu – Berkeley (Pre-Textos, 2008, 2010 y 2011); Leyenda de Buda y Budismo esencial (Alianza 2011 y 2017). Más recientemente ha publicado La invención de la libertad, La fuga de Dios y Manual de filosofía portátil (2016, 2017 y 2014), este último finalista del Premio Nacional del Ensayo y Premio de la Crítica Literaria Valenciana. Su último libro, El sueño de Leibniz (2019), cierra una trilogía de «ficción-filosófica», publicada toda ella en Pre-Textos, que se une a El cristal Spinoza (2012) y El efecto Berkeley (2015).

 

 

Tengo entendido que usted trabajó unos años como marinero antes de finalizar sus estudios. Cuéntenos algo de aquella experiencia.

Fue una experiencia muy intensa que obedecía fundamentalmente al deseo de aventuras, aunque había algo literario en todo el asunto. Navegar, en cierto sentido, suponía revivir todo lo que había leído en Melville o Conrad. Nuestro barco era un antiguo velero y eso ayudaba. Navegamos por el Mediterráneo y el Caribe, cruzamos el océano Atlántico a vela. Fue una época de continuas aventuras, que es lo que uno busca cuando tiene veinte años, y al mismo tiempo una búsqueda de los propios límites. Cuando éstos ya son demasiado reconocibles, uno deja de buscarlos. Es una manera como cualquier otra de ir conociéndose, un poco más cansada quizás, y una forma estupenda de hacer amigos. Conservo los amigos de entonces y, aunque no nos vemos mucho, nos vigilamos desde la distancia.

 

Usted es un estudioso del mundo hindú y budista, traductor del sánscrito y filósofo, pero sus primeros estudios universitarios son, sin embargo, de ciencias, exactamente se licenció como astrofísico. ¿Tenía vocación de científico? ¿Hubo una caída de Damasco ante la ladera Oriental? Cuéntenos ese paso.

Pasé los veranos de mi infancia en un pueblecito de Teruel. Mi padre había construido una casa de montaña alejada del pueblo y cuando regresaba a pie por la noche, el cielo nocturno ofrecía un contraste excepcional. A veces, incluso subía mantas al tejado y dormía bajo las estrellas. El magnetismo del cielo estrellado hizo decidirme a estudiar astrofísica. En esa época me atraía especialmente la cosmología, los «modelos» de universo y la vida de las estrellas, que sabemos que nacen, se reproducen y mueren como seres vivos. Para adentrarse en ese mundo eran necesarias grandes dosis de análisis matemático, algebra tensorial y geometría esférica. Eso no era tan divertido, pero lo más decepcionante fueron las consecuencias filosóficas que la mayoría de los profesores sacaban de todo aquello. El universo era un lugar frío y desafecto, donde la vida y la conciencia no eran más que un accidente… Esa visión me pareció (y me sigue pareciendo) aburrida y un tanto mezquina. Vivíamos en un universo que era como un mecano, cuya organización dependía de la inercia de un legalismo ciego. No sólo éramos el último mono, sino que nuestra presencia en el cosmos era casual y prescindible. Todo aquello no me dejó muy satisfecho y quise saber más. Conseguí una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), gracias a la mediación de Víctor Erice (trabajé un tiempo de guionista) y me fui a la India a escuchar de viva voz lo que los filósofos indios tenían que decir del cosmos. Viajé mucho, visité a todos los sabios que pude y, finalmente, me establecí en Benarés. Allí conocí a Óscar Pujol, que por entonces trabajaba en su diccionario de sánscrito en la Universidad de Benarés. Todas las semanas conversábamos a orillas del Ganges y aquellas pláticas fueron conformando una vocación.

 

Su primera obra es la traducción anotada de uno de los pensadores más valiosos del budismo, el lógico Nāgārjuna (siglo ii), autor de Fundamentos de la vía media. Su traducción es la primera completa al español. Al mismo autor dedicó un estudio, La palabra frente al vacío. Se podría decir que usted comenzó su obra desde una tradición crítica.

Efectivamente, después me marché a México para profundizar en lo que había aprendido en India. Me matriculé en el doctorado y estudié la lengua sánscrita junto a Rasik Vihari Joshi, un brahmán erudito y sabio, además de reconocido poeta, que entonces enseñaba en el Colegio de México. Tuve la suerte de ser su único alumno. Me enseñó muchas cosas, no sólo la lengua de los vedas. Juntos leímos la Bhagavad-gītā, que es algo así como el Evangelio del hinduismo, y la literatura filosófica del budismo. Es así como conocí a dos pensadores que, desde entonces, me acompañan. El primero, Nāgārjuna, es un lógico voraz, escéptico, iconoclasta y al mismo tiempo compasivo. El otro es un filósofo de la mente llamado Vasubandhu. Nāgārjuna se atrevió a decir que el mundo del renacer, el mundo de aquí abajo, con toda su carga de sufrimientos, la rueda de la vida que mueven la codicia, el odio y la estupidez, era lo mismo que el nirvana. La idea me fascinó. El budismo llevaba más de quinientos años tratando de diferenciar ambos mundos, tratando de idear modos de escapar del saṃsāra y alcanzar el nirvana y, de repente, alguien se atrevía a decir que ambas cosas eran lo mismo (sólo que vistas desde ángulos diferentes) y que había que quedarse en este mundo para ayudar a los que sufren. La genialidad de Nāgārjuna fue dar consistencia filosófica (e irónica) a la idea de la vacuidad, una idea que no siempre es bien entendida y que nada tiene que ver con la nada. Lo que Nāgārjuna viene a decir es que las cosas se apoyan unas en las otras (incluso las doctrinas y las filosofías, incluso la doctrina misma de la vacuidad), que nos necesitamos los unos a los otros, que no tenemos una naturaleza propia, ni nosotros, ni ninguna otra cosa o pensamiento. Para vivir necesitamos del aire y el alimento, del planeta y las plantas y eso pasa con todo… ¿Qué hay que hacer entonces? Pues ayudarnos mutuamente.

La genialidad de Nāgārjuna fue dar consistencia filosófica (e irónica) a la idea de la vacuidad, una idea que no siempre es bien entendida y que nada tiene que ver con la nada

 

Una pausa occidental. ¿Qué lugar ocupa en su pensamiento el diálogo mantenido con Agustín Andreu, reflejado en la obra conversacional Elogio del asombro? Y por cierto, Andreu ha dedicado mucha atención a Leibniz, sobre el que usted acaba de publicar un libro de los que llama ficción-filosófica, El sueño de Leibniz.

A Andreu lo encontré al regresar de la Universidad de Michigan, donde durante seis años realicé mi investigación posdoctoral. Fue un momento importante pues me ayudó a reencontrarme con la tradición filosófica europea, especialmente a través de Leibniz, del que es buen conocedor. Con Leibniz pasa lo que Borges decía de la filosofía india: lo ha pensado todo. De Leibniz me asombró el deseo de armonizarlo todo, el talante combinatorio y su irrefrenable entusiasmo por el conocimiento, viniera de donde viniera. Leibniz es el eje alrededor del cual se podría articular una «filosofía de la simpatía». Sostenía que de todo lo que digamos del universo es cierto lo que afirmamos y falso lo que negamos. Otra de sus maravillosas ideas fue considerar que esa infinita riqueza de lo real se encontraba encapsulada en cada ser vivo, y que cada uno de ellos era, en sí mismo, universo.

 

Es entonces cuando escribe una peculiar historia de la filosofía, Manual de filosofía portátil.

El libro surgió de la necesidad de regresar a casa. Después de una década de investigación del budismo necesitaba redescubrir nuestra tradición filosófica y me puse a ello primero de forma espontánea, casi lúdica, eligiendo a los pensadores que más me interesaban y poco a poco fui recorriendo la historia del pensamiento occidental con ojos budistas. Lo que se veía no era precisamente lo que nos habían contado, así que pensé que valía la pena mostrar ese otro paisaje. Una de las máximas que rige el volumen es que la filosofía es algo que ocurre en la vida, y no la vida en la filosofía. Esto supone un acercamiento a facetas de la vida de los filósofos que no son estrictamente filosóficas, como su vida afectiva, su correspondencia, sus viajes o su sedentarismo, su forma de ganarse la vida. Es asombroso comprobar cuantos filósofos fueron personas solitarias o eligieron la soltería. Pero ello no significa que carecieran de vida afectiva. Spinoza tuvo a sus amigos, Leibniz a sus princesas, Plotino a sus discípulos, Platón a sus alumnos, Kierkegaard se enamoró de joven, pero renunció al matrimonio porque se sentía llamado a cumplir una misión religiosa. Nietzsche también se enamoró, pero la dama le fue arrebata por un amigo. Kant y Hume tantearon el matrimonio pero se escabulleron. Es curioso que dos de los filósofos más sistemáticos tuvieran familias: Aristóteles y Hegel. Otros tuvieron amantes, como Agustín, o amigos de una intimidad férrea, como Montaigne y Wittgenstein. A Sócrates le pesaba la familia, y entre los más familiares encontramos a Berkeley. Otro asunto interesante es cómo se ganaban la vida. La mayoría de ellos no entrarían en la categoría de «profesionales». Wittgenstein y Nietzsche fueron académicos a regañadientes. Hegel y Kant fueron profesores toda su vida, aunque al último le llevara mucho tiempo obtener la cátedra. Otros vivieron de rentas, como Kierkegaard y Montaigne, o de sus discípulos como Plotino y Platón. Spinoza rechazó una cátedra y vivió de sus protectores y del tallado de lentes. Hubo filósofos que apenas se movieron del terruño, como Spinoza, Kierkegaard, Novalis o Kant. Y otros que se embarcaron, cuando no era fácil navegar, en pos de ambiciosos proyectos. Platón, Ramón Llull, Berkeley, Leibniz y Tomás de Aquino viajaron muchísimo. También Plotino, Hume y Montaigne viajaron en su juventud. Aristóteles y Hegel, los sistemáticos, fueron más bien sedentarios: los edificios necesitan quietud.

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