Yeniter Poleo
Las costuras invisibles
Editorial Tránsito
88 páginas
POR LILIANA MUÑOZ

De un tiempo a esta parte, la literatura sobre la vejez —y, en particular, sobre la vejez femenina— ocupa un lugar significativo en las mesas de novedades (de Annie Ernaux a Nora Ephron, de Ali Smith a Sylvia Molloy, por citar algunos nombres). Proliferan, a la par, libros afortunados sobre la familia escritos por mujeres, como Nada es verdad de Veronica Raimo o Planimetría de una familia feliz de Lia Piano. Por alguna razón, a medida que abundan títulos sobre la juventud y la precariedad, o sobre otros temas urgentes como el calentamiento global, las trampas de la tecnología o el auge de los totalitarismos, se publican —cada vez con mayor frecuencia— obras que inciden en la memoria personal y colectiva. Es llamativo, además, que sean sobre todo las autoras quienes dan forma a estas historias, como si se estuviera descubriendo algo nuevo sobre la vejez femenina, limitada antes al ámbito doméstico y ahora teñida de incertidumbre. Y es que la vejez en general interesa más que nunca: así como se revelan nuevas formas de vivir, también se van divisando en el horizonte nuevas formas de morir y, por lo tanto, nuevos interrogantes sobre cómo habitar nuestros últimos días.

En este cruce se sitúa Las costuras invisibles de Yeniter Poleo, una nouvelle cuidadosamente construida que se pregunta cómo tejer la memoria familiar. No hay en ella frases inocentes. Lo que no se dice, lo que se omite, lo que se revela: los silencios del libro funcionan como engranajes narrativos que, aunados a la economía lingüística, permiten entrever la experiencia del recuerdo y del olvido. La trama es sencilla: la protagonista pasa unos días con su abuela mientras su madre, Cristina, y sus tías, Sabrina y Melina, asisten a un taller de constelaciones familiares. Comienza así un viaje de reconstrucción de la historia familiar, pero también una indagación en los mecanismos de la memoria: ¿por qué se olvida lo que se olvida? ¿Qué ocurre cuando el pasado no se narra ni se pronuncia en voz alta?

Escritora y periodista, Yeniter Poleo ensaya, en esta novela, algo parecido a una poética de la sutura: no la que cierra la herida para disimularla, sino la que mantiene unidos sus bordes, pese a que todavía duelan. Tenemos, por un lado, a una abuela que va perdiendo la memoria poco a poco; por otro, a una nieta que empieza a comprender su lugar en el mundo: «No soy mi madre. No quise ser bailarina de flamenco ni fui arrancada de ese sueño por la despótica necesidad de añadir otra fuente de ingresos para paliar el hambre familiar […] No soy Cristina. Tampoco soy yo, no existo ante los ojos de mi abuela, pero no importa». En ese terreno incómodo entre lo que nace y lo que se pierde, la narradora advierte el entramado cíclico de la historia: quien fuera su enfermera de niña, en sus noches asmáticas, es la misma que es cuidada por ella ahora mismo: «En la vejez todo se voltea. He visto cómo las hijas pasan a ser las madres de su madre». O más bien, como dice la protagonista, «es una pirámide invertida. La jerarquía va cambiando de manos, y los gestos, de significado». Esto es verdad hasta cierto punto, pues no se trata solo de jerarquías: el presente está hecho de renuncias, y en cada decisión conviven el amor y el poder: ella es ahora informática porque su madre y su abuela no pudieron ser muchas otras cosas.

La abuela es un personaje hecho de lagunas, frases inconclusas, secretos que salen a flote: una mente que confunde tiempos y personas; es además puro cuerpo, dolor físico y palpable: «Ya veo. Eres el lugar donde no deseas estar, tu cuerpo es una prisión donde cumples cadena perpetua, ¿es eso? Deseas ocupar un organismo más ágil o cómodo, otra vez autónomo, alimentarlo como prefieras o llevarlo adonde quieras». Lo que comienza como un relato sobre la dificultad de mirar de frente a la vejez ajena, a sabiendas de que en un futuro podría ser la propia, termina por convertirse en un doloroso camino de ida y vuelta: del pasado al presente, del presente al pasado; ambos vinculados por la palabra.

Quizá no haya forma de modificar la historia, pero sí —como sugiere Yeniter Poleo— de narrarla y, en ese gesto, reescribirla: «Estoy desencriptando archivos desaforada, alentándolos a salir, a que se despedacen con lo que acaba de contar mi abuela».