POR IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Tras su muerte, la mayoría de los escritores pasan por un período de olvido, del que muchos ya no regresan. Es un mecanismo clásico de selección natural en un ecosistema superpoblado como es el de la literatura. ¿Qué extensión suele tener ese período? ¿Diez, quince, veinte años? Lo suficiente para que se produzca un relevo generacional que, con el consiguiente cambio de gustos, emita su sentencia inapelable: lo siento, amigo, si a estas alturas tu obra no suscita ningún interés, es casi seguro que nunca volverá a hacerlo.
Javier Tomeo murió en 2013, y en los últimos dos o tres años han sido varias las editoriales que se han lanzado a recuperar su obra, empezando por Anagrama, que fue la que en su momento publicó la mayor parte de sus libros, y siguiendo por Alpha Decay, Páginas de Espuma y Pez de Plata, de cuyo catálogo de narrativa es uno de los autores estrella. Así que ya se puede decir: la literatura de Tomeo ha superado con nota el examen del tiempo.
Cuando yo lo conocí, acababa de publicar en la editorial de Jorge Herralde dos de sus mejores novelas, las deslumbrantes El castillo de la carta cifrada, que había constituido un succès d’estime, y Amado monstruo, que le abrió la puerta de las principales editoriales extranjeras y fue llevada al teatro por algunas de las compañías europeas más prestigiosas. A finales de los ochenta y principios de los noventa, no había en España ningún escritor que gozara de un reconocimiento internacional semejante, lo que levantaba no pocos celos entre los colegas.
De esa época es el malévolo comentario de Juan Benet, que decía que la obra de Tomeo era como un plato de croquetas «porque no cambia de sabor». No le faltaba razón a Benet, porque Tomeo volvía una y otra vez sobre los mismos temas, las mismas tramas, las mismas obsesiones, y lo hacía reiterando técnicas, estructuras y personajes, de modo que sus novelas no destacaban precisamente por su variedad. Dicho esto, en la oferta gastronómico-literaria de aquella España nadie hacía las croquetas como Tomeo.
Que Benet y algunos de sus discípulos predilectos, incluido Javier Marías, desdeñaran la literatura de Tomeo era inevitable. Para los (llamémoslos así) benetianos, la novela era una forma de arte mayor en la que el estilo y la complejidad filosófica prevalecían respectivamente sobre la trama y la vocación de entretenimiento: nada que ver, por tanto, con Tomeo, un escritor intuitivo por naturaleza, alérgico a toda solemnidad, ajeno a cualquier disquisición sobre retórica, divertido sin proponérselo. Si Benet y los suyos aspiraban al grand style, Tomeo estaba más cerca del pulp, en el que de hecho había debutado como escritor, ya que sus primeros libros fueron unas novelitas de kiosco que firmaba con seudónimos extranjerizantes y publicaba en Bruguera para ganar un dinerillo.
Javier Tomeo, que escribía mucho pero leía bastante poco, es un caso paradigmático de escritor antiintelectual, lo que aún lo distanciaba más de los escritores del grupo de Benet. Estos, además, estaban conectados con las élites culturales, mientras que Tomeo nunca había formado parte de ninguna élite. Nacido en un pueblo próximo a Huesca, licenciado en Derecho y antiguo empleado en las oficinas de la Olivetti, venía de una España pobretona y hambrienta, acostumbrada a pegar la hebra en las cafeterías para aprovechar el calorcito de los radiadores.
Cuando yo conocí a Tomeo, España era un país joven, enamorado de sí mismo, empeñado en dar al mundo lecciones de modernidad, y ese pobreterío de holgazanes, sablistas y carpantas pertenecía ya a un tiempo anterior. En mi autobiográfico Ropa de casa, en el que escribo sobre los escritores que conocí en la Barcelona de los años ochenta, hablo de algunos de los bares que frecuentaba Tomeo (especialmente, del viejo Velódromo, en la calle Muntaner) y de los pintorescos personajes que lo rodeaban, todos a mitad de camino entre los pordioseros de las novelas de Galdós y los homenots retratados por Josep Pla.
De esos personajes, al que más traté fue a Ramón Riera, el menesteroso Ramoncito, que se pasaba el día ideando estrategias para beber de gorra y, en pago por las invitaciones, te obsequiaba con alguna de las numerosas ocurrencias de su repertorio. El suyo era un humor hecho de florituras verbales, como las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, y a veces Tomeo se inspiraba en sus ingeniosidades para alguno de sus relatos o artículos, lo que hacía que el otro, suspicaz, le acusara de estar aprovechándose de su talento. Que esas acusaciones formaran parte de sus maquinaciones para hacerse invitar es algo que no debe descartarse.
Aún me parece estar viéndolos en la barra del Velódromo: menudo y bullicioso Riera, corpulento y cachazudo Tomeo, más alto precisamente por estar con el más bajito de sus amigos. Tomeo, que había sido portero del equipo de fútbol de la Unión Deportiva Huesca, tenía más bien aspecto de antiguo boxeador: la nariz torcida, la cabeza poderosa, la espalda cargada, los huesos grandes. Vestía siempre traje y corbata, pero un poco a la remanguillé, con colores que no terminaban de pegar y algún que otro lamparón. Tenía ese aire formal pero algo desaseado de los solterones, aunque él no lo era en sentido estricto porque, mucho antes de que yo lo conociera, había estado brevemente casado con una extranjera. No puedo ni imaginarme a ese joven Tomeo que en algún momento contrajo matrimonio y seguramente soñó con tener hijos y fundar una familia: él, que, no teniendo hermanos, parecía destinado a ser un hijo sin hijos, fin de raza en definitiva.
Sus padres alcanzaron edades muy avanzadas. Tomeo, que había regresado a la casa familiar de la calle Roger de Flor tras su breve experiencia conyugal, vivió con ellos hasta el final, lo que tal vez ayude a explicar por qué tuvo siempre algo de niño grande. Cuando llamabas por teléfono y lo cogía uno de ellos, se le oía preguntar: «¿Está el chico?» Como los niños de su generación, que no tenían demasiados pasatiempos, se entretenía dibujando, o más bien haciendo monigotes. Los hacía en papeles sueltos, en servilletas de papel, en páginas de periódicos, y al hacerlos, abstrayéndose de todo lo que ocurriera a su alrededor, ponía el típico gesto del niño concentrado, con el ceño fruncido y la lengua asomando entre los labios.
A lo mejor por esa condición suya de niño eterno tenía una conexión especial con los niños. Lo recuerdo charlando con mis hijos cuando estos eran pequeños, contándoles algunas de esas fábulas suyas de animales imaginarios que a mí me parecían algo insulsas y a ellos les fascinaban. Cuando murieron sus padres, volvió a ser el niño de Quicena, un niño solo ahora, un niño de pueblo abandonado en la ciudad.
Allá por el año 2006 o 2007, el escritor Félix Romeo, que había empezado siendo un hijo literario de Tomeo y acabó convirtiéndose en algo parecido a un padre putativo, le reservó una habitación en el piso de Zaragoza que acababa de comprar. Era la «habitación Tomeo», destinada a acogerlo cuando fuera un anciano y no pudiera valerse por sí mismo. Esa habitación nunca llegó a ser ocupada porque Félix, treinta y seis años más joven que Tomeo, murió dos años antes que este, en 2011. Entonces sí que Tomeo fue para siempre un niño solo.