POR CLARA OBLIGADO

1. Malentendidos

Toda traducción es un malentendido, no hay sinónimos que calcen como un guante, en el intercambio de las palabras hay siempre un viaje, un matiz. Un periplo que va de un idioma a otro, una guía luminosa entre la maraña de las palabras. Cotejar, descifrar, traicionar, enriquecer, no hay una sola manera de traducir. Nuria Barrios llama a este proceso «impostura».

Esto todavía no lo sé en esta mañana en la que estoy subida a un árbol y leo oculta entre sus flores amarillas. Tiene que ser primavera, por el perfume, y he cumplido siete años. Los árboles están en la entrada del parque, son tres, con ramas intrincadas a las que me es fácil trepar. Son aromos, que me invaden aún hoy con sus recuerdos en flor. Estaba entonces en Buenos Aires, y ahora vivo en Madrid. Aunque ya no vea el árbol, puedo olerlo, hay una memoria olfativa. Lo que leo puede considerarse, en cierto modo, una traducción. Es un libro de Elena Fortún, donde hay palabras que desconozco. Invento el sentido de las palabras, los sinónimos carecen de importancia. Desde este desconocimiento germina la poesía.

Mucho más tarde aprenderé que hay una doble vara de medir: lo que para mí era sonido y placer se convierte en correcto-incorrecto.

Esas normas me atenazan. Eso no se dice así, no se dice así, no se dice así.

Aquí también hay aromos, pero los llaman mimosas. Trepada a la mimosa/aromo aprendo a desconfiar, es un mismo idioma pero los árboles tienen dos nombres.

El falso laurel es una adelfa; el jazmín del cielo, plumbago; el jazmín del país, una gardenia: la naturaleza me subraya que soy extranjera. Padezco una suerte de melancolía lingüística y vegetal.

Linneo, sus precisiones en griego o en latín, no sobrevive al caos de los emigrantes. «Nadie ha ordenado los diferentes grupos de la naturaleza en un orden tan perfecto». No era muy modesto, Linneo. Catalogar. Clasificar. Controlar. Qué sueño imposible. Me gusta ese intento de Borges, en «El idioma analítico de John Wilkins», de catalogar los animales del emperador de la China, un esfuerzo destinado al fracaso. Ni siquiera el jacarandá (jacara´na, del tupi brasileño) se sostiene cuando sale de viaje; su acento agudo y musical y americano, en la península se convierte en grave. Lapacho, aguaribay, ombú son árboles que rebrotan en mi memoria, quien no los conoce no me puede comprender, explicar su aspecto es un esfuerzo de torsión barroca, similar al que emprendió Hernán Cortés en sus cartas a Carlos V, cuando tuvo que representar la geografía del país al que había llegado. Describir un árbol ignoto, explicar comparando, a través de las metáforas. Como le pasó a Jorge Teillier, que se sintió desterrado en un lugar «en donde nadie conoce el nombre de los árboles». ¿Qué es un ahuehuete en España? ¿Existe ese árbol donde lloró Cortés? ¿Fue una noche triste, o una noche victoriosa? Según se mire la historia. Allende los mares dirían, quizá, algunos, era un árbol similar a un olivo, a una encina.

Traducir un árbol. Esa imposibilidad.

Adoro estos tropiezos del idioma, esos galimatías, esas etimologías viajeras. Desde que viajé del Sur hacia el Norte casi todo se ha vuelto doble, hablo como si viviera en una versión subtitulada.

Sobre esto hablo en Todo lo que crece. Su reflujo me acompaña.

Geranio y malvón. Aquí son lo mismo, ¿o el malvón es otra planta? No lo sé. Padezco una melancolía lingüística y vegetal.

María Zambrano escribió: «Gracias al destierro conocimos la tierra». La traducción como riqueza, como un horizonte que se amplía. Pero los errores de la traducción pueden ser también garrafales y llevarnos a una simbología errónea. Según cuenta la tradición, no hubo manzanas en el Paraíso, sino que fueron plantadas allí por un error de traducción, ya que malus puede ser tanto «manzana», como «mal». La fruta de la pasión podría ser, por ejemplo, una naranja.

2. Etimologías

Vagabundeo. Merodeo en el idioma. Me pierdo. Buscando una pista viajo a la raíz. La que sostiene los árboles y las palabras. La que intenta sujetarme a la tierra. Regreso a la semilla. Colecciono etimologías. Estas son algunas de las entradas de mi diccionario:

Aguacate: del náhuatl ahuacatl, que significa «testículo», al que formalmente se parece. Avocato, así se llamaba en Italia, porque era tan caro que sólo lo podían comer los abogados. Palta en América del Sur, una voz quechua. Hay quienes le ponen azúcar. A mí me gusta con sal y limón.

Humor, humus, humildad, hombre. Un alfarero nos creó con barro. Todo es regreso.

Huerto, del latín, hortus, lugar cercado, recinto. El huerto es lo que se protege. ¿De la naturaleza? Pocas cosas hay menos salvajes que un jardín.

Sombra, umbrío, sombrío, sombrero, asombro.

Cultura: del latín, «cultivo, cultivado». Ser cultivados, como si fuésemos un huerto, o un jardín. Una persona culta nunca deja de crecer. Hay un proverbio árabe que dice: «un libro es un jardín que se lleva en el bolsillo».

Madre y madera. Madre, madera, materia. En latín, matrix significa «hembra preñada» y, de manera más amplia, un tronco que retoña. Matriz y matrícula. La matrícula es un origen a la vez que una yema, un registro. «Tocar madera» atrae la buena suerte.

La Biblia tradujo la palabra hebrea «jardín» (gan), con la palabra griega paradeisos, que a su vez viene del persa pardés, huerto, parque, jardín.

Natura procede de la palabra egipcia NTR, y quiere decir «Dios».

Hogar y hoguera. En círculo, alrededor de la hoguera, surgió la ética del diálogo, en ese entorno protegido y cálido aprendimos a contar. Somos historias.

¿Qué tipo de raíz soy? ¿Qué raíz en la tierra? ¿Me clavo en un terreno, como la raíz de una palabra?

Deleuze y Guattari querían escribir un libro rizoma, en el que todas las partes estuvieran interconectadas, una estructura fluida y no jerárquica, una malla de significados en red. Bourriaud habló de las raíces de las hiedras, que se propagan, y su libro se llamó Radicantes. Me estimulan los pensadores acostumbrados a cavar. Un pensamiento conectado. ¿Qué tipo de raíz soy? ¿Ese bulbo embarazado, que transporta en sí mismo casa y comida? ¿La raíz de un pino, que se atornilla a la tierra, imposible de arrancar? ¿La del roble, que en la oscuridad se replica a sí misma? Pensar en las plantas es pensarme, imaginar raíces es cuestionar nuestro lugar en el mundo. Soy una extranjera, una desplazada, una epífita. Como el clavel del aire, como la orquídea. Sin sujetarme a la tierra, enraizar.

3. Neologismos

No nos alcanzan las palabras para describir lo que nos pasa, necesitamos un nuevo diccionario. Aparecen palabras que buscan definirnos. Leo a Glenn Albercht y encuentro los siguientes términos:

Antropoceno: acuñado por los geólogos para caracterizar la era dominada por los humanos.

Capitaloceno: condición del planeta a partir de conceptos como colonialismo, industrialización, globalización, racismo, patriarcado. Desde este lugar quizá podamos vaticinar nuestro futuro como especie.

Solastalgia: del latín solacium, comodidad, y algos, dolor. Angustia que genera el cambio climático. Sentir que tu hogar se derrumba ante ti.

Simbioceno: idea de que podemos integrarnos con el resto de lo que está vivo, entender que la vida está interconectada, desde los seres minúsculos que viven en nuestro intestino hasta los enormes sistemas. También amor por la vida y la naturaleza.

Mermerosidad: pena anticipada que por las especies que van a extinguirse.

Idioceno: me permito sumar un concepto que utilicé para darle título a un cuento de mi último libro, Tres maneras de decir adiós, que habla de la «era de los idiotas» en el sentido griego, es decir, «aquellos que se interesan sólo por lo privado y no por la cosa pública». Puede llevarnos al desastre.

Añado una nueva palabra que no sé quién la ha acuñado y que me reconforta, porque desafía a la muerte y a la desaparición:

Desextinción: Posibilidad de recuperar especies o ecosistemas desaparecidos. El fotógrafo Sebastiâo Salgado rescata el sistema deteriorado de la tierra de su infancia, en Minas Gerais. Todo vuelve. Donde hubo un desierto los árboles crecen y el agua vuelve a fluir. También algunos animales, como los uros, antecesores de nuestro ganado y extinguidos en el siglo XVII, han sido recuperados. El proceso es un caminar hacia atrás: se busca los ejemplares más parecidos al uro originario y, a fuerza de cruces selectivos, siete generaciones más tarde, reaparecen. Poner nombre a la esperanza es, también, una estrategia de supervivencia.

4. La belleza inesperada

Palabras que desconozco y que voy coleccionando, les separo las alas, las incluyo en mis libros, les doy lustre, intento devolverles su vigor, su cotidianeidad.

Celaje: aspecto que tiene el cielo cuando está surcado por nubes tenues y de distintos colores. También usada en lengua marinera. Celajería: conjunto de nubes.

Cencellada: la niebla congelada.

Ventalle: abanico. San Juan de la Cruz escribió: «y el ventalle de cedros aire daba». Abanicarnos con los árboles.

Marejadilla: sonido que hace el viento en las hojas cuando se acerca una tormenta. La escuché en Extremadura.

5. Los bosques

Bosque, emboscada, emboscado, bosquejo.

Camino entre árboles y etimologías. Si miro hacia arriba, los árboles no se tocan, murmuran sobre mi cabeza, intercambian su lenguaje de siseos. Bailan.

Hay que atravesar el bosque para conquistar un reino. Lo dice Vladimir Propp. En el bosque nos abandonan nuestros padres y está la casa de la bruja. Allí nos iniciamos en la lucha que es vivir. No hay un mito que nos atraviese tanto como el mito de atravesar un bosque. El ascenso de un bosque produce una tensión espiritual, es el origen de las catedrales. Gótico, como un bosque. El diálogo del olfato es su sistema de defensa.

En un bosque quedó colgado Edipo, por los pies. Edipo quiere decir «el que tiene los pies hinchados». El bosque es el lugar del mito, parte de nuestra memoria ancestral. Nuestro primer viaje consistió en atravesar un bosque. La escritura es también bosque, escribimos sobre cortezas de árbol, somos el resultado de una trama de alianzas.

Debajo de nuestros pies, en la oscuridad, las raíces traman su forma de supervivencia, intercambian sus señales de internet, informaciones químicas, susurros, buscan agua o informan del peligro. Son estrategias para sobrevivir. Hay árboles que no muestran señales de caducidad, o que han cumplido tres mil años. Tendríamos que mirarlos con respeto e intentar comprender cómo lo han hecho. ¿Qué dirán de nosotros, los árboles?

Blancanieves, Hansel y Gretel, Caperucita. Lugar del horror, y también de la fecundidad, el bosque es el lugar de las aventuras inesperadas. Después del jardín del Edén, y su potencia generadora, está en nuestra memoria de primates la oscuridad del bosque. Alguna vez, real o metafóricamente, nos escondimos entre sus ramas o encontramos la salida. El bosque es el lugar del mito, y también de la filosofía.

6. Traducir un árbol

¿Hablan los árboles? ¿Podemos traducir lo que nos dicen? ¿Sabemos cómo hacerlo? Me apasiona el lenguaje de los árboles. Sin duda sería ingenuo convertirlos en humanos, comparar su comunicación con la nuestra, sus maneras de traducirse, pero tienen mucho que enseñarnos. No tienen boca, pero sí se comunican. No se mueven, pero sí caminan, como ya intuyó Shakespeare en Hamlet, con su bosque de Birnam. No hablamos de un bosque encantado, sino real. Los árboles no caminan ni tienen pies, pero sus estrategias para reproducirse incluso en otros continentes son asombrosas, poseen un sistema de señales muy efectivo que anticipa las catástrofes a través de cambios de color, un tejido informático que se adelanta a la red. Hemos mirado poco a los árboles, pienso, y su perseverante figura a veces me aterroriza. ¿Cómo han hecho para sobrevivir? ¿Qué estrategias esconden?

A través de los anillos de su tronco, los árboles también escriben. Cada anillo es un año, y a través de su color podemos saber en qué estación nacieron. Nos hablan de sequías antiguas, de incidentes en el planeta: son un libro de historia que se atesora en una biblioteca al aire libre y que aúna meteorología, química y relato, son testigos de un mundo en el que habitó Homero. Una ciencia estudia su escritura, una especie de lingüística que se llama dendrocronología. No puedo evitar un desvío etimológico, o poético:

Dendron, en griego, «árbol». En indoeuropeo, «sólido», «firme». De allí derivan palabras como «duro», «duradero», «druida», «true» (verdadero, en inglés) o «tree» (en la misma lengua, árbol).

Escribió Sylvia Plath, en «Soy vertical»:

Comparado conmigo es inmortal

el árbol, y las flores más audaces:

querría la edad del uno, la temeridad de las otras.

En un árbol todo está escrito.

Sueño con traducir un árbol.