El libro es valiente, sincero y leal, y quizá por eso destaca que haya optado por renombrar a los personajes con los nombres de los grandes autores de la música clásica. Con ello, sin duda, los enaltece. ¿Por qué toma este recurso hacia mitad del libro? ¿Qué hubiese sucedido de seguir con sus identidades?

No podía usar los nombres reales porque eso me daba pánico. Y se me ocurrió la idea de bautizar a los personajes con los nombres de los ilustres de la música. Me pareció que había hermosura en eso. No sé cómo demonios se me ocurrió. No me acuerdo. A veces pienso que alguien me dictó la novela. Una fuerza de la naturaleza me la dictó. No me recuerdo escribiendo el libro. Sólo me recuerdo corrigiéndolo. No recuerdo cómo me vino la idea de llamar Wagner a mi madre y Bach a mi padre. Imagino que hay que estar bastante loco para hacer cosas así. Desde Cervantes, la novela es cosa de locos. Hablando de Cervantes, fue él quien inventó la subjetividad como trama narrativa, algo fundamental en Ordesa.

 

Siempre hay un escenario donde se desarrollan las historias y en este caso es la España de sus padres y la suya. En algún momento usted dice que no perdona lo que España les hizo a sus padres, ni lo que le está haciendo a usted. ¿Qué significado tiene para usted la memoria histórica y para qué cree que tendría que servir?

La lacra más grande es la pobreza. Era una lacra histórica. Yo siempre me he sentido pobre. A mi padre a partir de 1975 le fue muy mal en su trabajo. Pero nunca perdió la elegancia. Me solidaricé con mi padre. La gente suele tener dinero. Heredan casas, fincas, bienes, yo no heredé nada. Ellos vivieron siempre de alquiler. No había nada. Absolutamente nada. Y me pareció enigmático. Cuando desmontamos la casa de mi madre no había nada de valor. Tal vez la lavadora. Era maravilloso. Me quedé mirando la lavadora. Encima era una lavadora de marca blanca y estaba vieja. Pobre lavadora, pero la toqué, porque mi madre la había tocado muchas veces, y pensé en eso, pensé que estaba tocando algo que mi madre había tocado. Me dije «esta fue la lavadora de tu madre, podrías haberle comprado una mejor». Pero no le compré nunca una buena lavadora. Yo tampoco me he comprado nunca una buena lavadora. Cuando tuve que comprarme una, hice lo mismo que mi madre: me compré la más barata que había. Aunque acabe teniendo mucho dinero en esta vida, nunca me compraré una lavadora mejor que la que tuvo mi madre. Es una forma de luto. Y de culpa. Pero España fue un país terrible. Ojalá estemos avanzando. Sigue existiendo el odio y la envidia como formas naturales de entender la vida. Seguimos viendo el éxito ajeno como una agresión personal. Yo eso lo he visto con el éxito de Ordesa. Mi padre y mi madre cargaron con una España, yo con otra. Imagino que la mía es mejor. Al menos la mía es Europa, claro.

 

Como lectora y compartiendo generación, he sentido que era mi vida, la vida de mi familia la que se estaba retratando. Muchas personas, pienso, se verán reflejadas en su lectura. Algunas imágenes se presentaban en blanco y negro, y me llevó a una escena muy dramática de la película Fresas salvajes, donde el protagonista rememora su pasado y se da cuenta de las oportunidades perdidas de mostrar afecto y amor. ¿Existe ese momento donde el miedo al futuro nos paraliza y nos hace valorar lo perdido, replanteándonos las relaciones?

Mi madre me echaba maldiciones del tipo «como tú me tratas, te tratarán tus hijos mañana». Con variantes: «Ya verás como tus hijos vendrán a verte tan poco como tú vienes a verme a mí». «Los llamarás y no te cogerán el teléfono, como tú me haces a mí». Todo se cumplió. Cuando yo esté muerto, mis hijos querrán saber de mí y tendrán que imaginarme. Les he dejado buenas pistas. Eso fue lo que pasó, lo que pasará. Lo que seguirá pasando en las familias.

Cuando dejé de beber, los fantasmas de mi padre y de mi madre vinieron a verme. Y se quedaron conmigo

En el núcleo familiar es donde aprendemos los valores éticos y morales, y donde nos sentimos seguros. Ordesa nos transmite que éste es un libro escrito desde la plena seguridad de haber sido querido por sus padres. ¿Piensa que el amor filial es el amor más verdadero del cual nunca se debería dudar?

Tenía en la cabeza representar el amor incondicional, pensé que ese amor es la mayor proeza de los seres humanos. Dar tu vida por un hijo sin la más mínima duda. Estaba obsesionado con la duda. Con una duda de una milésima de segundo, desaparece ese amor. Y sin ese amor, la vida es poca cosa. Todo padre o toda madre desea inconscientemente probar ese amor. Porque saben que pasarán la prueba. Eso es hermoso. Todo ser humano guarda secretos familiares en su corazón. Esos secretos acaban convertidos en fuerza existencial, eso lo traté en mi novela. Tu relación con tus padres es existencia, es gravedad.

 

En otra pregunta anterior hablábamos de la literatura escrita sobre las relaciones entre padres e hijos. En los últimos años se ha publicado en España bastante literatura acerca de este tema. ¿A qué cree que obedece? ¿Es una generación en deuda con su pasado?

En muchos casos es la perplejidad que nace a la hora de constatar el origen de clase media de los escritores españoles actuales. Ha habido y hay una necesidad de clase social. Los hijos de la clase media-baja española de los años sesenta del siglo xx se han hecho escritores en el siglo xxi. Eso había que decirlo. Mi padre dejó de estudiar a los doce años, y yo fui a la universidad. Yo sé que mi padre, de haber tenido la oportunidad, hubiera estudiado. Sentí que lo que yo hacía era redimir la vida de mi padre. Y eso le ha pasado a muchos escritores españoles. Es una tendencia dominante de la narrativa española reciente. Mi padre se esforzó toda su vida para que sus hijos vivieran mejor que él. Hay que ser agradecido. Ordesa es una novela del agradecimiento más profundo. Lamentablemente, ni mi padre ni mi madre pueden ser testigos vivos de ese agradecimiento. El sentido final del libro es ese: fuisteis los mejores, hay paz en mi corazón. Llevo vuestra belleza encima. Nadie me la quitará nunca.

 

Para terminar la entrevista, me gustaría saber qué libros sobre relaciones familiares le han conmovido más.

Habría que empezar por Shakespeare, Balzac, Kafka o Dostoievski. No me gustó La carta al padre de Kafka. Me parece una carta injusta. Recientes, se me ocurren los libros de Miguel Delibes, Luis Landero, Juan José Millás, Carlos Pardo, Marcos Giralt, Fernando Marías, Joan Didion, Jorge Volpi, Philip Roth, Héctor Abad Faciolince, Cristina Fallarás, Miguel Ángel Hernández, Karl Ovë Knausgaard y Aguilar Camín, son los primeros que me vienen a la cabeza entre otros muchos que han tratado el tema de las relaciones familiares. Son muchos, como digo, y la lista sería muy larga. Temo dejarme títulos. Recuerdo que cuando leí de joven Los hermanos Karamazov no entendía cómo en una familia podían darse pasiones tan exageradas y salvajes. Ahora lo entiendo. El proyecto literario de Knausgaard me parece muy relevante. Y pasa por el orden de la familia. También en narradores españoles como Marta Sanz o Luisgé Martín la exploración de la intimidad lleva aparejada universos familiares. Y en Patria de Aramburu se narra la vida de dos familias. La novela representa la vida, y la vida humana es la construcción de familias.