Lo que Barthes resalta en sus textos es el quiebre contemporáneo de la biografía —o de un tipo posible de biografía— con las biografías totalizadoras, las que buscaban establecer relaciones de causalidad y relatos explicativos de las experiencias vividas por el sujeto biografiado, economizando su sentido. Los textos de Vila-Matas presentan estas líneas de fuga barthesianas. Muestran a sujetos biográficos que no pueden ser captados en una hipotética totalidad o «verdad» biográfica: entonces, se comprende que para escribir, por ejemplo, de Graham Greene, Vila-Matas ficcionalice un tenue, casi inexistente encuentro con el escritor. Relata que un día, movido por su admiración por el autor, decide visitarlo durante un viaje. Al llamar a su timbre, en Antibes, debe enfrentar su enojo: «Fue entonces cuando me pasó rozando un objeto, un fetiche, que sin duda cayó del ático: una goma de borrar que desde entonces guarda mi novia de Italia como recuerdo de mi fugaz, raro, breve encuentro con el fabuloso […] Graham Greene» (p. 382). La desaparición del fetiche en manos de una novia del pasado y el hecho mismo de que se trate de una goma de borrar relevan la precariedad biográfica y el arte de ficcionalización que ya Marcel Schwob señalara como fundamental de este tipo de escritura. El biografema aquí actúa como un roce entre dos cuerpos y apenas roza también al lector; es un nexo sutil (también humorístico) tan leve que adquiere ribetes fantásticos. Muy similar a este relato es el texto que Vila-Matas le dedica a Roland Barthes, especie de epitafio en que narra su encuentro con él en un café parisino. En la ocasión conversan:

«El barrio es horrible: es como una madre fría y seca». Misteriosa frase para la que no tuvimos capacidad de reacción. De pronto se levantó, se puso su chaqueta de cuero y nos dijo adiós. Lo recuerdo todo muy bien, como si fuera ahora. Recuerdo muy bien a Barthes marchándose. Fue el primero de los pensadores de café frío que murió. […] Yo lo recordaré en el Flore, en una noche de frío y aguacero, próximo sin saberlo a alcanzar la que sería su última meta: viajar al azar en un tren toda la noche para despertar a la mañana siguiente, atropellado y con la madre fría y seca y muerta, bajo la poderosa luz de una ciudad extrema (p. 397).

 

Es interesante la insistencia de Vila-Matas en la frialdad: madre, café y noche son adjetivados en proximidad con la muerte tanto de Barthes como con la de su madre. También París queda singularizada como una ciudad de muerte en la alusión a Vallejo («en una noche de frío y aguacero»). ¿Cuál es el biografema? La proximidad de Barthes a la muerte y la muerte como acontecimiento constitutivo del relato sobre la vida. Es la muerte la que arroja una luz gris sobre este encuentro fortuito.

La intersubjetividad, el roce biografemático, se produce también en el texto inaugural del libro, aquel dedicado a Artaud: «Cuando en 1948, unos veinte días antes de que yo viniera al mundo, Artaud se fue del mismo […]» (p. 374), escribe Vila-Matas. Es evidente que en éste como en otros de estos textos el autor tiende puentes entre sus biografiados y él mismo, también respecto de su generación (suele aludir a un nosotros) o el mundo que le ha tocado vivir, constelando así las vidas de los escritores, sus búsquedas, sus fracasos y sus logros.

Pero hay algo más en el modo vilamatiano de entender la biografía. Que Vila-Matas cierre Para acabar… con Borges no es indiferente: a él le debe hasta cierto punto parte de su estructura (marcada y, a la vez, abierta): tanto los títulos como la selección de ciertas escenas recuerdan la manufactura final de Historia universal de la infamia (1935), texto que, al igual que el de Vila-Matas, vio la luz primero en prensa y luego en forma de libro: «André Breton, la abeja de este domingo», «Stendhal, el enamorado del amor», «Augusto Monterroso, de un fabulista a otro» son algunos de los títulos que utiliza Vila-Matas, en los que resuena el eco de aquellos otros, escritos sesenta años antes: «El atroz redentor Lazarus Morell», «El asesino desinteresado Bill Harrigan», «La viuda Ching, pirata». Comentarios breves e irónicos que anticipan cierta actitud narrativa, la condensación en unas pocas escenas o imágenes de la totalidad de una vida, con distancia humorística y crítica y especial hincapié en el oxímoron. Estas marcas del escritor argentino se las apropia Vila-Matas, confiriéndoles su propio sello. Pero en tanto Borges escribe biografías de personajes diversos, Vila-Matas —como lo hará también Bolaño por esos mismos años en La literatura nazi en América— opta por dar forma sólo a vidas de escritores.[v]

Vila-Matas recoge hasta cierto punto las nociones borgianas de la biografía, que el autor argentino tematizó y llevó a la práctica en una gran diversidad de textos. Para Borges, un texto biográfico debía asumir la existencia de «un destino», definitorio de la vida humana: «Yo he sospechado alguna vez que cualquier vida humana, por intrincada y populosa que sea, consta en realidad de un momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es» (Evaristo Carriego, p. 158); «Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es» («Biografía de Tadeo Isidoro Cruz», p. 562); «La reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas» (Historia universal de la infamia, p. 289). Al relato totalizador y exhaustivo de una vida, contrapone la elección de tan sólo algunas escenas, al modo de un montaje cinematográfico. En Vila-Matas el procedimiento se observa en distintos textos, como, por ejemplo, en aquel que ya se comentaba aquí, sobre Perec, en que es la fotografía del autor con su madre la que desencadena y galvaniza la escritura. Una sola imagen, una escena, que será definitoria de la vida y de la literatura.

 

ENTRE NECROLÓGICAS Y FÁBULAS BIOGRÁFICAS

Para acabar… es un libro que se distancia de las biografías históricas tradicionales también por otros motivos. Sabido es que, en sus orígenes clásicos, las biografías buscaban realzar modelos ejemplarizadores. Esto definía un tipo de relación del biógrafo con sus biografiados, por norma general, de admiración o respeto, que cambia en las biografías modernas, cuando aparece otra clase de sujetos biografiables, principalmente, a partir de la Ilustración).[vi] Las biografías literarias, a partir de Marcel Schwob, Lytton Strachey o Virginia Woolf, se arriesgan con otros personajes, quienes pasan a ser sujetos «biografiables». La empatía entre biógrafo y biografiado se da, de este modo, lejos de toda actitud moralizadora o edificante, y se producen otro tipo de identificaciones, en que el fracaso, la crítica social o el escepticismo pueden ser distintivos. En Vila-Matas este rasgo identificatorio es bastante evidente. Así, por ejemplo, cuando escribe sobre Joseph Roth: «[…] La melancolía, en combinación genial con sus silbidos tabernarios y la escritura, le ayudó, hasta poco antes del final, a sobrevivir» (p. 377). Y agrega: «Entonces, sin melancolía, volvió a Dios y le pidió una muerte sencilla y bella tras la cual no tuviera que saber nunca nada más de todo ese espanto, que hoy es el nuestro» (p. 378).

A esta exaltación sombría de sus protagonistas, Vila-Matas añade algo más. Si bien reúne biografías de escritores, procura una incesante desmitificación literaria, un gesto malabarístico en una obra que funda mitos literarios. Particularmente interesante es la biografía de Helenio Herrera, un nombre que dejará indiferentes a los literatos, pero que a los seguidores del fútbol les resultará suficientemente conocido. Vila-Matas incluye en sus textos a este entrenador de fútbol, cuya aproximación a la literatura radica en haber publicado unas dudosas memorias, «casi dalinianas, de un genio del fútbol y de la literatura»:

De genio de la palabra lo califica Martin Girard en ese libro del año 62 […] del que tan orgulloso me siento, sabiendo sobre todo que poca gente lo tiene. Herrera siempre ha dicho que la editorial lo estafó, que aún le deben dinero. Creo que sólo él y yo nos acordamos todavía de ese libro, que contiene un juego o una estafa literaria muy divertidos, ya que sobre él cae siempre la sombra de la sospecha de que fue escrito en realidad por Martin Girard. De ser esto cierto, el seudónimo elegido por el periodista Martin Girard sería Helenio Herrera. Y entonces el seudónimo elegido por Herrera para hacer carrera literaria sería Gonzalo Suárez, ya que Girard era el seudónimo de Suárez (pp. 441 y 442).

 

¿Por qué Helenio Herrera no puede compartir páginas con Virginia Woolf o Joseph Roth? En este texto, abiertamente humorístico, Vila-Matas despliega las posibilidades del ghostwriter y defiende, asimismo, una forma fantasmática de literatura, un divertimento que aúna formas cultas y populares, genialidad artística y periodismo. Del juego de imposturas con que Vila-Matas celebra a Helenio Herrera, a la creación de Robert Derain, uno de los escritores más importantes en el catastro de Bartleby…, hay un camino breve, casi predecible. Vila-Matas ensaya una suerte de microgénero, que es el de las fábulas biográficas, biografías de personajes inexistentes, cuya vida y obra son inventadas. El término de «fábulas biográficas» lo propongo como un modo más específico de aludir a este tipo de textualidad que los que observamos en la escasa crítica que se ha encargado del tema.[vii] La idea de «fábula», de hecho, inscribe por sí misma una relación con la ficción, con lo fabulado y fabuloso, con lo fantástico, en textos que suelen caracterizarse por la hipérbole y la ironía. Es un oxímoron que recoge el entrecruzamiento de la ficción con la historia y que da cuenta de la hibridez propia de esta modalidad escritural surgida en los albores de la modernidad, con los relatos de William Beckford, Memorias biográficas de pintores extraordinarios, en 1780.[viii] Helenio Herrera es un personaje real, pero su existencia, conocida en el campo del deporte, se transforma en una suerte de entelequia en el relato vilamatiano, en que se lo presenta como escritor, pero también como un heterónimo, una creación de otro y, hasta cierto punto —y éste es un tema que le agrada demasiado a Vila-Matas—, como un impostor.

Total
2
Shares