Paul Léautaud
Diario literario
Fuentetaja, Madrid, 2016
920 páginas, 45.00 €
POR GERARDO FERNÁNDEZ FE

Será siempre no más que una coincidencia, pero en el mismo año de 1933 en el que la Librería Bergua publicaba en Madrid los Ragionamenti o diálogos putañescos, del díscolo Pietro Aretino, se escribía en París un segmento igualmente descarnado en el diario de Paul Léautaud.

Conocido por su labor como secretario de la revista y casa editora Mercure de France, por la atmósfera incestuosa de su novela Le Petit ami, de 1903, y por el dejo de necrofilia de In memoriam, de 1905, Léautaud (1872-1956) será mucho más célebre por su imagen «física, moral, intelectualmente repugnante» –al decir del comedido Philippe Soupault–, pero sobre todo por haber llevado durante más de 50 años, exactamente desde 1893 hasta 1956, un minucioso diario en donde daba cuenta de la algazara de los salones literarios parisinos («No me gusta la gran literatura», escribe), de su rutina de hombre solitario o del estado de los tantos gatos y perros con los que convivía en su casa en Fontenay-aux-Roses.

Dejando a un lado la ambición del propio Léautaud de ver publicados en su integridad los 19 tomos de sus diarios, y para que el lector en castellano tenga una idea más o menos global del devenir refractario de un escritor poco dado a la hipocresía de los cenáculos y de un hombre de vida y escritura decididamente insalubre, las Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja acaban de sacar a la luz apenas unas 900 páginas, que de por sí es poco –el total supera los diez mil folios– pero que muchos sabemos agradecer.

Hablaba de 1933, pues quienes hemos husmeado en el original en francés de estos diarios sabemos que, más allá de sus puntualizaciones sobre escritores, religión y política, Paul Léautaud abundó ese año en una especie de anexo libérrimo a su faraónica obra, un diario particular que fungía como el conteo exhaustivo de los ruidos y poluciones de su cuerpo, un espacio donde se confiesa lo que nunca se habría escrito en su otro texto mucho más visible.

El año de 1933 nos llega el relato del inicio de las peripecias carnales de este hombre de 61 años con una mujer mucho más joven. Ella es Marie Dormoy, de 46 años, soltera, sin hijos, crítica de arte y empleada en la Biblioteca Jacques Doucet. Finalmente será, además de su última amante, la encargada de dactilografiar la inmensidad de su Diario literario.

Cuenta la leyenda que fue Dormoy quien descubrió que en paralelo a aquel diario publicable, cuyo manuscrito adquirió gracias a su gestión la Biblioteca Doucet por unos 100.000 francos Poincaré, su lúbrico amante había redactado otro diario secreto a través del cual la posteridad también conocería detalles de sus repetidos orgasmos (que Léautaud gustaba contabilizar), de sus destrezas carnales un día o su falta de gracia el otro, del modo en que su hombre la invitaba a orinar de pie, con las piernas abiertas, delante de él o de la preferencia de éste por las extravagancias obscenas de madame Cayssac (la Plaga, como la llama Léautaud), de 64 años, su otro viejo y escabroso amor.

La de este escritor es una concepción de la vida a trancas y barrancas. De ahí que sólo haya un modo de expresarla: sin tapujos y sin oropeles, como siglos atrás hiciera Aretino. «Una melodía espantosa –apunta en septiembre de 1939 al referirse a las sirenas que sonaban en la noche–, lenta, arrastrada, modulada, una llamada de angustia y desesperanza».

Esto tal vez explique el sentido práctico del amante que fue, en paralelo a su visión de los conflictos bélicos, de los que resultó un testigo agudo, a través de esta expresión sobre Antoine de Saint-Exupéry: «El lirismo patriótico finalmente es tan estúpido como el lirismo amoroso».

Es este en su totalidad un diario del cuerpo exclusivamente épico; «bien persuadido de que la materia no podrá convertirse sino en materia», como diría el falsificador Roland de Corville, aquel personaje del marqués de Sade. Para Léautaud no hay redención, gracia ni extremaunción posibles. Por ello vive solo, rodeado de gatos y de muy poco confort: porque es un escritor que no soporta el oropel desde ninguno de sus ángulos.

No se hallará a lo largo de sus diarios una nota, un gesto, una simple palabra que nos remita a un Léautaud que no sea éste: misógino y paradójicamente apasionado del cuerpo femenino, un ser obsesivo que sólo piensa en su propia obra, el paladín de su libertad individual, dedicado a sus tantos animales (por los que atraviesa un París en guerra en busca de alimento), a su escritura diaria y, cuando se puede, al goce de la carne.

«Vivo en mi casa arropado, cabeza incluida, como un pastor de los Alpes –apunta en tiempos de la ocupación alemana, en 1942–. Durante media hora en las mañanas, me estoy helando para afeitarme y asearme. En la noche, me acuesto mucho más temprano que en tiempo normal para no pensar más en el hambre. Lo que más me afecta es que mi trabajo se resiente. Cuando yo esté listo, quién sabe si los editores lo estén. ¿Cómo se resolverá la cuestión del papel, por ejemplo?».

Junto a Pierre Drieu La Rochelle, Paul Léautaud es de esos escritores que no pueden narrar sino justo lo que depende de sus vidas: escritores antibalzacianos por excelencia, incapaces de desdoblarse, de fabular más allá de los límites de su piel. De ahí ese furor egotista, esa necesidad de epopeya, la búsqueda de un Napoleón del cuerpo.

No podría esperarse de Paul Léautaud la pantomima patética de quien echa sus diarios al fuego y luego lo anuncia. Sabe que ha escriturado durante años para algo, con una finalidad, al menos aquella que está más cerca del testimonio y del escándalo, ya que no es posible –ni lo desea– una entrada a la posteridad con vítores beatificadores.

El 25 de agosto de 1944, Paul Léautaud se adelanta por quince años a una escena medular de Alain Resnais en Hiroshima, mon amour al referirse a las francesas que mantuvieron relaciones con los alemanes: «Hoy, plaza de la Municipalidad, en público, las tusaron y, con pintura, les marcaron una esvástica sobre la frente o los cachetes. Un verdadero espectáculo. ¡No se imagina las carcajadas de la gente!». También se refiere al lado nefasto de cualquier victoria, cuando tras la huida de los alemanes empiezan las denuncias, las listas negras, los linchamientos mediáticos, los arrestos…

No hay hipocresía alguna; aquí se escribe para dejar un legado, incluso procaz. Ya antes Rousseau se reía de la «falsa ingenuidad» de Montaigne, quien terminaba maquillando sus defectos, retratándose «parecido, pero de perfil». El de Paul Léautaud en sus diarios es un autorretrato de frente, en son de escarnio, moderno en tanto no oculta su vanidad ni la conciencia del estatus perverso de sus diarios paralelos, como un Marilyn Manson literario de inicios y mediados del siglo xx.

Al tanto del desparpajo del viejo Léautaud, Ernst Jünger escribirá en su propio diario el 10 de mayo de 1944: «Viniendo de Rousseau, puede uno aprender en Léautaud cómo se sirven secas las confesiones. Desde luego se expondrá al peligro del cinismo. El libro es en ese aspecto una verdadera mina».

Con la muerte de Paul Léautaud en 1956, ya encargada de la publicación total del Diario literario en tanto legataria universal, y también porque su nombre había pasado del diario secreto al diario corriente, Marie Dormoy se afanará en disimularlo reemplazándolo por X o Fanny en un gesto de no asimilación de las hazañas impúdicas que habían quedado escritas y que la vinculaban; ni siquiera acepta aparecer en el Diario literario como la taquígrafa, la consejera y la última amiga. Más adelante, en unas Memorias consagradas a desmentir los «horrores escritos» por su amante, Dormoy hará el retrato de «ese viejo, ese hombre desprovisto de todos los encantos físicos que clamaba sin cesar su aislamiento, su desamparo moral, el pesar de una madre indigna…».

Sea como sea, mientras esperaba la muerte, aquel anciano que de joven había frecuentado a las putas de la rue des Martyrs y que luego calificaría de «erotomaníaco» a Guy de Maupassant, no había abandonado la redacción de su largo diario, eso que François Mauriac llamaría «pobres historias de una pobre vida» pero que no son sino guiños licenciosos y desleales, retratos de nosotros mismos, como los grabados del siglo xviii que ornaban las paredes de su casa en Fontenay-aux-Roses.