(* Prólogo inédito a una antología de Gabriel Mistral
compilada por Ida Vitale y que se publicará próximamente).

A nadie se le habría ocurrido hace más de un siglo hablar de poesía europea con la esperanza de que ese rótulo adelantara una comunidad, una familiaridad de rasgos idénticos; tantas características disímiles pugnan por destacarse en su seno. Se hablaba en cambio corrientemente de poesía hispanoamericana englobando a España y a los países de su lengua, dentro de un solo molde idiomático. Se decía que cualquier país americano estaba más unido, durante su historia, a España, que a cualquier país hermano. Fuera de lo más próximo, la regla era ignorar casi todo lo que concernía al resto de nuestro continente, con un menosprecio suicida; la comunidad de idiomas durante mucho tiempo no fue suficiente para religar países y culturas que se dieron la espalda por mirar hacia Europa.
Sin embargo, la fuerza cohesiva debía llegar un día. En lo ideológico en un Martí o un Rodó. En la poesía, en un Darío. Con Rubén Darío, América, aún rezagada en un tardío romanticismo puso sus relojes en hora, y comenzó a andar el mismo paso que sus contemporáneos europeos. Por primera vez no esperó que desde allá le llegaran fórmulas ya aprobadas y deslucidas. El salto dado por Darío fue instintivo e impremeditado. No importa ni es raro que su hallazgo de una esencia americana hubiera llegado, dando un rodeo, por lo griego y lo dieciochesco; porque los temas poco importan.
Uno de los fenómenos más inexplicables de la poesía americana fue la aparición esporádica, persistente y en distintos países, de una lírica femenina de primer agua: Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Cecília Meireles. Con la sola excepción de Sor Juana Inés de la Cruz también americana y de Rosalía de Castro, nunca la poesía de habla española había dado un nombre que pudiera aproximársele, hasta Gabriela Mistral.
Hay muchos poetas cuyo desarrollo lírico se ha visto detenido o amenguado, pero cuya fama nominal continúa en gracia a aquel apoyo primero del público cuyos réditos continúa recibiendo. Pocos son los que siguen fielmente la obra de una poeta, pocos los que revisan la dosificación de su incondicionalidad. Algo semejante ocurre con la obra de Mistral entre lectores bastante numerosos, aunque las consecuencias en este caso no afectan la admiración que rodea su nombre, pero sí el modo de valorar sus distintos libros. Cuando en 1922 el Instituto de las Españas publica Desolación en Estados Unidos, su éxito y el alcance continental del suceso determinan y limitan su incambiada fama. De ahí en adelante se juzgará a Gabriela casi exclusivamente por los poemas de su primera época. Amparando el valor singular de la obra había dos cosas que no hay que omitir: por un lado, la publicación fuera de fronteras, hecha sin que mediaran insistencias de la autora, por otro, su coincidencia con un momento de apertura y aireación de las clases sociales en Chile y simultáneo desenterramiento de la mujer. Gabriela Mistral es la inevitable conjunción de algunos ideales de la época: mujer apasionada, pero sin ataduras, maestra que mira más allá de su cartilla, viajera, y por encima de eso admirable poeta. En Desolación se ofrecían los diversos rostros de esa mujer: religiosa, lectora de la Biblia, llena de un impudor –el más acérrimo desde los románticos hasta entonces–, el del dolor justificado por el abandono, entregada a veces a una ternura, menos honda, creo que su angustia, que a veces infernales círculos pedagógicos colonizaron ya para siempre.
Ternura, publicada en Madrid en 1924, libro complementario del primero, determina aún más a Gabriela, ante un público aún más vasto, como una voz de elemental fuerza terrestre, que canta las tristezas de la maternidad frustrada. Innegablemente esta Gabriela de la primera época fue ya una feliz revolución en la poesía de habla hispana. La sinceridad con que transmite su lacerante experiencia no prescinde del virtuosismo de una descendiente de Darío. «Sus metáforas –como dice estupendamente Anderson Imbert–, tienen esa costumbre de la familia simbolista que consiste en saltar al abismo con una antorcha en la mano y en iluminar en la caída las anfractuosidades de la vida interior». Y aunque la poeta canta en esta época con un acento ya inconfundible no ha de quedar detenida en él. Después de un laborioso silencio de catorce años, publica Tala en 1938, como ocasionalmente, para ofrecerlo a los niños vascos refugiados.
Comienza aquí la mejor Gabriela, la confusión de los críticos, la pereza del público. Ha roto con el modernismo; ha expresado públicamente su admiración por la nueva poesía en su Recado sobre Pablo Neruda de 1936, a la vez que se afirma en su acento singularísimo e inconfundible; y en ese cambio de banderas corre el riesgo de quedarse sola. Cuando su triunfal recorrida americana de 1937, en cuya ocasión se reunió en Montevideo con Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, fue enaltecida por una obra que ella hasta cierto punto había dejado atrás, aunque no renegó nunca de sus primeros libros, incluyéndolos con retoques al preparar sus obras completas antes de su muerte. Pero la labor de sus últimos años era prácticamente desconocida, y la aparición de Tala al año siguiente dejó descontentos a muchos de los admiradores de Desolación. Y no porque haya un salto muy brusco de un libro a otro, ya que Mistral no ardió nunca por embarcarse en experimentos poéticos, como un Lorca o un Alberti. Por el contrario, incluso sus temas son relativamente limitados; parecería que un azar nada voluble le ofrece las posibilidades de un retorno periódico a las mismas angustiadas fuentes de su poesía, enfrentándola vuelta a vuelta a la muerte. Gabriela encuentra a partir de Tala una expresión formal cada vez más sabia y rica, más contenida y emocionante, y quizá esta misma perfección es lo que le aleja el público. Porque ya hay que descartar uno de los lugares comunes más repasados respecto a ella: el de su descuido formal, que es apenas cierto para algunos momentos de Desolación, donde su «invariable canción atribulada» nace a borbotones de la herida aún fresca, sin que todavía haya un oficio fiel, que supla la vigilancia de un espíritu sin sosiego.
Pero semejantes situaciones que se repiten al final de su vida, como la muerte del sobrino prohijado, al arrancarle poemas terribles, casi alucinados, recogidos en su libro último Lagar, vuelven a encontrarla con tal dominio de su materia, que el concepto se pliega totalmente a esta y ambos crecen, se revuelven, se funden en la más estricta y eficaz expresión. Afortunadamente Mistral dista mucho de ser esa voz áspera y desaliñada, esa poeta campesina que el afán de simplificación ha decretado. Este se suma a los que le subrayan este defecto, pero inconsecuentemente proclama Desolación, donde aparece más a menudo, como su mejor obra. Prescindir de la riqueza rítmica y de la peculiarísima musicalidad de Gabriela en Tala y Lagar, implica un tanto de pereza, y otro tanto de escamoteo a beneficio de segundones.
Por el contrario, hay que pensar en Gabriela como en la poeta americana más afinada, sabia y musicalísima buscadora de ritmos después de Darío, sin que esto implique trabas en la expresión de su honda verdad. Hemos caído ya en las comparaciones, pero no hay por qué soslayarlas. Su poesía es distinta de la genial poesía de cabos sueltos de Vallejo; las químicas disgregaciones del peruano son intuiciones en estado puro, partículas en libertad que humean como en un nuevo nacimiento del mundo; la muerte interrumpió la creación de las propias leyes de rigor hacia las que Vallejo se iba inclinando, pero de todos modos ambos solo coincidían en el empeño de dar viabilidad poética a palabras y modos de hablar del pueblo, olvidados en las raíces del idioma. Tampoco caben comparaciones con la poesía de Neruda, confesamente admirada por Mistral: distintos en sus procedimientos formales, Neruda avasalla por sus dimensiones, rara vez canta, construye su obra con materias exteriores, en los mejores casos con maravillosa naturalidad. Su desdén por la metafísica es sabido, mientras que Gabriela maneja los datos de sus sondeos espirituales con tanto amor como su colega al apio o la madera.
Ya aludí a la riqueza rítmica de Gabriela. Aparte de su apropiamiento del verso de 9 sílabas, raramente usado después de Darío, y que quedó tocado como para siempre por un aire chileno, muchos ritmos diversos, octosílabos, seguidillas, combinaciones de 6 y 5, 5 y 4, aparecen en sus canciones de cuna, en sus rondas, plegándose a sus diversas necesidades. Pero las muchas combinaciones métricas que se pueden señalar no dejan de ser el sobredorado de su metal auténtico, uno de los modos de manifestarse ese sentido siempre atento del ritmo. Caracolea libremente en poemas que en apariencia no quieren ser más que un capricho para niños o, como ella los llama, «jugarretas», pero en los cuales se da la poeta enteramente:
Esta que era una niña de cera;
pero no era una niña de cera,
era una gavilla parada en la era.
Pero no era una gavilla,
sino la flor tiesa de la maravilla.
Tampoco era la flor, sino que era
un rayito de sol pegado a la vidriera.
No era un rayito de sol siquiera:
una pajita dentro de mis ojitos era,
¡Alléguense a mirar cómo he perdido entera,
en este lagrimón, mi fiesta verdadera!
(«La pajita»)
Sabido es que Gabriela pasó gran parte de su vida fuera de Chile, que después de consagrada Desolación llovieron sobre ella los destinos consulares, y que esta misma ausencia de su tierra, la obligó a pelear ahincadamente para que no se le borrara el pigmento del idioma, al cual, como ella dice, «se le van los jugos del donaire, y se le secan los aceites de la agilidad». En ese esfuerzo para mantener viva su poesía, en ese «cuido cerrado del idioma», es clara su conciencia de que el campo en que se crio le ha guardado una lengua rica de tradiciones: «Me busco un verso que he perdido, que a los siete años me dijeron». Y es justamente esta muchas veces deliberada utilización de arcaísmos y modismos familiares lo que le ha dado su fama de desmañada, siendo una de las cosas que hacen su poesía más inconfundible, más estrictamente contorneada. Para dar ejemplos de esto tendríamos que saquear todas las páginas de Tala o de Lagar.
Así, allega, dame el rostro,
y una palabra siseada.
Y si no me llevas, dura
en esta noche. No partas…
(«Madre mía»)
En cuanto engruesa la noche
y lo erguido se recuesta,
y se endereza lo rendido,
le oigo subir las escaleras.
Nada importa que no le oigan
y solamente yo lo sienta.
¡A qué había de escucharlo
el desvelo de otra sierva!
(«La desvelada»)
Explicando dos himnos incluidos en Tala, habla Mistral de la fortuna que tuvo el tono menor que sucede a la «trompa épica» de los románticos. «Pero ya vamos tocando el fondo mísero de la joyería y de la creación en acónitos. Suele echarse de menos, cuando se mira a los monumentos indígenas o a la Cordillera, una voz entera que tenga el valor de allegarse a esos materiales formidables». Este ver la poesía como empresa de gran aliento, que compromete en ella todas las fuerzas creadoras del ser, aunque en Gabriela haya sido más un propósito que un logro, no del todo afín con su modalidad, la acerca bastante a la actitud poética de Miguel de Unamuno, con la que tiene no pocas afinidades: su confianza en la tradición popular como guardadora de la riqueza poética del idioma, su firme esqueleto conceptual, el sacudir las perezas del lector poniéndolo ante lo inusitado, el mismo sentido profundo, interior del ritmo, que en ambos se une a una ternura inteligente en las «nanas» de uno, en los poemas de «Cuenta-mundo» («El aire», «El agua») o «La desvariadora» («Encargos», «Miedo» y «Bendiciones») de la otra.
Gabriela Mistral corre muy sabiamente sus riesgos y con consciente desenvoltura. Atreverse por ejemplo a las parábolas simbolistas de «La muerte-niña» o «La flor del aire» en Tala vuelve a ser audacia cuando la vaciedad ha desprestigiado tanto su uso. El resultado de estas búsquedas de Gabriela, de estas desconformidades y rebeldías ante lo trillado, e incluso ante los hallazgos de su primera época, es el haberse ido salvando de la quietud respetada en la que descansan los poetas «que representaron un período». Gabriela sigue viva. Para acercarse a ella no son necesarias salvedades que postulen un cambio de sensibilidad; para leer Tala o Lagar casi no se necesita un antólogo intermediario que rescate lo que aún se conserva fresco y radiante; y al margen de homenajes sigue siendo un gesto espontáneo para el que la ha descubierto, volver a ella. Hizo lo más difícil: no declinar la gloria de su primer libro, buscando para el resto de su obra logros más recatados, más ariscos y duraderos, en cumplimiento de un auténtico destino. Y bien pudo decir:
Esta solitaria greca
que me dieron en naciendo:
a tamarindo o a cedro
a mi costado de fuego;
lo que va de mí costado
a mis pies calenturientos;
esta isla de mi sangre,
esta parvedad de reino,
yo lo devuelvo cumplido
y en brazada se lo entrego
al último de mis árboles,
a tamarindo o a cedro
(«Último árbol»)
