Sebastián Martínez Daniell
Dos sherpas
Jekyll & Jill (España)
Entropía (Argentina)
216 Páginas/h5>

POR TONI MONTESINOS

Tenemos aquí una novela que ha pretendido desafiar las convenciones narrativas al llevar al extremo una premisa argumental basada en una estampa elemental: dos hombres observan a un tercero que ha caído a un abismo. La escena, por supuesto, es tan estática como profundamente alegórica, y va a sostenerse a lo largo de cien breves capítulos donde reina lo que es aparentemente intrascendente: una espera, un pensamiento, un recuerdo. La firma Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971), autor también de Semana (2004) y Precipitaciones aisladas (2010).

«Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo». Este inicio, sin embargo, no remite a un mero accidente en las laderas del Everest en el sentido de configurar una novela de montaña que podemos encontrar en sellos editoriales como Desnivel. Más bien la montaña representa un teatro enrarecido donde el lenguaje se vuelve protagonista.

Estos dos sherpas —identificados sin nombre propio, apenas como «el joven» y «el viejo»— contemplan el cuerpo de un turista inglés que ha caído a una saliente rocosa. No pueden alcanzarlo, no saben si vive o ha muerto, de tal manera que sólo cabe esperar; ¿el qué? Ni ellos lo saben. Lo importante en este sentido es que la anécdota genera introspección en el fondo y fragmentarismo en la forma, algo que no es nuevo en la andadura del escritor argentino, que tiende desde su primera obra a estas composiciones a modo de mosaico narrativo.

Se diría que el autor ha querido hacer una suerte de collage narrativo en que va a ir cabiendo una sucesión de asuntos diversos: el poder en la antigua Roma, la obra Julio César de Shakespeare para una representación escolar, la geología decimonónica o la pintura impresionista; el aspecto de monólogo interior del joven y de memorias del viejo, más la constante referencia a hechos pretéritos, constituyen el eje de la historia, si se le puede llamar así a estas páginas donde parece no suceder nada pero se asoman referencias al teatro, la política, la ciencia o la música.

Martínez Daniell elige, pues, una senda reflexiva, asentada en el lenguaje, sin linealidad en lo que consideramos la realidad; lo único real es el pensar, y esto es desordenado. En uno de los pasajes más elocuentes, el sherpa joven, mientras observa el abismo, se abandona a una fantasía: «Le gustan los barcos. Nunca estuvo en uno: no le importa. Le fascina la flotación. […] ¿Quién no envidia a las medusas y su deriva sobre el piélago? Esa sensación de dejarse llevar. Ese despliegue fosforescente y sutil, sin vanidad; que las corrientes se ocupen del resto. Flotar. Desentenderse del curso de la historia: no cargar esa cruz».

Este tipo de meditaciones en apariencia anodinas propulsa la sensación de llevar al lector a la deriva desde el punto de vista argumental. El sherpa viejo, que no es realmente viejo ni nepalí, sino un extranjero transterrado, encuentra en la montaña un exilio posible, acaso el único. De alguna manera, ambos protagonistas son identidades perdidas que protagonizan una viñeta en que esperan a un Godot alpinista que nunca va a solucionar el enigma del abismo. No hay nada exótico, ni idealizado; de hecho, el sherpa adolescente, aunque haya hecho cumbre un par de veces en el Himalaya, quiere irse a vivir fuera de su país (comparte techo con su madre viuda). Entre líneas, también se deduce el choque entre los occidentales adinerados que juegan a acudir a lugares remotos para tener experiencias de aventuras, por un lado, y los que buscan sobrevivir ofreciéndose como guías y acaban siendo mozos de carga, por el otro.

La prosa de Martínez Daniell es austera pero rica en imágenes, y consigue equilibrar bien lo lírico y lo reflexivo, la gravedad del pensamiento y el absurdo de la situación dada. En una de sus múltiples frases brillantes -a menudo con alusiones intercaladas sobre la presencia del indispensable peso de los silencios, compuestos de feroces vientos, entre los dos personajes-, se encuentra una forma de expresar el destino de los perdidos o migrantes: «En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas»; ese exilio es el rincón en que refugiarse para desarrollar un sentido crítico de las cosas, distanciarse del mundanal ruido y ver la vida en perspectiva. Como si estuviéramos en un precipicio y sólo contase el aquí y el ahora.