POR  JUAN MALPARTIDA

¿Cómo se despide uno de una tarea de casi treinta y dos años? ¿Y de qué o quiénes? Hay unos datos básicos que ayudan con su humildad incontestable. Entré a trabajar en Cuadernos Hispanoamericanos en enero de 1990, invitado por Félix Grande a ocupar el puesto de jefe de redacción. Yo acababa de publicar mis dos primeros libros de poemas, recogidos en un solo volumen, y escribía crítica aquí y allá, incluida esta revista. Desde mi adolescencia lectora no distinguí entre la literatura hispanoamericana y la española, porque el principio radical para mí fue siempre la imaginación creativa e, inmediatamente después, la lengua. Desemboqué en la literatura en un idioma que contaba con casi veinte países que tenían al español como lengua materna, así que podía leer a Quevedo, Cervantes, Juana Inés de la Cruz, Borges, Cortázar, César Vallejo, Alfonso Reyes, Paz o Juan Ramón Jiménez sin salir de mi lengua materna, y nunca encontré en Neruda, Lezama Lima o García Márquez ninguna resistencia que no fuera con la que podía toparme leyendo a Valle-Inclán o Baroja. Quiero decir que nunca he creído en las literaturas nacionales, aunque la historia y las lenguas nos ayuden a clasificar y comprender aspectos que, sin ser substanciales, son determinantes. Así que mi entrada en esta revista me pareció en cierto modo natural. Fue muy importante que el subdirector fuera el escritor argentino nacionalizado español Blas Matamoro, con quien trabajé muchos años y cuya conversación me enriqueció.

Cuadernos Hispanoamericanos, desde su inicio en febrero de 1948, ha sido una revista insertada dentro de organismos públicos pero no una revista oficial. Nunca fue la revista del Instituto de Cultura Hispánica, como ahora no lo es de la AECID, pero no podría haber tenido la longevidad que ha tenido –y creo que esta voluntad y proyecto administrativos son dignos de ser valorados– sin esta pertenencia. Cuando cumplimos –permítaseme el plural– setenta años, dije, en el acto conmemorativo en la Casa de América, que Cuadernos solo siendo para sí misma podía haber cumplido una labor digna para la institución de la que forma parte. No todo el mundo entendió lo que quise decir. Lo aclaro ahora: solo siendo una revista de literatura y pensamiento, puesta al servicio de la reflexión crítica, podía ser una revista de verdad. De otro modo habría sido un órgano –más o menos entreverado– al servicio de aspectos institucionales, algo legítimo pero que forma parte de un orden distinto, ajeno a una revista de este perfil: el mundo que va de la poesía y la narración al teatro; y de la filosofía y la historia a la biografía y la crítica literaria misma. Desde que asumí el cargo de director en julio de 2012, he tratado de ser fiel a esta divisa.

Además de todo el personal administrativo, que fue cambiando, con el que he trabajado en Cuadernos, y de los directores del Departamento de Relaciones Culturales y Científica, tuve la suerte durante estos nueve años de contar con varios becarios muy profesionales y amantes de la literatura, y quiero mencionarlos aquí: Carlos Contreras, Alba Ramírez, Cristian Crusat, Carmen Itamad y Verónica Delgado. El número de autores que han colaborado en este periodo es tan numeroso que no podría mencionarlos a todos sin convertir este adiós en una lista morosa. Algunos de ellos están en este número doble, y a ellos y a todos los que han participado en estos años quiero darles las gracias. Es una verdad obvia pero que debemos decir y repetir: sin los colaboradores, no hay revista. Un director hace ciertas tareas, pero lo que al final constituye el cuerpo vivo de una publicación son sus autores. Más allá de algún disgusto o tensión (no todo es jauja en una revista literaria…), creo que he aprendido de todos y, de algunos, mucho. También quiero agradecer a las editoriales su disposición y generosidad.

Por otro lado, estas tres décadas largas de labor en Cuadernos no han significado una tarea absorbente: me han permitido también leer y escribir. La revista ha demandado lo que necesitaba, pero no más, y gracias a ello he podido saciar mi curiosidad –o casi– y escribir casi una veintena de libros en este periodo. También estoy agradecido por esto. Sin ocio no hay cultura, y debemos pensar que cualquiera que dirige una editorial o una revista ha de disponer de tiempo para leer, porque la lectura diaria, no solo de lo nuevo sino de lo remoto o aparentemente ajeno, forma parte inexcusable de este oficio.

Por último, le deseo a Cuadernos, en su nueva dirección, memoria e innovación bajo la exigencia del pensamiento crítico. Ha sido para mí un honor haber sido jefe de redacción y director de una revista que fue dirigida, además de por los escritores y amigos Félix Grande y Blas Matamoro, por Laín Entralgo, Luis Rosales y José Antonio Maravall.

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