POR ANDRÉS MOYA
Necesitamos pensar desde la ciencia

Con relativa frecuencia recurro a la advertencia que Jacques Monod, uno de los fundadores de la biología molecular, hizo sobre el peligro que conlleva confundir la ciencia con las ideas que ella misma sugiere. En primera instancia puede dar la impresión de que con semejante formulación Monod se estuviera decantando por la estricta observancia de la práctica de la ciencia, dejando de lado, por peligroso o irrelevante, el pensamiento que se pudiera derivar de los resultados de la misma. En realidad, no se trata de esto porque, de una forma u otra, necesitamos pensar desde la ciencia o, dicho más taxativamente, no podemos obviar reflexionar sobre sus alcances. La observación de Monod no pretende ser excluyente en modo alguno y entiende que tanto la práctica de la ciencia como el pensar desde ella son actividades relevantes que forman la cara y la cruz de una misma moneda. Así, nos estaremos moviendo en la dirección correcta siempre y cuando tengamos muy bien delimitado aquello que es un producto estricto de la aplicación del método científico y aquello otro que aglutina reflexiones o pensamientos en torno al alcance y las implicaciones del tipo de producto en cuestión. Para justificar como correcta la reflexión que formulo en relación a la advertencia de Monod, me baso en el hecho de que fue él, uno de los padres de la biología molecular, quien escribió Azar y necesidad, ese libro fundamental de filosofía natural donde se piensa desde la ciencia.

Pero ¿cómo se justifica esa afirmación de que pensar desde la ciencia constituye la otra cara inevitable de la moneda de la ciencia? La respuesta radica, a mi juicio, en la necesidad fundamental que tenemos de encontrar sentido a nuestra existencia. En ortodoxia de la práctica de la ciencia, bien pudiéramos afirmar que una cuestión es qué nos permite descubrir la ciencia y otra muy diferente el hecho de que ella nos vaya a posibilitar dar sentido a las grandes cuestiones existenciales que nos preocupan. Aunque existen corrientes de pensamiento que abogan por la radical absurdidad de tales preguntas, lo cierto es que la historia del pensamiento pone claramente de manifiesto que ese gran cuestionamiento fundamental siempre nos ha acompañado. La exclusión del mismo no es más que una tesis negacionista o de apartamiento que se formula frente a la corriente mayoritaria que, en formas muy variadas, trata de responder al citado cuestionamiento. En efecto, la búsqueda del sentido forma parte del núcleo más profundo e íntimo del cuestionamiento fundamental que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, se formula a lo largo de la vida o en momentos particularmente señalados. ¿Por qué la ciencia no va a contribuir a dar esas respuestas de la misma forma en que lo vienen haciendo, por ejemplo, la religión, el arte o la filosofía? Y es aquí donde formulo mi discrepancia con la ortodoxia de la ciencia.1

Me resulta difícil desgajar en la mente de un científico, o de cualquiera que siga la ciencia de su tiempo, aquello que es estrictamente puro hallazgo científico o nueva contribución al desentrañamiento de los hechos del mundo de aquello otro que alimenta el sentido de la existencia –o concluye que no lo tiene–. La ciencia, al igual que muchas otras de las grandes instituciones aparecidas a lo largo de la historia humana, admite dos lecturas. Por un lado, es una gran superestructura facilitadora del bienestar, pero, por otro, modula o modela nuestra mente en la búsqueda del sentido de manera similar a la religión, el arte o la filosofía, las otras tres grandes construcciones de la sociedad humana. Por lo tanto, y por plantear cierta paridad con otras formas de pensamiento, es preciso indicar que desde la ciencia pensamos íntimamente al igual que lo hacemos desde esas otras formas ya mencionadas, a través de las cuales, con suerte probablemente desigual desde cada una de ellas, hallamos respuestas íntimas a ese gran cuestionamiento fundamental que nos acompaña desde la noche de los tiempos de nuestra especie.

Existe, no obstante, una variante en la relación que la ciencia tiene con el pensamiento que de ella podemos derivar si la comparamos con otras formas de pensamiento. Se trata de la barrera o el límite entre la ciencia y el pensar desde la ciencia. En efecto, no es una barrera o un límite fijo, sino más bien un límite o una barrera dinámica, algo muy vinculado a lo que en ciencia denominamos el avance científico en el conocimiento del mundo y las leyes que lo rigen. Los sistemas teológicos o filosóficos, así como las corrientes artísticas, tienen su presencia aquí y allá en el espacio y el tiempo de la cultura humana, pero cada uno de ellos se muestra autónomo y compartimentado con respecto al otro. Si las bases que fundamentan una teología determinada, un sistema filosófico, o un movimiento artístico son las que son, el tipo de pensamiento que de ellas podemos derivar en relación con el cuestionamiento fundamental será el que será. Cada uno de ellos dispone, por un lado, de sus bases fundamentadoras, los elementos de su sistema, que vendrían a ser el equivalente a la disponibilidad de un método que nos proporcionase el hallazgo de la verdad. Y del otro lado estaría aquello que podemos pensar a partir de tales hallazgos. Los límites entre esa particular teología, filosofía o movimiento artístico y los pensamientos que de ellos se derivan son nítidos e inamovibles. O, al menos, lo son mucho más que en la ciencia, que siempre se sustenta en arenas movedizas.2

Heidegger3 sostiene la idea de que la ciencia aborda el conocimiento o el acceso a la esencia de los entes a partir de un método particular por aproximaciones sucesivas e incrementales a los mismos. El filósofo alemán la ve como algo fundamentalmente aplicado y técnico. Y en buena medida así es. Las más grandes teorías científicas (no digamos las más pequeñas) son objeto de mejora o perfección continuadas, independientemente de si median o no las llamadas revoluciones científicas. Vamos mejorando nuestra comprensión y manejo de los entes cuyo conocimiento se persigue. Dicho sea de paso, la ciencia contribuye al bienestar humano por la vía media del bien común. Otros sistemas pueden ser, aquí y allá, más efectivos que las ciencias proporcionando paz de espíritu, tranquilidad o felicidad a determinados colectivos, pero la ciencia no tiene parangón cuando nos preguntamos por aquella institución social que tiene la capacidad de proporcionar el mayor bienestar promedio a la colectividad humana en su conjunto. De ahí viene aquello a lo que hacía referencia como la vía media al bien común. Pero, volviendo al tema de la captación de las esencias, en modo alguno la ciencia permite captar qué es un ente por un acto de intuición fundamental, lo que, en realidad, es tanto como decir que la ciencia no accede a la intuición fundamental de la esencia de ningún ente pero aproximarse a él infinitamente está en la base de su acción metodológica. Los límites entre la ciencia y el pensamiento desde la ciencia son movedizos, tal y como afirmaba anteriormente, y esa circunstancia le da unas particulares señas de identidad. En efecto, aquellos pensamientos que se sitúan a un lado del límite movedizo en un determinado momento de la historia pueden pasar a formar parte de la ciencia misma –es decir, al otro lado del límite– en un momento posterior.4 Es el límite el que se mueve en la ciencia; aquello que separa ciencia y el pensamiento de ella es un límite movedizo. El origen de la ciencia moderna no tiene tanto tiempo como el de la religión o el arte y, sin embargo, el camino que ha recorrido para desplazar el límite entre lo que es –la así denominada verdad de los hechos establecidos por la ciencia– y lo que podemos pensar a partir de lo que se ha establecido movedizamente como verdadero nos está guiando con gran probabilidad por un nuevo sendero.

Naturalización, transevolución y transhumanismo

De la misma forma en que para hablar de transevolución hemos de poder afirmar la existencia de evolución, para poder hacerlo de transhumanismo hemos de poder afirmar la existencia de una naturaleza humana. En realidad, lo que el prefijo trans- añade a evolución y humanismo no es tanto un indefinido ir más allá de la evolución o de la humanidad como la circunstancia de que algo o alguien dispone de la citada capacidad de trascendencia, es decir, la de lograr transgredir un orden natural que la propia naturaleza impone en virtud de sus leyes. Ese orden es de un inmenso poder: ha permitido la evolución de los seres vivos y determinado aquí y allá la aparición de propiedades maravillosas. Sería imperdonable pensar que sólo son relevantes aquellas que califican a nuestra especie. Tal actitud nos cegaría ante la extraordinaria perseverancia con la que actúa ese orden natural, creando de forma convergente en el maravilloso árbol de la vida propiedades relativamente similares en unos seres y otros. Esa perspectiva de comunidad de convergencias nos puede ayudar a entender, al mismo tiempo, no sólo nuestro advenimiento en la evolución biológica, viéndonos como fruto de un experimento muy exitoso, sino también de muchos otros que se suceden a lo largo de la historia vital de nuestro planeta.

La noción de naturalización del hombre es fundamental; constituye en realidad un salto inmenso en la historia de la ciencia y el pensamiento al confirmar, definitivamente, que el orden natural ha permitido la aparición de nuestra especie. La ciencia ha ido desplazando su límite fronterizo y, por lo que respecta a la humanidad, se va aproximando a su esencia por medio de la aplicación de su poliédrica metodología sin capacidad de intuir aquello que es en última instancia, ciertamente, pero aportando descubrimientos y conocimientos concretos y prácticos sobre la misma. La fundamental aportación de Darwin al conocimiento de nuestra especie es que es una especie natural y, por lo tanto, susceptible de ser intervenida. Somos, por otro lado, un agente de intervención de lo natural, probablemente el más eficiente en esta tarea. No obstante, creo muy pertinente insistir en el proceder convergente del orden natural al permitirnos detectar ciertas experiencias de intervención por parte de otras especies. Además, también intervenimos en lo social y en lo cultural, aunque nunca hemos dudado de ello. Nuestra historia siempre se nos ha relatado o interpretado bajo el prisma de los cambios sociales y culturales promovidos por fuerzas varias emanadas de las propias sociedades y culturas. Pero la noción de transformación natural a la que hago referencia incide primariamente sobre la intervención en lo que nos une al resto de seres vivos: nuestra biología. Y esta transformación sólo se racionaliza, o se ve factible, a partir del momento en que Darwin afirmó que somos un producto de la evolución natural. A la capacidad de transformación cultural y social añadimos, desde entonces, la de la eventual transformación de lo natural, de nuestra naturaleza.