Hablando con Carlos Verdecia en 1992, Padilla recuerda su último encuentro con Fidel Castro: «Me agradeció el libro de poesía romántica inglesa traducido por mí que yo le había enviado. Sí, porque yo le mandé el libro de poesía inglesa, y le mandé una carta que tú leíste en aquella oportunidad, ¿recuerdas? Yo te pregunté: “¿Tú crees que sea lo suficientemente abyecta?”» (Verdecia, 1992, p. 105). Padilla bromea, pero debajo de la broma se solapa su tendencia a la autodegradación. Por eso la autocrítica resultó tan espectacular. El poeta del no reaparece como la hipóstasis del sí. Durante la autocrítica Padilla actuaba, disimulaba, mentía, seguía un guión, se iba por las ramas, pero también se entregaba sin reserva –casi diríamos, con gusto– a un papel que había ensayado en otras ocasiones (lo cual no impide, por supuesto, que el episodio haya tenido una secuela desastrosa para su estado anímico). «También los humillados», un texto que parecería ser una amarga reflexión sobre la autocrítica, se escribió varios años antes: «Ahí está nuevamente la miserable humillación, / mirándote con los ojos del perro, / lanzándote contra las nuevas fechas / y los nombres. // ¡Levántate, miedoso!, / y vuelve a tu agujero como ayer, despreciado, / inclinando otra vez la cabeza / que la Historia es el golpe que debes aprender a resistir. / La Historia es ese sitio que nos afirma y nos desgarra» (Padilla, 1968, p. 73).

Provocaciones (1973), una delgada colección de veintiún poemas publicada por una editorial fundada en Madrid por un poeta cubano, José Mario, repite el naysaying, los gestos negadores de Fuera del juego. Dos años antes de la publicación de Provocaciones, Padilla había encabezado con este título la lectura de poemas que precedió a su arresto. En su autocrítica Padilla explica que, aunque el título aludía a la teoría de Arnold Hauser de que toda obra de arte es una provocación, el referente más inmediato era el célebre artículo de Leopoldo Ávila. Padilla responde al cargo de provocador provocando. Así y todo, la actitud desafiante de Fuera del juego ha sido matizada por una rabia contenida que asoma en «Homenaje», uno de sus más bellos poemas. El poema narra la tozudez de su abuelo al transplantar una parra de Jerez a Cuba. Por mucho que el abuelo insista, la parra no da uvas. No entra en el juego. No se entusiasma. La contienda entre abuelo y parra se compara a los golpes de un pico contra una piedra: el abuelo es el pico; la parra es la piedra. Al llegar al final del poema, al lector le aguarda una sorpresa. Resulta que el «homenaje» no va dirigido al abuelo que no cejó, «sino a la parra desobediente / que el terco viejo isleño no logró hacer parir» (Padilla, 1973, p. 37). Padilla se identifica con la piedra y no con el pico, con la parra que, a su manera, se planta en la negación.

 

CANTAR

No me refiero aquí a los múltiples poemas titulados «Canción» o «Canto», que pudieran o no ser instancias de lo que entiendo por cantar. El acápite remite a una actitud que despunta en Provocaciones y se desarrolla en El hombre junto al mar, cuyo primer poema lleva por título «Lo mejor es cantar desde ahora». En este poema y otros del libro el escritor se retira del «sitio» de la Historia, de los espacios públicos que solía frecuentar, ya viajando, ya actuando como partidario u opositor del régimen castrista. Al cantar, Padilla cambia el ágora por el hogar. En lugar de la notoriedad del trotamundos o el disidente, el santuario de lo doméstico.

No es esta la modalidad más frecuente en su poesía, pero sí la que prevalece en los poemas recogidos en El hombre junto al mar, casi todos escritos durante la década de los setenta, en tiempos verdaderamente difíciles. Si el Padilla objetor niega, el Padilla cantor afirma. Trueca la «caja de penumbras» de «Los enamorados del bosque Izmailovo» por el «chaleco de feria» de «Lo mejor es cantar desde ahora». En poemas como este Padilla deja de objetar y de andar, contrae el horizonte y reduce el mundo al ámbito familiar. El poeta trotamundos «que huye a través del espejo, con bufanda y abrigo, escaleras abajo», ahora se revela como «el último espejismo / que ya ha curado el sol,  / el último síntoma de aquella enfermedad, / afortunadamente transitoria» (Padilla, 1981, p. 34).

Uno de los poemas de Provocaciones, «Pausa», ya había anticipado esta nueva actitud. En Fuera del juego, la Historia invadía todos los rincones de la vida del hablante: «Siempre, más allá de tus hombros veo el mundo. / Chispea bajo los temporales. / Es un pedazo de madera podrida, un farol viejo / que alguien menea como a contracorriente. / El mundo que nuestros cuerpos / (que nuestra soledad) no pueden abolir» (Padilla, 1968, p. 52).

Si cotejamos este poema, «En lugar del amor», con «Pausa», podemos comprobar la distancia que el poeta ha recorrido. El mundo de temporales y escombros, lo que sucede en las calles, pobladas por milicianos armados y consignas revolucionarias, no hace mella en la intimidad de la pareja: «Pero yo estoy aquí, / apretado a tu cuerpo, a tu sexo. / Yo no soy un romano / ni venero sigilas en los nichos. / Esta noche / para mí no hay Imperio como tu cama, / arma como tus brazos, / gloria como tus pechos» (Padilla, 1973, p. 55).

La abolición del mundo, entrevista en esta composición, se hace recurrente en El hombre junto al mar (1981), donde el poema también aparece. Lo que fue pausa ahora es costumbre. A pesar de que casi todos los poemas se escribieron durante los largos años de arresto domiciliario, El hombre junto al mar no es una obra negadora. Padilla se afirma en el ámbito doméstico, refugio de las tormentas y los tormentos de la Historia. Aquí, el calor de un cuerpo reemplaza la lealtad a un país: «Lo tibio de tu cuerpo es mi bandera» (Padilla, 1981, p. 42). En «La vida contigo», «A Belkis cuando pinta», «Día tras día», «Canción de aniversario» o «Amándonos», la tranquilidad del apartamiento disipa el terror y la rabia, tal como afirma en el título de otro poema: «La alegría abre también los ojos en la negrura». Así, la poesía de Padilla traza un arco que se extiende desde el compromiso de El justo tiempo humano, pasando por las retractaciones y objecciones de Fuera del juego y Provocaciones, hasta llegar a la apacibilidad de El hombre junto al mar. El poeta ya no es «el bufón que a nadie hizo reír» ni el «corsario negro» ni el «mercader de ungüentos». Los atavíos de los tres personajes se tiran «por la borda» (el título del poema de donde proceden las citas). Lo único que no ha desechado es la esperanza y el amor a la vida: «Por la borda el sueño torturado / la amargura / la costumbre de arquero y flecha y saltimbaqui / pero no la esperanza / ni el amor a la vida / lo que impulsa / a seguir adelante» (Padilla, 1981, p. 64).

El hombre junto al mar es un libro de exilio, pero de exilio interior. Igual que en Provocaciones, las pocas referencias a su trashumancia no son apuntes de viaje sino remembranzas, como en «Un restaurante al aire libre en el otoño de Budapest», donde recuerda «aquellas terrazas circulares / donde por un capricho del otoño de Hungría, cenábamos temblando». Por eso dice, más adelante en el poema, que «hace mucho tiempo que no hablo de países» y que los «temas casi obsesivos» de su poesía han desaparecido (Padilla, 1981, p. 59). De hecho, los catorce años que transcurren entre 1966, cuando Padilla regresa a Cuba, y 1980, cuando se le permite emigrar a Estados Unidos, es el tramo más largo que Padilla se mantiene sin viajar. Por primera vez en su vida adulta, se vio obligado al sedentarismo, y la imposición se dirimió en goce.

En «El que regresa a las regiones claras» Padilla (1981, p. 33) parafrasea un conocido poema de Eliseo Diego, «El sitio en que tan bien se está», al formular su apología del sedentarismo: «El sitio –además– donde mejor / puede permanecer un hombre / es en su patio, su casa, / sin gentes melancólicas que acechen en los muelles / la carne atroz de las pesadillas».

En poemas como este Padilla descubre otro lugar, más allá o más acá del sitio de la Historia: por una parte, los muelles, los viajes, las pesadillas; por otra, la casa, la inmovilidad, el bienestar (el bien-estar). El presente postraumático borra, o aspira a borrar, lo pasado. El impulso claustral de estos versos constituye la última modulación significativa en su poesía.

El último libro de Padilla, A Fountain, A House of Stone (1991), difícilmente podría considerarse nuevo, ya que casi todos sus poemas habían sido incluidos en libros anteriores. Los siete poemas nuevos, agrupados al final del libro, conforman una coletilla idéntica en número a la de El justo tiempo humano, pero muy distinta en intención. El exilio continuado ha socavado la tranquilidad que se observa en El hombre junto al mar. Son poemas que ni andan, ni objetan, ni cantan. Si exceptuamos «Recuerdo de Wallace Stevens en la Florida», los demás dan constancia de la vida de Padilla en Princeton, New Jersey. Al principio de la secuencia, el temple de ánimo del poeta es un difuso malestar: «¿A quién aúlla mi perro a media noche / si afuera solo hay árboles y nieve?» (Padilla, 1991, p. 104). A medida que se suceden los poemas, el malestar se agudiza hasta llegar al último del libro, y el último que Padilla publicó, «El cementerio de Princeton». Ya que fue escrito al menos diez años antes de su muerte, no creo que Padilla lo haya concebido como un texto testamentario, un balance de cuentas, pero su contenido alienta esta lectura. El poema abre con una ecuánime reflexión sobre la imbricación de la vida y la muerte: «Un pueblo puede ser la feliz reunión de muchos seres, / pero es también un escrutinio constante de la muerte» (Padilla, 1991, p. 108). A paso seguido el hablante describe el cementario y la labor del sepultero y el jardinero –«guardianes de estos muertos»–, y al hacerlo va perdiendo su ecuanimidad. El poema culmina en una dolorosa exclamación:  «Oh, Dios, dinos dónde, por qué. / No solo hay un miércoles de ceniza en nuestra vida. / Hacia ese camposanto / todo el mundo camina con el mismo miedo, / los mismos ojos, los mismos pies» (Padilla, 1991, p. 109).

En estos versos aparece por última vez el motivo del andar, excepto que ahora se trata del viaje definitivo. Unos años después de la publicación de A Fountain, A House of Stone, Padilla (1994, p. 5A) resumió así su trayectoria: «Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política». Nunca lo logró y cabe preguntarnos, en contra de lo que afirma, si su poesía hubiera alcanzado la relevancia que alcanzó si no hubiese incidido en la política. Por memorables que sean algunos de los poemas nutridos por sus viajes o su vida íntima, la veta más fértil de su poesía es la política. Objetar le era más natural que andar o cantar, lo cual nos ayuda a entender por qué el exilio lo extinguió como poeta. Ya no tenía a la vista blancos a los que disparar. Ni escenario desde donde hacerlo. Ni público que lo abucheara o aplaudiera. Fuera del juego, no había razón para seguir jugando.

COLUMBIA UNIVERSITY

 

BIBLIOGRAFÍA

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Feinsod, Harris. The Poetry of the Americas, Oxford University Press, Nueva York, 2017.

Padilla, Heberto. El justo tiempo humano, UNEAC, La Habana, 1962.

Fuera del juego (Premio Julián del Casal), UNEAC, La Habana, 1968.

Provocaciones, La Gota de Agua, Madrid, 1973.

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A Fountain, a House of Stone (edición bilingüe, traducido por Alastair Reid y Alexander Coleman), Farrar Straus Giroux, Nueva York, 1991.

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Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas, Aldus, México, 2002.

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Verdecia, Carlos. «Conversación con Heberto Padilla», La mala memoria de Heberto Padilla (edición condensada), Kosmos Editorial, San José (Costa Rica), 1992, pp. 101-116.

Zapata, Miguel Ángel. «Entre la épica y la lírica de Heberto Padilla». Inti, 26-27, 1987-1988, pp. 273-284.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]