Libertad Demitrópulos
Río de las congojas
Editorial Las Afueras
217 páginas
POR ALEJANDRO MORELLÓN

A Libertad Demitrópulos (1922, Jujuy – 1998, Buenos Aires) se le conocen varios libros publicados entre la década del cincuenta y la del noventa: el primero, un poemario escrito cuando contaba apenas veintinueve años de edad, y el último, una novela que sale poco antes de su muerte, con setenta y cinco. En total casi una decena de títulos, sin contar los póstumos, que abarcan además el género ensayístico y la biografía, entre los que se cuenta Río de las congojas.

Desde ya hace algunos años llevo hablándoles de esta novela a mis conocidos editores (a veces, lo confieso, rayando en la insistencia) para ver si algunas u otros se animaban a publicarla, y ahora descubro que finalmente ha visto la luz en un catálogo como el de Las afueras, a quienes no conozco pero agradezco en silencio. Y si recomiendo tanto Río de las congojas no lo hago solamente por su destreza narrativa, por el lenguaje tan eminentemente lírico o por la habilidad de Demitrópulos para la construcción de unos personajes complejos y sin absolutos, elementos que ya serían de por sí válidos, sino también por lo pertinente de su lectura en los tiempos actuales, cuando se vuelve tan necesaria otra mirada sobre el aspecto colonial y sobre el paradigma histórico de los roles de género.

En el prólogo de la edición de la novela de su ya célebre Serie del recienvenido, en Fondo de Cultura Económica, Piglia mantiene que Río de las congojas es una de las tres obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río de la Plata (las otras dos son Zama, de Antonio Di Benedetto y El entenado, de Juan José Saer) y que quizá sea, según palabras del mismo Piglia, la más pasional y la más lírica. Me atrevería a añadir que de las tres, también es la que más directamente alude a la problemática racial y a la cuestión del mestizaje propios de la época: los personajes son conscientes de su situación con respecto a la hegemonía impuesta por el invasor, y además denuncian sus propios conflictos internos, como explico en adelante.

De entrada tenemos el relato de una expedición documentada: la de Juan Garay, gobernante español en los tiempos de Felipe II y fundador de la ciudad argentina de Santa Fe. Con él, río abajo desde Paraguay, va asimismo su séquito integrado por españoles, además de por criollos y mestizos que ha ido reclutando por el camino. Es mediante a estos últimos desde los que se aborda la posición contradictoria, la de los que se encuentran del lado de los extranjeros españoles a la hora de conquistar la propia tierra. Como dice uno de ellos: «para los verdaderos agentes del rey tan poderoso matar era distinto […] No tenían su madre india como nosotros y no les pesaba afrentar a sus mediohermanos». Así pues, como trasfondo de la trama principal, está expuesta ya desde sus primeras páginas la delicada cuestión de la culpa y la traición histórica, que nos recuerda a otros textos como los de La culpa es de los Tlaxcatecas o Balún Canán, donde Elena Garro y Rosario Castellanos hacen lo propio con la situación colonial en México.

Lo singular del relato de Libertad Demitrópulos es que no está sujeto a la mirada de los pueblos indígenas ni tampoco a la de los invasores españoles; es precisamente a través de los criollos y mestizos por los que se nos presenta el conflico, aquellos que no se terminan de sentir ni de un lugar ni de otro o, como plantea con acierto otro de los personajes: «El mestizaje no es únicamente un alboroto de sangre: también una distancia dentro del hombre, que lo obliga a avanzar, no sobre caminos, sobre temporalidades. Todo se va trabajando al revés de los otros. ¿De cuáles otros? Todos son los otros».

Con todo, no es esta una novela tanto sobre el episodio de la conquista sino que más bien relata la historia de amor y de desamor, de guerra y aventura, de esclavitud, de traición, celos y calamidades de los personajes que la integran. Por un lado está María Muratore, criolla —hija de un esclavista portugués y de una española—, experta en el manejo de armas de fuego y protegida y amante de Juan Garay, aunque éste no la termine de corresponder. En la misma expedición, como subalterno de Garay, va también el mestizo Blas de Acuña, que se enamora de María Muratore (pese a que ella beba los vientos por el gobernante) y con la que más tarde, en un período de enfermedad de Muratore, acaba casándose. Después está Isabel Descalzo, igualmente mestiza e hija ilegítima, amiga y anterior costurera de Muratore, y luego obligada a casarse con Blas de Acuña para heredar unas tierras.

Personajes todos que se juntan, se separan, y luego vuelven a juntarse por casualidad y en distintas circunstancias, e incluso con distintos ropajes, en un entramado delirante de aventuras y desventuras que hacen del mundo, según palabras de la propia María Muratore, «una negrura peligrosa revestida de flores». La secuencia de los acontecimientos no es lineal sino fragmentaria, se nos va revelando de manera alterna por los distintos personajes en una multiplicidad de voces, cada cual con su dolencia propia. Algo revelador en Río de las congojas es el hecho de que ningún amor se corresponda, pero no creo que sea tan sencillo como atribuirlo a un capricho melodramático de la autora, porque parece que aquí Demitrópulos estuviera denunciando de nuevo el aspecto de la jerarquía racial y la cuestión de clase. Blas de Acuña, mestizo, se enamora de María Muratore, que es criolla, es decir, hija de europeos pero nacida en tierra americana, que a su vez anda infatuada por el gobernante español, de rubia y enrulada barba y ojos claros. Pero la novela esconde una sutil resquebrajadura en el órden jerárquico: Muratore acaba rescatada por el canoero Cabrera, un esclavo negro traído de Guinea que está intentando comprar su libertad, y del que dice: «aunque cantaba en su lengua de negro se notaba que hacía referencia al dolor de su raza, a sus recuerdos, a sus dioses, a sus mayores y a la libertad que allá gozaba».

Y por encima, o por debajo, o transversal a todos ellos está el río Paraná, cuyo rumor y presencia no deja de aparecer en toda la novela y que funciona, además de en su sentido atmosférico, como elemento narrativo céntrico y esencial. Por un lado, sitúa a la obra en el cánon de la literatura de espacios —o lo que se conoce también como narrativa telúrica— en la que la exploración y representación del paisaje están intrínsecamente ligadas a la influencia sobre sus personajes y a la identidad entre el ser humano y la naturaleza.

Como ocurre, por ejemplo, en la selva colombiana en La vorágine, de José Eustasio de Rivera, o en los sertones brasileños en Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, el Paraná se vuelve metáfora, experiencia, alegoría y sentido. Pero además, y es aquí donde encuentro uno de los mayores hallazgos de Río de las conjogas, en la novela el río se vuelve también leyenda, resurrección y mito. En sus páginas finales asistimos a la conversión mitológica del personaje de María Muratore, que trasciende de lo épico a lo mítico, y que conocemos por intervención de otro de los personajes, el de Isabel Descalzo. Y aquí parece que la misma autora esté representándose a sí misma —a través del personaje que cuenta, que construye el relato fundacional— a la vez que hace énfasis en la importancia de las tradiciones orales y a la narración propia de los pueblos originarios. Muratore se vuelve río, como la novela, un río que atraviesa el espacio simbólico y transforma la experiencia del que lo habita; río y novela que alcanzan, en el espacio y en el tiempo, más allá de donde se nos pierde la vista.