
Vicente Valero
El tiempo de los lirios
Periférica
217 páginas
El reconocido poeta, narrador y en buena medida ensayista Vicente Valero ha echado mano para su nuevo libro de una frase del teólogo luterano Jakob Böhme. El místico alemán se refería con El tiempo de los lirios al nacimiento en el siglo XIII de una Edad del Espíritu Santo marcada por la paz y la justicia y presidida por una Iglesia renovada. Ese espíritu lo encarnó como nadie —o la leyenda se lo ha atribuido— el reformador san Francisco de Asís, muchacho de rica familia que renunció a los privilegios de su clase y, según es sabido, se entregó al desprendimiento de los bienes materiales y practicó la comunión con los pobres y con la naturaleza. Vicente Valero va tras los pasos del carismático fundador de la Orden Franciscana en Italia y recorre la región del santo, Umbría, en la que han quedado huellas suyas indelebles.
Umbría y el «poverello de Asís», considera el escritor ibicenco, forman una unidad espiritual, algo así como una comunión entre espíritu franciscano y paisaje. Esta constatación, si es que no es un a priori, se produce a través de un viaje de un par de semanas, de un 28 de marzo al 11 de abril siguiente, que tiene su foco en la ciudad de Asís y se expande a algunas cercanas. El rasgo capital de este libro de andar y ver reside en su distanciamiento del tópico costumbrista, en la ausencia absoluta de exotismo y en la carencia de testimonio socioeconómico. Al lado, el narrador en primera persona, o en un suave mayestático «nos» que incluye a sus acompañantes sin citarlos, da tan escasas referencias de las circunstancias del recorrido que apenas se para en alguna comida (unos «deliciosos gnocchi con trufa negra») o albergue.
En lugar de esas comunes y legítimas actitudes de la literatura viajera, Valero dispone una abundantísima materia cultural que abarca innumerables referencias a pintores, ensayistas, pensadores, cineastas o viajeros por esa misma sagrada geografía. Mencionarlos nos llevaría un espacio imposible, y solo diré unos cuantos como prueba del espíritu enciclopédico de Valero. Se habla de los frescos de Cimabue o Giotto, y se reivindica al menos notable Lo Spagna, el discípulo de Perugino, en quien el autor consume páginas algo excesivas, en contra de la buena mano que se da en medir bien la extensión conveniente de las restantes glosas. Entre los viajeros que se sintieron magnetizados por el santo, se habla desde Montaigne hasta Byron, y las referencias a ensayistas acogen a Goethe, Hesse, Saramago o Simone Weil. No falta, a causa de este afán totalizador, nuestra Pardo Bazán, de cuya biografía franciscana convendría haber señalado que se debió, antes que a la devoción, a la penitencia impuesta por el confesor para purgar los excesos naturalistas de la gallega. Y con el fin de no dejar fuera nada que tenga que ver con el santo en el campo de la expresión artística, se trae a colación la antigua película del neorrealista Roberto Rossellini.
Estos varios referentes ocupan largos comentarios, incluso apuntes un tanto eruditos, y podría temerse que el viaje resultara uno de esos plomizos trabajos académicos en torno a la historia, la significación y la vigencia del fraile de Asís. Nada de ello ocurre y, a pesar de tal materia, resulta un libro de sustancial amenidad. Ocurre por la decisión de Valero de escribir una obra gozosa, plena, completamente comunicativa. En buena manera, el autor ha concebido el libro como una conversación con sus presuntos destinatarios, a quienes no solo explica una visión del mundo sino que trata de contagiarla con un punto de espíritu propagandístico.
Ello requiere jugar a fondo la retórica de la comunicabilidad. Valero está cercano al famoso fraile, pero entre él y el personaje establece cautelosos distanciamientos basados en la utilización de juegos conversacionales, que pueden ser suyos o tomados en préstamo. Así vemos que se le califica de hipnotizador o mago y se habla de «personalidad excéntrica, trastornada», de alguien «siempre a medio camino entre la sabiduría y la chifladura». De ninguna manera supone falta de respeto a una personalidad respetada por el autor. A lo sumo, implica una oportuna desmitificación: cuidado, advierte, con caer en el anacronismo de tenerlo por un pionero animalista. El grado de humorismo que el autor adiciona le da a la figura consagrada un toque que la humaniza y la hace simpática y, sobre todo, cercana.
Recurre Valero a estos recursos porque la literatura es retórica y él no busca un testimonio plano. Lo mismo que le proporciona sentido literario al personaje y al viaje el estilo, una prosa expresiva y de un estilizado tono familiar. La prosa clara y nada retórica, de espontaneidad solo aparente, de Vicente Valero, casa a la perfección con el summum ideario de vivir en armonía con el mundo natural que postula. La seducción de la escritura indulta el conservadurismo idealista que encierra El tiempo de los lirios.