Alan Pauls
Malas lenguas
Random House
315 páginas/h5>

POR RODRIGO FRESÁN

Advertencia: esto no será una reseña al uso (siendo al uso una de las expresiones más cautivadoras como inatrapables que hay: porque hay tantos usos posibles como cosas por usar). Y no lo es porque Alan Pauls y Malas lenguas no son ni un escritor ni una novela al uso; porque Malas lenguas y Pauls sí son un libro y un autor que usan al lector de la mejor manera posible. Es decir: lo consideran inteligente y, por lo tanto, a la que no sólo se le puede sino que se le exige usar su inteligencia, como en los buenos y viejos tiempos que —consoladora y afortunadamente— se niegan a morir del todo. Y la tan maliciosa como locuaz Malas lenguas es buena prueba de ello.

De ahí que no haya novedad alguna en el sentido de que se trata de una gran novela de un gran autor que —en perfecto dominio de su talento y en absoluto conocimiento de sus intenciones— reincide felizmente y para nuestra felicidad en lo que ya desde sus inicios es su estilo: sus trances, sus temas lentos, sus variaciones y tarareos sobre todo aquello que oye cantar en las numerosas habitaciones de al lado de la Maison Pauls.

Y lo primero que se oye en Malas lenguas (o, al menos, lo primero que oí yo) fue la voz de uno de los maestros confesos de Pauls: Vladimir Nabokov. Porque ya en esa apelativa primera línea de la novela («Bernal, a quien conocimos en el capítulo doce…»), yo escuché el eco de aquel («El Canto Segundo, preferido de usted…») al principio de Pálido Fuego; y apenas a vuelta de página alguien se conmueve con un «Cómo sobresalen y brillan, cómo nos soplan ahora secretos al oído los divinos detalles que nos habría gustado leer en este libro». Y, claro, eso de los «divinos detalles» (y, de nuevo, esta reseña se ocupará más de los detalles que de la síntesis de una trama tan novelesca como imposible de destilar; porque Malas lenguas es una de esas privilegiadas novelas en las que –más allá y por encima de su trama– de lo que trata es de un idioma, de un lenguaje propio del que quien lee va apropiándose/aprendiendo y disfrutando a medida que lo se lo hablan y enseñan). Y una Buenos Aires espectral y crepuscular con —no puede evitar verla así desde lejos— mucho de Berlín, ciudad en la que Pauls escribió Malas lenguas. Y ese narrador nunca del todo identificable o precisado, como el de Cosas transparentes. Y ese sujeto/libro dentro de libro/sujeto como en La dádiva. Y la persecución-confesión en abyme de Lolita. Y la perturbación memorial-proustiana de Ada, o el ardor. Y la idea de la relectura como única y verdadera forma de la lectura capaz de producir esa casi orgásmica vibración en la espina dorsal. Y —last but not least, antes que nada y después de todo, porque a las personas también se las conoce recién cuando se las relee, se las revive— la teoría y práctica de la resurreccionista compulsión (auto)biográfica que es particular y singular constante en la obra del ruso más universal y que se detalla divinamente en La verdadera vida de Sebastian Knight y Habla, memoria y ¡Mira los arlequines! y las ya mencionadas Pálido fuego, Ada y La dádiva.

Porque El Tema de Malas lenguas es el revivir de las vidas: la línea sinuosa e inconstante, por momentos tan puntual como punteada y por otros trazándose en brochazo elegante o con invisibilidad evidente para separar/unir al biógrafo con/del biografiado. Así, ese minué-pogo que bailan el vivido y el vividor pisándose los talones y dándose codazos y arrojándose nombres como si fuesen flores, como si fuesen puñales.

Porque, digámoslo, Pauls (como Arlt, como Borges, como Puig, como Piglia y, sobre todo y todos, como Bioy) es uno de los grandes nombradores de la literatura argentina. Y los primeros lengüetazos de la novela —en el nombre del nombre y en la que un nombre es el detonante de las sucesivas y muchas explosiones por explotar y de sus aún más numerosas ondas expansivas y daños colaterales y fuego más o menos amigo o enemigo— dan más que buena cuenta de ello. El muy paulsiano Bernal es la primera palabra en Malas lenguas. Y después, de inmediato, Baldó, la biblioteca Naldoni, Dolce, Grottone, Tencio, Yuyi Falasca, el Derqui, Baldoni, Bardi, Lajoue, Bartolomeo Bimbi, un auto marca Fortunio, Miseroni, Tortós, Tolentino, las mellizas Stoppio, Balocchi… y siguen los nombres y las firmas. Y, digámoslo, sólo a Pauls se le podría haber ocurrido la genialidad de ponerle Tilde a un perro, a un dálmata ciego, «bautizado así en honor al Tilde de Te veo en Bottai, etcétera».

Y todos y cada uno de ellos víctimas y victimarios de esa adicción al otro, de esa competitividad poco y nada deportiva en la que hay que cazar para no ser cazado.

Y atención, no pierdan la atención: cada uno de esos nombres, a veces como de pasada, a veces llegando para quedarse, se desprenden como los circunloquios y circunvalaciones de esas ondas de ese arrojado al agua primer y contenedor nombre-aleph que los hunde y ahoga en una suerte de carnaval desalmado. Ese nombre casi como pequeña nota al pie que enseguida muta a patada todopoderosa y disparador a quemarropa para dar en el blanco con el más negro de los humores.

Y Pauls disecciona con exquisita fruición a las diferentes variedades y a los persistentes modales de la especie de «instinto carroñero» y «fruición forense». Esos seres que tiran la bomba y luego se llaman «a silencio, a esa forma aviesa de silencio en que incurren los biógrafos cuando cambian de tema y pasan a otra cosa, un viaje, una indisposición, una mudanza». Esos perseguidores de «un jirón pequeño, modestísimo pero crucial, de sus vidas, ese abismo al que los biógrafos, intrusos de trasnoche, solemos asomarnos demasiado tarde, cuando sabemos que el abismo no podrá o no querrá contestarnos». Esos que hace rato «aceptaron que el mundo no consta sólo de héroes, emperadores, filósofos, generales de a caballo; que los gestos de un tornero o las devociones de una criada merecen tanta atención y tinta como las proezas del mártir, el artista de genio o la inteligencia que revierte una batalla con un enroque magistral». Esos que, sintiéndose implacables, en más de una ocasión compran «la cortina de humo, por completo, con todos sus accesorios» y que, entre manipuladores y alquimistas, saben «cómo transformar innovaciones modestas en señales significativas, indicios de milagros o conversiones, presagios». Esos que deben cumplir «la regla de oro del buen biógrafo, del biógrafo tout court: saber, saber siempre, saberlo todo, saber incluso aquello que no aparecerá en la biografía». Esos que se deben y beben a «eso que la hidráulica de la información —y los biógrafos que la van de responsables— llama una fuente». Esos que «huyen de un biografiado vivo como de la peste» y a los que les «encanta la precisión arrogante de las biografías, en especial de las malas: no sirve para nada» y aprecian su «densidad inerte». Esos para los que «el objeto de sus afanes deja de ser un ser viviente, capaz de confirmar sus hipótesis pero también de refutarlas, o de serles olímpicamente indiferente» y pasa a ser «un pedazo de materia muerta envasada, es decir: esa densidad inerte que toda biografía que se precie debe darse la misión de devolver a la vida, aun al precio de mentir sin descaro».

He leído muchas novelas formidables sobre el acto de erigirse como aquellos a los que Saul Bellow (quien, porque les temía, odiaba a sus biógrafos; pero a su vez jamás dejó de usufructuar de personas cercanas a la hora de crear sus personajes) denominaba «la sombra de la lápida en el jardín». El legado de Humboldt y Ravelstein del propio Bellow, Los últimos testigos de Cynthia Ozick, Las vidas de Dubin de Bernard Malamud, Edwin Mullhouse de Steven Millhauser, Posesión de A. S. Byatt, El hijo del desconocido de Alan Hollinghurst, ROAR de Bruce Wagner, Campos de Londres de Martin Amis, C de Tom McCarthy, Busca mi rostro de John Updike, Transcripción de Ben Lerner, las idas y vueltas testimoniales del Nathan Zuckerman de Philip Roth… Malas lenguas no solo no desentona o está fuera de lugar entre ellas sino que las complementa y las completa: porque la deslenguada y malévola obsesión de los conjurados necios de Pauls es como la iniciática zona cero de esa adicción a la vez que las postreras consecuencias del síndrome de su abstinencia. De lo que se trata aquí no es de la angustia de la influencia y el sentido de un final sino la influencia de una angustia y la finalidad con la que se la siente. Pobres personas que se creen —que necesitan tan desesperadamente creerse— poseídos no por el biografiado sino por la biografía: por el acto mismo de biografiar, de contar a otro para no tener que rendir cuentas propias.

Decir, también, que Malas lenguas es un repositorio de oraciones sintácticamente magistrales y un prodigio técnico: un virtual y virtuoso manual de cómo hacerlo si lo que se desea —en un paisaje editorial cada vez más tierra baldía— es no conformarse con ser un acomplejante narrador sino un complejo escritor. Hay cada vez menos. No quedan muchos. Pauls es uno de ellos.

Malas lenguas es, en la despedida, una novela felizmente triste y tristemente feliz y —sorpresa y no tanto— más y más y muy pero muy conmovedora a medida que se acercan sus últimos pasajes.

Y, con ellos, el concluir pensando que todo lector es —en principio y finalmente— el último y definitivo biógrafo de todo libro que lee (del mismo modo en que todo escritor tiene una biografía en dos partes: la de su obra y la de las obras de otros que lee y que, de inmediato, de tanto en tanto, no son muchas, pasan a formar parte de la su vida).

Malas lenguas es, seguro, una de ellas.

Una de esas novelas que uno —al empezarla y durante y al concluirla— no deja de decirse, no embargado sino regalado por la felicidad, algo así como: «Ah… esto era eso de escribir… esto era eso de leer… esto es».

Y entonces uno —de algún modo reescrito, revivido, por fin, por suerte, alegría, viva la vida, vivan las vidas— se descubre y se relee como un lector no al uso en el nombre (otro nombre paulsista) de Alan Pauls.