
Hace ahora una década publiqué Los hemisferios, mi primer y único pulso (hasta hoy) con la novela de gran volumen, o de largo aliento, o como prefiera llamarse. La trama se desdoblaba en dos narraciones paralelas (La novela de Gabriel y La novela de Maria Levi) atribuidas a dos autores diferentes que habrían tomado como materia prima idénticos acontecimientos, los cuales se sustraían al lector, con lo que se le invitaba a componer una suerte de novela cero de la que habrían brotado los dos hemisferios de aquella ficción tan ambiciosa. Por la naturaleza misma del dispositivo que me traía entre manos, antes incluso de sentarme al teclado adivinaba ya que Los hemisferios iba a requerir de cuatrocientas o quinientas páginas. Fueron casi seiscientas al final.
Pero ¿cómo sabe un narrador que aquello que se propone contar necesitará de un volumen tan considerable? En mi caso, la exuberancia del proyecto obedecía a una ambición arquitectónica, una estructura omnívora diseñada para engullir la mayor cantidad posible de mis obsesiones personales y literarias. Ocurre también en Circular, esa obra en marcha que Vicente Luis Mora lleva desplegando casi un cuarto de siglo (más de seiscientas páginas en su edición de 2022), proyectada como un callejero en el que todos los géneros tienen cabida, o acaso como un género literario en sí mismo. Otras veces es el propio asunto el que reclama espacio para ganar tonelaje; estoy pensando en el aplastante rosario de feminicidios que Roberto Bolaño nos entregó en uno de los cinco afluentes narrativos que componen 2666 (en torno a mil doscientas páginas), y que desembocan en un mismo y diabólico agujero negro. Estoy pensando también en esa gigantesca cartografía del infierno que Gustavo Faverón desarrolla en Vivir abajo (casi setecientas páginas) a través de sótanos, subsuelos y madrigueras. Y en otras, la generosa extensión de una obra obedece a las demandas del estilo, de una prosa que necesita de las distancias largas para desplegar sus virtudes, porque solo esos márgenes habilitan las digresiones, los ires y venires, los ritornelos… En el ámbito de las letras hispánicas, el nombre que acude a mi mente de inmediato es el del argentino Rodrigo Fresán y su monumental trilogía sobre el hecho mismo de escribir, o de no escribir, protagonizada por el Escritor: La parte inventada (2014), La parte soñada (2017) y La parte recordada (2019), que en conjunto roza las dos mil páginas.
Las novelas de ambición —aceptemos el término a falta de otro más preciso— se distinguen a primera vista de esas otras que abundan en la mesa de novedades, igualmente voluminosas pero espoleadas por afanes distintos, best sellers que se ajustan más bien a las hechuras del folletín, que engordan una intriga hasta completar ochocientas o novecientas páginas y que, no obstante, exigen menos de sus lectores que otras creaciones más breves pero también más densas. No se percibe en aquellas la ambición de representar lo que tal vez no resulte abarcable, ni de perseguir por los siete mares a una gigantesca ballena blanca a la que llamamos Literatura, con mayúsculas, ni de batirse como un samurái —la imagen es del propio Bolaño— no ya con otro samurái, sino con un monstruo al que no podría vencer en ningún caso. En suma: a veces se parecen a un rompecabezas, pero nunca al ruido que produce el chocar de las placas tectónicas.
Tal vez, sin embargo, sea posible maridar ambas cosas, la ambición literaria y el entretenimiento. En Leonís. Vida de una mujer, Andrés Ibáñez parece haberse propuesto nada menos que la creación del Orlando español, narrando la seductora peripecia de un personaje inmortal, Inés de Padilla, que recorre cinco siglos de nuestra historia y de nuestra literatura en un volumen de más de ochocientas páginas. Nacida en 1463, Inés de Padilla tiene Las metamorfosis de Ovidio por libro de cabecera, lo cual conviene a su condición de mujer que vivirá muchas vidas: estudiará en Salamanca junto a Beatriz Galindo, se integrará en la corte de Isabel la Católica, acompañará a Juana la Loca en su confinamiento en Tordesillas, conocerá a Garcilaso, inspirará una novela de Cervantes, ejercerá la prostitución, se meterá a monja…
La peripecia de Inés de Padilla remeda de alguna forma los libros de aventuras peregrinas. No en balde, Inés proyecta escribir una pieza de aquel género conocido en el Renacimiento como novelas bizantinas: su Leóbulo y Lavinia, o el incesto de los amantes místicos. Pero, al mismo tiempo, se siente llamada a una segunda empresa consistente en recoger «las actividades que hacía a diario, los cambiantes pensamientos de cada día, las cosas que se ven y que se sienten, siempre efímeras y poco importantes» (Ibáñez, p. 128), una obra que, igual que los Ensayos trataban de Michel de Montaigne, trataría solo de ella misma. Por supuesto que el género confesional no era nuevo en los tiempos en que Inés de Padilla emprende su proyecto literario, a las alturas del siglo XVI, pero tanto Marco Aurelio como San Agustín «habían tenido vidas más interesantes […] por la sencilla razón de que eran hombres, y por tanto libres y señores de las calles y los caminos del mundo, y no habían tenido, como yo, la obligación de vivir encerrados» (pp. 127-128). En esa disyuntiva entre la aventura y la experiencia íntima se halla Inés cuando se le ocurre el remedio de aunar ambos proyectos, la fantasía de los «amantes místicos» y la realidad cotidiana, en una sola obra que titulará El olivo. Vida de una mujer:
Pero ¿cómo mezclar la vida cotidiana, las impresiones reales tal como las experimentamos, con las creaciones del arte y de la fantasía? Yo no sabía cómo hacerlo. Una vez más, el libro volvió a ser una anfisbena con dos cabezas, o ahora con tres, dos libros a medio escribir y otro que no era más que un sueño entrevisto, El olivo, que sería la suma de ambos (pp. 245-146).
Sospecho que es esta obra anfisbena, esta criatura de dos cabezas, la que se nos entrega a los lectores, libro de aventuras y viajes, pero a la vez exploración íntima del rol de la mujer en nuestra historia, de los topoi o lugares comunes que la literatura y la vida misma le han reservado: «He pensado después muchas veces que “Callad, obedeced, y todo será para bien” podría ser el cartel que pusieran en la puerta misma del infierno de las mujeres» (p. 166).
Si Andrés Ibáñez se ha propuesto escribir el Orlando español, David Uclés parece haberse empeñado en fundar nuestro Macondo en La península de las casas vacías (más de setecientas páginas) y poblarlo con nuestros Buendía, el clan de los Ardolento (o Arlodento). Desde Jándula (trasunto de la Quesada de sus ancestros), Uclés reimagina nuestra Guerra Civil con una mixtura de realismo y fabulación, de detalles costumbristas e incursiones en el realismo mágico —diluvios interminables, agujeros de bala en la cúpula del cielo, lágrimas que cambian de color según los afectos…— que se vuelven más infrecuentes en la novela conforme el conflicto avanza y las masacres se multiplican, y que en conjunto componen un original fresco sobre un asunto que para la mayoría de los lectores cabía esperar ya poca originalidad.
En otro registro, Laura Fernández recurre al dispositivo (no menos barroco que postmoderno) de la ficción dentro de la ficción en La señora Potter no es exactamente Santa Claus (unas seiscientas páginas), e incluso reproduce la técnica barroca del sumario, con la que se sintetizan los acontecimientos en el título de cada episodio. La acción de La señora Potter… se sitúa en un espacio puramente ficcional, la siempre desapacible y nevada Kimberly Clark Weymouth, por el que transitan decenas de personajes, algunos de los cuales proceden de otras ficciones. La ciudad habría servido una vez de escenario para cierto best seller escrito por Louise Cassidy Feldman (¿posible homenaje a Neal Cassidy?) titulado La señora Potter no es exactamente Santa Claus, cuyo éxito abrumador habría convertido el lugar en una suerte de parque temático para el copioso público lector de Feldman. El conflicto se dispara cuando el propietario de la pequeña tienda de souvenirs decide echar el cierre, poniendo en peligro la existencia misma de los personajes, todos ellos con dos nombres y un apellido.
Kimberly Clark Weymouth, el naif escenario concebido por Fernández, es una de esas bolas de nieve de las tiendas de regalos, aunque examinada al microscopio, espacio doble o incluso triplemente ficcional (pues, en la última sección del libro, se narra el rodaje de una serie basada en la novela infantil de Feldman) conformado por el propio mundo de lecturas de la autora, y de las ficciones televisivas y cinematográficas predilectas, cuyo modelo se reconoce incluso en el habla de unos personajes que parecen sacados de una teleserie o de las traducciones de las novelas norteamericanas de Pynchon o Vonnegut. Por todo ello, la categoría de novela-monstruo, que engulle todas las inquietudes de la autora y fagocita sus lecturas, convendría sin duda a La señora Potter…
A las ficciones televisivas y novelescas se añade en Los Escorpiones, de Sara Barquinero, la narrativa de los videojuegos, los creepypastas y las leyendas urbanas de nuestro tiempo, como el hipotético control de las ondas del cerebro mediante sonidos binaurales, o la inducción al sucidio a través de un arcade, Polybius, que obsesiona hasta la autodestrucción a sus jugadores. La novela (más de ochocientas páginas) arranca de una premisa conspirativa típica de algunos best seller: el rastreo de una misteriosa muerte a través de la Deep Web, hábitat natural de las teorías de la conspiración protagonizadas por organizaciones secretas. Barquinero se propone representar la anhedonia y el estupor a los que nos abocan las tecnologías de nuestro tiempo a golpe de sobreinformación y sobrestimulación, estado que bien podría valer como alegoría de la experiencia postmoderna, de la angustia del consumidor en el tecnocapitalismo, que deja al individuo «no triste, más bien en paz, casi sin moverse, con voluntad de ser paisaje» (Barquinero, p. 46), pues bajo el delirio conspiranoico late, en realidad, un vacío existencial, una pura nada envuelta en el consumo con el que intentamos aligerar el poder de la muerte, que la autora califica de totalitario.
En su Trilogía de la guerra (unas quinientas páginas), Agustín Fernández Mallo se propone cartografiar la mayor red social del mundo: la que une a los vivos con los muertos. El relato arranca en una isla gallega que sirvió de campo de concentración durante la Guerra Civil, donde el protagonista se propone replicar las fotografías que se han conservado del mismo, localizando los escenarios y calcando los encuadres. Con este gesto, el narrador apunta a ese limbo que se despliega entre el ayer y el hoy, conformado por las ausencias más bien presentes de los presos, que se proyectan como fantasmas sobre la actualidad. Fernández Mallo parece decirnos que los muertos nunca están muertos del todo, como los vivos nunca están vivos del todo, que no existe un verdadero cisma entre unos y otros, sobre todo porque, en el plano simbólico, los elementos del pasado siguen construyendo el presente: «en nuestra cotidianidad los muertos acostumbran a estar más presentes que los vivos. A los vivos los ves pasar y quizá nunca vuelvas a verlos, pero un muerto se queda, su presencia se adhiere a tu piel» (Fernández Mallo, p. 390). Y, para recorrer ese lindero, Trilogía de la guerra tira del hilo conductor de uno de los fenómenos en los que se evidencia con mayor nitidez esta continuidad entre los vivos y los muertos: «Todos los humanos, por lejanos y desconocidos que seamos, estamos unidos por alguna guerra» (p. 262). Y lo hace hilvanando tres historias que se desarrollan en diferentes contiendas bélicas: nuestra Guerra Civil, la Guerra de Vietnam y el desembarco de Normandía: «no me importaba saber qué vieron los vivos del desembarco de Normandía, sino qué vieron los muertos, esa narración, la de los muertos, sería la verdadera Historia del desembarco de Normandía […], una información que es la desconocida cara B de nuestro tejido de realidad» (pp. 398-399).
A propósito de esa simultaneidad de los vivos y los muertos, Juan Gómez Bárcena ha asumido en Lo demás es aire (más de quinientas páginas) la empresa de representar una arqueología de la vida en el pequeño pueblo de Toñanes, rastreando el paso del tiempo desde la prehistoria hasta el presente en el que fuera el paisaje de su infancia en la costa cantábrica. Se trata de un único espacio de poco más de un kilómetro cuadrado —«treinta y dos casas, cuatro hoteles rurales, una iglesia» (Gómez Bárcena, p. 11)—, por el que transitan personajes en distintas esferas de tiempo: la madre embarazada del siglo XVII, el niño que juega con dinosaurios en el siglo XXI, los primeros pobladores del lugar, hace dieciocho mil años, de tal manera que la acción de un párrafo puede arrancar en un siglo y desembocar en el presente cuando alcanza el punto y aparte, como ocurre, por ejemplo, con un fuego encendido en la p. 338, que viaja desde la prehistoria hasta la actualidad en distintas manos, y cuyo seguimiento se facilita al lector mediante un curioso dispositivo textual: la consigna de las fechas en los márgenes del texto. Sospecho, por todas estas razones, que el auténtico protagonista de Lo demás es aire tal vez no sea otro que el tiempo mismo, el tiempo y sus diferentes estratos que, narrados en presente, se presentan como si fueran simultáneos. Y tal vez lo sean, después de todo.
En otras novelas la ambición se circunscribe —si es que puede emplearse este verbo cuando se habla de empresas tan vastas— a una hermenéutica del presente desde el pasado próximo, como ocurre en el El viajero del siglo, de Andrés Neuman (casi seiscientas páginas), sobre la que se ha dicho que presenta el siglo XIX con las claves del XXI, aunque bien podría darse la vuelta a esta fórmula, como si todo el material genético del mundo contemporáneo, sus conflictos y sus desafíos, estuvieran ya contenidos en aquel, el siglo del Romanticismo, que Safranski calificó de «bueno para la poesía pero malo para la política»1.
Por razones biográficas evidentes, el hispano-argentino parece apostar aquí por aquel sueño de una Weltliteratur o literatura universal auspiciado por Goethe. El viajero del siglo es un relato transcultural, inoculado por un cosmopolitismo que puede rastrearse en otros muchos escritores en lengua española de su generación2, cuya acción se sitúa en Wandernburgo (del alemán Wandern, caminar, viajar…), una ciudad fantástica «Sit. Aprox. Entre los ant. Est. De Sajonia y Prusia» (Neuman, p. 13) cuyos límites y trazado se ven sometidos a una transformación permanente de la que sus habitantes no parecen muy sorprendidos, quizá para decirnos que las fronteras son líneas en constante movimiento, que no existe una identidad monolítica.
Neuman parece comulgar con aquella afirmación de Goethe de que no hay otra patria para el poeta que la propia poesía, desde una posición vital y estética que se desentiende de las raíces nacionales: «Los que creen que el lugar donde nacieron es su patria sufren. Los que creen que cualquier lugar podría ser su patria, sufren menos. Y los que saben que ningún lugar será su patria, esos son invulnerables» (p. 123).
A aquella ciudad mutante de Wandernburgo llega Hans, el protagonista de esta novela que se desliza entre las inexistentes fronteras de los géneros —la epístola, la poesía, el ensayo…—, un viajero que recorre no tanto un país cuanto un siglo para hablarnos de asuntos que nos conciernen hoy, todavía, como la xenofobia o la emancipación de la mujer. Este Hans que traduce y edita poesía europea, misión que acomete junto a aquella Sophie Gottlieb —como la Sophie de Novalis— presenta la traducción como un puente por el que viajan las ideas de unos idiomas a otros, pero también como una alegoría de las relaciones amorosas. Traducir es tender puentes entre los países, pero también entre las personas, aunque ninguna traducción resulte nunca completa, fidedigna: «Cuanto más trabajaban juntos más se daban cuenta de lo parecidos que eran el amor y la traducción, entender a una persona y trasladar un texto, volver a decir un poema en una lengua distinta y ponerle palabras a lo que sentía el otro» (p. 301).
En otra lectura, que subraya aún más el temperamento ambicioso de esta novela, el Wandernburgo de Andrés Neuman —cuyo nombre remite, por otra parte, a la figura del Wanderer, el paseante o vagabundo del romanticismo alemán, al menos desde el Wilhelm Meister de Goethe— podría funcionar también como una alegoría de la literatura misma, de la naturaleza cambiante del canon, sometido a permanentes revisiones, rescates y olvidos. No sabemos qué puesto ocuparán en el canon las ambiciosas novelas por las que he venido saltando a lo largo de estas páginas como por las casillas de una rayuela, ni otras tantas que aquí se han omitido por descuido o desconocimiento. Ambición no le falta a ninguna.
1. Safranksi, R. (2009), Romanticismo. Una aventura del espíritu alemán, Tusquets, Barcelona, p.15.
2. El crítico y escritor Vicente Luis Mora ha definido a los escritores españoles e hispanoamericanos de la generación de Neuman como «personas que se mueven», no solo en el sentido físico, y se refiere, con sentido del humor, no a los novelistas españoles, sino a los «novelistas antes conocidos como españoles» (Mora, Vicente Luis, 2014: «Globalización y literaturas hispánicas: de lo posnacional a la novela “glocal”», Pasavento. Revista de estudios hispánicos, Vol. II, nº 2, 319-343: p. 326).
Referencias bibliográficas
Barquinero, Sara, Los Escorpiones, Lumen, Barcelona, 2024.
Bolaño, Roberto, 2666, Anagrama, Barcelona, 2008.
Cuenca Sandoval, Mario, Los hemisferios, Seix Barral, Barcelona, 2014.
Faverón, Gustavo, Vivir abajo, Candaya, Barcelona, 2019.
Fernández, Laura, La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Random House, Barcelona, 2021.
Fernández Mallo, Agustín, Trilogía de la guerra, Seix Barral/Círculo de Lectores, Barcelona, 2018.
Fresán, Rodrigo, La parte inventada, Literatura Random House, Barcelona, 2014.
—, La parte soñada, Literatura Random House, Barcelona, 2017.
—, La parte recordada, Literatura Random House, Barcelona, 2019.
Gómez Bárcena, Juan, Lo demás es aire, Seix Barral, Barcelona, 2022.
Ibañez, Andrés, Leonís. Vida de una mujer, Lumen, Barcelona, 2022.
Mora, Vicente Luis, Circular 22, Galaxia Gutenberg, 2022.
Neuman, Andrés., El viajero del siglo, Alfaguara, Madrid, 2009.
Uclés, David, La península de las casas vacías, Siruela, Madrid, 2024