El 29 de agosto de 1942, cuatro vigilantes del campo de exterminio de Jasenovac (Croacia) organizaron un concurso para ver quién era capaz de asesinar prisioneros más deprisa. En el desafío estaban prohibidas las armas de fuego, que habrían acelerado en exceso la tarea: los contendientes solo podían usar un pequeño cuchillo, que por mayor comodidad mantenían atado a sus muñecas. El premio, un magnífico reloj de oro, permaneció disputadísimo hasta el final. El ganador fue, al parecer, un tal Peter Brzica —1.360 prisioneros degollados en una sola jornada—, pero es la historia de uno de los perdedores, Mile Friganovic, la que me interesa. Al parecer, Friganovic estuvo a la cabeza durante gran parte del concurso, hasta que algo sucedió. En un momento dado —para entonces ya había asesinado a mil cien personas, según sus cálculos— simplemente no pudo continuar. El propio Friganovic no supo explicar bien las razones a aquellos que lo interrogaron tras la II Guerra Mundial: «Algo se rompió dentro de mí y no pude matar más durante toda esa noche». Siempre me ha intrigado esa respuesta: me obsesiona comprender qué fue exactamente lo que se rompió, y de qué modo. Si hemos de creer su testimonio, Friganovic se había sentido animadísimo durante todo el concurso: «Me sentía en el séptimo cielo. Nunca había sentido tal éxtasis en mi vida». Pero de pronto, ante un prisionero particular —su última víctima—, simplemente no pudo continuar. Es tentador creer que reconoció en ese rostro algo que inadvertidamente lo hizo contactar con su lado más humano: tal vez un serbio que en algo le recordaba a su padre, a su hijo; tal vez a sí mismo. Pero tiendo a huir de esa clase de respuestas. Prefiero imaginar que la víctima que quebró su conciencia no tenía nada de particular: solo era un ser humano más, un hombre corriente, tan fácil o tan difícil de matar como cualquier otro. Sospecho que si esa experiencia se convirtió de pronto en insoportable para su verdugo fue simplemente por lo que tuvo de cuantitativa. Cada víctima, tomada por sí sola, no parecía significar mucho para Friganovic: fueron necesarias las mil cien para que ese algo que él mismo no sabía definir se rompiera.
La novela larga juega con el mismo principio. Si nos abruma, si llega a conmovernos es precisamente por lo que tiene de desmesurada, de excesiva. Es ese exceso el que nos arrastra a una experiencia compleja que no puede entenderse como una simple suma de sus partes.
Las víctimas de Friganovic me llevan a pensar en unas víctimas mucho más próximas: las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez. En ellas se inspiró Roberto Bolaño para escribir su novela 2666, que convertía Santa Teresa —un trasunto de Ciudad Juárez— en una suerte de ojo ciego donde se concentraba toda la maldad y el dolor del siglo XX. Muchos coinciden en reconocer 2666 como la obra maestra de Roberto Bolaño, con permiso de Los detectives salvajes: pero son muchos también los críticos y lectores que se han sentido abrumados e incluso hastiados por el larguísimo censo de muertas que emprende en la cuarta parte de la novela, «La parte de los crímenes». A lo largo de sus trescientas páginas, Bolaño describe con una prosa quirúrgica, exenta de sentimentalismo, ciento nueve feminicidios. Los casos son inventados, pero cualquiera que se haya asomado alguna vez a esa herida abierta de la violencia machista que es Ciudad Juárez sabe muy bien que todas esas mujeres asesinadas podrían ser reales. De cada una se nos cuenta más o menos lo mismo: qué ropa llevaban, cómo y dónde fueron encontradas, qué clase de vejaciones sufrieron, cuál fue el dictamen de sus autopsias, qué pesquisas emprendió la policía y por qué esas pesquisas fracasaron. Porque es así: todas las investigaciones, tarde o temprano, fracasan. Solo sus muertes se nos revelan: solo el vacío que deja la impunidad de sus culpables. Lo demás —cuáles eran los sueños y aspiraciones de cada una de esas ciento nueve mujeres; de qué modo transcurrieron sus vidas; cuáles fueron las circunstancias que las condujeron a la muerte— tenemos que imaginarlo. A veces no somos capaces, y esa imposibilidad torna más dolorosa la lectura.
Podemos preguntarnos, como se preguntan los detractores de la novela, si verdaderamente eran necesarias tantas páginas y tantas experiencias idénticas o casi idénticas para narrar el horror de Ciudad Juárez. No lo son, desde luego, por lo que tienen de informativas: en cada una de las víctimas es posible hallar, fractalmente, el dolor de todas y cada una de ellas. Una sola muerta —por ejemplo la primera, Esperanza Gómez Saldaña, violada y asesinada y arrojada en un descampado de Santa Teresa— resume todo el dolor de una sociedad que trata a las mujeres como basura, como un objeto que una vez proporciona todas las potencialidades del placer solo puede ser descartado y devuelto al horror del desierto. Confieso que la primera vez que me enfrenté a «La parte de los crímenes» yo mismo me formulé la misma pregunta: ¿por qué tantas muertas? ¿Por qué no una Esperanza Gómez que se erija en portavoz y símbolo de todas las demás? A la conmoción inicial que me produjo la narración de las primeras fallecidas se sucedió un progresivo endurecimiento, un hastío, una insensibilización ante el horror que desfilaba ante mis ojos: todas esas experiencias se asemejaban quizás demasiado, y a fuerza de repetidas se iban volviendo poco a poco asépticas, inofensivas, casi sencillas de digerir pese a todo el dolor que contenían. A la altura de la muerta número treinta yo estaba ya francamente aburrido: tal vez culposamente aburrido, pero aburrido al fin y al cabo. Pero de pronto algo me sucedió. Una quiebra que se parece tal vez a la que experimentó Friganovic compitiendo por aquel reloj de oro que se le escapó por los pelos. De pronto una muerta más no fue simplemente una muerta más, sino un factor que de manera misteriosa tenía la facultad de multiplicar todo el dolor al que hasta entonces había asistido. Del mismo modo que el agua necesita recibir grandes dosis de calor para experimentar un cambio de estado, tras alcanzarse los cien grados de temperatura, tal vez necesitamos un centenar de muertas para que nuestro aburrimiento vuelva en las últimas páginas a transformarse en un horror que ahora será ya definitivo e imborrable. Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento: estas son las palabras de Baudeleaire que Bolaño utilizó, clarividentemente, como cita inicial de su novela. No son ciento nueve experiencias aisladas que suman poco a poco sus efectos, sino una totalidad que repentinamente nos aplasta y nos asfixia. Y en ese proceso, tal vez nos aburre: pero quizás ese aburrimiento es una parte imprescindible de la experiencia de lectura. No se trata pues de negar que 2666 puede ser una obra maestra y también, por momentos, un poco aburrida: se trata quizás de reconocer que ese aburrimiento es un ingrediente imprescindible de su maestría.
Cuando pienso en novelas largas —al menos en la clase de novelas largas que me fascinan— pienso en artefactos capaces de una alquimia semejante: lograr que la repetición obsesiva de un mismo efecto nos lleve de la perplejidad inicial al aburrimiento, y del aburrimiento a la epifanía. Su desmesura puede resultarnos intolerable, como a veces nos parece intolerable la misma vida: pero hay en ella, en último término, una experiencia estética que no puede alcanzarse desde el formato breve. Por supuesto, esto no la hace mejor ni peor que otros géneros narrativos, como la novela corta o el relato: pero sí la convierten en la única herramienta capaz de conseguir cierta clase de efectos.
Siempre he creído que la obra de Bolaño debe mucho a los experimentos narrativos de Georges Perec, y muy especialmente al efecto abrumador que producen sus exhaustivas enumeraciones. La vida instrucciones de uso es otra gran novela que no teme el aburrimiento pasajero del lector, tal vez porque sabe que solo en el tedio del viaje podemos llegar a ciertos destinos. Su repaso meticuloso de todos los objetos, significativos o anodinos, que llenan un edificio de apartamentos de París, se convierte en el disparadero de una red monstruosa de referencias e historias que recorren los cinco continentes y varias décadas de historia. Como en el caso de Bolaño, un único apartamento, puede que incluso un único objeto, podrían haber producido una avalancha de historias semejantes: pero tal concisión no habría trasladado al lector la magnitud inconcebible de todo el cosmos humano. Me viene a la cabeza una parábola budista empleada por Siddharta Gautama para manifestar la eternidad del cosmos. Imaginemos una montaña de cuatro leguas de longitud, altura y anchura, y a un hombre que una vez cada cien años frotara suavemente esa montaña con una tela de Benarés: antes se desgastará la montaña de que haya transcurrido un solo kalpa. ¿Y cuántos kalpas han transcurrido desde el origen de los tiempos? Tantos como granos de arena hay en las profundidades del Ganges.
He aquí otra de mis sospechas: la novela larga es el camino más breve para llevarnos a la experiencia del infinito.
Hasta ahora me he referido a novelas excepcionalmente largas. La vida instrucciones de uso supera las seiscientas páginas: 2666 ronda las mil doscientas. Pero este efecto acumulativo puede alcanzarse también en libros de dimensiones más modestas, como la excepcional Austerlitz de W.G. Sebald, que se las arregla para agotar todas las posibilidades de un tema en apenas trescientas páginas. El discurso del misterioso Austerlitz pone a prueba la paciencia del lector con constantes referencias a estaciones ferroviarias, la historia de las construcciones defensivas y un pormenorizado análisis del siglo XIX europeo. Parecen digresiones caprichosas, dictadas por un intelecto erudito y solipsista: pero cuando en el centro de la novela asistimos a la revelación epifánica, a la explicación de por qué Austerlitz ha desarrollado estas obsesiones en particular y no otras —por supuesto, en estas breves líneas no cometeré la grosería de revelar ese epicentro secreto—, de pronto toda su densidad y su desmesura nos golpea con un relámpago de sentido. Hay que llegar, claro, a ese centro, en un viaje que no está exento de dificultades para el lector. Pero una vez se alcanza esa revelación, resulta casi imposible soltar el libro.
La literatura proporciona también ejemplos de libros que, sin ser propiamente novelas, funcionan con este mismo principio acumulativo. El fin del homo sovieticus de Svetlana Aleksiévich, uno de mis libros favoritos del siglo XXI, no es exactamente una novela, aunque tampoco podemos encuadrarla fácilmente en el género del ensayo o de la crónica periodística. Su exceso no reside tanto en una larga disertación acerca de un tema único, sino en la pluralidad de puntos de vista sobre un mismo fenómeno: la experiencia de ser ciudadano de la Unión Soviética, ya sea en sus primeros compases a principios de siglo o en su desmantelamiento final con la irrupción del capitalismo en Rusia. Algunos de los testimonios recogidos por Aleksiévich resultan imprescindibles para ilustrar la cuestión; otros, como la narración que una madre hace del suicidio de su hijo adolescente, parecen alejarse en buena medida del tema propuesto. Son muchas, pues, las entrevistas que podrían haberse eliminado sin miramientos, como podemos eliminar a cualquier soldado de un ejército sin que afecte al resultado de la batalla: pero todos juntos, comprendidos en una misma unidad de sentido, representan la vida en la Unión Soviética con una profundidad de la que no es capaz ninguna de las monografías que haya podido leer al respecto.
Por último, no solo la literatura puede arrastrarnos a la experiencia del infinito: también la narrativa audiovisual, en especial algunas películas particularmente largas y ciertas series con una visión macroscópica, puede producir un efecto semejante. The Wire, por ejemplo, nos proporciona una extraordinaria crónica del papel de la droga en la ciudad de Baltimore a partir de un análisis concienzudo que agota todas las dimensiones del problema: en la primera temporada, focalizada en la lucha callejera de bandas y la investigación policial; en la segunda, las razones y métodos de los que se sirven los narcotraficantes para introducir la droga en el puerto; en la tercera, el papel de la droga en la política norteamericana; en la cuarta nos desplazamos a los colegios y comprendemos los patrones y condicionantes que convierten a un niño en narcotraficante, y en la quinta nos centramos en el papel del cuarto poder —la prensa—. Cualquiera de las temporadas habría servido como materia para una única serie; las cinco juntas dibujan un retrato social de una complejidad que no he encontrado en ninguna otra obra literaria o audiovisual. Pero tal vez en ninguna película he comprendido mejor el valor del aburrimiento como herramienta para trasladar ciertas experiencias al espectador como en Jeanne Dielman de Chantal Akerman, donde la vida de un ama de casa es narrada con un exasperante ritmo a tiempo real. Si Jeanne cuece unas patatas para la cena, la cámara se recrea durante quince minutos en esa operación sin elipsis ni atajos: si cepilla los zapatos de su hijo, descubriremos exactamente cuánto tardan unos zapatos en ser cepillados. El resultado es una película agotadora y terrible al mismo tiempo, que nos traslada una pregunta desasosegante: si apenas he sido capaz de soportar tres horas y dieciocho minutos en la vida de un ama de casa, ¿en qué consistirá una vida en la que todas esas actividades menudas se repitan incansablemente, en un orden prácticamente invariable?
Por supuesto, el aburrimiento no es el único camino del que dispone un novelista para trasladar una determinada visión o experiencia sobre el mundo. Existen novelas largas o series de gran recorrido que no son en absoluto aburridas —estoy por empezar el cuarto visionado de The Wire; en cambio, no sé si sería capaz de releer sin un inmenso esfuerzo La vida instrucciones de uso o proyectar dos veces seguidas Jeanne Dielman—. Al mismo tiempo, qué duda cabe de que existen obras que son aburridas por las peores razones imaginables: simplemente porque el autor no ha sido capaz de proporcionar el placer o el entretenimiento esperable. En otras palabras, no creo que el aburrimiento sea en sí mismo una virtud: entre una obra entretenida y una obra aburrida siempre tenderé a elegir, claro, una obra entretenida. Pero sí considero que hay experiencias de la realidad humana que sencillamente no son trasladables al papel o a la pantalla sin exigir al público que pague ciertos peajes. Creo a Bolaño capaz de generar una novela sobre las muertas de Ciudad Juárez que hubiera resultado entretenida, tal vez incluso absorbente: lo que dudo es que una novela de tales características pudiera haber sido capaz de transmitir la experiencia del dolor y la impotencia de las innumerables víctimas.
Me viene a la cabeza una cita tal vez demasiado larga de 2666, que sin embargo quiero recoger íntegramente:
Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o El club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustres se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.
Eso es la novela para mí. No una imagen de la batalla; no la guerra de la vida vista desde lo alto, desde la estatura inalcanzable de los generales y los mapas del Estado Mayor, sino la mismísima batalla. Y como podrá decirnos cualquiera que haya librado un auténtico combate, ese combate siempre se hace un poco largo cuando eres tú mismo, y no tus subordinados, quien esgrime la espada.