POR SILVIA HOPENHAYN
Borges y Bioy Casares también introdujeron el humor en sus narraciones. Fuente: Wikicommons.

Paradoja homofónica, no es habitual que las novelas del río se rían. Más bien tienden a la melancolía, las ausencias, «el mal del sauce como claman las del Delta (Sudeste, de Haroldo Conti o el cuento doblemente escrito y muy extraño de Cortázar «Fondo de agua», de su libro Final de partida). Quizá porque donde corre el agua destilan soledades, los ojos se nublan, las manos se hunden tras algún recuerdo como los que «pescaba» Margarita, la protagonista del cuento de Felisberto Hernández, «La casa inundada». Y en tiempos de pérdidas (en un sentido amplísimo: de referentes, de personas, de historias, de lenguas, etc.) las novelas de ríos saltan como peces en nuestra literatura, con especímenes fabulosos como Juan L. Ortiz o Libertad Demitrópulos, autores ineludibles del siglo XX.

Sí, la risa no es frecuente entre los juncos. Sin embargo, ya he nombrado a dos de los autores que formarán parte de este recorrido humorístico, a pesar de haber comenzado por el lado oscuro de ambos, quizá para que resuene con mayor estruendo la incipiente carcajada que los anima: Julio Cortázar y Felisberto Hernández.

Si hay que hablar de humor rioplatense, también habría que hacerlo de complicidades orilleras, de periferias, lejanías que habilitan el desparpajo, una huida hacia adelante. Los héroes de nuestra literatura juegan en los bordes, son laterales. Ni super ni antihéroes. Y ese protagonismo lento, esquivo, abre las cuencas de un humor extraño, como el que se cuela en los policiales escritos por Bioy Casares y Borges bajo el seudónimo de Bustos Domeq a través del detective que inventan entre ambos, Isidro Parodi, parodia de lo leído, de lo deseado, que resuelve los enigmas de manera inversa al detective fundador del género, C. Auguste Dupin, de Edgar Allan Poe. No se trata del misterio del cuarto cerrado; en los cuentos de Borges-Bioy el investigador es quien está entre cuatro paredes, ya que atiende en la cárcel (recluso de la celda 273), confusamente condenado, «cebándose mate en su jarrito celeste». Allí lo visitan sus clientes para que se haga cargo de los crímenes del mundo exterior, aquel mundo que lo culpabilizó y lo puso en prisión donde cumple condena al tiempo que libera a falsos incriminados. El humor subyace en el método y los comentarios: «Los subterfugios son ajenos a mi carácter».

En el libro de Roberto Alifano, El humor de Borges, su autor señala que «Borges jamás se tomó en serio, para él la vida era un juego, inclusive manejó lo dramático de su existencia con escepticismo. Nunca intentó ser gracioso pero los diálogos con él eran por lo común una fiesta llena de ocurrencias». Parece que Borges era partidario de los bromistas, sobre todo aquellos que hacen bromas sobre sí mismos. Empezó riéndose con Macedonio Fernández, su padre metafísico, quien lo escribe así en sus Cuadernos de todo y nada: «risa oída y contagiada. Risa de sí mismo. Reírse del ridículo propio». Junto a Xul Solar formaron un trío de la risa argentina: Borges, Macedonio Fernández, Xul Solar. Un humor que alternaba bufonada con ironía, non sens y parodia. Una de mis postulaciones a fantasma incluye la de merodear los bares donde solían encontrarse.

Borges escribe en el poema «Buenos Aires»: «Es, en la deshabitada noche, cierta esquina del Once en la que Macedonio Fernández, que ha muerto, sigue explicándome que la muerte es una falacia». Recordemos que Macedonio llegó a postularse candidato a presidente y parece que el propio Borges andaba repartiendo volantes de su candidatura, fundada en un chiste laboral: «Muchas personas están decididas a abrir un kiosco, pero muy pocas a ser presidente de la República, es un puesto con poca demanda». Pero lo que más abundan son sus humoradas conceptuales, metafísicas, siempre listo para improvisar alguna. «Cuanto más se vive, es más probable que más antes se haya muerto, porque se ha tenido más tiempo». O: «el hombre que se ubicaba en el vacío para vivir, se abanicaba sin embargo». Y también: «Lo que hay es que hay poco». Por último: «acabo de ver la mitad de un gesto, ¿puedo deducir la otra mitad y saber a qué atenerme?». Otra forma de su rara jocosidad es la que se liga o desliga del contexto, plano desfasado, corrido de lugar, en ocasiones llamado humor referencial: «Pero aparte de que mi voz siempre habló mal de ella misma, sus encantos han empeorado, me tenía molesto una ronquera que no sé dónde empezó y justamente hoy se me ha corrido a la garganta». En la categoría denominada humor de personaje podemos incluir al «Idiota de Buenos Aires» que se la pasa advirtiendo al mundo obviedades inconducentes. Así, un día de lluvia corre detrás de las personas para avisarles que sus paraguas se están mojando. Una clase especial: los chistes dudosos, o «la risa en duda», que Macedonio apreciaba más aún que la risa estallada: «¿es o no es un chiste?, esa pregunta los cataloga en un género superior, los prefiero lógicos y sin sentido: fueron tantos los que faltaron que si falta uno más no cabe». En realidad podríamos considerarlas frases-hallazgos que siguen encontrándose en los interminables «papelitos» desperdigados, seguramente multiplicados en el tiempo, hojas-pétalos que Macedonio dejó caer en su camino, convertido en Alonso Quijano, ya depuesto su personaje, a punto de morir, tan flaco y adusto como lo describe Foucault a Don Quijote en Las palabras y las cosas: «Largo grafismo flaco como una letra que acaba de escapar directamente del bostezo de los libros».

A la manera de un puente, Borges cambió de terceto, más íntimo, irónico y fantástico, junto con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, autores los tres de la legendaria Antología de la literatura fantástica (1940), pero sobre todo de una amistad que perdurará toda la vida, dedicándose cuentos unos a otros, y compartiendo jocosidades del mundo cotidiano. Silvina siempre al borde del sarcasmo, sobre todo en las juntadas con su amigo Rodolfo Wilcock, intercambiando monstruos (quizá sean éstos últimos, grandes precursores del humor del siglo XXI).

Lengua risueña y lápiz de labia

Parece no haber literatura universal sin humor, incluso las páginas más terribles de Kafka o Beckett se permiten chistes, horadando lo abyecto. Ya H.G. Wells en La guerra de los mundos comprueba que «muchas verdades se han dicho en broma». Pero aquí se trata de algunos autores rioplatenses en los que proliferan humoradas, juegos de lengua y retruécanos. A los mencionados de Argentina podría agregar páginas de Gombrowicz, de Marechal, libros enteros de Fontanarrosa, ocurrencias de Aira (recuerdo que cuando la crítica calificó su obra de paródica y muy graciosa, el mismo autor se encargó de rebatir ese comentario publicando una nouvelle que tituló Cómo me reí); podríamos sumar el realismo delirante de Laiseca, los microrrelatos de Ana María Shúa, y tantos más. Pero no quisiera extraviarme en acopio de autores. Aunque padezca del síndrome de abstinencia y arbitrariedad de los antólogos, me gustaría agregar en estas páginas la sutil carcajada de Cortázar, el humor que destilan sobre todo sus relatos. Cuanto más breves, más insólitos. Empiezo por sus Ocupaciones raras, ocho propuestas narrativas desopilantes que extenúan el sentido hasta volverlo extraño. Los procedimientos cortazarianos son como las improvisaciones jazzísticas, la lengua se despliega avizorando el abismo al tiempo que permite asomarse. Y entonces adviene la risa, lo último que se pierde. Semejante a la pregunta que debe contestar Leopold Bloom en el capítulo 17 del Ulises de Joyce (al que llaman «catequístico»), cuando el personaje llega a su casa por la madrugada, luego de un periplo evitativo -no encontrar a su mujer en la cama con otro-, y sin embargo halla rastros del adulterio, restos de comida, distintos olores en las sábanas. En ese momento, Bloom deberá responder a lo siguiente: ¿Si tuviera que reírse en ese momento, de qué se reiría? Pregunta que puede extenderse a todos los abismos, chance de renovarnos simbólicamente al borde de perderlo todo. El relato de Cortázar, «Pérdida y recuperación del pelo» es un sin sentido que se enfrenta con lo estipulado. Ya lo anuncia en la primera frase: «Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles…». Podríamos considerar distintas influencias: el nonsense de Lewis Carroll, la asociación libre surrealista, la exasperación kafkiana y algún guiño al OULIPO. Cortázar concilia lo juguetón con lo pesadillesco de manera única. En este caso, nos cuenta la historia de un pelo anudado en el lavabo; hallarlo puede ser más útil y atinado que aprenderse de memoria la regla de tres simple. A esta narración sanitaria podemos acoplar unas cuantas del orden doméstico, tan caro a Cortázar, como «Discurso del oso» incluido en Material Plástico, que siempre me resultó inquietantemente simpático. Hasta lo trágico en su obra se convierte en risueño. Narrar la lluvia, por ejemplo. En su relato «Aplastamiento de las gotas» éstas se deslizan por la ventana «y ahí mismo se tiran…tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós». Lo anunciado se exacerba en Historias de cronopios y de famas. No solo se trata de lenguaje, estructura narrativa, estilo. El humor también proviene de su imaginación. Desbordante, caótica, infantil, matemática. Recordemos su reloj-alcaucil, en cuya «infinita rosa violeta del centro el cronopio encuentra un gran contento»; la posibilidad de comerse el tiempo, y colocar en su lugar otro alcaucil que lo ponga en marcha. Algunos consideran que Un tal Lucas (1979) —más los textos agregados en la edición de Papeles inesperados (2009)—, es el libro más humorístico de Cortázar. Más bien lúdico, apostando a la parodia de lo pueril, las minucias patéticas de lo cotidiano: un vaso con una margarita en una clínica, meditaciones ecológicas, el arte de pronunciar conferencias, las páginas de la renovación del pasaporte, los sellos, la compra de fósforos, siempre apelando a un recurso que sólo Cortázar consigue aplicar a la perfección: la frase interrumpida, el final que no termina: «Bueno –dice Lucas- yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota». ¡Cómo sabe cortar! ¡Y en el siglo XX! No deja las palabras truncas, no son «versos de cabo roto» como los llama Cervantes. Es complicidad con el lector, como si terminando la frase antes de tiempo adivinara el gesto que la completa cuando es leída.

En la misma senda ubicaría algunos relatos cómicos, ácidos, de Hebe Uhart (los cuentos de Del cielo a casa, 2003, sobre todo «El congreso», o las crónicas de Visto y oído, 2012). Pero sobre todo a Luisa Valenzuela (amiga de Julio), cuya primera novela, titulada precisamente Hay que sonreír (1966), inaugura un humor literario tan desfachatado como aguerrido, que aparece también en sus múltiples microrrelatos (reina del género, hasta la Biblioteca de Microrrelatos en Buenos Aires lleva su nombre). Valenzuela no se priva de la risa ni para escribir, casi podríamos escucharla mientras leemos algunos de los pasajes de sus libros. Incluiría los más terribles, como su novela Cola de Lagartija, donde la narradora/autora abandona el libro en la mitad, hastiada, agobiada por el protagonista; toma la decisión de irse de la novela y cede la primera persona. Una pirueta narrativa insólita: se despide del lector en la mitad de la novela y firma Luisa Valenzuela a puño y letra. El personaje de la narradora se va del libro, abandona a los lectores, ya no hay mediación entre el siniestro «Brujo» (representante en la ficción de un personaje fatídico de la historia argentina de los años setenta, López Rega) y nuestra lectura. A tal punto que la página siguiente a la deserción de la «autora», comienza con la siguiente frase: «Por fin se fue». Humor negro que prevalece en varios de sus libros, como Cuentos de Hades (inolvidable su Caperucita de “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”) o en uno de los últimos, El chiste de Dios (2019).

La risa desvergonzada

No quisiera hacer acopio de nombres sin poder explayarme sobre sus creaciones. Por eso me restrinjo a un apegado, al que vuelvo siempre y al que llegué a través de una carta «póstuma». «Carta en mano propia» de Julio Cortázar dirigida al fantasma de Felisberto Hernández, que comienza así: «Felisberto, tú sabés (no escribiré “tu sabías”; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes)». El juego con el tiempo se extiende a la fecha de la carta, que es póstuma no en relación a quien escribe sino al destinatario, muerto antes de recibirla.

La obra del escritor uruguayo es variada en formatos, pero siempre provista de una extrañeza que a veces vuelca en humor desopilante, otras en las tierras imprecisas de la memoria. En su cuento «El balcón», el procedimiento animista de Felisberto alcanza su mayor y más chistosa figura. En lugar de que alguien, tras una decepción amorosa, se tire por un balcón, es éste el que se derrumba al enterarse de que la muchacha que pasaba las tardes apoyada en su baranda, conoce a un hombre y lo deja por él. Otro cuento, casi autobiográfico, que me hizo llorar (de risa y tristeza) «El cocodrilo», cuenta la historia de un personaje pianista (como lo era Felisberto) tratando de ganarse la vida en un mundo repleto de falsedades. Uno de sus libros más tardíos, Diario de un sinvergüenza, trata de un autor que descubre la ajenidad de su cuerpo, al que llamará «el sinvergüenza»; su cabeza («Ella»), también independiente de sus pensamientos, será cómplice del rebautizado. Humorada última del propio autor, cuyo cuerpo adquirió un volumen particular al final de su vida.

El cambio de siglo (del XX al XXI) renovará la sonrisa, tensando sus bordes, volviéndola casi rictus, más cerca del sarcasmo, la distopía y los monstruos renacidos.