POR ANA CECILIA CALLE
Pabellón filbo 2022. Fuente: wikicommons.

Las conversaciones sobre edición independiente en Colombia, como en otros países de Latinoamérica, giran con nerviosidad alrededor de tres temas: liquidez, distribución y proyecciones a futuro. Este subsector de la industria constantemente comunica angustia por su supervivencia, a veces de manera automática después del inicio de una conversación en las librerías o en los chats del gremio al final de la jornada. Y tiene razones para sentirse a la deriva: acechan las mil y una muertes del libro (en forma de e-book, TikTok y series); las mil y una muertes del libro independiente (en forma de descuentos 3×2 de las multinacionales o cartera de las librerías), acechan el declive del público lector, el bodegaje, la inflación, etcétera.

Me permito dar cuenta de algunas de estas observaciones desde mi calidad de jugadora en esta cancha como editora independiente (Himpar Editores) y como académica interesada en temas relacionados con los medios y la cultura. Al examinar los últimos quince años de actividad editorial independiente colombiana, vemos un panorama mutante (crece de manera terca), producto de procesos individuales, colectivos e institucionales. Por un lado, un forzoso recambio generacional de editoriales que soportaron muchas crisis económicas, la llegada de las editoriales de capital extranjero al país y los recambios de gerencias en sus propias empresas. Además, un deseo y una apertura a la experimentación en temáticas y formatos (desde libros de artista hasta fanzines, pasando por una exploración de la edición comunitaria). Un aumento en los espacios de circulación del libro (librerías independientes y circuitos de ferias). Y los últimos diez años han visto un marcado esfuerzo institucional por crear y mantener lo que yo llamo el deseo por el libro, que implica mantener activados a todos los que deseamos el libro en esta cadena: lectores y escritores, editores, distribuidores, libreros, promotores de lectura y bibliotecas públicas.

Actividad mutante y terca

Los últimos quince años han visto el florecimiento de un número nada despreciable de emprendimientos editoriales que clasifican como independientes en la medida en la que las decisiones sobre construcción de catálogo no están determinadas por los encargados del área comercial o de marketing, y en la medida en que su actividad comercial tampoco está determinada —o financiada— por conglomerados comerciales. Al momento de su fundación en 2023, la Cámara Colombiana de la Edición Independiente (CCEI) contó con 76 editoriales que firmaron el acta de creación. De ellas, solo un 12,16% eran editoriales creadas por personas naturales. Aunque este dato no necesariamente refleja el deseo de profesionalización del sector, sí permite deducir que hay un deseo de formalización y un conocimiento sobre las diferentes opciones que ofrece el mercado para que los integrantes de los equipos creen una figura que obedezca a sus capacidades, deseos y necesidades. Como parte del equipo directivo de ese primer año de la CCEI, compartimos la sensación de subconteo, pues sabemos de la actividad de más de 130 colectivos y empresas editoriales en el territorio colombiano.

El sector independiente replica la hiperconcentración del mercado editorial en las ciudades con mayor densidad poblacional (en Bogotá, Medellín y en menor medida en Cali, Pereira, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla), aunque se destacan proyectos de edición comunitaria y fanzine en regiones como el Urabá antioqueño en los últimos dos años. Algunas de estas iniciativas editoriales responden a la tensión que produce el centralismo y la dificultad de distribución de los libros impresos —concentrados en Bogotá y Medellín, dos ciudades enclavadas en los Andes—, junto con la necesidad de los creadores de generar y garantizar la circulación de sus propios proyectos en su comunidad, su ciudad y su región.

Algunos de los proyectos más innovadores de la época lo fueron por su manera de crear un catálogo a través de la gráfica. Editoriales como La Silueta (f. 2007) o Laguna Libros (f. 2007) fueron fundadas por artistas plásticos y no necesariamente por literatos o periodistas, como es el caso de otras editoriales marcadas por el trabajo y la experimentación visual como Tragaluz Editores (f. 2005) y La Jaula Libros (f. 2016). Este giro gráfico propone una mayor atención al diseño editorial como componente de la construcción de colecciones y concentra el impacto visual en las cubiertas —a veces creadas en colaboración con artistas locales—. El cuidado por el detalle visual como valor agregado logró capturar la atención de un grupo potencial de compradores que no era ni es exclusivamente literario, sino que se enganchaba al libro como objeto. Con ello, esta nueva oleada independiente expandió ese deseo por el libro —con guiños al libro de artista, al cómic, al fanzine, al libro álbum y al libro ilustrado— a consumidores provenientes del diseño, las artes visuales y el cine.

Presiones y cambios

La aparición de esta nueva iteración de independientes obedeció, entre otros factores, a vacíos de mercado que dejó el cierre de editoriales nacionales cuyo catálogo balanceaba oferta local con proyección regional e internacional, como Valencia Editores, Tercer Mundo o Norma. Por un lado, dichos cierres ocurrieron a finales de los noventa y entrados los dos mil, como resultado de presiones macroeconómicas: aumento de intereses de deuda; una desaceleración económica que produjo descenso en el número de ejemplares vendidos y reducción de exportaciones a finales de la década de los noventa e inicios del 2000, entre otros. Como lo han notado otros autores, las empresas que no tienen capital de soporte sufren con mayor crudeza los vaivenes macroeconómicos. Por otro lado, la llegada del capital transnacional a la edición, de la mano de los grupos Santillana y Planeta, reordenó las dinámicas comerciales: logró quedarse con un segmento nada deleznable del sector de libros de texto; impulsó la importación de títulos extranjeros y logró establecerse como referente literario. Sus catálogos, sin embargo, no tomaban grandes riesgos en la literatura local y olvidaban —con contadas excepciones de grandes nombres— a la poesía. Si bien es cierto que las editoriales universitarias crearon brillantes catálogos de poesía y crearon premios y colecciones de ficción y crónica, las editoriales independientes colombianas supieron encontrar en el interés por el libro como objeto y la literatura escrita por una generación joven un nicho de mercado desde el cual proyectarse y crecer.

Estímulos, formación y profesionalización

Muchas empresas nacen pequeñas, y en el sector es muy común escuchar la historia de un grupo de amigos que fundan una editorial o una librería sin saber hacer ni libros ni empresa. La anécdota, registrada en diferentes libros y tesis, prueba que, con el tiempo, o el grupo aprende y sale adelante, o se pelea y se reformula, o quiebra. Sin embargo, algunas de las editoriales de estos quince años lograron arrancar a pesar de no tener capital semilla para hacer su primer tiraje gracias a dos factores. Uno, a la popularización de la impresión digital, que disminuyó los tirajes obligados de por encima de dos mil ejemplares de la década anterior a menos de 500. Y dos, a la creación de estímulos para editoriales emergentes en ciudades como Bogotá (2012 y 2013) y los estímulos para el sector editorial dentro del portafolio del Ministerio de Cultura de Colombia (2008 y 2009). Contraviniendo la misma idea de que el catálogo y la colección deben estar planeados antes de salir al ruedo, para muchos de nosotros la única oportunidad de arrancar era postular a una beca y hacer que ese estímulo se convirtiera en capital para echar a andar el proyecto. Editoriales de diferentes tamaños y con diferentes ideas sobre cómo sobrevivir en el mercado editorial (por ejemplo, Himpar, o La Jaula y más recientemente Fuego Fatuo, entre tantos otros) son ejemplos de esa sincronía entre cambios en las posibilidades técnicas y estímulos institucionales a los proyectos emergentes. Esta no es la historia de todas y todos, pero sin duda el estímulo como capital semilla posibilitó que muchos de nosotros existiéramos.

Los programas de pregrado y posgrado en creación literaria, escrituras creativas y edición emergen en Colombia relativamente a la par que surgen los estímulos a la edición independiente, emergente y regional. ¿Una coincidencia afortunada? Tiendo a pensar que, al menos del costado institucional, la oferta de estímulos lee el interés público por el libro como una oportunidad para avanzar los derroteros de los planes nacionales y locales de cultura, lectura y oralidad, pues construir tejido ciudadano a través del libro y la lectura ha sido parte de los esfuerzos gubernamentales desde el año 2000.

Quisiera señalar la profesionalización del sector del libro —la escritura, la edición y el oficio de los y las librerías— como otro de los dinamizadores de la edición independiente durante este periodo. La maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia (2006) inicia un gesto hacia la (llamémosla) organización de la creación literaria. A ella le siguen el pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central (2010), la maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo (2017) y el pregrado de Estudios Literarios y Edición de la Universidad Jorge Tadeo Lozano (2015). El resultado no solo es el de la consolidación de una masa de lectores y creadores, sino la oportunidad para que grupos de escritores jóvenes puedan imaginar y pulir manuscritos. Estos nuevos creadores tienen mayor capital cultural; sus trabajos han podido tener tiempo dedicado a la reflexión y a la edición. Y ahora buscan casa. También reconocen que hay una barrera entre las «grandes» editoriales y los manuscritos de primeros autores y, a falta de oportunidades para movilizar sus textos, crean colectivos y editoriales y publican —con riesgo y entusiasmo— a sus pares. Si no, ¿quién más lo haría? Muchas de estas editoriales pequeñas comparten en sus catálogos primeros manuscritos de escritoras y escritores locales. También han sido el lugar para catapultar la obra de autores que, en muchos casos, después vuelan a las grandes casas editoriales transnacionales (la fuga es uno de los dramas que compartimos todos los independientes alrededor del mundo).

A la conjunción de programas de pregrado y posgrado de creación literaria y edición, y a la creación de pequeños colectivos editoriales —algunos apoyados por becas— aparece también un pequeño grupo de librerías que en el gremio también llamamos «independientes». La mayoría de estas librerías fueron fundadas entre el 2000 y el 2010, y en el 2025, la Asociación Colombiana de Libreros Independientes cuenta con un total de 51 afiliados e incluye puntos de venta de las editoriales y distribuidoras independientes. Su labor apoya la circulación de las editoriales pequeñas movilizando a sus autores, contenidos y la creación y consolidación de pequeñas comunidades lectoras. Las editoriales independientes han entendido la importancia de esta conexión y a través de sus (pequeños) músculos de distribución intentan estrechar ese lazo, hacer presencia y mantener un contacto más directo con los libreros y su programación cultural en las librerías como una oportunidad para difundir y poner a conversar sus catálogos. Sin duda, también el rol de las bibliotecas se ha robustecido en los últimos diez años, pues han atendido la necesidad de circular autores nacionales y aunque las compras públicas siguen siendo un debate caldeado en el sector (¿cuántos libros colombianos se compran al año?, ¿qué es un libro colombiano?). Aún hay mucho por hacer, pero hay voluntad colectiva.

Agremiación

El ejercicio editorial en estos quince años ha sumado una dosis de buena lectura institucional con oportunidades para formación y la formalización. Quisiera solamente acotar que en la conversación que editores, libreros y Estado hemos tenido, la consolidación del gremio independiente (libreros y editores) ha incluido entre sus objetivos gremiales la formación continua de sus integrantes. La Asociación Colombiana de Libreros Independientes —ACLI— fue fundada en el 2008 y la Cámara Colombiana de la Edición Independiente —CCEI— en el 2023, con el precedente del Comité de Editoriales Independientes de la Cámara Colombiana del Libro en el 2012. En conjunto con la ciudad de Bogotá y con el Ministerio de Cultura se han creado las «Escuelas de Libreros» y «Escuelas de Edición», que buscan apoyar a personas que tienen proyectos o pertenecen a estos oficios con inquietudes de que no necesariamente transitan por o se resuelven a través de la educación formal. La escuela de Editores de la CCEI, después de hacer un piloto en Bogotá, se concentró en las regiones del Chocó, Urabá y el Caribe, como una manera de resolver la hipercentralización de recursos y capital cultural y simbólico en la ciudad capital.

Conscientes del rol de la edición independiente en el país (y en Latinoamérica), las ferias del libro han accedido a crear espacios para las muestras de los editores. Desde 2022, la Feria del Libro de Bogotá designó una porción de un pabellón para ubicar la muestra comercial independiente. La Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín cuenta desde el 2016 con un «Salón de independientes». «La Vuelta» (pensada como una feria de editores) ha sido organizada por la red de bibliotecas públicas de Bogotá, y tuvo un máximo de representación de 67 editoriales en 2022. La Feria Papel Caliente, quizá la más avocada a la gráfica y al fanzine de todas las anteriores, existe desde el 2017 y reúne una muestra de casi cincuenta editores y colectivos artísticos al año. Todas estas apariciones estelares de la independencia cuentan con apoyo gubernamental, ya sea a través de inversión directa (FilBo, Fiesta del Libro) u organización directa (La Vuelta). La única feria que no recibe estímulos es Papel Caliente, que ahora cobra el ingreso para no obligar a las editoriales a pagar mucho por su participación. El panorama muestra que el gremio aún necesita del apoyo estatal para hacer que las cuentas cuadren, o está en un delicadísimo balance para no quemar a ninguno de los jugadores del ecosistema.

Coda de crecimiento

Finalmente, habrá visto el lector y la lectora que he insistido en la agremiación como uno de los mecanismos que han posicionado al sector en la conversación pública. La agremiación corre riesgos de concentración de información y poder —el poder tiene sus vicios— y para ser balanceada necesita del ejercicio conjunto de los agremiados. La soledad del trabajo colectivo no es una paradoja y la edición independiente sufre de este mal: como muchos editores tienen otros trabajos —sus negocios son usualmente su trabajo después del trabajo—, las actividades gremiales y de organización colectiva se sobrecargan en quienes toman la responsabilidad de vocería y gestión. Adicionalmente, si bien el papel del apoyo gubernamental ha sido fundamental para apoyar las labores de formación, formulación de proyectos y circulación de editores, los esfuerzos de vocería colectiva deben mantenerse y deben seguir formulando opciones que ofrezcan alternativas al apoyo estatal. ¿Es posible crecer poco y permanecer estables? ¿Es posible crecer y no traicionar a su propia comunidad lectora? Quizá el reto para los próximos quince años no sea necesariamente el de crecer, sino el mantener un ritmo que permita digerir y jugar con los libros, atender a las necesidades cambiantes de los y las lectoras y seguir combatiendo el andinocentrismo cultural.