Nurit Kasztelan
Tanto
Eterna Cadencia
160 páginas
POR CRISTIAN VÁZQUEZ

El campo como lugar de retiro, de reconstrucción, de refugio, pero también del descubrimiento de un mundo nuevo. De ese modo se podría condensar la trama de Tanto, novela de la autora argentina Nurit Kasztelan. Helena, su protagonista, deja atrás la ciudad y sus conflictos y se instala en una casa en plena pampa húmeda. «Le va mal el campo», empieza la novela, «no sabe qué hacer con tanto verde en los ojos» (p. 11). Tanto es el proceso a través del cual Helena aprende qué hacer con todo ese verde: descubre los matices, los detalles, percibe poco a poco que no se trata de un verde homogéneo, indistinguible, total, sino de un universo verdoso que se torna más rico y complejo a medida que se le presta mayor atención. Algo muy parecido a lo que le sucede, al mirarse hacia dentro, consigo misma.

Para ese aprendizaje es clave el tiempo, que en el campo parece discurrir de otra manera. Pese a la brevedad de la novela, la palabra tiempo se repite casi cincuenta veces: «su percepción del tiempo se diluye» (p. 12), «el tiempo parece estirarse, ir más lento, como si tuviera grietas» (p. 20), «el tiempo de hoy es el mismo que el de ayer y que el de la semana pasada, como si fuera un tiempo usado» (p. 23), «se quiere quedar en ese momento de desfasaje del tiempo que ahora es fluido y sin sobresaltos. Incluso tiempo le parece una palabra demasiado específica. Piensa en ratos, momentos, cosas no tan mensurables» (p. 35). En ese decurso extraño, mientras a Helena le pasan muchas cosas aunque en muchos pasajes parece que no le pasara nada, son fundamentales también otros conceptos. Uno, la luz (el vocablo luz también se repite más de cuarenta veces), que se modifica según los momentos del día y la sucesión de las estaciones. Otro, el vacío: «el vacío del campo le da tiempo de llenar su cabeza de preguntas. Fue a vaciarse, pero no sabe bien de qué» (p. 18). Y otro más, el silencio, el aparente silencio del campo, que en realidad revela sus sonidos secretos: «la sutileza del viento, de los árboles cuando los roza el aire» (p. 11), «el zumbido de las abejas en un panal lejano» (p. 46), «un silencio tan grande que podía incluso rechazar el resto de los sonidos. Como si oyese su propio sistema nervioso» (p. 130).

A propósito del silencio, a Helena no la «escuchamos» en toda la novela. Casi no habla con nadie, y cuando lo hace (unas pocas veces con un vecino, en esporádicos recuerdos de su vida en la ciudad) sabemos lo que dice a través del estilo indirecto, sin ninguna frase suya textual. Se expresa, en todo caso, con sus acciones, con su modo de interactuar con la naturaleza, con las sensaciones que esta le provoca. ¿Por qué no escuchamos su voz? Acaso porque en ese mundo tan nuevo «es ella la que cambia, pero todavía no tiene lenguaje, no se le armaron las palabras para contarlo» (p. 31). La novela, por cierto, destaca cómo la lengua de otras culturas retrata –construye– el mundo a través de la existencia o la ausencia de ciertas palabras. Habla sobre todo del japonés («Desearía reencarnarse en un bebé japonés; hablar en un idioma que le sea ajeno, ver el mundo a través de una lente nueva», p. 91), pero también del náhuatl, del quechua, del wichi, del yiddish. Lenguas de la periferia, del arrabal hacia el que Helena elige deslizarse.

Tanto es el primer libro de narrativa de Kasztelan, quien nació en Buenos Aires en 1982 y antes había publicado cuatro libros de poesía. La voz poética se manifiesta en su prosa: en sus imágenes, en su potente lirismo, en su capacidad para escarbar en el paisaje hasta captar los detalles que, como los bichos del monte, se ocultan en la maleza. Y deja ver –homenajea y agradece– la influencia de autores que hurgaron antes en la relación entre el ser humano y la naturaleza, desde clásicos como Thoreau, Basho, Rousseau, Hudson, Humboldt y Kawabata hasta contemporáneos como Peter Rock, el Pedro Mairal de El año del desierto y el Federico Falco de Los llanos. Se trata, en suma, de una novela hipnótica, escurridiza, sutil; la introspección de una mujer que se deja envolver por el campo como por una enredadera, en busca de algo que no sabe bien qué es y al parecer lo encuentra.