
Desde chico, para mí, Buenos Aires es una ciudad de detalles arquitectónicos.
Cúpulas, mansardas, columnas dóricas o corintias y, sobre todo, caras: mascarones de faunos, náyades, monstruos o sabios, quietos en las molduras, con expresión seria o que transmiten horror o sufrimiento.
Si la ciudad tuviera una voz, sería la de mi padre arquitecto contándome sobre esa buhardilla, aquel balcón o las proporciones de una cariátide, llevándome de la mano y enseñándome que no solo se puede ver de modo paralelo al piso, sino también a 45 grados, como si el punto de fuga de nuestros cuerpos se ubicara en el infinito.
Detenidos en la esquina de Avenida Belgrano y Perú, él en cuclillas para ubicarse a mi altura, la mirada hacia arriba, viendo las particularidades del Edificio Otto Wulff, donde en 1912 funcionaba la delegación diplomática del Imperio austrohúngaro. Con materiales traídos desde Europa, la construcción parece un relato. En vez de columnas, ocho atlantes de cinco metros de altura se ubican en ambos frentes. Las caras con expresión de esfuerzo por soportar el peso, representan a los oficios involucrados en la obra: maestro herrero, carpintero, albañil, forjador, aparejador, escultor, arquitecto y jefe de obra.
Jugábamos a descubrir, en los balcones y la fachada, los animales que la poblaban: búhos, pingüinos, cóndores, sapos, mulitas, cobras, víboras, yaguaretés, abejas y libélulas. Decía mi padre: ¿Qué sucedería si cuando nadie los viera, de noche, los animales empezaran a moverse y, sin escaparse del hormigón armado, se acecharan los unos a los otros? Yo lo escuchaba atento, intentando divisar las dos torres rematadas en agujas: una con el sol bien arriba. En la otra, la luna. Me contaba mi padre que en la época de su construcción, con casi 65 metros, era uno de los edificios más altos de la ciudad. Yo asentía, intentando imaginar las calles de aquella época, con adoquines y faroles de gas.
Años después, durante unos meses, trabajé en una oficina mínima y sin baño dentro del edificio y descubrí que, como suele suceder con los decorados de teatro, la belleza se circunscribía al exterior.
Caminábamos por la Avenida de Mayo viendo las cúpulas que me señalaba y nombraba. De pronto, se detenía para contarme alguna anécdota del edificio que teníamos enfrente: la ex Tienda Gath & Chaves, a cuya confitería iba a merendar con su madre y donde se podían comprar desde muñecas de porcelana, hasta vajilla o trajes de etiqueta. Escuchándolo, me perdía en sus palabras. Nos deteníamos frente al Palacio Barolo —edificio magnánimo, pionero en el uso de hormigón armado, con un «gemelo» en Montevideo, un potente faro en la cúspide y una mítica historia con referencias difusas— o ante el viejo edificio del diario La Prensa. Contaba las anécdotas como si las recordara, quizás transmitiéndome la narración que había leído o que alguien le había hecho antes. Allí, donde estábamos, el 14 de septiembre de 1923, había tanta gente que no se podía caminar. En Nueva York, en «la pelea del siglo», el boxeador argentino Luis Ángel Firpo —«el Toro Salvaje de las Pampas»— enfrentaba al norteamericano Jack Dempsey por el título mundial de pesos pesados. Decenas de miles de argentinos se habían congregado en la avenida, frente a los edificios de los diarios que iban actualizando sus pizarras, a medida que irrumpían los cables telegráficos de Estados Unidos. La radio había llegado hacía poco y casi nadie tenía un aparato para captarla: así que muchos se habían congregado acá, frente al Barolo, en esa época el más alto de Buenos Aires, mirando el faro del último piso: si se prendía una luz verde, el triunfo habría sido del argentino. Si se prendía la roja, habría ganado el norteamericano. En el primer round, Dempsey fue demoledor pero al comienzo del segundo minuto, Firpo le metió un gancho de arriba hacia abajo que lo tiró afuera del ring, sobre la máquina de escribir de un periodista. En ese momento, quizás por el nerviosismo del iluminador, el faro se prendió verde y la muchedumbre estalló. ¡El campeón del mundo era argentino! Sin embargo, en Nueva York, el boxeador norteamericano volvía a subir al ring y noqueaba al toro salvaje de las Pampas. La luz volvió a encenderse, esta vez de color rojo. Mi padre remarcaba: la decepción había sido unánime.
O nos perdíamos en el Microcentro, viendo hacia arriba como si fuéramos turistas y estuviéramos descubriendo una ciudad que nunca antes habíamos pisado.
Buscábamos en los frentes de los edificios esas caras —de terracota, piedra de coade, argamasa o cemento— que recuerdan a los hombres y mujeres de Pompeya, alcanzados de improviso por la lava hirviente del Vesubio: cuerpos convertidos en adornos siniestros de la ciudad sepultada. Aunque, en este caso, son ornamentos de una época en la que el concepto de «funcionalidad» no regía la arquitectura como sucede ahora. Había espacio para agregados que no tenían otra utilidad que la de embellecer esta capital con aspiraciones europeas.
Años antes de que mi padre me enseñara a mirar hacia arriba, al recorrer Buenos Aires uno podía descubrir esas máscaras en las fachadas como hongos en el campo después de una tormenta. Se perdieron a medida que la ciudad se fue gentrificando, que las imponentes casas y palacetes se demolieron para construir edificios.
Como eran detalles arquitectónicos, ornamentos aparentemente inútiles, los encargados de los derribos no les prestaron atención. La belleza esculpida en hormigón se diluyó junto a su recuerdo. Ya casi nadie habla de ellas. No hay material de estudio, tesis doctorales ni publicaciones sobre el tema, con una excepción: un libro difícil de conseguir del periodista Sergio Kiernan.
En 2010, mientras recorría la ciudad, Kiernan se sorprendía con esas figuras que parecían mirarlo desde la altura. Cámara en mano, usando un teleobjetivo, como si fueran retratos fue sacando fotos de las máscaras. Se las mostró a algunos amigos que las elogiaron y, caminando o en moto, siguió almacenando imágenes. Dos años después, la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires le propuso reunirlas en un libro que se publicó ese mismo año.
En Las máscaras de Buenos Aires, Kiernan detalla que la proliferación de ornamentos comenzó a fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la clase media desarrolló un gusto de procedencia incierta, representado por piezas indefinibles y eclécticas. Había formas más clásicas y elegantes, motivos Art Nouveau, máscaras Art Déco y otras de estilo victoriano.
Kiernan intenta investigar los orígenes y las técnicas de los rostros que cubren la ciudad: empuña una pequeña linterna y, con ella, avanza en la oscuridad: ¿Cómo saber por qué alguien decidió hace más de cien años poner en un balcón o un edificio la representación de un león, un monstruo, un querubín o un centauro?
Documenta que había un rubro de constructores —en su mayoría italianos— que se especializaban en fachadas. Una vez que terminaba la obra, aparecían con el carro cargado de molderías, bolsas de revoque (símil piedra París) y tachos de mezclar. El motivo lo elegía el cliente, el maestro mayor de obra o el desarrollador inmobiliario. Se ornamentaba con moldes de metal. Sin embargo, aclara el autor, en muchos casos se importaban hechas o se creaban como piezas únicas, detalles de lujo.
La mayoría de las máscaras son retratos femeninos: de mujeres posando como personajes míticos o de señoras reales homenajeadas en la pared. El periodista lo ejemplifica con el caso de la calle Deán Funes, donde los retratos de una madre y su hijo adornan los ventanales en los extremos de la casa: el hueco en la ventana central hace sospechar la ausencia de otro hijo de la familia. O el petit hotel de la calle Rodríguez Peña, que luce el retrato de una mujer sobre el cual se ubica el de su bebé.
Algunas, las menos, son caras masculinas: en general, rostros de dioses.
¿Cuántas hay? ¿Cuántas había? ¿Cómo saberlo? En su libro, Kiernan documentó casi mil. Luego, según cuenta ahora por teléfono, siguió con la búsqueda y las fotos hasta superar el millar. Sin embargo, cree imposible calcular un número exacto. Estima que podría haber habido el doble, «porque había muchas en casas que se demolieron».
Le pregunto cuál fue la primera, dónde comenzó esa obsesión por retratar la fugacidad de esa belleza pétrea. «No tengo una memoria real, porque el que me enseñó a ver arquitectura patrimonial y a apreciarla fue mi papá, con caminatas por la ciudad donde me hacía notar la belleza de ciertos edificios y la calidad de tantas casas comunes, de barrio. Debo haber visto mis primeras máscaras de chico».
Me pregunto si en la ciudad habrá otros hijos o hijas que miren hacia arriba y pensando en sus padres busquen máscaras o adornos en la piedra.
Escribe Kiernan en el libro: «Dar la pelea por cuidar nuestro patrimonio no es una cuestión de nostalgia, sino de sanidad mental: de preservarla frente a la rentable comercialización del mismo tejido material de nuestras vidas».
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Años después de la época en la que me llevaba de la mano por la Avenida de Mayo, el interés de mi padre por las cúpulas devino trabajo y le encargaron la iluminación de los edificios sobre esa Avenida. Como en una especie de déjà vu, volví a escuchar las mismas historias que años antes: le apasionaba lo que había ocurrido con el palacio Barolo, el mito que se había construido a su alrededor. Porque desde hace años se dice que el edificio habría sido inspirado en la simbología de la Divina comedia. Cuenta la leyenda que el empresario italiano Luis Barolo, y su arquitecto, Mario Palanti eran dos místicos con un plan secreto: traer a la Argentina las cenizas del poeta italiano para protegerlas. Sobre esta idea se armó un relato, adoptado hasta por la Secretaría de Turismo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que, en la página web donde se hacen las visitas guiadas, indica que «El Barolo es Arquitectura inspirada en Poesía. El único edificio, monumento y patrimonio histórico de la ciudad, inspirado en La Divina Comedia de Dante Alighieri. Durante la visita guiada se recorren los tres segmentos que, como el poema, está dividido el Palacio: Infierno, Purgatorio y Paraíso».
Se empeñaba mi padre en desmentir esa versión: decía que no había datos que relacionaran el poema que amaba —se la pasaba releyendo la versión ilustrada por Gustave Doré— y la construcción. Entre risas, repetía que era «un gran bolazo».
Hace pocos meses, descubrí un artículo publicado el año pasado en la revista «Dante e l´arte» de la Universitat Autònoma de Barcelona, donde el investigador Mariano Pérez Carrasco detecta el momento del inicio del mito.
Pérez Carrasco explica que la idea del Barolo como monumento dantesco comenzó en 1993, a partir de un artículo del arquitecto Carlos Hilger. Sin embargo aclara: «no hay ningún documento del arquitecto Mario Palanti o del comitente Luigi Barolo que atestigüe la inspiración –aunque más no sea vagamente y en un plano puramente intencional– dantesca de la construcción. Ni artículos, ni cartas, ni diarios. Nada». Y concluye que el artículo de Hilger, donde se detallan minuciosamente los vínculos entre la obra maestra del italiano y el edificio, es pura ficción: «Sólo que esta ficción ha sido presentada como un hecho histórico y se ha transformado inopinadamente en realidad».
A partir del encargo para iluminar los edificios sobre la Avenida de Mayo, durante dos años mi padre y un técnico electricista buscaron la mejor forma de resaltar con luz la belleza de esos sitios. Una noche, mucho tiempo después de la época en que me mostraba las máscaras, volvimos a recorrer la avenida. Ya no tenía que agacharse para llegar a mi altura, pero la energía que usaba para explicar el modo en que se había colocado uno u otro foco era la misma: estaba orgulloso del trabajo.
Sin embargo, para inaugurar la obra, se realizó un brindis de gala con funcionarios y artistas, pero ni él ni el electricista fueron invitados. No sé qué le habrá pasado al técnico, pero mi padre se ofendió profundamente: dejó de mirar hacia arriba o, por lo menos, de narrar las historias de las cúpulas y las caras. Unos años más tarde, en 2021, falleció.
Yo, que sigo viviendo en Buenos Aires y —como buen local— tengo la ciudad casi naturalizada, cuando visito el Microcentro busco las máscaras. Trato de detenerme en la belleza de las molduras, en esos pedazos de cemento con gusto a recuerdo.
