Eider Rodríguez
Era todo el mismo hueco
Random House
152 páginas
POR SANTOS SANZ VILLANUEVA

Aunque tengan un valor solo relativo y circunstancial, resulta interesante atender las observaciones que hacen los escritores acerca de su propio trabajo. Aficionado como soy a anotarlas, dos suelen repetirse en mis apuntes, entre los narradores, relativas a los requisitos que apuntalan el acierto de su oficio. Una se refiere al tono que exige el tratamiento de un concreto asunto. Otra señala como factor decisivo atinar con la medida requerida por el desarrollo de la anécdota específica. Ambos elementos —tono y extensión— son las decisiones de escritura de la periodista y profesora Eider Rodríguez (Rentería, Guipúzcoa, 1977) en Era todo el mismo hueco que producen el efecto muy positivo de este conjunto de seis relatos.

El tono consiste, en Eider Rodríguez, en aplicar con rigor una poética de la sencillez, que se revela tanto en la trama argumental, libre de sobresaltos anecdóticos, como en la prosa, un estilo fácil, pero no falto de expresividad, no retórico y de frase corta, conversacional, que busca un efecto comunicativo; algo así como establecer un diálogo con el destinatario del relato. La extensión de las narraciones anda entre la cuarenta y la veintena de páginas, es decir, algo más que la común en un cuento y algo menor que la de una novela corta. No son cuentos ni nouvelles, sino una flexible medida intermedia que permite abarcar bien la peripecia, sin quedar corta ni explayarse en prolijidades.

Otro acierto del libro, quizás el capital, se debe a la unidad temática de los relatos, bien diversos por sus respectivos contenidos anecdóticos. Nada tienen que ver, por fijarme nada más en las dos primeras piezas, las pulsiones eróticas de una pareja que derivan en un trío («Canícula») con las andanzas rebeldes de dos jovenzuelas más alocadas que antisistema («Mares y ruinas»). Pero en ellas, y en las restantes, vibra un acorde común, un sentimiento de insatisfacción o descontento, por decirlo con términos semánticamente laxos y no del todo precisos.

El descontento vital de los protagonistas de los relatos —en su mayoría mujeres que otorgan un papel poco más que suplementario a los hombres— anda entre la expresión de un sinsentido existencialista de la vida y la manifestación de una queja furiosa o impotente por el fracaso vital. Soledad, tristeza, desaliento o resignación marcan a los personajes. Todo ello tiene una impronta de actualidad, de estar condicionado o determinado por formas de vida o por la mentalidad de hoy día, con gran peso de las mudanzas habidas en la admisión social del sexo y de sus diversas variantes (del amor libre a la homosexualidad), pero a la vez remite a pulsiones intemporales. No creo que Eider Rodríguez conozca una de las últimas novelas de Pío Baroja, Laura o la soledad sin remedio, historia de una chica que lo tiene todo, encandilado marido y dinero, y siente con desesperación lo que señala el título. Rodríguez recrea en «Lecciones de buceo» una idéntica desazón que mezcla pena, aburrimiento, malestar, hastío, apatía…, sin remedio y sin razón. «Era eso, tedio. Un tedio antiguo», confiesa la desconsolada protagonista. Tan hiperestésica ésta, Elena, como la Laura barojiana, Rodríguez retrata una soledad metafísica que alcanza lo peor posible cuando, un paso más allá de su «tristeza dulce», se queda a solas con su conciencia.

Esta múltiple incursión en enfermedades del alma no requiere grandes ni aparatosas tramas argumentales. Podría Eider Rodríguez haber recurrido a ellas, pero más que utilizarlas, las evita. Su planteamiento reside en plasmar sucesivas tranches de vie, reflejos de vida común. No cultiva en estas estampas el drama que subyace en la cotidianeidad a la manera de Carver y los amigos del realismo sucio, sino un realismo más depurado, menos efectista, ese en el que fue maestro Ignacio Aldecoa. Además, al igual que su paisano, Rodríguez muestra el trozo de vida en toda su pureza, en un puro recorte del continuo inalterable de la existencia que desemboca en un rasgo distintivo de los relatos, la falta de desenlace. Desdeña el final sorprendente, durante mucho tiempo piedra de toque de un buen cuento, no cierra la historia, o, como máximo, deja un final abierto a una incógnita del futuro, que no será mejor que el presente, como sucede en el citado «Lecciones de buceo».

Era todo el mismo hueco supone una muestra relevante de narrativa intimista, muy acorde con una de las tendencias dominantes en la reciente prosa narrativa hispanoamericana. Mucha inanidad hay en esta moda que con frecuencia oculta una falta de capacidad imaginativa y fabuladora. Pero Eider Rodríguez se mete en ello pertrechada con una fortaleza introspectiva notable, la que ya demostró no hace mucho, un par de años, en Material de construcción, a la que alude en el relato «Corazón de pato». No deja de ser notable que en una escritura poco narcisista como la de estos relatos, la narradora del relato recién citado, escritora, se refiera a la «novela de no ficción» sobre el padre alcohólico y nos permita identificar al personaje con la propia autora. Este caso de autoficción revela que Rodríguez tiene una notable experiencia en la exploración de conciencias cavilosas y que la aprovecha con buenos frutos en la incursión intimista. De ahí la sensación de autenticidad de las resquebrajaduras mentales de los personajes.

El intimismo no es incompatible, por otra parte, con el valor testimonial de los relatos. No faltan documentos de actualidad. Destacan, en especial, referencias a las dificultades económicas y a la precariedad laboral. Varios personajes están en paro, los ha despedido su empresa y andan incluso a punto de concluir el subsidio correspondiente. No me refiero, sin embargo, a esta clase de datos, sino a un testimonio más genérico. Se trata de un documento que refleja la insatisfacción moral de época, un malestar crónico ante una realidad deprimente que produce abatimiento. Un no saber, como le ocurre a Ixabel en «Canícula», «por qué desagüe se derrama la vida». Una desgana causada por no tener «sueños especiales ni fracasos relevantes». Una imperiosa necesidad de encontrar un refugio privado (calco en una situación corriente de la famosa habitación propia necesaria para escribir), un refugio intransferible, el que con denodada energía excava la narradora de «El agujero» en el subsuelo de la terraza de su vivienda. La renuncia consciente a alcanzar una vida más plena y la desesperanza por conseguirla cargan los relatos de fuerza emocional, de una fuerte intensidad emotiva.

Pone Eider Rodríguez mucho cuidado en decantar sus historias de materiales advenedizos a la sustancia de lo que narra. Como mucho, se concede el gusto de ampliarlas con materias añadidas. Así ocurre al agregar en varias piezas observaciones sobre literatura, nada pretenciosas, por otra parte, y de comedido culturalismo. El escepticismo acerca de la literatura del que se habla en «Canícula» cuadra bien con la atmósfera mental de los relatos: la literatura es, sostiene la protagonista, un engaño como la vida. También funcionan como oportunos añadidos los pensamientos que los personajes deslizan en la narración. Y amenizan la historia ciertas situaciones pegadizas que añaden un plus humorístico a un libro que anda algo corto de este registro.

No en todas las narraciones se respeta debidamente, sin embargo, la exigencia indicada. La última, «El cráter», presenta la dura historia de la situación terminal de Fani, enferma de cáncer a quien acompaña en esa tremenda circunstancia Nekane, su mujer y pareja desde tiempo inmemorial. El patetismo del episodio vuelve a la cruda prosa cotidiana en el desenlace, cuando, tras evocar el antiguo activismo por causas sociales que las fundió desde antaño, sale a relucir la pensión de viudedad que le corresponde Nekane. El relato tiene demasiados flecos ejemplificadores, incurre en simplificación maniquea de las protagonistas y de los personajes complementarios, y en él la propaganda asoma la oreja. Era todo el mismo hueco habría ganado en intensidad —en «verdad», término al que la propia obra apela como objetivo artístico— sin este sexto relato último.