POR CLAUDIA APABLAZA

1. En su texto «La teoría de la bolsa como origen de la ficción», publicado en Dancing on the edge of the world (1989) la escritora norteamericana Ursula K. Leguin relaciona su manera de acercarse a la ficción como una recolectora, una mujer que va ingresando objetos a una bolsa o saco, así como se recolectaban los alimentos en el Paleolítico, el Neolítico y la Prehistoria. Relaciona la novela con este ejercicio y lo que en «… la forma natural, apropiada y adecuada de la novela podría ser la de un saco, una bolsa. Un libro contiene palabras. Las palabras sostienen, acunan las cosas. Tienen significados. Una novela es un atado de medicinas que mantiene las cosas en una relación particular y poderosa entre ellas y con nosotros».

2. Gonzalo Maier en su libro Cuando cumplí cuarenta menciona la dificultad que tiene para escribir novelas, novelas largas y por qué escribe breve y en fragmentos. «… para resumir por qué me cuestan las novelas, es que en algún momento me subí al DeLorean que viaja en el tiempo, y sin darme cuenta, me fui a vivir al comienzo de la modernidad, ese momento en el que la literatura, como diría Marc Fumaroli, era un susurro a pie de página más que otra cosa».

3. El crítico y académico brasileño Antonio Candido, en su conferencia Romanticismo y modernidad, dictada en México el año 2005, hizo la diferencia entre el fragmento fingido, el fragmento alemán y el fragmento francés.

El fragmento fingido es tal como dice el nombre, un fragmento que no es tal, sino más bien un texto interrumpido por puntos suspensivos, pero que está completo en sí mismo. Es una forma arbitraria de cortar un texto para que parezca un fragmento.

Por su parte, el fragmento alemán nace cuando Novalis determina que ante la incapacidad de la palabra surge el uso de este recurso que deja implícito todo lo esencial de un texto.

Y por último, el francés, y tal vez el más interesante, propio del siglo XX, que manifiesta su cualidad de sugerente porque despierta la imaginación del lector y rehúsa el discurso pleno.

4. A lo largo de los años también he ido creando mis propias teorías para cuando me preguntan por qué no escribo novelas largas o por qué escribo en fragmentos, teorías que van desde lo más irracional a lo más elevado, de lo más intuitivo a lo más intelectualizado, y de lo académico a lo visceral. En esos viajes por las respuestas y las teorías he descubierto, aparte de excelentes autoras y textos como el de K. Leguin, que no tengo una respuesta clara, solo acercamientos según la situación exacta en que me lo preguntan y sobre todo qué libros estoy leyendo en el momento en que viene esa pregunta que, más que cualquier cosa, me produce inseguridades, como si estuviese haciendo algo malo, algo indebido, una suerte de condena por no haber logrado algo tan apetecido en la escritura como lo es escribir largo y lineal, sin interrupciones y sin titubeos, como si la vida fuese eso, una gran sábana blanca o mantel cuadrado, recién planchada, sin ningún tipo de arruga o bache.

5. La pregunta acerca del fragmento no es inocente. Se basa en una prohibición o en una especie de condena. Es una pregunta que trae tras de sí toda una carga moral que busca mostrarte o señalarte con alguna incapacidad para aquello más apetecido que es la novela larga, el texto lineal y redondo. El contrapunto al imaginario de toda esta comunidad de escritores y lectores que preferimos ese otro lado, ese párrafo que se interrumpe, esas palabras que pueden llegar a ser incluso un par de líneas en una página, interrupciones constantes, como en el libro La filial de Matías Celedón:

«Interrumpo mis labores

cotidianas para dejar

constancia».

6. Cuando pienso en la parte visceral de esta escritura, en ese goce que experimento al escribir pequeños párrafos guiados más que por una lógica por un placer estético, podría de inmediato remitirme y apoyarme en las ideas de Barthes y a Kristeva, al primero con su «goce y placer el texto» y a Kristeva con «el goce y la significancia» que produce la escritura como tal y esa pérdida de identidad y límites, lo asocial, pero a veces quiero ir más allá de los conceptos para explicar esas inclinaciones a este tipo de escritura y lectura. Ir más allá de las ideas y teorías que he ido metiendo en una bolsa para sobrevivir en entrevistas, doctorados, congresos y papers.

7. Porque como Macedonio Fernández, ese gran autor que solo conseguía escribir en fragmentos, o que escribía libros llenos de epígrafes, de notas al pie y todo lo que rodea al texto menos el texto, ese autor que llenó mis estanterías cuando adolescente, autor de Museo de la novela de la Eterna, Papeles de Recienvenido, Continuación de la Nada y Adriana Buenos Aires, entre otros, a veces también incluso fantaseo con que la página ya no sea ni siquiera un fragmento, sino que una larguísima página en blanco, donde no hay nada, donde ya nada aparece entre páginas y páginas. «Le di al Editor en un solo libro 10 oportunidades de páginas en blanco: quedó tan enamorado de esta liberalidad con él que, metido en ánimos, previno a toda su clientela que su imprenta no aceptaba sino libro con 10 o más páginas en blanco».

8. O incluso podría decir que escribo según las cosas que leo y cómo las leo. Esos saltos que damos de un texto a otro, de abrir una página y cerrarla a los minutos, doblar sus puntas para seguir el camino que nos lleva a otro texto y luego a otro y otro que está también sobre nuestra mesita de noche junto a miles de cachureos y tazones. O cómo, cada semana, cuando me acerco a la librería que tengo más cerca de casa, la librería Sin Tarima, ubicada en la calle Santa Magdalena, cerca del metro Antón Martín, y ante un mesón lleno de novedades, llena de best sellers, novelas larguísimas recién estrenadas de editoriales españolas con tapas brillantes y dragones rojos llenos de fuego en sus espaldas, solo aparecen ante mis ojos esos libros mínimos, esos libros minúsculos que abro, cierro y disfruto a velocidades inusitadas, como por ejemplo Vida de Horacio de Mercedes Halfon, una autora potente y adicta al fragmento, y que en este libro cuenta la vida de su padre y las conversaciones que sostuvo con él durante años; o el libro De Monstruos y Cyborgs de Margarita Saona, donde la autora peruana narra en fragmentos la enfermedad congénita que padece, una Tetralogía de Fallot; o Soy Harold, de la argentina Daniela Demarziani, ese libro que narra en pequeños trozos la vida de una extraña traductora, sus recuerdos, apuntes y notas al pie.

9. Aunque, ojo, también he leído novelas larguísimas fragmentadas. Una cosa no indica necesariamente lo contrario. Por lo que es necesario, en esta larga lista de números y de respuestas tentativas, abrir un pequeño paréntesis y hacer ahora esta distinción.

Por lo general encontramos textos fragmentados muy breves como por ejemplo La lección de música de Pascal Quignard, ese libro de relatos en el que indaga en la vida de tres personajes y la música y la voz: «El coito de la rana dura entre tres semanas (eyaculación precoz) y cuatro semanas. Sándor Ferenczi decía que de esta manera la rana prolonga el sueño de una regresión, 12 por así decirlo, ininterrumpida, en dirección a la cloaca materna. Añadía que era preciso colocar a las ranas muy por encima de nosotros en la escala de los seres, y reverenciar, como si de diosas se tratase, a estos pequeños antropoides verdes cuyo espasmo se prolonga por espacio de un mes y provoca la envidiosa admiración de los hombres».

Aunque también podemos encontrar textos con más de quinientas páginas pero escritas en fragmentos y algunos dibujos, como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. O incluso llegar a pensar, si pensamos el fragmento como una parte de un todo mayor, podríamos incluir acá esa novela río de Juan Emar, Umbral, ese proyecto de más de 4000 páginas que se publicó en 1996 en cinco tomos, que pueden ser considerados cinco fragmentos de ese todo mayor que es Umbral. Porque el fragmento tampoco está medido con regla, ni por cantidad de palabras, es más que nada una parte de un todo que sostiene.

Ahora bien, siguiendo e indagando más en esta idea, recuerdo que años atrás fui a la Biblioteca Nacional de Chile cuando hacían esa venta de bodega en alguno de sus hermosos jardines. Merodeábamos por ahí solo los adictos a Emar, mientras podías comprar por una ganga algunos de los tomos de Umbral. Tapas naranjas, sin dibujo alguno. Los vendían a ese precio porque al parecer faltaban algunos tomos, y te quedabas sin leer más de mil páginas incluso entre un tomo y otro. A pesar de todo, los vendían y los adictos los comprábamos y los leíamos, porque los vendedores también sabían que vender tomos sueltos no tenía demasiada importancia al fin y al cabo, ya que un tomo estaba cerrado en sí mismo y tenía un número independiente y solitario, como una parte, o no, de ese gran todo mayor.

10. Incluso deberíamos pensar en cuánto tiempo nos demoramos en escribir un fragmento. Qué hacemos durante esas horas. A qué nos dedicamos. Cuánto tiempo debemos reflexionar en él para darle coherencia y cierre.

En mi caso, por lo general, me demoro días. Abro un archivo, merodeo, merodeo, doy vueltas entre las cosas de mi hogar. Me preparo un pan con queso, abro el microondas, lo meto dentro y el queso se derrite, me lo como, luego voy a lavarme los dientes, me doy una ducha o me pongo a limpiar el lavamanos. A veces salgo a caminar o a hacer la compra. Leo un libro de Mary Oliver y los perros, Dog Songs; un artículo de Vicente Luis Mora; un poemario de Mary Ruefle, Por qué no beso bien; Gozo de Azahara Alonso; Mudanza, de Verónica Gerber; o rememoro esas escenas que se me vienen de Gerber paseando por los pasillos de la universidad, de cuando estuvo en Chile hace algunos años, invitada por la Universidad Católica a hablar de la potente relación que ella establece entre imágenes y escritura.

Luego de dar muchas vueltas, de editar, de comer, bañarme, sentir altos y bajos en los estados anímicos, a veces aparece una frase y la agarro con el puño abierto para que no se me escape. La agarro con fuerza, pongo guardar, me pongo feliz, eufórica, lo he logrado.

11. En el libro Por qué no beso bien, la escritora norteamericana Mary Ruefle inicia el texto con un pequeño ensayo acerca de los comienzos llamado así mismo «Sobre los comienzos». Es un texto breve en que analiza los comienzos y los finales de los poemas, tema que siempre los narradores intentamos poner en la palabra. ¿Cómo terminar la novela? ¿En qué momento termina? ¿Cuándo cortar un texto? ¿Acaso me la tiene que quitar de las manos el editor?

En uno de los apartados, Ruefle cita a Paul Valery, que habla en algún momento de su obra en relación a los inicios de un poema, o cómo comienzan. Valery dice que los poemas no se terminan, sino que «simplemente se abandonan». Seguro todos hemos abandonado muchos textos en ordenadores e incluso en nuestras cabezas.

Años atrás, abandoné seis cuadernos de mis primeros poemas de amor adolescentes en un tacho de la basura en el pasaje Quirihue, en Ñuñoa. Otra vez abandoné novelas enteras en computadores que vendí o regalé. Abandono textos en este mismo compu que escribo esto. Les pongo delete incluso. Tengo carpetas con nombres y en esas carpetas miles de versiones de los textos que siempre estoy olvidando, por si en algún momento logro retomar o reciclar.

Los fragmentos también podrían ser eso, textos abandonados por sus autores en alguna página en blanco. Textos que no se cierran sino textos que se interrumpen y se abandonan cuando estamos sobre ellos, como si tuviésemos miedo de seguirlos, de continuar en ellos, como armas cargadas, como si quisiéramos huir y dejarlos por su alto grado de peligrosidad.

12. La memoria se agolpa. No funciona de forma lineal. Golpes, límites, recuerdos, mezcla, atemporalidad. En los textos, todo funciona así mismo, todo funciona igual.

13. Además, bien sabemos que la infancia siempre está lejos de las explicaciones cuando hablamos de la escritura, pero aquí también podría ser una respuesta a esta difícil pregunta.

Mi hija de 7 años deja suspendidos recuerdos en el aire cuando me habla acerca de su infancia y sobre todo cuando quiere saber más de cuando era un bebé. Hace la pregunta, le doy mi respuesta y nos quedamos con ese fragmento en nuestra retina y nuestras memorias y ya no se sigue hablando más del asunto.

«Mamá, ¿qué tipos de verduras me gustaba comer cuando tenía un año?

Zapallo, papas y acelga

¿Pero de verdad me gustaban?

Sí, te encantaban.

¿Y cuántos me comía al día?

Dos».

Si pienso en los siete años de un niño, podría pensar en cómo la antroposofía divide la vida en septenios. Ven en el primer septenio de vida el paso de la primera a la segunda infancia y cómo deben comenzar a hacerse cargo de su vida social y emocional de forma independiente.

Entonces, la vida de mi hija podría pensarla así, como terminando el primer septenio de su vida, haciéndose cargo de su vida social y emocional, pero prefiero no mencionarlo así como lo hace la antroposofía, y decirle de otra forma, decirle más bien la edad en que se dejan suspendidos los fragmentos en el aire.

14. También me gusta pensar el fragmento como algo político. Algo más allá de todo ese placer estético que me lleva a escribirlo.

Estos últimos días de marzo pasé unos días en Italia, en Milán y Turín, presentando mi último libro. En varias de las presentaciones me preguntaban por qué Historia de mi lengua está escrito en fragmentos. Qué diferencia hay entre el fragmento en Latinoamérica y la novela extensa española. 

Pero la respuesta siempre estaba entre líneas en las personas que me lo preguntaban. Ellas siempre me llevaban a que enunciara lo que ya estaba en sus cabezas y que no se atrevían a pronunciar fuerte del todo. Ambas lo sentíamos a ratos, pero faltaba que alguien lo dijera en voz alta: «La escritura fragmentaria que se da mayormente en Latinoamérica, es la escritura del roto, del quebrado, del colonizado. La escritura lineal y totalitaria, que se da mayormente en Europa y Estados Unidos, es la escritura del colonizador». 

Cuando lo dije, un hombre que estaba en primera fila me miró desconcertado. De pronto se levantó de la silla y salió.

15. Ya arriba de este avión de regreso a Madrid y con el evidente miedo a no llegar a buen puerto, a ser un fragmento de mí misma de un momento a otro, un fragmento que vuela por el aire y desaparece, vuelvo a desear seguir escribiendo los párrafos que quedaron sin entrar en Historia de mi lengua. Abro la libreta de notas. Creo que el que más me ronda a diario y que no apunté en el libro e incluso me atrevo a decir que es el más importante de todos, es aquel texto en que digo que todo esto de los fragmentos comenzó el día exacto en que pasé de vivir en San Francisco de Mostazal a Rancagua, por allá por el año 1986. De un pueblo de 5000 habitantes a uno de 300.000. De una escuela rural cerca de casa, a la que llegaba a pie, a una escuela bilingüe en el que debía llegar en bus escolar. Una escuela donde me obligaban a ratos a hablar inglés y olvidar la lengua materna. Donde, a mis 8 años, mi cuerpo se vio interrumpido y quebrado por ese viaje desde un pueblo a una ciudad enorme. Cuando se abrió la brecha. Cuando mis palabras se alejaron de forma definitiva y para siempre de mi infancia.

16. Y por último, también estos días he pensado que cada uno de los espacios de mi casa también son fragmentos. Digo esto a propósito a que uno de los maestros del fragmento, Georges Perec, en su libro Especies de espacios, dedica un capítulo a su cama, desde lo que observa desde ella hasta cómo viaja y sueña al fondo de ella: «Pasamos más de un tercio de vida en nuestra cama./ He viajado mucho al fondo de mi cama».

Y como soy seguidora de Perec, también pienso en los fragmentos de mi hogar. Pero más que pensar en una cama, voy directo a poner mis pensamientos en el sillón rojo en que ahora mismo estoy tecleando todo esto. Al principio lo usaba solo para sentarme a descansar por las tardes. O si venían visitas, siempre lo prefería al blanco que está al frente, uno de felpa, más grande y de seguro de una tienda sofisticada. Luego comencé a usarlo para leer por las mañanas. Comencé a encontrar en este espacio el lugar donde podía hacer mi vida. Incluso ahora mismo puede que se transforme en mi propia biblioteca. Cada una de sus puntas está con cerros de libros que se caen cuando duermo o cuando me alimento. A ratos me mudo a dormir a este sillón. Dejo mi cama matrimonial para encerrarme de lleno en este pequeño espacio, en que almuerzo, duermo, leo y escribo, como si fuese un gran piso lleno de comodidades. También traslado parte mi ropa desde el armario a este sillón. En una de las esquinas dejo mi pijama y en la otra la ropa del gimnasio. Tengo una manta y las sábanas, que por el día las escondo detrás, en una caja, y luego las saco por las noches, cuando me acuesto.

A veces he intentado entender por qué me traslado a este sillón. Primero, evidentemente me vendrán las teorías del cuarto propio y demás. Por supuesto que es una de las razones. Pero también la luz que llega a este espacio me calma, me protege. Las otras habitaciones están inundadas de una luz que violenta, en cambio, esta calma, silencia. Tercero, el habitar este espacio realmente me ha permitido escribir con total libertad, porque acá nadie llega, nadie espía lo que escribo y puedo reírme a mis anchas de mis ejercicios sin sentido y mis textos que se interrumpen sin más. O incluso, y para terminar, este sillón también es mi isla, es sin duda, una forma de habitar y dormir en el fragmento más apetecido del hogar.