POR MARÍA DEL MAR RAMÓN
Fotografía del Bar de Rodney.

Es febrero y parece que la avenida Sarmiento estuviera a punto de derretirse. El calor en Buenos Aires aumenta la tensión en lugar de disiparla. Hay algo en el aire, quizás la humedad, quizás la luz, quizás la tradición de que la poca ropa facilita el conflicto. En la ciudad el verano tiene la mecha corta. Dos hombres, uno alto con una musculosa violeta y otro más bajito, se reclaman por un lugar para estacionar en la esquina con Mario Bravo. Un viejo de una ferretería los mira con desgano, sin sorpresa, con aburrimiento. El reclamo continúa por más de dos minutos. No se acercan, pero tampoco se van. El hombre más bajito, de camiseta negra, suda. La frente le brilla. Tiene un gesto de ansiedad, quizás un poco de miedo ante la altura de su contrincante, pero sin duda ferocidad. Es que hace mucho calor. Ya no se habla del lugar para estacionar. «Sos un boludo a pedal», dice el alto. «Andá a lavarte el orto», responde el bajo. El intercambio ha durado tanto que el ferretero se baja las gafas hasta la punta de la nariz para ver mejor. También salen de la verdulería de la esquina, dos muchachos peruanos y una señora. Todavía tienen acento. La señora les avisa «vete a mirar que están peleando». Brillan unas cerezas que también atestiguan la gresca. El hombre de la musculosa violeta duda menos, levanta la voz, se acerca al otro. «¿Qué no ves que iba yo? ¿Dónde te dieron el registro?». El grande manotea y el chiquito debe tomar la decisión crucial al responder, acercarse, dar el paso, insultar. «En la casa de tu vieja me lo dieron». Todo está dicho. Salen los muchachos y la verdulera, el ferretero se asoma por la vidriera, los hombres se acercan, el sol brilla en todas las superficies hasta encandilar. Son las ocho de la noche, aunque es de día. Los aires acondicionados gotean sobre la vereda de Sarmiento como si estuviera lloviendo. Uno parado frente a otro se miran, y así, sin más, ambos se dan vuelta y se suben vociferando a sus respectivos autos. Nadie estaciona. La tarde sigue. El ferretero vuelve a entrar. La mujer y los dos muchachos se quedan arreglando las frutas expuestas sobre Sarmiento y Mario Bravo hasta las nueve, que es hora de cerrar.

PRINCIPIOS

Antes de la fotografía, del daguerrotipo, de la imagen en serie, un tal Fox Talbot estaba convencido de que debía existir una manera de capturar el espíritu de las cosas. En esa experimentación llega a los haluros de plata, que después devendría en lo que conocemos como fotos hoy en día. La pregunta, más bien metafísica, me persigue sobre Buenos Aires. Podría decir que he pasado los últimos trece años, seis meses y veintidós días tratando de descifrar cuál es su esencia. Podría decir que esa ha sido la misión más importante de mi vida adulta.

Calle Corrientes (de noche y de día)

Ahora la calle Corrientes duerme. Las luces de las pizzerías locales, todas diferentes, todas centenarias, han ido cambiando por luces también pero de cadenas. Nada es tan singular por estos tiempos. Brilla en la esquina de Corrientes y Montevideo un local de Kentucky, cuyo estilo cambió hace un par de años del clásico y tradicional logo por una imagen más importada, casi gringa, de la pizza. Al lado de ese nuevo local for export se encuentra, sin embargo, el teatro San Martín, con el cartel lleno, la arquitectura impresionante y gente haciendo fila un miércoles a la noche para asistir a una nueva versión de Hamlet. Es mucha gente, que se cruza con otras filas que también esperan en otros teatros para ver otras obras. Un hombre hace maní garrapiñado en una olla de cobre, el olor contrarresta el nuevo aroma a pis que tiene la avenida. La gente espera. Un muchacho pinta la cara de Messi con tizas en el pavimento. Corrientes es peatonal la mayoría de las horas del día. La precisión con la que Messi besa la copa es casi premonitoria. Una niña, con sus padres, se acerca a tomarse una foto al lado del retrato. Ella tiene otro acento, uno que se parece más al mío. Seremos las dos de Colombia o será venezolana. No importa, Messi es para todos. Después de Montevideo, bajo un techito que sobresale, una familia está a punto de conciliar el sueño en plena calle. Sobre unos colchones con cartones. La hija de la familia, una niña de unos cuatro años, también quiere ver al Messi del asfalto. Hay un instante en el que las dos criaturas contemplan el dibujo a tiza. Después cada una seguirá su rumbo. Es entre semana, apenas acaben las obras de teatro, los cines, los comensales trasnochados, los turistas desprevenidos, la calle se apagará. Ya nada dura veinticuatro horas en la ciudad de Buenos Aires.

CARNE

Rivadavia es una avenida ancha que, podría decirse, inaugura el sur de la ciudad. Tengo la sensación de que no tiene edificios demasiado altos y que, si los tiene, están democráticamente separados unos de otros para dar la impresión de que la avenida conserva una línea más baja, menos amenazante, más horizontal. Un camión se detiene del lado izquierdo de la avenida. Estaciona en doble fila, pero nadie le reclama. Del camión baja un muchacho fornido al que instantes después otro, que todavía está arriba del auto, le ayuda a encajar media res sobre la espalda. Lo que cruza la calle es el hombre con media vaca en los hombros. Lo que atraviesa Rivadavia es más un minotauro que un muchacho: un animal mitológico con piernas humanas y torso de bovino. Cuando deja la media res con esfuerzo en la carnicería que está del otro lado de la avenida, recibe un vaso de agua de la chica que atiende la caja. Se sienta, el antes minotauro, en el cordón de la vereda. Prende un cigarrillo mientras respira. En la nuca tiene tatuado en cursivas el nombre Juan.

PORTEÑAS

En 1928 Roberto Arlt empezó a publicar las Aguafuertes porteñas. Después, en 1933, la editorial Victoria las publicó en el mítico libro que lleva el mismo nombre. ¿Habrá querido Arlt capturar la esencia de Buenos Aires narrando esas imágenes de una ciudad? ¿Lo habrá logrado? ¿Qué conclusión queda del espíritu de una ciudad bestial, salvaje, brutal y bella? ¿Por qué nadie puede llegar a una síntesis diminuta, a un haikú porteño? ¿Por qué lo que amamos y odiamos, lo que padecemos y gozamos, siempre es tan difícil de capturar?

AMISTAD

Es o primavera u otoño. Uno de esos días que se parecen entre sí aunque estén en extremos opuestos de un mismo año. Harán 19 grados. El tiempo es hermoso: no llueve, no hay tanta humedad, el viento corre sereno por la ciudad. Me acerco a Retiro. En Retiro siempre hay un par de grados arriba, es una sensación y también una certeza. Todo sucede demasiado rápido. Me cuesta mirar con atención. La estación de trenes hermosa e imponente, francesa y coqueta construcción. La estación de ómnibus tan genérica y miserable: una torre de hormigón gris, verde y triste. Todo converge en Retiro. Hay muchas ciudades posibles en un par de cuadras. Hacia «arriba» (Arroyo, Esmeralda), las calles más bellas y ricas de la ciudad. Hacia «abajo» (cruzando Sarmiento), la Villa 31 y la velocidad. El olor a chipá que sale de los puestos ambulantes y el olor a torta asada que despide una parrilla improvisada fuera de la estación. Los gritos de los vendedores: chipá chipá, jamón jamón, sánguche sánguche. Ocupa casi toda la vereda un grupo de seis jóvenes. Son cuatro chicas y dos muchachos. Ellas vestidas de negro, con sus blusitas pegadas que dejan ver sus ombligos, los pelos lisos y crespos, las piernas turgentes, botas hasta las rodillas. Es un look que usarían en cualquier estación. Las jóvenes son inmunes a los cambios de temperatura. Van riéndose en una carcajada limpia. Las chicas mandan a los dos muchachos. Las chicas mandan la ciudad. No escuchan a los vendedores, no ven a los desubicados que las miran. Son ellas jugueteando con su pelo, sin peligro, ni frío ni calor. Una mira hacia atrás y ralentiza el paso. El grupo sigue en su ánimo, pero un poquito más despacio. Es casi imperceptible, tan sutil. Tan elegante. Rezagado del grupo va el segundo muchacho. Lo veo en muletas primero y después bajo la mirada, hasta ver el muñón. El chico ríe con sus amigas y su amigo. Ninguna lo trata con condescendencia. Ninguna menciona siquiera que hay que ir despacio porque su amigo ahora no tiene una pierna. Solo construyen la normalidad a su alrededor, con tanta fluidez que no hace falta enunciarla; sin esfuerzo, sin nada más que la naturalidad de ese amor. Se pierden en la calle y el vacío que dejan lo llena un joven que grita que vende morrones, ajos y cebollas, mientras exhibe unas bolsas transparentes rellenas de verduras cerradas a presión.

SIEMPRE ASÍ

¿Pero usted conoce a este muchacho?, pregunta un policía inquieto

No. Ni hace falta que lo conozca. Yo ahora lo represento y vos me tenés que decir cuál es la infracción que cometió porque soy su abogada.

Es la estación Carlos Gardel del subte B, de mañana. La mujer que habla todavía tiene el pelo mojado. ¿Irá al trabajo?¿Vendrá de su casa?¿Vendrá de dejar a niños en un colegio o solo se habrá levantado y habrá venido a este subte, tan rutinario, tan común? ¿Será feliz? Aquello parece no importar. La policía ha detenido a un muchacho que vendía alhajas a la entrada del subte. Es de Senegal porque habla un español afrancesado y precario. Es de Senegal porque desde hace un par de años hay muchos compatriotas suyos injustamente hostigados por policías de la ciudad. Habrá llegado hace poco. La mujer dice que no lo conoce, no tendría por qué conocerlo, pero no parece tener ánimos de permitir la arbitrariedad. Se suman a ella otro par de jóvenes: una chica con media cabeza rapada junto con su amiga y un muchacho más grande que ellas, pero menor que la primera protagonista. Le dicen a la policía que aquello no se puede, que cuál es la contravención, que no pueden llevarse al hombre. El sujeto mira sorprendido, conmovido y aterrado. Ya la gresca no es con él sino de la policía con las muchachas, el joven, y un grupo de curiosos que participan del asunto.

—Si te lo llevás nos llevás a nosotros —dice la chica.

—Ratis tenían que ser, siempre así con la yuta, ¿eh? —alega el muchacho.

El tumulto arma un escudo frente al joven senegalés, que trata de aferrarse a su mercancía. El policía aleja a la multitud, pero no le dan tregua. Habla por el radio teléfono, pero no dice nada. Se abruma y, sobre todo, se aburre. Ni es tan grave lo del joven, ni va a jugarse el día por eso.

—Bueno, che, vamos calmándonos —dice, y le hace un gesto a su compañera para que se vayan caminando hacia atrás, como si fueran ellos también transeúntes en la ciudad de Buenos Aires, como si ellos también se hubieran acercado a mirar. Desaparecen de la escena de un minuto a otro. La mujer del principio le dice adiós al hombre de Senegal, que no tuvo tiempo de presentarse y prefiere no hacerlo antes de que vuelva la policía. Los jóvenes ya se han ido. La mujer se sube al vagón. Ojalá no llegue tarde a donde va, pero es imposible saberlo.

UN BAR ES UN BAR

Todas las mañanas la esquina de Billinghurst y Guardia Vieja se asemeja a un enjambre de abejas. Son los taxistas, que van religiosamente entre las 10 y las 12 del mediodía. Entran y salen del bar; los que fuman se hacen en las mesas de afuera. Los otros, en la barra, sin sentarse. Hay sillas, pero prefieren estar parados. Ojean un periódico con hojas arrugadas. Se piden dos medialunas de grasa y charlan en una lengua que se me escapa. Es un acento tan profundo, tan cerrado, tan íntimo, que muchas veces creo que es más bien un idioma: que tiene fonemas, morfemas y sintagmas propios. Ríen estruendosamente. Ríen y saludan. Entran unas señoras, dos jóvenes que van a leer a una mesita al lado de la ventana, y los taxistas repiten el ritual. Una mujer de unos rulos rubios se para en la barra también y hace uso de esa lengua singular. Intuyo que son tres temas los que suceden la charla: fútbol, actualidad y política. Últimamente las tres cosas están estrechamente vinculadas. Todo sucede en los mismos programas. El hombre detrás de la barra charla y ríe con ellos mientras fajina unos vasos con un trapito al hombro. La conversación eleva el volumen, pero siempre se mantiene dulce, extrañamente dulce, ridículamente amable. Piensan distinto sobre todos los asuntos, se hacen bromas, hablan más rápido y oscilan entre la indignación, el cinismo, la tristeza y la resignación con sorprendente velocidad. A las doce la reunión va diluyéndose por falta de comensales. El último hombre en pie le dice al que atiende:

—Y, viste cómo es, el país se va a la mierda y aun así sigue.

—Los países no cierran —responde el hombre, antes de despedirse.

EL ESPÍRITU

El escritor Juan Cárdenas dijo una vez en una charla en el Bar de Rodney, que estaba convencido de que cada ciudad alojaba, en su corazón, a otra. Que el espíritu de otra ciudad, la búsqueda de mi vida y de este texto, no es más que el encuentro con una diferente. Que las ciudades que conocemos son cascarones para otras que arman sus estructuras. Él decía, no sin gracia, que creía que Asunción era el corazón de Buenos Aires. Hay Paraguay en Argentina, sin duda. No por motivos migratorios o históricos, sino por un pulso peculiar que tienen las urbes y su forma de habitarse. No conozco Asunción, no puedo confirmar, pero me gusta esa idea: que una ciudad, en realidad, esconde otra. Me gusta también en la literatura: que un texto al ser de un tema, en realidad busca hablar de otra cosa.

LA TOTALIDAD DE LA CALLE

En Buenos Aires cuando alguien tiene sed, desconocidos le dan agua. Lo he visto pasar en marchas, partidos de fútbol, conciertos y con señoras desmayadas en la calle. En Buenos Aires pareciera que cuando a alguien le hace falta algo, otros se reúnen para encontrarlo. En Buenos Aires, en el espacio público, las personas se ordenan con precisión automática. No hacen falta indicaciones externas ni autoridades: los porteños nacen sabiendo moverse entre cientos por la calle sin que nada peligre, sin que nadie se hiera, sin que nada se descontrole. La calle de Buenos Aires es una unidad viva de la que todos hacen parte. Celebran un gol sacando la cara por las ventanas, esperando encontrarse con otras voces. La calle une, todavía, lo que la casa rompe. La calle unifica, aún, lo que lo privado segrega. Sobre Álvarez Thomas, el infame 25 de noviembre del 2020, un muchacho lloraba solo mientras esperaba el colectivo. En su gemelo izquierdo un 10 tatuado. Lloraba con gesto, sin disimulo, mirando el teléfono. Una señora se hizo atrás suyo. Ella esperaba el mismo colectivo y acababa de enterarse de la misma noticia. Apoyó su mano en el hombro del muchacho, que se dio vuelta desconsolado. Se miraron y se abrazaron compartiendo una misma pena. No hablaron, lloraron. La calle lloraba con ellos. Después, cuando llegó el bus, los dos subieron y se sentaron en asientos separados, mientras cada uno seguía mirando con tristeza la pantalla de su celular.

LA NOSTALGIA DE LA LUZ

—Qué tristeza da a esta hora ¿por qué será?

—Es esa melancolía de la tarde que va oscureciendo, Nidia. Lo mejor es ponerse a hacer algo, y estar muy ocupada a esta hora. Ya después a la noche es otra cosa, se va esa sensación.

Así empieza Cae la noche tropical de Manuel Puig. La tarde de Buenos Aires, sobre todo en invierno, tiene una luz muy especial. Todo se cubre de un color ocre; la inminencia de la noche se siente en los huesos y en el corazón. Algo está por pasar y algo por morir todos los días. La nostalgia, siempre ahí, tan porteña, tan real. Las hojas de los fresnos cubriendo el pavimento, las personas volviendo a sus casas después de la jornada laboral; los niños que todavía juegan en las calles menos transitadas; la gente que ahora vive en la calle; la gente que pasa por ahí y procura no mirar. La sensación de que eso es un final y la sorpresa de que al otro día la vida vuelva a empezar. Amanece, que no es poco, reza un dicho argentino. Salgo todos los días que puedo a presenciar ese momento. Sé que hay mucho de esa luz en el espíritu porteño. Lo sé porque como dijo Ballard en un texto suyo que se titula «En lo que creo»:

Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en todas las furias.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.