
1.
En las páginas finales del Fedro —ese diálogo disperso que gira en torno a los dioses, el amor y la retórica— Platón se pregunta sobre la conveniencia e inconveniencia del escribir. Como tantas otras veces, el mismo filósofo que expulsa a los poetas de la ciudad tiene el descaro de recurrir a un mito o una alegoría para tratar de esclarecer una cuestión que le importa y salir de dudas.
La historia que narra Platón, con la belleza y potencia que acostumbra, nos traslada al antiguo Egipto. Específicamente al día en que Theuth —el dios que descubrió el número, el cálculo, la geometría, la astronomía, los dados, el juego de las damas y las letras— se presenta ante el rey Thamus para mostrarle sus artes. Una por una las va exhibiendo con el propósito de que sean entregadas al pueblo egipcio. El rey escucha con atención, pregunta cuál es su utilidad y luego aprueba o desestima su uso según sea el caso.
Al llegar a las letras, Theut le dice que las ha inventado como un fármaco de la memoria y la sabiduría y le asegura que ese conocimiento hará más sabios a los egipcios. Llegado a este punto, Thamus lo interrumpe y con cierto sarcasmo le recrimina su inocencia; el hecho de ser el padre de ese invento le impide ver que le atribuye un poder contrario al que verdaderamente tiene. Aquellos trazos sólo producirán olvido. Y es que fiándose de lo que está escrito los hombres descuidarán la memoria y dejarán de recordar —en la filosofía platónica estrechamente ligado al conocer— por sí mismos.
A través de esta historia Platón reconoce que lo que sucede con la escritura es impresionante, pero se jacta de sus claras limitaciones. Entiende que basta con preguntar cualquier cosa a un texto para comprobar que las letras sólo pueden responder con un silencio altivo. Uno puede creer o interesarse en lo que ahí se dice, pero no discutir ni aprender más allá porque la palabra escrita sólo puede repetir una y otra vez la misma cosa.
A la fecha me sorprende esa mezcla de ceguera y literalidad de Platón. No sólo es incapaz de asumir que la imaginación es una forma de conocimiento, sino de sospechar que hay textos clásicos —empezando por la Ilíada que tanto le incomoda o sus propios Diálogos— que se resignifican constantemente porque nunca terminan de decir lo que tienen que decir (Ítalo Calvino dixit). No deja de ser divertido su recelo hacia una tecnología que irónicamente le ha permitido ser releído y recordado hasta nuestros días. Si las ideas, alegorías y personajes de ese filósofo se mantienen vivos es gracias a las letras que tanto condena.
Hay otra cosa. Platón no sólo juzga a esa invención como aparente e inútil —incapaz de responder por sí misma ante cualquier objeción—, sino contraproducente para la formación de los alumnos. Su vaticinio resuena como una maldición en la era de la inteligencia artificial: «(…) habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad».
No puedo dejar de pensar en este pasaje del Fedro desde que nació ChatGPT y un montón de textos aparentemente sabios invadieron los salones de clase. Imagino a Platón escupiendo un higo y llevándose las manos a la cabeza ante esta nueva tecnología que produce respuestas instantáneas, postizas, recicladas. Dispuesto a censurar sus efectos e instalar el mejor detector de plagios en su academia. Totalmente abrumado ante la creciente pereza y cinismo de muchos alumnos que se regodean en imitar lo dicho por otros y han dejado de buscar respuestas «desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos».
2.
A finales de los años noventa, Ted Chiang escuchó una conferencia sobre el futuro de la informática personal que le dejó impactado. No podía sacarse de la cabeza la forma en que aquel experto había asegurado que era cuestión de tiempo para que se pudiera registrar y conservar en vídeo cada momento de nuestra vida. A Chiang le inquietaba que llegara el día en que se pudiera grabar y visualizar todo lo que hemos hecho. Imaginaba las consecuencias que supondría para nuestra vida y nuestra mente el tener una memoria verdaderamente precisa e infalible.
Años después ese escritor de ciencia ficción leyó un libro sobre las consecuencias que tuvo la palabra escrita en las culturas orales. Aquello fue revelador y se vio impulsado a escribir: «La verdad del hecho, la verdad del sentimiento». En ese relato, Chiang intercala dos historias que le permiten establecer un claro paralelismo entre cómo la aparición de las letras y la lectura cambiaron nuestra cognición —la forma en que aprendemos y nos relacionamos con el mundo—, con la sacudida que supondría tener a disposición un asistente virtual práctico que retenga todo nuestro pasado. No revelaré el meollo de la historia, solo diré que la hija del narrador forma parte de una generación que ha perdido casi por completo la capacidad de escribir.
Esa clase de inquietudes hizo que leyera con mucha curiosidad un ensayo que Chiang publicó en The New Yorker el año pasado. La tesis que plantea en esas líneas es contundente: la inteligencia artificial no va a crear arte porque es incapaz de reproducir todas las decisiones que toma —o atraviesa— un verdadero escritor o artista. Entiende que cuando se escribe una obra de ficción se está tomando una decisión sobre prácticamente cada palabra que se vuelca al papel. Quizá alguien puede dar una serie de instrucciones detalladas a un prompt, pero ellas nunca alcanzarán en número ni en naturaleza a las miles de decisiones que sopesa a cada instante un autor de carne y hueso.
Me gusta el atrevimiento de Chiang para defender de esta forma la inteligencia y creatividad humana frente a la máquina. Al leerlo tiendo a creer —quiero creer— en la incapacidad congénita de ChatGTP para tomar esas decisiones habituales y obsesivas que definen la práctica artística. Tomo café. Brindo. No nos suplantarán. El problema es que no deja de parecerme algo limitado e inoportuno centrarnos en ese razonamiento probabilístico. Y es que creo que nos lleva a su terreno. Entre otras cosas, nos obliga a especular sobre la naturaleza y los alcances de la inteligencia artificial cuando poco o nada sabemos al respecto. Este punto ciego favorece que tantos entusiastas se rindan al canto de las sirenas y busquen convencernos de que esa tecnología está en pañales y es sólo cuestión de tiempo para que supere a J. M. Coetzee.
No soy apocalíptico. Como cualquier otra herramienta todo depende de su uso. ChatGTP y otros modelos generativos no están nada mal si pensamos en las tareas burocráticas que podemos despachar con ellas, pero eso es distinto a pretender calificar como «arte», «literatura» o incluso «inteligencia» a unas líneas apresuradas e insípidas que nacen de lo que ya fue escrito por otros. Claro que existen experimentaciones artísticas originales que usan IA, sobre todo desde el arte contemporáneo, pero suelen responder a un autor que (des)programa o da vuelta a la máquina hasta ponerla contra las cuerdas.
Vuelvo a Ted Chiang. Detrás de su pequeño ensayo hay una reivindicación del oficio que es necesario en momentos que cualquier idiota se sube a la ola del algoritmo: escribir no es sólo cuestión de inspiración, sino de transpiración. No puede decirse más claro. El esfuerzo que exige producir una buena novela o relato está estrechamente relacionado con la intención —y con esto también quiero decir el deseo— de comunicarse con los otros de forma sincera, significativa y sensible. Si importa detenerse en el sudor y los afectos es para recordar que uno piensa y escribe con el cuerpo.
No se equivoca Ted Chiang en explicar lo obvio; quizá ChatGTP escriba «Me alegra verte», pero eso no significa que realmente lo haga. La máquina tiene la capacidad de usar palabras y estructurar enunciados con una coherencia admirable, pero no siente ni quiere decirnos nada en realidad. Ahí radica, justamente, su profunda limitación y falta de atractivo. Por eso creo que la principal tara de la IA generativa no es que tome menos decisiones que nosotros al momento de crear —como insiste Chiang—, sino su soberbia incapacidad para articular un pensamiento encarnado que parta de la propia experiencia e historia. Nada que hacer al respecto.
Al final es una época magnífica para abandonar —de una vez por todas— el rancio dualismo antropológico que nos impide reconocer que la razón y la emoción están íntimamente entrelazadas. Hay referentes para sostener el lugar que guarda el cuerpo y los afectos en la forma que pensamos. Obviamente tengo en la cabeza a Spinoza. También a María Zambrano, creo que bien podríamos empezar por repetir junto a ella: «pensar es arrancar algo de las entrañas».
3.
Michel de Montaigne tenía mala memoria. Más de una vez se lamenta de haber pensado que tenía un libro nuevo y desconocido entre las manos, para luego darse cuenta de que lo había leído minuciosamente tiempo atrás. Ese defecto explica que se terminara acostumbrando a leer con un lápiz en la mano. Montaigne subraya, hace notas y cada vez que acaba un libro de Platón, Séneca, Plutarco —u otro autor de esa biblioteca que le acompaña en su torre— apunta la fecha y sus impresiones del momento a fin de que esto le recuerde «cuando menos el aire y la idea general que había concebido sobre el autor al leerlo».
Me gusta imaginar el día en que ese diálogo de Montaigne con sus libros se desborda hasta verse obligado a transcribir sus anotaciones y explayar sus opiniones en un papel. Ahí nace el género del ensayo. A la fecha el término revela su carácter provisional e inestable. Se trata de un intento, una prueba, una aproximación que nada tiene que ver con el mercadeo de certezas y respuestas categóricas. El origen etimológico de exagium nos remite al acto de poner en la balanza y sopesar un tema que está abierto a dos o más lecturas. De ahí que el ensayista no sólo se examine a sí mismo —es el yo que escribe—, sino que tienda a detenerse y conversar con lo que fue escrito por otros.
Como recuerda Stefan Zweig, para Montaigne el placer está en la búsqueda no el hallazgo. Estamos frente a un pensamiento vagabundo que explora sin prisas. Su trayectoria —para desesperación de los amantes de la línea recta— está abierta a la improvisación y el encuentro azaroso. Su ritmo se encuentra muy lejos del culto contemporáneo por la velocidad y las soluciones de manual. Toda esta vocación por cocinar a fuego lento resulta hoy intempestiva. Si algo me irrita de ChatGTP y otros modelos generativos no es que atente contra nuestra memoria, sino la forma en que nos indispone a dar vuelta a las cosas y pensar críticamente sobre lo que nos afecta.
Lejos de huir o intentar vetar a esta nueva máquina habrá que imaginar cómo usarla con sentido y sensibilidad. Repensar lo que queremos aprender y enseñar. Confieso que cada vez que me encuentro en mis cursos con ensayos infestados de IA generativa me da un pinchazo en el estómago. No hay dudas. No hay reflexiones imprevistas que brotan de la propia experiencia. No hay esas rutas improbables e irreverentes de los alumnos que —por fortuna— se resisten a dejar de pensar por sí mismos y se la juegan tratando de escribir con un estilo propio.
El temor más agudo no está en que la máquina pueda llegar a escribir buena literatura —sea lo que eso sea— o traducir mejor que un humano la poesía de Alejandra Pizarnik, sino que uso generalizado nos prive de ensayar ese diálogo profundo con nosotros mismos y los otros que permite pensar sin tutelas, ampliar el juicio y vacunarnos contra la idiotez. En pleno avance de la ola neofascista y la consolidación de las sociedades de control habría que preguntarse a quién le conviene que escribamos sin cuerpo, sin cavilar, sin fatiga.