POR PAULA PORRONI

- El nombre había surgido así. El contexto: la presentación de un libro, vino de agasajo. Con voz aguda, falsa, una conocida te pregunta «qué hacés ahora» y cuando vos, sonriendo (o quizá intentando sonar desafiante), respondés «escribo», la mujer, una académica de tu misma edad, se queda en silencio. Después tuerce la boca en una mueca terrible (inolvidable), cuyo sentido no te costó descifrar. Tu respuesta era insuficiente. O, quizá, lo que escribías era insuficiente. Porque si tu trabajo literario bastase, la mujer no habría tenido necesidad de preguntarte qué hacías. Pero además, y esto también te resultó obvio, si tu escritura era insuficiente, tu trabajo (el verdadero) de algún modo debía redimirte. Acorralada (arrinconada sobre todo por la vergüenza, pero ¿de qué?), agregaste, sin dejar de sonreír, que «como todos» vos también estabas en el «planeta Taller». Y habías dicho «planeta», dedujiste más tarde, para recalcar que no eras la única en esta situación, que tus dificultades no eran sólo tuyas, sino las de todo un mundo.
- Claro que no habías llegado al planeta Taller por deseo o por vocación. Nadie, creías, elegía aterrizar ahí. No te engañabas: ¿podía ofrecer otra cosa que una pista de emergencia? Todo en ese planeta olía a último recurso. Vos, puntualmente, habías llegado exhausta después de buscar trabajo (y no encontrarlo), pero también por la convicción de que necesitabas muchas horas diarias para, como decías de manera vaga, algo defensiva, hacer el «tipo de literatura» que hacías, lo cual descartaba de plano cualquier trabajo de tiempo completo. Traducir te gustaba, pero si el libro era bueno, las voces interferían con la escritura.
- Para decidir cómo organizar tus propios talleres, hiciste un relevo minucioso de los ya existentes. Hiciste esto no muy convencida, como quien recorre las instalaciones en un hotel de calidad dudosa donde, por razones de fuerza mayor, está obligada a alojarse. En el planeta Taller se ofrecían cursos de varios meses, pero también intensivos, concentrados en un solo día. Algunos eran de literatura y alguna otra cosa (música, artes visuales) y otros, únicamente de literatura. En los talleres a veces se discutían libros ya publicados (de autores célebres, muertos, o vivos y desconocidos), y en varios otros, los participantes traían sus textos esperando una devolución. Esperando (lo sabías bien) validación, como también vos, de joven, la habías esperado. (Y cada tanto aún recordabas aquella vez en que habías vuelto llorando a tu casa después de una devolución no muy buena, y te habías repetido, sin creerlo del todo, que tu deseo de escribir tenía que alcanzar, que no importaba qué pensara el resto.) Muchos talleres se dictaban en bibliotecas, librerías y museos, y otros tantos en casas, de manera privada. Los talleres, o eso te parecía, eran impartidos por mujeres y hombres en una proporción similar, pero los tomaban, como confirmaste muy pronto, mayoritariamente mujeres. Los hombres, con algunas excepciones, se resistían a oír a las mujeres hablar de lo que sabían (o tal vez no quisieran oír lo que vos, en particular, tenías para decir).
- Optaste por un formato «híbrido», palabra que, en todo caso, intentabas usar lo menos posible. Cada sesión se dividía en dos partes. En la primera conversaban sobre un libro que todos los participantes habían ya leído en sus casas, mientras que en la segunda escribían durante cuarenta minutos, y después entre todos comentaban los textos. Este formato no lo habías inventado vos sino adaptado de otro taller, institucional, para el que te habían contratado (de manera transitoria, en reemplazo de otra profesora).
- En realidad, en un comienzo habías deseado que tus talleres fueran únicamente de discusión, pero con el tiempo te habías visto obligada a incorporar otras actividades para volverlos más competitivos. Para, de algún modo, «sumarles valor». Así, por el mismo precio, habías agregado una segunda parte de escritura creativa. En este mismo sentido, inicialmente eras muy estricta con el horario de las sesiones, pero gradualmente se habían ido extendiendo más. En consecuencia, con el correr de los años pasabas cada vez más tiempo dentro de la atmósfera peculiar del planeta Taller.
- Al principio desconfiabas de la escritura «en vivo», pero pronto se te reveló algo obvio: nadie tenía tiempo para escribir. Para muchos (necesitados de trabajar la jornada completa o apenas con vidas más animadas que la tuya), esos cuarenta minutos semanales eran todo el tiempo que podían dedicarle a la escritura. Ese lapso para vos casi despreciable (el tiempo que malgastabas en redes sociales en una tarde escribiendo) para ellos valía oro. Comprobar esto te había apenado por los demás y avergonzado de tus privilegios, en todo caso, relativos. Sobre este tipo de escritura solías repetir una frase, aunque dudabas de que reflejara lo que pensabas o que siquiera fuese ingeniosa: «creo en el método», solías decir, «pero sé que no es para todos».
- Tampoco, al inicio, habías creído que en ese tiempo se pudiese escribir demasiado, y ésa había sido una de las mayores sorpresas en el planeta Taller. En ese lapso (en esa nada de tiempo) algunos talleristas escribían relatos enteros (buenos) o empezaban textos muy prometedores que en algunos casos continuaban y en otros (la mayoría) dejaban sin terminar. Y siempre te dolía cuando los abandonaban. Te parecía que abandonaban algo de sí mismos o lo tiraban a la basura, como si no tuviese valor.
- Porque tus talleres eran virtuales (un vestigio de la pandemia) podían hacerlos personas de otros países. Tenías, de hecho, muy pocos participantes de tu propio país. Por alguna clase de azar (algún extraño algoritmo), el ochenta por ciento de tus talleristas pertenecía a un único (otro) país latinoamericano. Pero pensabas: ¿acaso no era este mismo azar (quizá otro nombre para tu pereza) el que regía tu vida desde hace años? Ahora podías distinguir acentos regionales en un país que nunca habías visitado, conocías su historia, te interesabas por las noticias.
- Como inspiración para que escribieran, les enviabas ejercicios, que no llamabas «consignas» sino «pies de escritura», nombre que, sabías, no tenía ningún sentido. Se basaba en «pie forzado», el término que utilizaban en otro país de la región. Pero «pie de escritura», en realidad, no existía, aunque sí para vos y para tus talleristas, que también llamaban a los ejercicios así. Vos y ellos entonces compartían esta otra lengua, una hablada en un minúsculo pueblo del inmenso planeta Taller. En este pueblo, un «pie de escritura», te imaginabas, era como un pequeño escalón para cruzar un cerco hacia la pradera verde, fértil y algo difusa de la creatividad.
- Habías notado: si por alguna razón, alguno de tus talleristas leía una consigna en voz alta, siempre sonreía o lo hacía con una voz diferente. Comprendiste: les divertían las formas curiosas del imperativo en tu país. «Describí», «imaginá», «hacé una lista numerada de», por ejemplo, tus sentimientos frente al planeta Taller. Pero vos también en este otro planeta usabas una voz distinta, más entusiasta o como sobreexcitada, diferente de tu voz grave habitual. Este entusiasmo, igualmente, buscabas transmitirlo en los «pies de escritura». Ahí, sobre todo, intentabas animarlos a experimentar con otras formas narrativas. No es que te sintieses muy innovadora, pero el relato tradicional con su principio, medio y fin, su transformación de personaje, guardaba poca relación con cierta cualidad inmutable que había adquirido tu vida, y te costaba leer esos textos.
- Como regresaban, empezaste a creer que tus talleristas se divertían en este planeta. ¿Aprendían? No sabías si aprendían o si vos lograbas enseñarles algo o, para el caso, si el objetivo era aprender. Vos no te divertías exactamente (estabas trabajando) pero con el tiempo te relajaste, sobre todo con quienes hacían tus talleres seguido. Especialmente en la primera parte, la de discusión, a veces se aceitaba algo, y de repente los talleristas se peleaban por hablar. Entonces era como si de pronto se trasladasen a algún otro lado, quizá otra sala u otra zona del planeta Taller, y a todos (también a vos, no lo niegues) los invadía una alegría desbordante. Otras veces (casi siempre) terminaban conversando de cualquier otra cosa: otros libros, series, política, o contando anécdotas personales. Después de algunos años, vos también empezaste a hablar más de vos misma y compartir aspectos de tu vida. En algún punto, sin embargo, notaste que hablabas siempre del pasado (como si tu presente estuviese vacío), y volviste a retraerte, aunque no del todo.
- Por las dudas te preparabas para la catástrofe. Lo pensabas así: si por alguna razón ellos hubiesen detestado la obra propuesta y se rehusasen a hablar, vos debías ser capaz de decir algo más o menos interesante durante una hora y media, en teoría, la extensión de la primera parte del taller. Esto no había ocurrido jamás, excepto en una ocasión, cuando se había producido un extraño consenso, muy negativo, en torno a una novela. Meses más tarde, vos misma les recordabas cuán desastrosa había sido esa sesión del taller. Buscabas, en el fondo, que te ayudasen a reírte de la tristeza provocada por su rechazo. Porque, al rechazar el libro, ellos también te habían rechazado o censurado, y querías que, riéndose, te perdonaran.
- Dado que no eras ajena a las modas, te propusiste, como tantos otros, romper con el orden jerárquico en la devolución de los textos. Por eso intentabas no cerrar siempre vos la ronda de devoluciones, como ocurría en casi todos los otros talleres en los que, de joven, habías participado. (Talleres donde, por otra parte, todos habían aprendido a identificar los sutiles gestos que permitían inferir qué manuscrito al escritor o escritora le había gustado más. Y algo muy frío y punzante se clavaba en vos cuando comprendías que no había sido el tuyo el elegido.) Otras veces evitabas cerrar porque te dabas cuenta de que no tenías nada muy constructivo para decir. O que los participantes habían hecho ya comentarios más lúcidos y útiles. En esas ocasiones pensabas que también en esto (dictar talleres) te habías equivocado. Sentías entonces que no merecías que te pagasen.
- Para la devolución, en casi todo el planeta Taller la fórmula era la del «sándwich»: primero, señalabas algo positivo, después la zona a mejorar, y cerrabas (el segundo pan) con algún otro elemento que estuviese bien logrado. Estaba, desde hace años, tajantemente prohibido señalar carencias en este planeta. Así, nunca nada le «faltaba» a un texto, pero casi siempre podía «crecer». Esta regla que en un comienzo había sido una imposición, algo a lo que debías forzarte, y no poco, con el tiempo se había vuelto natural y la aplicabas sin ironía (la mayoría de las veces).
- Sólo en dos oportunidades, o al menos eso pensabas, no habías podido evitar ser cruel: en ambos casos durante el taller impartido en un contexto institucional. En esas dos ocasiones habías sentido que el tiempo dedicado a la escritura del texto (el trabajo y cuidado invertidos) era menor al que vos te veías obligada, por las circunstancias, a otorgarle a la lectura. Mientras leías y preparabas tus notas habías sentido algo caliente, un odio, en tu interior. Después la crueldad había sido como una lava que brota, un flujo que (confesalo) no te habías esforzado mucho en frenar. Era una crueldad nacida del hartazgo, de una sensación de injusticia y también (admitilo) de cierta percepción elevada (¿sobrevaloración?) de tus propios talentos y capacidades, malgastados en esos textos. Pero, por lo general, intentabas ser alentadora con el trabajo ajeno: más de lo que nunca habías sido con el tuyo propio. Era casi una compensación que realizabas (podría decirse una reparación, tardía, en vos misma).
- No estabas segura de si tus talleres eran caros o baratos. Para tus talleristas, creías, caros. En relación con otros talleres, baratos. Así, en un almuerzo, un exnovio escritor que dictaba cursos desde mucho antes de que el planeta se superpoblase, te había dado a entender que él cobraba el doble, y vos, con amargura, no pudiste sino constatar que por enésima vez habías vuelto a regalar tu trabajo. Igualmente, te deprimía cuando venía el plomero o el electricista y vos, haciendo números sólo para torturarte, te dabas cuenta de que cobraban muchísimo más por hora que vos. No querías que ellos ganaran menos, claro. Sólo confirmabas, una vez más, que tu trabajo tenía para los otros (¿para vos misma?) poco o ningún valor (económico).
- Sabías (y tus padres te lo recordaban) que si querías ganar más dinero, bien podías dar más talleres y, en general, esmerarte más. Porque te esforzabas mucho en la preparación de las clases y en la devolución de los textos pero poco o nada en la difusión de los cursos. Tu hermana te hacía los flyers, siempre coloridos, pero cuando llegaba el momento de subirlos a redes, vos, usualmente tan organizada, comenzabas a postergar la tarea. No te mentías: no subías los flyers porque en esos momentos regresaba la sensación inicial de fracaso asociada a los talleres. Y te pesaba que, después de todos estos años, aún no hubieras sido capaz de sustraerte a este punto de vista, el que desvalorizaba tu propio trabajo. Tenías entonces que sobreponerte a tu primer instinto. Porque necesitabas la plata, y porque además sabías ya por experiencia que esta sensación se disipaba cuando estabas con los otros en la órbita del taller.
- A veces estabas cansada ya antes de iniciar la sesión. A veces, los talleres, sentías, te obligaban a fingir demasiado y otras, fingir, tener que actuar, te protegía de un modo en que la escritura, al desnudarte, no te protegía. A veces también te formulabas una pregunta: si ganases alguno de los tantos premios a los que jamás te presentabas (si ganases la lotería, a la que tampoco jugabas), ¿seguirías dando talleres? Creías que sí, aunque no estabas cien por ciento segura.
- Teniendo en cuenta la cantidad de escritores que impartían talleres, te sorprendía su escasa representación literaria. Cada tanto recordabas el de la novela del país vecino, por ominoso, pero también el que dictaba el narrador en ese otro libro más gordo. Ahí lo relativo a los talleres estaba en el extensísimo prólogo o diario, era la parte prosaica, no «luminosa» de la novela, sin la cual, o al menos vos lo habías interpretado así, no habría podido penetrar la luz. Sin ese trabajo pedestre, creíste entender, no había éxtasis posible.
- Mientras realizaban los ejercicios, sentías que los talleristas estaban todavía más lejos, a cientos de miles de kilómetros de distancia. Pero hicieras lo que hicieses mientras escribían (comer una manzana, lavar los platos, preparar más té), eras siempre muy consciente de los otros escribiendo en sus casas. Su escritura en esos momentos era como un arrullo que te envolvía.
- Al terminar un taller, solían hacer un brindis. Cada uno en su casa se servía una copa de vino y la acercaba a la cámara del celular o laptop como para chocarla con la de los otros. Celebraban así lo que fuera de singular que hubiese ocurrido durante esos meses (y al apagar la cámara, vos sentías de forma instantánea una combinación de melancolía y alivio). Después, los períodos sin dictar clases, cuando llegaba el día de la semana en que solía haber una reunión, te parecía que algo te faltaba, como si el taller fuese un miembro fantasma. O a la hora del inicio tenías la impresión de que te habías olvidado de algo importante, una especie de campana muda sonaba, y recordabas que a esa hora, normalmente, empezaría el taller.
- Si te interrogaban, para resumir, decías que los talleres eran un complemento para la escritura. Lo complementario era, entre otras cosas, que te obligaban a deshacer tu creciente ascetismo, un poder vivir con muy poco no necesariamente beneficioso (no un valor). Todavía joven habías pensado que la escritura debía bastarte, que por sí sola podría llenarte, ocupar uno y todos los espacios de tu vida, pero no había sido así. Y a veces te preguntabas si la soledad era el precio por escribir o, inversamente, si no había sido una coartada. Los talleres, en todo caso, quizá fueran menos el complemento que el doble de la escritura. Talleres y escritura, dos planetas gemelos que giraban alrededor del sol por siempre resplandeciente de la literatura.