
Miguel Bonnefoy
El sueño del jaguar
Libros del Asteroide
268 páginas
La sexta novela del autor francés —de origen chileno-venezolano— Miguel Bonnefoy arranca con una elipsis imbatible. De hecho, es tan buena que vamos a reproducirla aquí: “Al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre”. Tras semejante pistoletazo de salida, sin embargo, la lectura de El sueño del jaguar se desliza, con bastante placidez, hay que decirlo, por una suave pendiente. Y esto no ocurre precisamente por falta de recursos estilísticos, incoherencia o escasez argumental. Ni mucho menos.
La historia que nos cuenta Bonnefoy es la de una estirpe que empieza en Maracaibo y termina en París y se divide, en la novela, en cuatro partes nombradas como otros tantos protagonistas: Antonio, Ana María, Venezuela y Cristóbal, portadores todos de un legado salpicado de ciencia —Antonio y Ana María son grandes médicos— y revolución. Se trata pues, de una saga familiar que, digámoslo de una vez, evoca de manera directa —y a veces obscena— a las grandes (o grandilocuentes) novelas del realismo mágico: «Las estrellas eran enormes en el cielo y el mundo parecía inundado de lodo», «Parecía una de esas mujeres de mirada sensual y vivaracha, caderas llenas y senos exuberantes cuyo vientre redondeado es capaz de albergar un millar de niños», «aquella cabeza que pasaba a través de las batallas marítimas del golfo, que recordaba la memoria más antigua de las sociedades, remontando el curso de los ríos hasta los tiempos geológicos de las guerras minerales, desde el esplendor primitivo del primer lagarto…», etc.
Y es a través de esta escritura frondosa que el autor relata los hechos que componen la historia de Antonio y su descendencia, mismos que componen, también, la Historia de un país (una de las protagonistas se llama directamente Venezuela) y ya que estamos, por qué no, de un continente. Así, en sus 300 páginas caben episodios (real) maravillosos como el de un pingüino que aparece en el Caribe y revoluciona al pueblo, el de los cientos de cartas de amor recolectadas por uno de los eslabones de la cadena protagonista o el del grito de una niña que azota las palmeras y resquebraja los muros.
El problema de todo esto es que el buen oficio de Bonnefoy, más allá de sus homenajes edulcorados al género, no basta para sostener una novela que parece compactada a presión, no en busca de economía sino de accesibilidad. Y de alguna manera la narración parece insuficiente para un tipo de obra que se caracteriza por su vocación totalizante. El resultado es una especie de Cien años de soledad en tiempos de Tik Tok que ha tenido una notable acogida en Francia y que sin embargo se puede parecer peligrosamente a una caricatura.
Se dice que en Latinoamérica toda familia tiene un antepasado que ha peleado con el diablo. Esto para señalar que la historia del continente siempre termina remontándose a episodios míticos difícilmente explicables por la visión occidental del mundo. De hecho, es el germen del género que encumbró a García Márques y compañía. De hecho, se nos dice que las historias relatadas en esta novela, tienen mucho que ver con la propia memoria familiar de su autor. Este desperdicia, sin embargo, la opción de actualizar una manera de contar y sobre todo la de proponer variaciones creativas —teniendo en cuenta que la historia alcanza al propio chavismo— que realmente aporten frescura al relato.
Por el contrario, una pregunta legítima, aunque extra literaria, sucede inmediatamente a la lectura de El sueño del jaguar: ¿qué sentido tiene construir este tipo de relato en la segunda década del s. XXI? La exotización de un continente, aunque este sea el de nuestro propio archivo familiar, tuvo su momento pero este pasó hace muchos años.