POR EUGENIO TISSELLI

Las llamas que acechan, la inundación que anega, el grado de temperatura en exceso que rompe toda resistencia, el alimento que falta, los fascistas que estrechan el cerco, las máquinas que aceleran la angustia. Y, en medio de todo ello, escribir, como si fuera la última vez. Porque, de hecho, lo será. O tal vez no, pero habría que escribir como si la muerte pudiera olerse bajo el escritorio, detrás de la puerta, justo al otro lado de la ventana. Justo al otro lado de la pantalla. El final se acerca y, a pesar de ello, escribir: conatus sese conservandi, aunque poco quede por conservar.

Los algoritmos que generan cadenas de texto parecen plantear una amenaza mortal a la escritura humana. Su creciente despliegue, y su cada vez más convincente operación, suponen un reto ante el cual el texto humano podría empequeñecerse hasta desaparecer. En este escenario, quisiera proponer aquí una ruta posible para el futuro de nuestra escritura. Es cierto que la relación entre escritura y algoritmos es tan antigua como el Ars Magna de Ramon Llull, quizás aún más. Sin embargo, los sistemas actuales, como el popular ChatGPT, han irrumpido con una fuerza amenazante en el arte de concatenar palabras para tejer ideas. No pretendo hacer una revisión histórica de las operaciones de cálculo aplicadas a la escritura. Más bien comenzaré ofreciendo una visión cenital de la elipse que demarca el lenguaje, hoy expandida en sus límites por el texto artificialmente generado. Me detendré en un momento en la cuestión de la inteligencia, la cual, desde de mi punto de vista, debería entenderse, aplicada a las máquinas, como una metáfora y no como una figura isomorfa con respecto a las capacidades de lo vivo para hacer que el mundo sea inteligible. Finalmente, intentaré alumbrar un camino posible para la escritura por venir, apoyándome en la pulsión vital del conatus Spinoziano. Escribir como si fuera la última vez será, quizás, el motivo que nos permitirá crear una bifurcación en la vía de la escritura para seguir adentrándonos en el bosque de lo humano sin ser menoscabados en nuestro propósito por la operación de las máquinas.

La elipse expandida del lenguaje

Mi punto de partida es la observación de un vacío. A pesar de que los textos generados algorítmicamente proliferan, volviéndose prácticamente indistinguibles de la escritura humana, y de que han invadido aceleradamente nuestro espacio lingüístico gracias a su hipercamuflaje, aún no hemos encontrado los dispositivos teóricos necesarios para nombrarlos y estudiar sus efectos. En un intento por cubrir ese hueco, en 2023 propuse en el capítulo «Calcular lo incalculable», recogido en el volumen Cartografía crítica de la literatura digital latinoamericana, el término tecnema para designar a las enunciaciones generadas por procesos computacionales automatizados. En las siguientes líneas, quisiera desplegar brevemente el pensamiento que me llevó a formular el tecnema, y para ello habré de convertir momentáneamente al lector en un pájaro que, desde las alturas, mira hacia abajo y ve el lenguaje entero en forma de una enorme elipse.

En su lectura de Alain Badiou, el poeta y lingüista Mario Montalbetti también se transforma en un pájaro que observa la elipse, y en sus polos opuestos distingue dos clases de enunciaciones humanas: el poema y el matema, a partir de Mario Montalbetti en su libro El pensamiento del poema: variaciones sobre un tema de Badiou (2020).

El lenguaje humano, delimitado por poema y tecnema. El círculo central representa el lenguaje cotidiano, con su necesaria mezcla de precisión y ambigüedad.

El término lacaniano matema es usado por Montalbetti para nombrar a las enunciaciones cuyo nivel de acoplamiento con la precisión de un único significado es el mayor posible. Cuando decimos que «la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo», descartamos, junto con Pitágoras, cualquier ambigüedad y nos abandonamos a un cálculo cuyo resultado será inequívoco. En el otro extremo de la elipse está el poema, cuya oposición con respecto al matema lo caracteriza como aquella enunciación que alcanza el mayor grado de incalculabilidad posible sin salir del lenguaje. Así, cuando Paul Celan escribe: «negra leche matutina la bebemos de tarde», ¿qué es exactamente lo que quiere decir? Esa es justamente la pregunta que no habría de hacerse, puesto que el poema, en cada uno de sus versos, encierra un fractal de significados que se abren generosamente hacia la ambigüedad. Celan quiere decirlo todo, o tal vez nada, y por ello acude al poema. El poema que está al borde del lenguaje no tiene significado y, por ello, potencialmente los tiene todos, a diferencia del matema, que siempre tiene uno, único y exacto.

El tecnema surge del colapso de poema y matema. Cuando se utilizan algoritmos automatizados, hijos hiperproductivos de la lógica matemática, para generar frases, párrafos, incluso libros enteros, la elipse del lenguaje no hace implosión, sino que se expande y da lugar a un tercer polo. El tecnema es ese tercer extremo que amplía las fronteras del lenguaje, y se distingue del matema y del poema puesto que incide en éste desde una operatividad maquínica.

El lenguaje humano, delimitado por poema y tecnema. El círculo central representa el lenguaje cotidiano, con su necesaria mezcla de precisión y ambigüedad.

El aspecto novedoso del tecnema consiste en que, a pesar de que puede tratarse de una enunciación perfectamente formada desde un punto de vista sintáctico, y tener una apariencia coherente, no está comprometido ni con la precisión matemática ni con la ambigüedad poética, ni con cualquiera de los puntos intermedios del diagrama elíptico, puesto que carece de intención. El tecnema representa la producción de un mundo artificial a partir de un lenguaje algorítmicamente producido, en el que solamente existen cadenas de símbolos lingüísticos flotantes que no reposan sobre sustrato semántico alguno. En este sentido, los tecnemas se aproximan a la noción de bullshit, tal como Harry G. Frankfurt la trató desde la filosofía en su estudio On Bullshit (2005), puesto que no expresan ni verdades ni mentiras. Son palabras huecas que resuenan con el espíritu de la época: la posverdad, la inevitable desconfianza ante casi todo texto. Sin embargo, la enorme seducción del tecnema reside en el hecho de que, a pesar de ser maquinal, exhibe un comportamiento mental. Y es en este engaño, que ha propiciado la infiltración masiva de enunciaciones a-significantes que velan tras una densa neblina de indecidibilidad nuestro lenguaje cotidiano, donde me detendré un momento.

Antropomorfización peligrosa

En 1952, el pensador mexicano Alfonso Reyes lo advertía tempranamente: «¡Física, guárdate de la metafísica! Y, en el caso, guárdate de la metáfora, que es, oh cibernética, tu pecado de nacimiento», podemos leer en el vigésimo tercer tomo de sus obras completas.

Si hasta aquí he evitado mencionar el término inteligencia artificial, es porque me parece falaz y peligroso que describamos, sin cuestionarlo siquiera, a los sistemas computacionales que producen lenguaje como inteligentes. Se trata de una forma peligrosa de antropomorfización, puesto que, detrás de un baile de máscaras orquestado por la pujante industria de la mal llamada «inteligencia artificial» y sus numerosas cámaras de eco en instituciones públicas y privadas, se nos hace creer que estamos frente a una tecnología que piensa y produce lenguaje tal como nosotros lo hacemos. Pero el mito no es nuevo, a pesar de que hubo intentos por atajarlo desde un principio. En 1950, Alan Turing descartó la pregunta de si una máquina podía ser capaz de pensar, por considerarla absurda, y en cambio formuló una pregunta más pertinente: «¿puede una máquina producir lenguaje de tal manera que parezca inteligente?». Turing diseñó un experimento para probar su hipótesis, y lo llamó el juego de la imitación, mejor conocido como la prueba de Turing en su fundacional artículo «Computing Machinery and Intelligence».

La advertencia de Turing sobre la imposibilidad de desarrollar una inteligencia artificial no impidió que pronto surgiera un campo con ese nombre, cuya misión sería el desarrollo de métodos y medios computacionales para reproducir la inteligencia humana. En los años sesenta hubo una primera oleada de euforia y, en ese contexto, el filósofo Hilary Putnam formuló en una entrevista de 1998, preservada en YouTube con el título de «Mind, Truth & Science», la teoría del funcionalismo computacional, la cual argumentaba que la mente no era más que un conjunto de habilidades, y proponía así una identificación entre los estados mentales y los estados computacionales. El funcionalismo computacional abría la puerta a la posibilidad de asignar cualidades mentales a cualquier computadora, incluso a un termostato, y, por correspondencia, cualidades computacionales a una mente humana. A pesar de que el propio Putnam descartara su propia teoría a finales del siglo XX, tildándola de «ciencia ficción», la idea de que los procesos informáticos son equiparables a los procesos mentales sigue en pleno auge hoy en día, y en buena medida impulsa la carrera enloquecida por desarrollar sistemas técnicos con habilidades iguales o superiores a las de una persona.

Pero, con solo dar una ojeada superficial al rico y diverso campo de las ciencias cognitivas, podremos comprender que la mente no es un programa informático, sino un proceso vivo que, en su constante esfuerzo por mantenerse con vida, intenta volver inteligible un mundo incierto y en constante cambio para adaptarse a él, como propusieron Varela, Thompson y Rosch en The Embodied Mind: «Cognitive Science and Human Experience» (1993). Mente, cerebro y cuerpo forman una especie de liveware imposible de dividir en software y hardware. Desde estas nociones, podríamos decir que solo aquello que, siendo materia orgánica palpitante experimenta el nacimiento, las pulsiones del hambre y la reproducción, el apremio constante de la incertidumbre y la presencia inmanente de la muerte, es capaz de impregnar al mundo con gestos semióticos, puesto que solo lo que nace, vive, duda y muere puede ser considerado como un sí-mismo. Como un ser que, al ser, genera sentidos y significados.

Aún así, el hecho de que la operación lingüística de los grandes modelos de lenguaje (LLM, en inglés: estructuras abstractas que conjugan algoritmos y datos para formar el núcleo esencial de los generadores de texto más recientes) no se asemeje en absoluto a nuestra inteligencia no ha impedido que les otorguemos carta de naturalización en el desenfrenado escenario cognitivo de lo humano. Engañados por metáforas antropomorfizantes, les hemos asignado mucha más agencia de la que deberíamos y, como consecuencia de ello, la labor de la escritura humana está en peligro de ser absorbida y reemplazada por la producción masiva e indiscriminada de tecnemas. El capitalismo cognitivo, creyéndose dueño de las capacidades materiales e inmateriales con las que escribimos, prescinde del escritor humano para fabricar y vender textos algorítmicos como si fueran papel higiénico. Nos endilga, tan irresponsable como alegremente, meros simulacros de escritura, como apunta Nick Stapleton en «The Rrise of the Aithor» (2025).

¿Cómo escribir ahora?

Nada de esto era inevitable, pero aquí estamos. ¿Qué hacer?

Practicar la escritura distante, plantea, por ejemplo, Luciano Floridi en su reciente artículo «Distant Writing: Literary Production in the Age of Artificial Intelligence» (2025). Haciendo eco de la conocida lectura distante de Moretti (2013), y emparentada con la caracterización del poeta como procesador de Flusser según cuestiona en su libro ¿Tiene futuro la escritura? (2021), la escritura distante se presenta como una «novedosa práctica literaria» en la cual el autor actúa como un diseñador que emplea los más recientes generadores de lenguaje para producir narraciones. Según Floridi, el autor retiene aquí el control creativo mediante el diseño preciso de prompts (término en inglés con el cual se designan los comandos que el humano necesita introducir para interactuar con un modelo generativo de lenguaje. Además de comando, prompt podría traducirse también como solicitud o incitación),y el refinamiento iterativo del texto generado a partir de estos. Yo mismo puse en práctica un proceso de producción literaria similar en 2010, al utilizar mi propia herramienta, Poesía Asistida por Computadora (https://www.motorhueso.net/pac), para escribir un conjunto de poemas en colaboración con la máquina, los cuales se publicaron en formato impreso bajo el título El drama del lavaplatos. Es a partir de esa experiencia desde donde dibujo mis conclusiones.

Ciertamente, la autoría es un concepto complejo, y de ninguna manera volverá a ser aceptable caracterizarla según el mito del genio creador, que escribe por inspiración divina en absoluto aislamiento. Siempre hemos escrito con otros, cercanos o distantes en tiempo y espacio. También nos hemos servido de herramientas tecnológicas, como la imprenta o el hipertexto, para transformar las posibilidades de la escritura. Pero nunca antes nuestro trabajo había estado al servicio de una herramienta, tal como ahora sucede con los generadores computacionales de texto, según recoge Ella Creamer en el artículo de The Guardian «Meta has stolen books», publicado el 3 de abril de 2025. Nunca el capitalismo había apostado tanto por desarrollar máquinas que escriben en nuestro lugar, y ya se sabe que la casa nunca pierde. No podemos ignorar el papel que hoy juega el texto algorítmico en la economía política del régimen dominante. Por ello, me temo que una escritura distante no será posible, ya que la colaboración entre humanos y máquinas, en tiempos de chatbots desenfrenados, puede terminar por reducir despiadadamente la agencia del humano al convertirnos en meros proveedores de contenidos y gestores de tecnemas.

Mi propuesta, aquí, es más radical, y a la vez más íntima y humilde: escribir, cada vez, como si fuera la última. Quiero decir que escribir al borde del abismo, el hacerlo sabiendo que se está a un paso de caer, impregna la escritura de una tonalidad vital que una máquina jamás podría sostener, ya que la palabra de la máquina no es distante, sino que viene de ninguna parte, y por eso suena irremediablemente hueca. Y, habiéndolo dicho, quizás sea oportuno preguntar de dónde viene nuestra escritura. Como intento de acercarme a una respuesta, sugiero que la escritura humana es una secreción de símbolos vivos que manifiesta nuestro esfuerzo por persistir: un esfuerzo al que Spinoza llamó conatus. En la tercera parte de su Ética, Spinoza planta la almendra filosófica de la que brota el conatus: «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», y «el esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma» (Proposiciones VI y VII, recogidas en el volumen Ética). Este concepto, central en el pensamiento de Spinoza, se aplica a toda la naturaleza, y ello lo hace resonar con las teorías actuales que caracterizan a la conciencia como el fruto de la pulsión vital (apunta Damasio en su ponencia «Natural Intelligence, Consciousness & AI», de la Fundación Innovación Bankinter, de febrero de 2025). Sin embargo, el esfuerzo alcanza una dimensión psicológica solo en el humano, y es justamente allí donde la escritura engarza con el conatus. En el Escolio de la Proposición IX hallamos mayor precisión: «este esfuerzo, cuando se refiere al alma sola, se llama voluntad, pero cuando se refiere al alma y al cuerpo, se llama apetito […] entre apetito y deseo no hay diferencia alguna: el deseo es el apetito acompañado de la consciencia del mismo».

Ante el peligro de la irrelevancia por automatización, señalado por Matthew Kirschenbaum en su artículo «Prepare for the Textpocalypse» de The Atlantic el 8 de marzo de 2023, propongo reafirmar la cualidad encarnada y deseante de nuestra escritura. Al referirse al futuro que se cierne sobre el texto, Kirschenbaum habla del textopolapsis, y señala la resistencia como posible estrategia frente a la inundación de texto viscoso y gris generado por máquinas ad infinitum. Pero, como el propio autor señala, sería un error asumir que nuestra única postura frente al tecnema puede ser la resistencia impotente. Podemos despertar en nosotros el conatus, y hacer, de manera íntima y potente, que la escritura sea un apetito consciente, tal como Spinoza entendió el deseo. Un deseo de nuestro cuerpo y alma por perseverar. Por afirmar, escribiendo, lo humano que aún queda en nosotros. Un deseo que se abre paso entre la consciencia de que su objeto está siendo sustituido por tecnemas implacables, con cuyo valor de cambio jamás podrá competir. Un deseo que se sabe fútil y que sabe, además, que el entendimiento de sus lectores está siendo carcomido por ChatGPT, afirma Gerlich en su artículo «AI Tools in Society: Impacts on Cognitive Offloading and the Future of Critical Thinking» (2025). Que el despliegue planetario de sistemas e infraestructuras computacionales para mantener funcionando a los robots que escriben está atizando el fuego de la crisis climática, como han señalado, entre otros, Luccioni, Jerniete y Strubell (2024) en «Power Hungry Processing: Watts Driving the Cost of AI Deployment?». Y aun así, escribir, aunque sea por última vez. Escribir de tal forma que se pueda sentir, en cada línea, el palpitar chorreante del conatus desplegando su potencia para perseverar en contra de todo. ChatGPT jamás podrá generar tal intensidad: nuestra corporalidad deseante lo hará estallar.