
La crítica habla rodeando un vacío: su objeto de estudio, la literatura, parece resistirse; nunca llega a saber del todo bien lo que es. Cuidado, esta afirmación es tramposa y acecha el riesgo de que asome el trascendentalismo. Si se busca una esencia intemporal, una noción natural y dada, no se va a encontrar, pues lo que hay son ideas históricas de la literatura y poéticas concretas, y por mucho que tense el pensamiento o lo frustre no significa que haya que renunciar a la pregunta por lo que es, de hecho, es de lo peor que podríamos hacer. Aun así, toda obra ensaya una idea de la literatura. Piglia, en Las tres vanguardias (2016), dice que la pregunta que se plantea la vanguardia no es tanto qué es la literatura, sino qué será. Por desgracia, el neoliberalismo trabaja también en dirección al futuro: mientras que ya le viene bien que la relación con el pasado sea de conmemoración, museística, y desactiva la posibilidad de que el pasado engendre imaginación utópica, por otra parte, «privatiza las utopías» (como dice Traverso) y anula la realización material de la imaginación del futuro, dominándolo. Acaso por esa intersección sean importantes las preguntas a futuro, junto a que la literatura trabaje, desactivando, volviéndose su reverso crítico (como decía Piglia de la ficción), la relación del neoliberalismo con el futuro. En este magma, la pregunta que intento imaginar aquí es qué será la crítica literaria.
Antes, no obstante, conviene dar alguna nota sobre lo que es o puede ser. Para ello voy a partir de una visión semejante a la de Barthes: la crítica es un lenguaje sobre otro lenguaje, esto es, sobre la literatura. Puede parecer una definición técnica, escueta, con ángulos ciegos, pero no es poco, en realidad. Si es un lenguaje, es una cosmovisión, o al menos vehículo y demiurgo de esta; por tanto, ese lenguaje informa de una época, de lo que esta mira y cómo lo mira. Se puede entender mucho de un momento analizando su crítica. Por otra parte, en la medida en que la crítica es un lenguaje, hace visible; no solo ayuda a mirar, sino que determina la forma de mirar, es decir, construye el horizonte de legibilidad, marca las preguntas que le hacemos al texto, ilumina unas cosas y oscurece otras. Siguiendo esta serie, la literatura es tejer de sentido el mundo, es cosmopoiesis, es decir, hacedora de orden. El objeto de la literatura es el mundo; el de la crítica, ese lenguaje sobre el mundo, por tanto, es un lenguaje doble, sobre la literatura y sobre las relaciones entre el lenguaje de la literatura y el mundo.
Pero, sobre todo, como dice Barthes, la crítica debe incluir un discurso sobre sí misma, sobre su lenguaje. Sin esa duda sobre sí misma, sin ser su propio objeto crítico, la crítica puede hacer pasar por verdadero lo que es contingente e histórico. «El pecado mayor, en crítica, no es la ideología, sino el silencio con que se la encubre», añade Barthes. El lenguaje crítico, además, debería someterse a constante revisión, porque, como sucede con el proceso generativo de los eufemismos, las palabras no tardan en llenarse de los sentidos de los que tratamos huir. El lenguaje puede ser una fiesta, pero siempre acecha el riesgo de que el lenguaje piense por uno, de tal forma que termine en una suerte de pensamiento delegado o externalizado.
Para Deleuze y Guattari la filosofía «es la disciplina que consiste en crear conceptos». Algo parecido se puede decir de la crítica, pues también ensaya conceptos, y de la literatura, que tantea conceptos literarios para pensar el mundo. Una parte de la labor de la crítica es ser crítica de sí misma y en ese proceso generar conceptos. Pienso que un buen ejemplo de todo esto es la forma en que la crítica académica ha pensado la obra de Zambra. Si uno busca rápidamente la recepción de su obra, se dará cuenta de que la novela que más atención ha recibido es Formas de volver a casa (2011), muy dispar a la de otros textos, como Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Poeta chileno (2020) o Facsímil (2015). La explicación es rápida: había un lenguaje previo para pensar esta novela, vinculado a la tradición de ficciones históricas en la literatura latinoamericana: «literatura de los hijos», posmemoria, memoria, marbetes todos ellos que se han aplicado hasta la extenuación. Es decir, había un marco para leer esa obra. ¿Por qué el resto de su obra no ha recibido la misma atención? Milan Kundera dijo que toda novela está construida en torno a una serie de palabras fundamentales y diría que esas palabras, en el resto de sus obras, serían intimidad, interior, alegría, amistad, ternura. La cuestión es que el lenguaje crítico académico no percibe estas nociones como sólidas, y por ello una gran parte de su obra es ilegible —en el sentido de que queda ensombrecida en un acercamiento crítico—. Si bien han aparecido en la conversación pública sobre la obra de Zambra, se han quedado más en impresiones de lectura sin desarrollo ni discusión. Por tanto, el lenguaje crítico se encuentra en una tensión entre el vocabulario que le proporciona su época y la falta de lenguaje, puesto que la crítica, si bien dispone de numerosos lenguajes, se relaciona con la literatura por la vía de la ausencia. De hecho, fluctúa entre la creación de un discurso y la atención al mismo: no hay que dar por aceptadas del todo las palabras con que se habla. La literatura es la búsqueda de un lenguaje para pensar el mundo, y la crítica no dista de ella, pues no deja de ser otra búsqueda de lenguaje, una nunca realizada, como la de la literatura.
Toda obra encierra una idea de la literatura, en general, y del género al que pertenece, en particular, de tal forma que, por ejemplo, todo poema trabaja una idea de la poesía —ya sea de una forma inconsciente, deliberada, velada; también, por supuesto, la que se cree que traduce verdades atemporales y universales—. Son varias las direcciones que se pueden tomar para interrogar a un texto literario, no obstante, yo abogo por una crítica que se pregunte por esa «poética implícita» (concepto que tomo de Piglia), pues la pregunta por la idea de literatura que impulsa a un texto conduce a otras interrogaciones, como, por ejemplo, a qué idea del mundo y de la realidad piensa este, y su relación con esas instancias. La labor del crítico no consiste solo en esclarecer qué dice ese texto ni cómo lo dice, sino qué idea de la literatura trabaja o se mueve en él, pregunta que se abre y nos lleva a otras posibilidades críticas.
Imaginemos un personaje extremo: un crítico sin poética. Toda persona habla desde algún lugar: el escritor desde su poética, así como el crítico o el lector común. ¿Cómo sería este crítico? Quizás sería capaz de leer todas las poéticas sin la desconfianza del proyecto propio, quizás hablaría el mismo lenguaje que el libro que leyera en cada momento sin hacerlo dialogar con el lenguaje crítico del que dispone; no situaría el texto, viviría en ese libro solo con lo que ese libro le da; sería terrible, claro, según qué obra le tocara. Adonde nos lleva este crítico sin poética es a pensar que todos valoramos desde una idea de la literatura, la que es y la que queremos que sea, desde un baremo que hay que formarse, y no interrogar la poética propia sería equivalente a pensar el punto de vista propio como aideológico o como sentido común.
Eliot dice, en Función de la poesía y función de la crítica —libro, por otra parte, cuya ausencia en los anaqueles me parece significativa; ojalá se reedite— que una de las tareas de la crítica es «averiguar qué es poesía, cuál es su función, por qué se escribe, se lee o se recita». Rancière, por su parte, comienza La palabra muda (2009) diciendo que hay preguntas que ya nadie se atreve a plantear, y que hoy en día nadie titularía un libro ¿Qué es la literatura?, como hizo Sartre en su momento. Acto seguido, se adentra en todas las complicaciones, paradojas y matices de intentar pensar la literatura, porque lo que se vuelve en tarea ridícula es la búsqueda de su esencia intemporal, no el acto de preguntarse qué es la literatura. Barthes casi parece que responde a esto cuando dice que «¿qué es la literatura? ¿Por qué se escribe? […] No formularse estas preguntas equivale a responderlas, puesto que es adoptar la idea tradicional del sentido común». Pienso que para la crítica del futuro deberíamos recuperar, o no renunciar al menos, a la pregunta sobre lo que es la literatura y lo que es la crítica ahora, sobre cuáles son las poéticas implícitas; por supuesto, sin buscar esencialidades, sin detenerse en el sentido común, sin responder sacralidades, sino atendiendo a qué ideas de la literatura maneja cada época, cada autor, porque lo que es la literatura es un horizonte que cada tiempo modifica. La crítica debe localizar e interrogar las ideas de literatura que circulan en la época.
Aparte de los canales, digamos, oficiales desde los que se ejerce la crítica, existe una especie de lenguaje social (sintagma que tomo, otra vez, de Piglia) para hablar de literatura. Entiendo aquí por lenguaje social una modalidad extendida y asumida de forma acrítica de hablar sobre la literatura, una manera conformada por una superficie de tópicos que se convierten en el fondo y que vehiculan y construyen ciertas visiones del mundo, así como transmiten unas concepciones determinadas sobre la literatura. Lo podemos encontrar sobre todo en las redes sociales, aunque no solo. El lenguaje social de este momento se puede caracterizar como emocional, pasional, hiperbólico, totalizante, aspiracional (libros que «te cambian la vida», es decir, insertos en la lógica de mejora personal infinita del estado actual del capitalismo), identitario (que crea una autoimagen y una identidad o marca ligada a los libros), acumulativo, de consumo, muchas veces publicitario (es difícil diferenciar una reseña de un libro de una de un restaurante en Google), corporal o visceral (en consonancia con la literatura experiencial y la preeminencia del cuerpo como campo de indagación literaria), otras veces con un resabio místico (que busca una suerte de revelación), contabilizador (listas, lecturas de cada mes, etc.), centrado en los efectos, sobre todo físicos y emocionales, de esa lectura («te rompe el corazón», «te destroza la vida», «te revuelca»), así como en la productividad de la misma, temacentrista (centrado en el asunto, en el mensaje), identificativo, individual, sentencioso, no autoconsciente y, sobre todo, homogéneo. Si la crítica es también crítica de sí misma, por extensión, debería analizar el lenguaje crítico social, para entender las diferentes ideas de la literatura que circulan y participar en la discusión literaria.
Este es un momento paradójico, pues es el tiempo de la historia en que más lenguaje sobre la literatura se genera y más herramientas críticas hay, en todos los ámbitos, desde el académico a las redes sociales, y a la par permea la sensación (al menos, a mí me lo parece) de que la crítica está desactivada. Y ojo, digo desactivada, no inexistente: hay grandes singularidades críticas, gente inteligentísima dedicándose a esto, proponiendo categorías, pensando con una fuerte imaginación crítica y conceptual. Son varias las voces que sigo y leo con admiración, de hecho, es un momento brillante con críticos brillantes, pero sin impacto social y cultural de la crítica, con un lugar desactivado, acaso porque se ha convertido en mercancía y ha pasado a formar parte de la cadena de mercantilización y promoción del libro. ¿A quién desafiaría hoy Roberto Bolaño como en su momento hizo con Ignacio Echevarría en Los detectives salvajes (1998)? Al mismo crítico tal vez. Se me ocurren candidatos a interlocutor inteligente, sin duda. La cuestión es que Bolaño ficcionaliza la crítica entendida como un duelo en el que por medio está la canonización; no obstante, pienso que lo significativo de esta pregunta es que acaso ya no sea operativa. Y que la crítica también puede ser la búsqueda de la amicitia o de la parresía, es decir, una voz que vea contigo la literatura y busque subir el nivel, ampliar el lenguaje. Pero vuelvo al tema: la crítica está desactivada, y con ello quiero decir que conserva su forma, pero el estado actual del capitalismo la ha vaciado de potencia de sentido, situando al mercado como origen y destino. La ha vaciado y la ha integrado. De la misma manera, el desprecio a la crítica es una forma de antiintelectualismo, antesala del fascismo. La crítica es análisis del presente (no hay que delegarle ese trabajo al futuro), autoconsciencia del lenguaje y construcción del pasado, y no es algo que debamos permitir que hagan por nosotros, pues es una disputa por las imágenes del presente y del pasado, y también por el deseo del futuro. Una época en que la crítica está desactivada es una época más manipulable, menos autoconsciente, más desorientada. La crítica no consiste solo en reseñar, ni canonizar, ni recomendar; consiste, sobre todo, en analizar el presente, así como en entender cómo están construidos los textos y cómo hacen lo que hacen, y también en comprender el mundo que están produciendo esos textos y la relación de los mismos con estos mundos. Si la literatura es sacra o mágica no hay nada que interrogar ni discutir —abogo por una laicización de la literatura—. Desactivar las potencias de la crítica es perder u oscurecer una dimensión del hecho literario y abrir el campo al fascismo, pues es una herramienta crítica, un mecanismo que no solo sirve para ponderar la calidad de una obra, que también, sino para desentrañar las narrativas que nos rodean y hablan con nuestra voz.
Faltarían muchos más temas por tratar, como el canon, la labor prescriptiva, la construcción del gusto, la autoridad, los tipos de crítica, la calidad. Quizás haya una ausencia flagrante en este texto, que es la inteligencia artificial. No me atrevo a jugar a adivinar por dónde pueden salir los tiros, pero quizás por su irrupción sea más importante que nunca formularse estas preguntas respecto a qué ideas sobre la crítica y la literatura circulan y manejamos, así como trabajar un tipo de literatura, digamos, de proyecto, que tenga como horizonte la búsqueda, la vanguardia y el trabajo con la frase. Por ahora, creo que podemos imaginar una crítica potencial autoconsciente de su lenguaje y del lenguaje social sobre la literatura, que incluya la pregunta por el baremo crítico, que sea una búsqueda constante de las palabras y la sintaxis, situada en la tensión por decir, notando la resistencia del pensamiento, la trampa de los conceptos, sus reversos, sus facilidades, sus comodidades, sus ángulos ciegos, el choque con otros conceptos o la amplitud que otros les pueden proporcionar. Una crítica que, pese a que su objeto de estudio, la literatura, se le escape, siga insistiendo en la pregunta por lo que esta es y por lo que es ella misma. Pero, sobre todo, quiero imaginar una crítica no desactivada, que tenga un lugar cultural y social, así como que ampliemos nuestra idea de lo que es y de lo que puede, para desarrollar sus potencialidades. Como dijo Piglia en Las tres vanguardias, la crítica crea conceptos que no han de servir solo para hablar de literatura, sino también de la vida y del mundo.