
—¿Por qué a los chilenos les cuesta el inglés? —solía preguntarme David, mi mejor amigo en Barcelona.
La generalización de tal falencia a «Chile» por entero se basaba, fundamentalmente, en su experiencia conmigo, y al hacer la comparación con otros ejemplares sudamericanos residentes en Cataluña. Nunca lo preguntó como crítica sino con sincera curiosidad. Llamativa considerando la enorme influencia de EE.UU. (imperialismo cultural y Doctrina del shock) en mi país.
Yo estaba de acuerdo con su pregunta. Pero me era imposible señalar una razón personal concreta, o un dato sociológico o científico rápidamente digerible. Mi juventud estaba atravesada por un montón de clases particulares presenciales o por Zoom, o aplicaciones, etc. Y aunque siempre disfruté el estudio gramatical, según mi confusa versión de mí misma, también había una serie de traumas e inseguridades que me habían impedido continuar, o que manejara un nivel de inglés coherente a mi consumo de cultura estadounidense. Claro que no esgrimía tales razones por temor a que sonaran a excusa barata para la pereza, inconstancia o cómoda resignación.
El Grup 2 del curso Anglès B1 que tomé gracias al Servei Públic d’Ocupació de Catalunya, también nos dio la razón. De 16 estudiantes de variadas nacionalidades, los chilenos fuimos mayoría: cuatro. Nos seguían tres catalanes y dos rusas.
Ir a clases se parecía a estar en Alcohólicos Anónimos. En verdad, jamás he participado de esa comunidad, pero me refiero a la vergüenza de compartir tu fracaso más secreto. También al temor que te produce la condescendencia con que te tratan los bilingües o no alcohólicos: «Con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea cuando habla con borrachos o extranjeros», tomando la comparación de Hemingway en «Un lugar limpio y bien iluminado». Tan indispensable como lingüísticamente accesible, hablar inglés es una habilidad que a veces hasta se sobreentiende, y en nuestro Grup 2 había distintos niveles de perdedor según edad, recursos económicos y oportunidades desaprovechadas en general. A la ecuación se sumaba la impotencia y/o desesperación de estar desempleado. O sea que la moral del equipo no andaba muy alta. Pero igual me divirtió escoger un puesto en la sala, más cerca o más lejos del profesor, enfrentarme otra vez a esa clase de decisiones trascendentales.
No recuerdo qué colores vi en el cielo durante esa época, ni qué sensación me transmitían. Caminaba hacia el instituto atenta a la nueva ruta, a la diferencia entre la arquitectura de las edificaciones y las tiendas de pan. Supongo que al ser junio, el cielo mostraba alguna variante luminosa de azul. En ocasiones mi mente también estaba ocupada en repasar la materia, ya fuera de memoria o revisando el cuaderno con mis resúmenes. En ese entonces, todo era diferente y no leía poemas del tipo: «Llevamos vidas inestables / y nos quedamos en un lugar determinado / apenas el tiempo para descubrir / que nunca será nuestro sitio». Ni me sentía tan exhausta. O lloraba cada día. Lo que ahora podría llamar, con inocencia y añoranza, «mi vida antes», no me era completamente extraña: estudiar inglés al alba, escribir mi novela por la tarde y trabajar por mi cuenta en talleres de escritura online. Una vida austera sin planes a futuro pero con noble esperanza. Volviendo al cielo, aunque su color me resulta impreciso de definir, parecía natural y espontáneamente bello. Lo daba por sentado.
El profesor del curso B1 era un hombre inglés de unos sesenta y cinco años. Wickham, dijo que se llamaba su pueblo, y nos lo mostró en el mapa. Vivía a las afueras de Barcelona hace veinticinco años. Por su ropa y pelo daba la impresión de que había sido hippie en su juventud y sus comentarios adultos solían rayar lo conspirativo. Me parecía que su nombre estaba en consonancia con aquellos dos rasgos. Aquí lo llamaré Billy, porque físicamente me recordaba a William Burroughs. También decía cosas como: «Nunca he entendido por qué a las mujeres les gusta el rosado y a los hombres el azul». A mí me entraba la duda, ¿sería su incomprensión real o buscaba generar polémicas que nos forzaran al inglés por las ganas de opinar? Yo me juntaba con los que: o no se atrevían a participar o participaban para mostrar su desacuerdo con la forma propuesta de participación. Pablo, de Bolivia. Mariana, de Colombia, y Agnysh.
Con Pablo, nuestra primera conversación estuvo mediada por el ejercicio de speaking, en las duplas asignadas aleatoriamente por el profesor. Pero fue intensa. Tenía 45, era ingeniero y llevaba poco tiempo sin empleo: confiaba en que tendría que dejar el curso en cualquier momento, cuando lo eligieran en alguna de las entrevistas por las que se saltaba clases.
El tema que nos tocó conversar fue «a time you had an accident or got a sports injury». Pablo me contó de su accidente automovilístico en inglés. What part of your body did you hurt?, leí de la guía de preguntas. «Todo», respondió él, pero las lesiones más graves las sufrió su columna vertebral. How long did it take you to recover? Estuvo un par de días en coma, seis meses hospitalizado y un año más en rehabilitación. Su relato fue duro y serio, porque el accidente ocurrió cuando era joven y pasar por una situación así con veinte años es demoledoramente constitutivo. Sus palabras iban calando como agujas –a mí los tatuajes me gustan–, e involuntariamente lo imaginé como un recuerdo mío: despertar en la camilla con el terror de la realidad: no es una pesadilla. Luego la frustración de aprender a hacer lo más básico, no porque tu cuerpo lo haya olvidado, sino por dolor y rigidez. Pero su tono de voz fue cercano, abierto y melancólico. Él tuvo suerte, agregó. Uno de los otros tres amigos que iban en el auto no sobrevivió. Con esto último la atmósfera cambió definitivamente y olvidamos el segundo topic del speaking para conversar otras cosas, íntimas. Lo más importante: fuera de clases no volvimos a ser dos desconocidos.
A Mariana la conocí hablando en castellano durante los recreos. Me caía bien de antes porque siempre le paraba el carro al profesor cuando se burlaba de nuestra pronunciación. Y después la admiré porque era una luchadora y tenía justificadas razones para no saber inglés.
Había llegado a Barcelona con 20 y durante su primer año trabajó cuidando a un adulto mayor «puertas adentro»: 24/7 por 1.000 euros mensuales. Entonces a ella le pareció una ventaja, no porque se «ahorraba» el alquiler y la comida, sino porque el hecho de que todo el mundo estuviera encerrado por la pandemia disimulaba el abuso laboral.
También me mostró los vestidos de novia que tenía como referencia para mandar a hacerse el suyo. Los anillos de oro se los traerían de Colombia porque allá salían más baratos. La cifra de 1.500 euros en comida para sólo 15 invitados no dejaba de impresionarla. Su prometido era catalán. «Al final me casé por amor», dijo y podría jurar que casi lo dijo con pena. No porque no quisiera a su futuro esposo, sino por la ironía de la vida. O quizás una especie de nostalgia por esa necesidad de visado que en un momento había sido más urgente que el amor. Obtener los papeles de residencia por medio de un matrimonio práctico, utilitario, ahora siempre sería un sueño, una vida paralela, un alguien con quien no llegaste a casarte.
Mariana no estaba cesante, los horarios flexibles en el grow shop le permitían asistir a las clases. «Es mejor trabajar para marihuaneros que para borrachos», aseguró. Sonaba a un análisis interesante y le pedí los contactos tras imaginarme a gusto pesando cogollos en balanzas pequeñísimas. Un par de meses después terminé tirando cervezas, pero no fue desagradable porque del otro lado de la barra no había guiris –como le tocaron a Mariana–, sino vecinos del barri del Poble Sec. Sí que sentí vergüenza al compararme con mis dos compañeras en la barra, una argentina y una eslovena, ambas 10 años más jóvenes y que no llevaban ni la mitad del tiempo que yo en la ciudad. Por suerte, no me preguntaron ninguna de las dos cosas. Quizás ya soy diestra en que la edad y cantidad de años viviendo en Barcelona no resulte una información relevante para mi interlocutor. O tal vez por mi tendencia compulsiva, ansiosa drogodependiente, a hablar solo de amor.
Viejos disfrazados de niños como en la escuelita del Chavo del Ocho, así imagino ahora el Anglès B1/Grup 2. Y como en todo teatro, juego de roles, también tuve un archienemigo. En realidad, yo no era la única a la que Jordi «le caía gordo».
Como consigné en mi libreta mental de detective secreta, este malestar que me provocaba su presencia se debía a que solía murmurar cuando otra compañera hacía una pregunta. «Murmuraciones de ánimo belicoso» según mi experiencia previa en el sonido y la gestualidad y a que, en su constancia, después de un tiempo, el ruido que soltaba Jordi de verdad sonaba como una invitación a ponerse en guardia. Hablar entre dientes, ese sobrino hipócrita de la amenaza directa.
En el mismo sentido me irritaba cuando nos recordaba, en voz alta y clara, que «estas no son clases particulares», porque el profesor se extendía un poco con las dudas de una única estudiante. Recordatorio bien tonto porque evidentemente todos sabíamos que no eran clases particulares y que por eso mismo había que adecuar nuestra idea subjetiva del tiempo o incluso cultivar la paciencia si la transmisión del conocimiento realmente se sentía como media hora. Hasta el William Barroughs de profesor que teníamos lo entendía y no le hacía caso: se llama educación.
Otra de las preferencias de Jordi que me hacía sospechar, al espiarlo durante el recreo con mi libreta en mano, es que nunca se separaba de alguno de los otros dos catalanes del equipo. Mis fantasmas de las discriminaciones pasadas inclinaban la balanza con inseguridades y síndrome de inferioridad: Jordi nos tenía mala a nosotras, las extranjeras, porque estudiamos gratis gracias a un servicio público que debería ser exclusivo para los que eran como él. O algo así, porque nunca quise cristalizar mi tesis y daba la oportunidad de mi error, prejuicio, o sobreinterpretación, a favor de Jordi. O sea que no compartí mis observaciones con nadie. Eso hasta que nos tocó juntos el speaking. Bueno, juntos físicamente no, porque sucedió por Zoom y, además, duró menos de 7 segundos.
Lo que ocurrió fue que yo tenía la cámara apagada y cuando le expliqué que el wifi me iba lento, salió de la sala virtual tras un I get out deliberadamente exaltado. Lo del wifi era cierto, pero no tengo justificación para que su reacción motivara esa oscura curiosidad que me impulsó a buscar su nombre completo en Google. No creo que esperara verlo afiliado a algún partido neonazi, no al menos en LinkedIn. Suponía un perfil con vibe «corporativa» (¿acaso la vibe de base en LinkedIn?) por unos comentarios que había hecho en clase sobre Elon Musk y criptomonedas. Y sí, me dio gusto confirmar que antes había trabajado en Soluciones en Inteligencia de Negocios. Data analytic. Data Governance. Data Integration. Data Management and Data Quality. Sí, me reí de que se dedicara a un campo que basaba su estética en la idea de capitalismo y éxito asociada al inglés. Idioma que él no manejaba. O sea que me sentí feliz de que Jordi fuera o: 1) un fraude 2) más patético que yo, porque en mi caso, los conocimientos de inglés no eran imprescindibles (una falsedad absoluta, porque mi ignorancia sí que me ha hecho perder varios trabajos de distinta índole). El asunto es que sonreí frente al computador y mi sed de venganza quedó saciada hasta el otro día, en que LinkedIn me envió un correo para informar que Jordi había estado revisando mi perfil (o sea que él sabía que lo había espiado porque, entre otras novedades, LinkedIn obviamente informa quién quiere saber de ti porque es importante: trabajo).
Entonces me asusté y pensé que mi archienemigo planearía algún tipo de contragolpe. La obsesión no duró mucho o no logré imaginarme ninguna posible forma de venganza realista. Qué iba a hacer Jordi, ¿crearse un correo falso para ofrecerme un puesto en el sector editorial?
Para finalizar el tema de lenguas y trabajo, el otro día una amiga me dijo que sólo podía hablar chino en horario laboral. «Chino de oficina» lo llamó. Si estaba en un ambiente social distendido o nocturno, no entendía ni jota del «chino de amigos». «Casos de éxito, cuestión de confianza», se titulaba uno de los videos de la última empresa de Jordi. El reverso semántico viene a resumir mi relación con el inglés y creo que lo voy a poner como título de este relato.
Oriol, a quien al principio llamé mentalmente, «el catalán buena onda», tenía unos cincuenta y tantos. Lo conocí gracias a nuestras conversaciones en el metro. No recordaba cuánto amaba esa parte de la escuela: los amigos que haces de regreso a casa. Por un lado tiene esa hermosa cuota de coincidencia: ¡vamos en la misma dirección! Por el otro, un viaje es una experiencia arquetípica de aprendizaje. No sé por qué, pero cuando me estoy moviendo sin emplear mis pies, todo lo siento más intenso. Quizás por eso me tomé las palabras de Oriol tan en serio. Su tono era siempre amable. Y triste en un sentido resplandeciente que lo volvía todavía más triste. Me contó que había trabajado 30 años, «toda su vida», para una empresa internacional. «De prestigio», enfatizó porque había creído que no le costaría encontrar trabajo, pero llevaba un año y medio desempleado. Aseguró que la edad era el factor principal, y pese a su ánimo alegre, parecía profundamente decepcionado. Su pronóstico fue que la situación no iba a cambiar pronto: lo llamaban cada vez a menos entrevistas. Por eso había tomado el curso de inglés; para evitar que la depresión en casa lo hundiera.
No sé si era el deseo de todos, pero la sensación de espera se percibía en el grupo más allá de las clases de inglés en sí; esperábamos una buena noticia, un cambio para mejor que nos sacara de ahí.
Intercambié Whatsapp con una única compañera, pero la amistad que podría haber sido terminó de manera abrupta. El profesor Bill nunca recordaba cómo pronunciar su nombre y se lo preguntaba en cada ocasión, así que lo memoricé casi enseguida. Aquí se llamará Agnysh. Físicamente parecía muy joven y muy adulta al mismo tiempo. Se preparaba los cigarros justo antes de que empezara el recreo para salir a fumar corriendo, igual que yo. Su timidez evidente, no le impedía ser simpática con todo el mundo y además copiaba en las pruebas. O sea que me atraía ese toque suyo travieso e ingenuo. Y que en clase dijera ser de Kazajistán, pero por chat me revelara que en realidad venía de Kirguistán. El motivo: facilitar la comprensión al interlocutor con un país geográficamente enorme y/o más recordable. Agnysh hablaba kirguís y ruso, pero casi nada de castellano o inglés. Que usáramos palabras escritas por Whatsapp tenía su cuota práctica, pero sí que intercambiamos penas, odios y problemas familiares con esa naturalidad de las bicho-raras que siempre andan solas por la escuela.
Quedamos para comer un jueves, pero tuve que cancelar la cita. Igual que con el curso Anglès B1. Lo abandoné por una oferta de trabajo increíble en Chile. Una agencia me escribió en representación de una empresa internacional. Sí, brillaba como un cambio para mejor y tuve que decidirme en una semana para viajar a Santiago en menos tiempo. El primer avión llegó con retraso a Barcelona y tras la corrida más agónica de mis últimos quince años logré abordar el segundo en Barajas. Ya sentada y secándome la transpiración del cuello, mientras las azafatas iban revisando los cinturones de seguridad, entró un último correo. La agencia informaba que la empresa de prestigio suspendía la contratación.
Por un instante, se me pasó por la cabeza que se trataba de la venganza de Jordi y luego nada, el avión despegó y pasaron otras cosas que me llevaron a leer poemas de Mark Strand y a hablar de mi vida como algo que ocurrió antes.
Desempleada e incapaz de conseguir un trabajo real, empecé a tomar registro diario del color y sensación que me transmitía el cielo. Fueron días tristes y ociosos, de un yo azul.