
Carlos Velázquez
El menonita zen
Océano
265 páginas
Tras veinte años de trayectoria, y con diez libros bajo el brazo —cinco de cuento y otros tantos de crónica—, Carlos Velázquez (México, 1978) reaparece en librerías con siete relatos inéditos titulados El menonita zen.
En esta última entrega, sus fieles lectores van a poder encontrar su sello distintivo: personajes obsesivos, con alguna adicción, sumergidos en situaciones límite, rodeados de fiesta, crueldad, mucha música y un poquito de fantasía. Un hijo primogénito que hace lo impensable para destruir la autoestima de su hermano menor («El código del payaso»); un menonita que, tras su primera clase de meditación, logra levitar («El menonita zen»); las vicisitudes de unos ganaderos acechados por el crimen organizado, la minería ilegal y ¿extraterrestres? («Sci fi ranchera»); una pareja separada por las bromas del espíritu chocarrero de Alex Mazapunk, el rockero más cool de México («El fantasma de Coyoacanistán»); el trágico final de Emanuel, fundador de la disquera más cool de México («Discos Indies Unidos, S.A. de C. V.»); la vida y misteriosa desaparición de Yoni Requesound, el rockero más cool de México («La biografía de un hombre es su color de piel») y las peripecias de Kendra, una joven atlética con cuerpo escultural que no puede resistirse a los obesos («La fitnes montacerdos»). Todo lo anterior entretejido con su ya típico español barroco, ecléctico, conformado por muchos regionalismos y anglicismos, atravesado por el registro popular así como por el culto, y con una buena dosis de comicidad. ¿Para qué cambiar, explorar o arriesgar, si el producto vende?
Si algo hay que aplaudirle a Velázquez es su estilo. Tiene un oído muy sofisticado, y en sus mejores momentos logra construir una frase única dentro del idioma. Esto se agradece, más en una literatura como la del español donde se sigue echando mano de una lengua neutra para circular mejor comercialmente. Por ejemplo, en lugar de decir algo como «No podía hablar», su narrador anota: «Estaba descalificado para articular oración». Lo que cualquiera pondría como «Sospechaba que hacía algo inútil», él lo convierte a: «Atenazaba la corazonada de que su conducirse era inerme». Las líneas pueden ser banales, como «Sintió la necesidad de hacer un escándalo» o «No quería complacerlos poniéndose de malas», pero al menos aquí transmutan en «La trepanó el impulso de hacerle un pancho» y «No quería darles el perro gusto de verla ponerse chucky».
Pero el cuidado y delicadeza que Velázquez tiene con su fraseo no se corresponde con el que le dedica a la construcción de sus relatos. Mientras se trate de combinar dialectos y troquelar vocablos, está en su elemento. Cuando lo que se requiere es planear, diseñar y hacer carpintería, deja las cosas a medias. Todos estos cuentos empiezan muy bien, pero de la mitad en adelante, cuando el lector cree conocer un poco a los personajes y el mundo que los rodea, comienzan los desconciertos y las interrogantes. ¿Por qué este sociólogo, que nunca se había interesado en la comedia, se volvió payaso? ¿De dónde salió la afición del menonita por los elefantes? ¿Si Claudia huyó de su roomate por su obsesión con la limpieza, por qué luego resulta todavía más pulcra? ¿Cuál es la motivación de Mano de Hierro para hacer lo que hace? Y uno disciplinadamente vuelve al libro, relee los cuentos, y no encuentra las respuestas. Las mejores piezas del volumen son, sin duda, «La biografía de un hombre es su color de piel» y «La fitnes montacerdos», pero incluso estas dos tienen finales abruptos, que no surgen orgánicamente del relato sino que fueron impuestos por el autor, tal vez por la necesidad de terminarlos. El resto tienen huecos y rebabas desde mucho antes del desenlace.
Imposible no recordar, leyendo estas páginas, las muchas virtudes y hallazgos de La biblia vaquera (2008), la contribución más importante de Velázquez. Ahí el protagonista también es el lenguaje, y aunque sus textos tampoco cierran, no importa: hay una propuesta conceptual que justifica las carencias estructurales del volumen. Echar mano de un recurso similar podría resultar muy útil en una séptima colección de relatos.