
Alberto Torres Blandina
Tierra
Candaya
720 páginas
Hay novelas que pretenden ser novelas totales y, en su afán por serlo, necesitan inventar, antes que el desarrollo de una trama, una estructura que la contenga, una forma de contarlo todo y que esa forma sea el argumento y, de ser posible, con un estilo propio, personal, que no tiene por qué ser, necesariamente, la voz de un solo narrador ni, mucho menos, la del autor.
En el caso de Tierra, la nueva novela de Alberto Torres Blandina (Valencia, 1976), una obra monumental que propone ante todo un viaje espectacular por muchos pueblos del mundo a través del tiempo y del espacio, lo que intenta hacer equilibrio, en medio de una estructura faraónica pero no caótica, es una trama que, por un lado, se remite a lo estrictamente histórico, y por otro, a lo que es singular, es decir: la historia personal de cada uno.
Autor de novelas como Cosas que nunca ocurrirían en Tokio, Niños rociando gato con gasolina y de una trilogía conformada por Con el frío, Contra los lobos y Después de nunca, en Tierra el autor ofrece pequeñas historias dentro de una gran historia (o viceversa) y contadas en diferentes tonos y tonalidades que van de lo dramático a lo risueño, de lo desenfadado a lo cortés. Como si cada una de esas historias, reales o ficticias, fuera una especie de arqueo de la vida misma, un resumen de todo aquello que nos constituye como seres humanos y que van haciendo, relato a relato, la historia, la gran historia, del mundo.
No obstante, más allá de las historias que parecen independientes las unas de las otras, hay una trama que Torres Blandina ejecuta muy bien. Una arquitectura límpida, trazada por los testimonios de los protagonistas, que muestra una cierta evolución de sus vidas en esta tierra.
Así, vida, tumultuosa, contingente, pero ordenada a través de los mecanismos de la ficción pero, sobre todo, de la narración, comienza en agosto de 1961, en Berlín, con Gertrud huyendo a toda velocidad porque acaba de enterarse sobre la construcción del muro. Al mismo tiempo, en Masatepe, Nicaragua, dos familias ricas están enfrentadas a lo Shakespeare, en este caso los Sánchez y los Ramírez, a raíz del enamoramiento de dos jóvenes de cada una de las familias. En la India, por otro lado, Kim se queja de los cambios en su vida. Ahmed, que es guardaespaldas de Charles de Gaulle en Argelia, sueña con que su hijo, que ha sido arrestado por la policía al confundirlo con un rebelde, salga de la prisión.
El libro, a través de estas historias que se alternan y se mezclan en medio de la gran narración del mundo, sigue una y otra vez a estas mismas familias a lo largo de seis décadas, un tiempo en el que también aparecen otros protagonistas, como Donvé, que se encuentra en medio de unas manifestaciones antiapartheid en Sudáfrica; como Augusto, que es anticomunista pero descubre, poco antes de atacar a los americanos en Bahía de Cochinos, que la revolución, como acaba de decir en su discurso el comandante Fidel Castro, no es comunista sino socialista; y, entre muchos otros, como Fram, un joven que en una colonia japonesa del Paraguay busca la manera de decirle a sus padres que sólo tiene un deseo: ser un notable bailarín de tangos.
El resultado, claro, de tamaña empresa narrativa, es una novela total o, si se quiere, una novela que intenta contar otra manera de contar la historia. No aquella historia de reyes y emperadores o guerreros o conquistadores, sus conquistas, nacimientos, muertes, batallas marcaron las puntas de una biografía típica de exaltación de la nobleza o las clases altas, sino la historia en minúscula, que se relaciona con aquella, pero cuyas peripecias tienen que ver con los ciclos de la cosecha, y de la vida misma.
El mundo no cambia, parece decir Torres Blandina en Tierra. Todas las historias siempre fueron las mismas y siempre han hablado de lo mismo: de la vida, de la muerte, de la traición, de la envidia. Lo que cambia, sin embargo, con el paso del tiempo y de las historias, es la mirada, una mirada que se vuelve distinta, diferente, particular, en cada escritura y en cada lectura y en cada persona.
Pinta tu aldea y pintarás el mundo, escribió ya otro escritor. Cuenta una historia y contarás la historia del mundo, dice, ahora, Torres Blandina, en Tierra.