Irene Reyes-Noguerol
Alcaravea
Páginas de Espuma
156 páginas
POR CARLOS BARBÁCHANO

Se nos dice en contraportada que la alcaravea, esa luminosa palabra, contiene un sabor agridulce y se aprovecha para condimentar la mayoría de los platos; así que en estos relatos hay desolación y a veces hasta horror, «pero siempre se asoma la luz de la ternura que salva».

No cabe mejor definición para este ramillete de doce narraciones, tercer libro de la autora. La mitad de las mismas se inspira en personajes históricos o artísticos, siguiendo la pauta marcada en su anterior libro, De Homero y otros dioses (2018), en el que revive, con delicada brillantez, algunos de los personajes homéricos más notables. Arranca aquí con la desesperada carta de Vincent Van Gogh a su hermano Theo. Sigue la recreación de una de las pobres bailarinas de la Opera de París, Petit rat, inmortalizadas en los cuadros de Degas, con su doble vida de luz (el teatro) y de miseria (los suburbios capitalinos); el emocionante monólogo de Ana Ruiz, la madre de Antonio Machado (Esos días azules); y un viejo Lope, que ha sustituido la pasión por la ternura, evocando en Oír el mar a su amante ciega, Marta de Nevares. Cierra este grupo Cuando los reyes poetas, texto híbrido, como tantos de los relatos, entre drama y narración, donde la autora recrea los amores entre el joven Abenámar, que llegaría a ser «gran visir de una corte de poetas» y el adolescente Almutamid, rey de Sevilla: discípulo, amante, protector y finalmente verdugo de su maestro. Este monólogo a dos voces, junto al que da título a la colección, es el más extenso del libro.

De vena familiar es la otra mitad de los relatos: El repartío, texto desgarrador en el que una niña, su tía abuela Encarna, añora a su querido maestro, quien le enseñó a escribir su nombre, a nombrarse y así ser persona; Cascarón de huevo, estremecedor relato de dos mellizos, tíos abuelos suyos, que son separados para combatir en la guerra incivil; Bastardo o el tío abuelo sin nombre y por lo tanto no persona… Admirable es el regreso a la vida de estos ancestros de la autora, como su bisabuela, «la niña niñera», a la que encarna dramática y líricamente, con fuerza y ternura notables en Alcaravea, el relato de cierre. El adverbio no es casual pues, como se ha dicho, los textos de Irene Reyes-Noguerol, familiares o no, pueden considerarse monólogos dramáticos plenamente representables por su fascinante musicalidad. Como bien manifiesta en sus declaraciones, además de las pertinentes fuentes cultas, su más arraigada inspiración se fundamenta en la poesía popular, en la oralidad, en la canción, en los cuentos de su tierra, y de ello queda impregnada su prosa, en la que lo telúrico es orgánico, como en García Lorca o Miguel Hernández. Navega al tiempo con soltura en la fusión de géneros y crea una corriente donde lo lírico, lo dramático, lo épico, incluso lo metaliterario, fluyen sin obstáculo, como en Estos días azules u Oír el mar, por recordar un par de ejemplos, donde los versos de Machado y Lope se engarzan maravillosamente a la narración.

Fluyen como lo hacen las aguas del gran río, el anhelado Guadalquivir, donde los futuros esposos (el padre de los Machado y Ana Ruíz) se reconocieron desde las orillas, donde Abenámar y Almutamid, los amantes ocultos, gozaban de aquellas tardes anaranjadas por el poniente. Fluyen como la escritura de la autora, libérrima. Sólo puntúa –nos confiesa- cuando pasa sus textos al ordenador.

Quedan dos relatos en los que la identidad de los protagonistas no se nos revela y puede sean los más oscuros y terribles de la colección: Niños perdidos, inquietante monólogo, desde los ojos de la niña, en el cual se nos muestra la lacerante bipolaridad de una madre que acaba emulando a Sylvia Plath; y Entre dientes, el relato más enigmático del libro, acertijo, adivinanza que desvela por momentos la insoportable convivencia marital con el esposo perfecto.

Entre los numerosos recursos empleados por la autora, destacan las acertadas agrupaciones semánticas que refuerzan, en los momentos más oportunos, los ‘crescendos’ líricos y dramáticos de sus monologados relatos. Sobresale también la riqueza metafórica mostrada, llena de sensibilidad e inventiva. Sorprende tal madurez y sabiduría en una escritora tan joven.

En una reseña aparecida en uno de los periódicos más leídos del país, se incide en la «insoportable» belleza y perfección de estos relatos. Puede se trate de una hipérbole que pondere su excelencia. Quien firma estas líneas no solo soporta la belleza sino que procura alimentarse de ella. Ojalá se pudieran degustar muchos libros como este.