
Gabriela Ponce Padilla
Flotar, pude
Candaya
140 páginas
Gabriela Ponce Padilla (Quito, 1977) forma parte de ese nutrido grupo de narradoras ecuatorianas que en los últimos años han conseguido trascender las fronteras literarias de su país e internacionalizar con éxito su trabajo. En España, se diría que han gozado de una particular buena acogida de la mano de sellos independientes tan batalladores como Páginas de Espuma, La Navaja Suiza o, muy destacadamente, Candaya. La editorial barcelonesa ya se encargó de publicar el anterior título de Ponce Padilla, Sanguínea (2020), una novela de espíritu transgresor sobre el cuerpo femenino y las servidumbres sociales y sentimentales, que fue adaptada por la propia autora, también dramaturga, en una producción de Casa América Catalunya.
Flotar, pude supone la vuelta al género en el que Ponce debutó en 2015 con Antropofaguitas. Los diez relatos que componen su nueva propuesta tienen como constantes temáticas más evidentes la conflictividad familiar (junto a sus infinitas secuelas) y el deseo sexual (junto a sus infinitos fantasmas). Las alusiones al mar y en general a lo acuático suponen asimismo elementos recurrentes que ayudan a hilvanar un auténtico repertorio de terrores íntimos narrados siempre en primera persona.
«El día en que el piano se fue (flotar, pude)» abre el libro de modo muy sugerente y sacando ya gran partido a algunos de los recursos estéticos que vamos a ver desplegarse a lo largo de sus páginas, como el entrecruzamiento de tiempos, la inmersión en la memoria y sus nebulosas, la repetición obsesiva de motivos, la elisión parcial de efectos y causas, y una turbiedad de fondo asociada a menudo con lo corporal. Un piano que abandona la casa familiar y una deformidad en el pie se convierten en los originales fetiches en torno a los que la voz narrativa urde su red de certezas e inseguridades. Muy atractivo es también «A nuestra casa se la llevó el mar», relato de la fascinación de su narradora por una figura masculina ligada a la historia familiar, protagonista de sus primeras fantasías sexuales y a cuya decadencia personal asiste con cruda lucidez.
En «La felicidad del agua», el juego con los planos narrativos se plantea por medio de un curioso desdoblamiento; en la primera parte del relato, la narradora proyecta en una interlocutora, la niñera de su hija, retazos de su propia historia; en la segunda sección, el recuerdo de una abuela muerta y de su neogótico ojo de cristal viene a enturbiar aún más sus asociaciones mentales. El cuento titulado «Con esta muerte, en esta vida» sigue ahondando en la oscuridad moral de la que se dotan unos textos en los que la crudeza no suena nunca artificiosa y en los que la autojustificación se parece mucho al autofustigamiento. La excusa argumental es la visita de la narradora a una casa en la que vivió años atrás junto a su madre y a su hermano; la traumática muerte de este último se va a convertir en el epicentro silencioso de otro drama de cámara violentamente poético.
«Mar de espuma» incide también en la muerte de un ser querido, ahora una madre, a partir de una serie de brevísimas escenas enlazadas. En «El mal está hecho», la voz narrativa vuelve a repartir la atención entre su propio sufrimiento y el de otro personaje, en este caso una anciana poeta que ha de abandonar para siempre su casa, y cuyas palabras se entreveran con brillantez en el flujo discursivo. «Piel de iguana», en cambio, da cuenta de un ocasional encuentro sexual entre dos mujeres que escapan, muy significativamente, de un festejo familiar.
Al llegar a esta parte final del libro, se tiene la sensación de que el armazón narrativo de los textos se ha ido adelgazando un tanto, de que son menos alusivos, de que se centran más en la recreación de escenas concretas y se hacen, de ese modo, más directamente confesionales, siquiera en lo formal. Queda claro en «Perder el mundo», suerte de análisis de una relación entre dos viejos amantes en la que se proyecta la sombra de la maternidad, y más aún en «Tejido», una charla por videochat entre dos amigas en el contexto de la pandemia, trenzada con coloquial desparpajo. «Cinco relatos sobre un coleccionista muerto (que pudo haber sido mi papá)» afianza el aire autoficcional, al que contribuye la fotografía con que se cierra el volumen. Por suerte, y pese a estas variaciones, en ningún momento se abandona el registro general del libro ni se descuidan sus poderosas resonancias simbólicas.